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jueves, 24 de noviembre de 2011

93. Nena, bien peinada y bien planchada, que nos conocemos.

Esta semana me han cambiado de trabajo. En mi anterior departamento la gente llevaba ropa puesta. Ya está. En el de ahora se visten: mucho, muy variado, y muy estiloso. Vamos, muy poco yo. Yo tengo 3 botas, un par de zapatos y unos 7 vestidos por temporada, uno para cada día de la semana y alguno con agujeros. También lo que tengo es algo de daltonismo según mi madre, que no me ayuda mucho a encajar en la definición de estilosa. Así que cuando le expliqué el cambio de puesto, ella no me aconsejó prudencia con mis jefes, generosidad con mis compañeros, y eficacia, no. Ella fue a lo importante:
- Nena, tú llegas puntual, bien peinada y bien planchada, nena, sobre todo eso, que nos conocemos.
Para que os hagáis una idea si mi madre pilla al diseñador que dijo eso de “la arruga es bella”, le plancha la cara a bolsazos.
- ¡Pero qué tontería es esa! Nos estamos convirtiendo en unos vagos. Eso es lo que pasa. Y un poco sucios también. Lo más importante en la vida es tener pinta de aseada.
- Mamá pero yo me ducho todos los días.
- ¡Hombre solo faltaba! Es que tienes unas cosas. Es que si me entero yo de que no te duchas… No me hagas pensarlo, no me hagas pensarlo. Hazme caso nena, no solo hay que ser aseada sino parecerlo. Y tú con ese pelo encrespado, pues ya lo tienes más difícil. Que te lo digo yo. Y las rubias se pueden permitir llevar flequillo pero ¿tú? ¡tú solo puedes llevar coleta! Que te lo tengo dicho. O cortico, a lo chico, como cuando eras pequeña. Bien retiradico de la cara. Anda que no estabas mona ni nada, y con una pinta de limpia que daba gusto verte.
- Pero qué culpa tengo yo de ser morena…
- Ninguna nena, ni yo tampoco. Nos viene de serie. Pero mira yo me puse una diadema y hasta hoy. Que yo no sé porque tú hermana y tú le tenéis tanta tiña a las diademas, con lo cómodas que son. Y te queda todo el pelo colocado. No como ese matojo que llevas tú en la cabeza. Que no te peinas. Tiene que ser eso. Porque hay peluqueras que se tiran horas para conseguir la mitad de volumen en un cardado que lo que llevas tú.
- Mamá…
- Ni mamá, ni ocho cuartos. Y te planchas la ropa. Toda nena. ¿Me estás oyendo? Que me estoy acordando del día que te pillé que solo te habías planchado los cuellos de la camisa…
- ¿Ya estamos otra vez con eso? Que llevaba un jersey y no se veía.
- Calla, calla, calla. ¿Y si te pasa algo, que tú eres muy de lipotimia, y te quitan el jersey en tu primer día de trabajo y vas hecha una sucia? Nena, se plancha todo, también lo que no se ve. Sí, las bragas también. Que nunca se sabe. Y nada de trasnochar. Te me vas ahora mismo a la cama para rendir mañana. Que no está el trabajo como para perder uno. Ya me has oído.

Consecuencias del consejo:
Primera consecuencia: yo tenía una imagen un pelín distorsionada de mí. Creía que era afro. Luego descubrí que eso era un pelín exagerado cuando le dije a mi peluquera brasileña negra de pelo ensortijado: “Nosotras es que sufrimos mucho para alisarnos”. Y ella con esa gracia brasileña que, bueno, que no me hizo ninguna gracia me dijo: “Niña, tú lo que tienes es mucho pelo, fosco, grueso y rebelde. El mío solo es rizado”.
Segunda consecuencia: cambio radical de peluquería y una ligera aversión por la bossa nova.
En la adolescencia soporté la toga. Aquello que te ponías todo el pelo para un lado y la toalla como turbante, y luego al contrario. Que imagino que a las niñas que tiene el pelo finito les iría bien pero, en mi caso, me tiraba horas con aquello puesto porque yo tengo el pelo de tres personas. Dios es así, tanto calvo y yo tan sobrada.
Tercera consecuencia: con el peso de aquella toalla empapada viví años con tortícolis. Ahora digo tortícolis porque soy una persona adulta y con conocimiento, pero hasta cinco minutos que he buscado en google, yo decía torticulis, con u. ¡Qué cosas! Que ignorante puede ser la gente, no como yo.
Luego llegaron las planchas, ay, las planchas. A cambio llevabas el pelo electrificado que ibas enciendo las farolas a tu paso pero, oye, liso como una tabla.
Cuarta consecuencia: me pasé mi primer día en el trabajo estirándome el vestido y el pelo compulsivamente. Creo que mis compañeras se piensan que estoy en algún programa de adaptación social en el trabajo.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, solo os digo una cosa: que tengáis el pelo liso, por dios, que tengáis el pelo liso.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

92. Se dice por favor, nena.

Seguimos con los post educados. Hoy con documento gráfico, que sé que os gusta. Ya os he dicho más de una vez que soy muy educadita. A la fuerza, ahorcan.

Cuándo utilizó el consejo:
Este consejo se conjuga en presente, pasado y futuro. Es decir, cuando utilizó, utiliza y utilizará el consejo: siempre. ¿La última vez? La semana pasada. Acabamos de volver de una pequeña escapada: la drama mamá, mi hermana, mi novio (lo sé, un valiente) y yo. Nos hemos ido al mar, a ver si la animábamos un poco. No ha funcionado. Pero a cambio he tenido una intensa inspiración para el blog y algún pequeño momento de buen humor. Como éste.
La imagen es la nota que la drama mamá le dejó a la chica que limpiaba la habitación del hotel. Ajá. Vamos por partes, la drama mamá buscó el nombre de la chica, Diana. Ay, Diana, tantos años de profesión y aún te llevas sorpresas ¿eh? Y a falta de post it, pilló la nota con la pantalla de la tele con el siguiente mensaje: "¡Buenos días Diana! (ya os dije que ella es muy risueña) Por favor (aquí está la clave) deje abiertas las cortinas para que dé el sol en la habitación (ella es muy friolera también). ¡Gracias! (y muy, muy educada)".
Mi hermana se moría de vergüenza. Yo me moría de risa. Mi novio no entendía nada: “¿Pero de qué conoce tu madre a la chica que limpia?”.
- Mamá, de verdad, lo de la nota es mucho. ¿Tú qué crees que va a pensar esa mujer?
- Uy, pues qué va a pensar, que hace frío. Y que así el sol calentará la habitación. Que ya ves tú, un 4 estrellas sin calefacción. Esto pasa en todos los sitios de calor, que se creen que aquí no refresca. Pues no he pasado yo más frío en Málaga que en cualquier pueblo del norte. Que 15 grados, son 15 grados, por mucho sol que tengan en verano. Una nota de reclamación es lo que teníamos que poner. Que Diana no tendrá ninguna culpa. Seguro que la mujer tiene que trabajar abrigada, porque en esta habitación se te queda la nariz fría y eso es muy malo para las anginas.
- ¿De verdad que no te parece un poco raro?
- Tú sí que eres rara. Que no le estoy pidiendo que haga mejor el baño, que mira que también se lo podía pedir porque el pie del lavabo también se limpia, pero bastante tendrá esa mujer con tanta habitación y encima con frío. Nena, se dice por favor y ya está. El por favor es la clave.

Consecuencias del consejo:
Más vergüenza en el pasillo por parte de mi hermana, más incredulidad por parte de mi novio y yo casi me meo encima. No va mi madre y para a una mujer de la limpieza y le dice sin dejarle ni contestar:
- ¿Eres Diana no? O bueno, tú se lo dices a Diana. Nada, chica, que he dejado una nota. Que si es posible, nos dejen abiertas las cortinas, por favor, que le dé un poco el sol al cuarto, que hace un frío que pela. Y usted debería abrigarse un poco más, que se pueden coger unos catarros muy malos en esta época. Lo mejor es llevar bien abrigada la cabeza, que por ahí se escapada todo el calor. Bueno, pues muchas gracias, y que tenga un buen día.
Y allí se quedó Diana (o no) sonriendo, mientras mi hermana tiraba de la manga de mi madre y yo me encogía a punto de mearme encima. Yo creo que sonreía por amabilidad, porque Diana tenía cara de africana y también de no entender ni papa de español. Esto lo tuvimos claro cuando volvimos por la noche, y ella no solo dejó las cortinas abiertas sino también las puertas de la terraza de par en par. O no entendió a mi madre o Diana tenía mucha mala leche…
- Pues no ha funcionado el por favor mamá…- yo es que no sé cuándo callarme.
- Ni tampoco han funcionado todos los años de educación que te hemos dado, y no ando quejándome todo el rato- pero ella siempre sabe callarme, siempre.

Segunda consecuencia: pasé una infancia dubitativa, pendiente de un hilo porque delante de gente, ella me decía:
- Nena, ¿qué se dice?
No vamos a incidir mucho en el tema porque ya hemos hablado con anterioridad de que yo muy despierta no era. El caso es que yo entraba en uno de los dilemas existenciales de todo niño: ¿Qué coño se dice? Allí estaba yo, ante el vacío del universo, la eterna pregunta, pensando: “¿Por favor o gracias? Una de dos. Cincuenta por ciento. Tan difícil no puede ser. ¿Pero cuál? Ay el abismo... Dios sácame de esta y prometo comer bien el mes que viene, todo lo que me pongan. Bueno, la semana que viene… Al menos las cenas… O casi todo…”
- Nena, que qué se dice, que te quedas atontada.
- ¿Gracias?
- ¿Cómo que gracias? ¿Cómo se va a decir gracias por pedir una piruleta? Se dice por favor. ¿Pero qué habremos hecho mal nosotros?

Excepciones para utilizarlo:
Hombre, se dice por favor. Las cosas como son aunque Diana no entendiera la clave. Futuros hijos míos, éste consejo nos lo quedamos. Aunque trataré de no haceros pasar constantemente por ese dilema desolador: ¿era por favor o gracias? Que bastante vais a tener con derecha o izquierda. No os digo más que yo todavía tengo que hacer el gesto de escribir para saber cuál es cuál. Lo dicho, poco despierta, pero educada. Eso sí.