lunes, 27 de junio de 2011

84. Esto ya pasa de castaño a oscuro.

Típica reflexión de madre que ningún niño entiende pero que enciende todas las alertas.

Cuándo lo utilizaba:
Aleatoriamente.
En el mercado.
- Qué precios, ¿pero has visto el precio de los tomates? ¿Cómo quieren que una madre española dé de comer a sus hijos de manera sana a este precio?- y tú la mirabas desde ese bajo mundo de los niños intentando poner cara de poder entender la inflación porque sabías que si no se sentía comprendida, su ira podía atizarte un buen pellizco- ¡Por dios! ¿y mira las patatas? Pero si crecen solas, ni que fueran trufas. Esto ya pasa de castaño a oscuro.
En el descansillo con las vecinas:
- El perro de la del cuarto lleva ladrando 8 días. Sin parar. Que no pego ojo. Que esta ese animalico desperado. Que no sé para qué la gente tiene perro.
- Uy pues me dijo el otro día que se van a comprar un loro- la vecina pacífica, siempre buscando amansar a las fieras.
- Lo que me faltaba, que el loro repita los ladridos del perro. ¿Se creerá que esto es una comuna hippie? Esto ya pasa de castaño a oscuro.
En el baño después de descubrir que el nuevo peinado que se ha hecho la nena, a modo de tupé y de color verde, es gracias a lo que la nena llama “una nueva gomina que me he inventado, mira mamá”, pero a la gente llama Blandi Blub:
- ¡Pero qué has hecho! No te puedo dejar sola ni cinco minutos. Que nueva gomina ni que ocho cuartos, eso es el moco asqueroso ese que te regaló tu tía. Una cosa es que seas creativa pero esto, esto ya pasa de castaño oscuro. Pero a qué cabeza normal se le ocurre extenderse eso asqueroso por el pelo. No va a salir, que lo estoy viendo. Y tenemos la comunión de tu prima. Y mira la pinta que vas a llevar, con todo el pelo lleno de mocos verdes. Imagínate la foto de familia, y encima no sonrías. Que me acuerdo de esa pala rota. ¿A ti parecerá normal? Menuda pinta de mellada tienes. No sé qué voy a hacer contigo, nena, ¡regalarte a los gitanos del circo! Y dudo que te quieran. Y por qué tienes tanto, si para mí que en el bote parecía más poca cosa.
- Es que he cogido también el de mi hermana…- lo dije bajito, imaginando que no me oía. Bendita ingenuidad.
- ¡Te vas a enterar! Entra a la bañera directamente. Y ya puedes rezar para que eso salga con vinagre y agua caliente.
- Mamá con vinagre no, que luego huelo a ensalada y me dan nauseas.
- A mí sí que me das nauseas tú con ese pelo enmocado. Tira para dentro.

Consecuencias:
Bueno, pues un estupendo corte de pelo tipo “niña de campo de concentración” que me dio fama en el patio de matona. Estuvo bien.
Segunda consecuencia: secuencia de fotos familiares en las que parezco un niño, en una de ellas casi sonrío y se ve a mi madre pisándome un pie.
Tercera consecuencia: prohibición absoluta e irrevocable de acercarme a un bote de blandiblub a un kilómetro a la redonda.
Cuarta consecuencia: terror en mi madre cuando años después se pusieron de moda las manos locas, de un moco más sólido que se pegaban al lanzarlas en cualquier parte.
Quinta consecuencia: varios trasquilones en el pelo después de demostrar que sí, que las manos locas también se pegaban en el pelo.

Excepciones para utilizar la frase:
Pues creo que ésta no la voy a utilizar. Tengo 32 años y todavía no la entiendo muy bien. Ya os he dicho que muy despierta nunca he sido. Eso sí, futuros hijos míos ¡tengo blandi blub! Me lo compré en un chino hace un año y sigue teniendo esa fantástica pinta asquerosa que me volvía loca. Y ese olor como a plastilina rancia. Si os portáis bien, prometo dejároslo.

martes, 14 de junio de 2011

83. Culo veo, culo quiero.

Blisstree
Los niños, las metáforas, pues a veces no las entienden. Bueno, yo no sé qué hago hablando del resto de los niños… Yo esta metáfora no la entendía. Aunque ya ha quedado claro que tampoco es que yo fuera un dechado de perspicacia infantil.
Así que siempre que me lo decía pensaba: “Pero por qué habla de culos, yo no he visto ningún culo, no quiero el culo de nadie, yo lo que quiero es un nuevo estuche como el de Martita, con su organillo, y su goma de olor. ¿Qué tendrán que ver los culos con los estuches?”. Lo dicho, perspicaz, perspicaz, pues no era.

Cuándo lo utilizaba:
Pues siempre que pedías algo que tenía otra persona. Lo que para mí era inspiración, para ella era pura envidia. Aunque bueno, algo de razón tenía… ¿Qué me pasa? ¿Le he dado la razón a mi madre? Me acabo de morir un poco.
Lo que pasa es que yo era muy indecisa, bueno, decir “era” es ser realmente muy optimista, yo sufro hasta para elegir el champú cuando todos sabemos que me va a quedar encrespado, sobre todo mi madre.
Así que uno de los peores momentos era el de elegir el helado. Mi madre, mi hermana y la susodicha nena frente a “El heladero”, el Rey Mago del verano. Y había que elegir sabor. Que mucha gente pensará “qué tontería, pues hoy de uno, mañana de otro”. ¡Ja! Esos son hijos de madres normales, no de una drama mamá. A mí me compraban un helado en junio y me tenía que durar todo el mes. Y si me portaba mal, me quitaban el de julio y el de agosto, porque en septiembre ya no se come helado “Que empiezan los primeros fríos, y la garganta es traicionera, a ver si vamos a empezar el curso faltando y te quedas retrasada ¿Por qué tú no querrás ser una repetidora no? Pues eso, los helados hasta agosto, ea”.
El heladero era un ser mágico, simpático, con un bigote inmenso y un olor a vainilla que hacía que me quisiera quedar pegada a él durante horas, pero mi madre no tenía tanto tiempo libre, claro está:
- Venga nena, elige ya uno que tu hermana ya sabe el suyo.
- ¿De qué va a pedir?
- De fresa, pero tú coge de otra cosa y así compartís.
- Yo no quiero helado con babas, el mío es solo para mí.
- Bueno, pues pide ya, que tengo que ir a la pescadería que luego solo consigo los pescados pochos.
- Es que no sé de qué quiero ¿Se puede mezclar dos sabores?- y le miraba al señor heladero con pena porque conocía la respuesta.
- Claro que sí, bonita, te pongo dos bolas.
- De eso nada, que eso vale como dos helados y solo tiene un cucurucho, te pides uno y punto.
- Pues me pido dos cucuruchos…- ya sabéis, el típico día en el que la nena se levantaba suicida.
- ¡Dos tortas te voy a dar yo a ti! Que elijas uno ya o te quedas sin nada.
- Jo… Bueno, pues de fresa- el señor heladero iba a coger el de fresa y entonces empezaba mi eterna indecisión- no, no, mejor de chocolate. Espere, por favor, de limón, quiero uno de limón…
- Ya vale, a que lo elijo yo.
- Bueno, pues de ese, quiero de ese- decía señalando uno que tenía trocitos marrones. Y el heladero extrañado me dijo:
- ¿Seguro que quieres de ese? Que es de stracciatella …- pero aquí entraba otra de mis virtudes: la cabezonería del ignorante.
- Seguro, no, segurísimo.
Y me lo daba. Yo esperaba que mi hermana se hubiera comido un poco el suyo, para darle envidia de que el mío estaba entero todavía, luego le pedía probar el de fresa, ella (que es más buena que el pan) me daba, y entonces sí, probaba el mío. Y siempre, inevitablemente, me había equivocado de sabor y quería el suyo.
- Mamá a mí la extraperla esa no me gusta mucho. Quiero el de mi hermana.
- Ya estamos, culo veo, culo quiero. (Aquí mi cerebro se perdía en debates mentales: pero de qué culo habla, estamos hablando de helados, yo no quiero otro culo, vivo feliz con el mío, blablabla). Pues de eso nada, te comes ese y punto. Con la lata que has dado y se dice stracciatella. Habla bien.
- Pero es que sabe raro, yo creí que era de chocolate.
- Yo creí, yo creí… Ya te ha advertido el heladero. Ahora te lo comes.
- Joo, yo quería de fresa.
Y en realidad, ésta es una de las historias que acaba bien, en la que yo me comía el helado, porque las más de las veces, con tanto quejarme, remolonear, intentar darle el cambiazo a mi hermana (que es muy buena persona pero no veas cómo se agarraba la jodía al cucurucho, que parecía que se iba a caer al abismo si lo soltaba) pues la mayoría de las veces mi bola iba al suelo, que era toda una tragedia, o encima de mi camiseta, que entonces sí que era la súper tragedia porque encima mi madre me llevaba gritando todo el camino a casa por ensuciarme, a veces incluso me amenizaba el camino con un par de pellizcos.

Consecuencias del consejo:
Oye, aborrezco los helados con toda mi alma. Con la ilusión que yo miraba al señor heladero y ahora es que ver uno y se me revuelve el estómago.
Segunda consecuencia: me pasé mucho tiempo pensando que te podías cambiar de culo. En realidad, fui una avanzada a mi tiempo. Y mirando el mío pensando si otras personas lo querrían.
Tercera consecuencia: llegó un momento que decidí pedir siempre el sabor de mi hermana, para sufrir menos, ahora, que su sabor preferido acabó siendo el turrón, que ya es mala suerte coño.
Cuarta consecuencia: aborrezco también el turrón.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, este consejo no me gusta, intentaré no enredarme con metáforas sobre culos que os despisten de la idea principal eso sí, un consejo, la stracciatella es un asco.

miércoles, 8 de junio de 2011

82. Nena, lo poco agrada, lo mucho cansa.

Janod
Y tú eres muy cansada, era la continuación del consejo.

Cuándo lo utilizaba:
Pues chica, yo llevo oyéndolo toda la vida. Soy intensita. Las cosas como son. Yo me emocionaba con una amiga nueva, y no hablaba de otra cosa.
- Nena ven a desayunar ya.
- Pues mi amiga Cristina dice que es mejor desayunar más tarde.
- Pues tú desayunas ahora porque lo digo yo.
- Pues Cristina dice que las madres no lo sabéis todo.
- Eso será la madre de Cristina. Yo sí lo sé todo. A desayunar.
- Cristina siempre desayuna cereales. Yo también quiero cereales.
- Nena, en casa desayunamos tostadas, como toda la vida, porque es lo más sano.
- Pues los cereales de Cristina tienen fibras y más cosas que las tostadas.
- Mira nena, como digas una vez más la palabra Cristina te pongo las tostadas de sombrero. ¡Qué cansada eres!

Cuando me daba por algo, pongamos los bailes regionales, era capaz de tirarme bailando la purrusalda un mes: al levantarme de la cama, en la ducha, desayunaba bailando, iba por la calle bailando.
- Nena, lo poco agrada lo mucho cansa, para ya. Que ni siquiera te sale bien.
- Por eso tengo que practicar mamá- mirad que niña más maja, más llena de ilusión.
- Pues, sí, practica, pero en clase. ¿Te parece normal estar en el autobús agarrada al palo con esa pinta de mono convulso?
- Es que con una hora no es suficiente… -una niña completamente entregada, lo dicho.
- Ni con 30 horas, nena, que tú bailarina no vas a ser, que tu más que seguir el ritmo, lo persigues- ale, a tomar por saco la ilusión-. Y para ya, que le has pisado dos veces a esa señora. Y que no te vuelva a ver bailando en la bañera, que como te abras la crisma, encima te enteras.

Siempre he sido intensa, pero a corto plazo. Luego se me pasaba rápido, y de la purrusalda me lanzaba a tocar la batería, a hacer macramé, o carpintería. Lo que fuera, pero como si no hubiera mañana. Vamos, que yo solita podría hacer el temario de cursos del CCC. He estudiado un poco de francés, poco, pero lo suficiente para andar todo el día: Je suis studiant. Mon amour. Lulu ce moi. También me dio por el italiano, lo que me tuvo un mes gesticulando con las manos y gritando por el pasillo: Mama mía, cuando arrivo a casa. Guitarra: aprendí una canción, era mi época grunge, y elegí Come as you are de Nirvana, hasta que erosioné las cuerdas y a mi madre:
- Nenaaaaa, por dios, elige otra canción, Enrique Granados, o algo de Paco de Lucía y no esa pesadez. Que son tres notas lo que tocas, que se te ve. Y todo el santo día igual.
- Pero es que no me sale la cejilla.
- Si es que te lo dije, que más que manos tienes muñones. Pero no. Tú con tus cosas. Ahora, que terminas el curso, eso te lo digo, que para algo hemos comprado la guitarra.
Hice ballet: clásico, me aburrí, funky me hice daño, flamenco algo que una niña intensa nunca debería probar, jazz lo que mejor se me daba: no hay melodía, no hay ritmo. A mi aire, vamos. Aprendí: ganchillo, punto de cruz, macramé y estuve muy pesada con el encaje de bolillos. También natación, baloncesto y sky. Y realmente, nunca pase de los tres meses en ninguna de las actividades.
Pero nada fue tan terrible como cuando me dio la pasión por el bricolaje, lo que ahora llaman el Do it your self, que en mi caso era my self y el self de mi padre. Y juntos descubrimos algo importante: compartimos el gen de la inutilidad total para las manualidades. Oye, hay gente que se tira toda la vida sin saberlo, al menos, yo lo descubrí pronto. Debo ser la única niña de España que suspendía con los trabajos que le hacía su padre. Como os lo cuento. Que yo llegaba al cole pensando: “Me van a pillar, se van a dar cuenta que esta caja para guardar cartas la ha hecho mi padre”. Pues no, suspendía, bueno, suspendíamos. Y yo llegaba a casa con mi cero y los dos nos sentábamos en el sofá a reflexionar en qué habíamos fallado:
- Habrá sido que no se puede utilizar pegamento- decía él- o igual esa esquina que no quedaba muy bien…
- Pues a mí me parece súper chula, papa, igual nos ha quedado un poco irregular, que yo he visto las de los otros niños y las cartas no se caían de dentro… Igual podemos intentarlo otra vez. ¿Voy a comprar más chapacumen?.
- De eso nada, se acabó la sierra en esta casa- esta es mi madre, por si no lo habéis notado en su entrada abrupta- llevamos un gasto en tiritas y mercromina que me han regalado un cupón en la farmacia, por no hablar de que la mesa del cuarto de la nena está serrada hasta casi la mitad. Que de verdad no lo puedo entender, si esos pelos se parten con nada y vosotros habéis conseguido entrar unos 40 centímetros en una mesa de madera maciza. Con lo que nos costó. Se acabó el bricolaje y no se hable más.
Y no se habló más.
También suspendimos dibujo técnico y pretecnología. Menudo disgusto nos llevamos. Al final, tuve que pedir ayuda a una amiga porque ya vi que el self de mi padre y el mío, me llevaban directa al fracaso escolar.

Consecuencias:
Pues sé un poco de miles de cosas, así que me hice periodista. ¿Sabéis eso de un océano de sabiduría de un centímetro de profundidad? Pues lo inventaron para mí. Puedo hablar cinco minutos de cualquier cosa. Solo cinco. Bueno, menos de manualidades, que puedo hablar dos. Pero, oye, en varios idiomas.
Segunda consecuencia: soy buenísima en el Trivial.
Tercera consecuencia: cierta falta de concentración en cualquier cosa por mucho tiempo, ahora, eso sí, yo le dedico los cinco minutos más intensos a todo. ¿Descubro el cilantro? Y pienso: "cómo he podido vivir yo sin esto". Y se lo echo a todo: ensaladas, salsas, a las tostadas del desayuno... Luego se me pasa, lo que es agradecido porque imagínate todas esas intensidades juntas y prolongadas...

Excepciones para utilizarlo:
Pues sí, futuros hijos míos, lo poco agrada y lo mucho cansa. Imaginaros que me hubiera centrado solo en una cosa, yo que sé, el punto, pues haría unos jerseys que ni Dolce & Gabanna pero a mí me parece más divertido una madre que medio sabe bailar la purrusalda, y que grita por los pasillos mama mía, y que toca Come as you are como nadie, y que conoce miles de tonterías como que los esquimales no digieren el azúcar, aunque a vuestro jersey el falte una manga, que tampoco pasa nada. Se llama jersey deconstruído y va a ser la última moda, que lo digo yo, que soy vuestra madre.

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