lunes, 29 de julio de 2013

111. Que pena tirar todo esto


No sé qué ha pasado. No he visto las pistas, estaban ahí, pero nada, no las he visto. Pero este fin de semana ha sido como una revelación.

Este fin de semana he estado en casa de mi madre y no me ha dicho ni una sola vez que qué pingo llevo puesto, ni que me retire el pelo de la cara, ni que me ponga pendientes (porque una mujer sin pendientes es como un burro sin dientes). Y mira que me habrá dicho veces eso. Nada. Ella me miraba y me sonreía, incluso se le ha escapado alguna vez que parece que estoy mejorando el gusto y ya no me pongo tanto trapo. Lo ha dicho bajito y como de corrido pero, oye, lo ha dicho.

El caso es que me he pasado todo el finde pensando que ocultaba algo, que de un momento a otro me iba a pedir un súper favor, tipo un riñón, que sería lo único que lo explicaría su actitud, o peor aún, que justo antes de irme me iba a dar todos los consejos de un tirón, todos juntos, lo que produce el típico shock de sobredosis de maternidad, y te vas para casa hundida, como si tuvieras 10 años y te hubieran pillado copiando en clase. Pero no, me dio un abrazo sonriendo, un apretón muy fuerte y para el coche. Yo me fui confundida.

Así que me tiré 400 kilómetros conduciendo y analizándome: ¿Me habré hecho mayor? ¿Realmente visto mejor? ¿Se habrá hecho ella mayor? ¿Se habrá cansado de meterse con mi ropa y con mi pelo? ¿Se habrá dado cuenta de que no sirve para nada? Este pensamiento me dio mucha risa, una risa terrible que casi me hace tener que parar en el arcén. ¿Podré llevar el pelo suelto el próximo fin de semana sin que me diga nada? Este pensamiento me puso la piel de gallina y me revolvió el estómago solo de imaginarme tamaña temeridad. Empecé a barajar que estuviera leyendo algún libro de psicología inversa, incluso estuve a punto de llamar a mi hermana para ver si había notado algo raro en ella, por ejemplo, que se hubiera apuntado a una secta. Pero después de muchas vueltas, me dije: “Nena, tú disfruta”. Y me puse a disfrutar que se me da muy bien.

Pero había truco, claro que había truco, siempre lo hay.

Ayer me traje a parte de las chistorras de rigor, las vainas camufladas, guindillas, pastas, chorizo, lechugas, y tomates, el vestido que llevé a la boda de mi hermana. El segundo que me compré porque el primero le quitaba las ganas de vivir a mi madre. Sí, era exactamente ese tipo de vestido.

Total que toda contenta me lo voy a probar, y ahí, sí que sí: la revelación. ¡He engordado un huevo! Un huevo que no me cierra ni metiendo tripa, aire, sin respirar, de puntetas y con faja. Pero ha sido un engordar que no he visto venir, como de golpe. Un engorde de susto. Vamos, que sí que notaba un par de kilillos tontos, pero de ¿no cerrar un vestido? No, ni de coña.

Pues mi madre sí lo había visto, claro que lo había visto, como para no verlo, si es capaz de saber si he bebido una copa un mes y medio después de habérmela tomado. (Nota breve: policía municipal, pongan una drama mamá en los controles. No hay fallo).

El caso es que ella había visto mis kilos de más, y como buena drama mamá está encantada, vamos, que no le importan ni mis vestidos de trapillo, ni mis pelos mal peinados porque me ve estupenda, saludable, con reservas en caso de que venga el apocalipsis y grasa para protegerme de los catarros. Es decir, en el estado perfecto de salud de una hija. Y he entendido todas sus sonrisitas este finde de semana, una por cada gramo de más.

Yo, después del susto, y de un peligroso bailecito para conseguir salir de la faja (¡la leche! las fajas las carga el diablo) me he puesto a dieta pero he empezado mal: tengo chistorra, chorizo y pastas de mi madre. Así que cuando he abierto el frigo he dicho una frase de drama mamá total, exactamente de mi drama mamá:

- Que pena tirar todo esto…

He reflexionado un poco, pero yo soy más de disfrutar que de reflexionar, así que me he hecho una buena chistorra, y una chistorra sin pan, es de tristes, y los que no somos tristes lo acompañamos con una copita de vino, y de postre un cafelito con pastas de mamá. Y entonces sí que sí, la revelación de las revelaciones, la súper revelación: he entendido a mi madre que  siempre dice que ella engorda de pena...

- Que pena tirar esta chistorra, que pena tirar este chorizo, que pena tirar el trozo que ha quedado de cordero…

Y ha sido entender a mi madre y morirme de miedo.



jueves, 23 de mayo de 2013

La cuadrilla

Pensamientosenlineas
Existen dos tipos de personas en el Norte: los que tienen cuadrilla y la gente de “amigos sueltos”. A partir de esa diferencia se estructura toda la sociedad. Y digo toda.

La cuadrilla se une en el colegio. Tiempo máximo de formación: 14 años. Todos los que se agreguen a la cuadrilla después de esa fecha siempre serán “los nuevos”. Sí, da igual que tengas 72 años, y que hayas pagado las cuotas de la bajera o de la peña durante 54, y que lleves desde primero de la universidad en la cuadrilla, da igual, alguna vez tendrás que escuchar:
- Tú es que no estuviste allí porque eres de “los nuevos”.

Como cuando teníais 12 años y el “Bulto” se meó en clase de pretecnología y para disimular se echó un bote de pintura encima. No, tú, el nuevo, no estuviste ahí. No te rías tan fuerte que en realidad no llegas a entender del todo lo cómico que fue.  Porque la cuadrilla habla siempre de lo que ha vivido unida, nadie habla de su viaje Tailandia a no ser que todos, o al menos dos hayan ido de viajes juntos. En ese caso, la cuadrilla cuenta cómo se rieron cuando el “Bulto” y el “Rana” llegaron al aeropuerto y les esperaron con un cartel enorme con una foto de los dos en bolas.

En una cuadrilla hay motes. Probablemente, cuando tu madre te llame por tu propio nombre, no sabrás a quién le habla, cosa que las madres llevan muy mal y más de una contestaba al teléfono:
- Aquí no vive ningún bulto. Se ha equivocado de teléfono. Aquí vivimos Antonio, Manuela y José Luis. Ya ves, todos tenemos nombres de persona.- y colgaba.

A partir de ahí, la cuadrilla sumará a sus historias anuales la vez que la madre del “Bulto” colgó al “Rana” y cómo todos descubrieron que el “Bulto” se llamaba José Luis.  A la nueva lo le hará tanta gracia, porque claro, ella no lo vivió, porque se sumó en el instituto a la cuadrilla.

Si conoces a alguien en un bar, algo muy muy raro, que implica intercambiar palabras con un desconocido del que no sabes su colegio, su casa, su pueblo o a qué piscina va, y que pudiera ser una persona de “amigos sueltos” lo primero que tienes que hacer es preguntarle por uno de esos cuatro puntos cardinales para poder situarlo en una cuadrilla. Es raro, pero en todas las cuadrillas hay un lanzado que es el que consigue que dos cuadrillas se hagan amigas.  Esto es imprescindible para que la especie se perpetúe. Normalmente es la manera de que los hombres y las mujeres se relacionen, se enamoren y tengan hijos.

Si desde el principio se diera la rara situación de que la cuadrilla fuera mixta, lo normal es echarte un novio en ella por lo que, pasado un tiempo, tu exnovio acaba siendo el novio de tu mejor amiga. Esto no es impedimento ninguno para que la cuadrilla siga unida, peor sería que te echaras un novio de “amigos sueltos”, difícil de ubicar, demasiado inaprensible, volátil…

A veces, uno puede tener varias cuadrillas: la de siempre, la de la universidad, y la del trabajo. Solo los muy sociables consigue mantener este tipo de estructuras tan complicas. Y ese es el orden al que hay que obedecer en caso de que los planes de varias se solapen: si hay almuerzo con los de siempre, solo una boda, bautizo o funeral de los de la cuadrilla de la facultad puede ser excusa para faltar. A los del trabajo, se les ve al terminar la jornada laboral, en la cena de navidad y puede que una cena por fiestas.

A las bodas de la cuadrilla se va siempre, y el dinero del regalo se entrega dentro de algo asqueroso o complicado de desenvolver o a través de una compleja ginkana con coordenadas de GPS.
Los dos miembros del matrimonio duplican sus relaciones sociales porque pasan a tener dos cenas a la semana con cada una de las cuadrillas. Ella pasa a llamarse la “bulta” y el día que tienen un hijo, siempre e invariablemente, será el “bultito”, que irá a jugar al parque con “la ranita” y el “chinito”. Esto es así.

La cuadrilla te acompañara a lo largo de tu vida, hagas lo que hagas, digas lo que digas, estarán a tu lado, y el día que te entierren siempre habrá alguien que comente:
- ¿Os acordáis del día que el “bulto” se meó en clase de pretecnología y se echó pintura por encima para disimular?
- Es que mira que se le daban mal las manualidades...

Da igual que después de aquellos años te hicieras ebanista, diseñaras un nuevo tipo de sillas que revolucionaron el mercado por su ergonomía y su original diseño, te forraras, y una multinacional te comprara la idea. Lo mismo da, tú eres el “bulto”, tu mujer la “bulta”, y tu hijo el “bultito”, y te estás empezando a preocupar porque tiene 9 años y parece que es de “amigos sueltos”.


PD: Sigo con la autopromo: Este viernes, 24 de mayo, estaré en El Corte Inglés de Pamplona firmando libros. A las 19.00 horas, en la planta 5, en la planta librería. Estaré encantada de recibirlos. Soy la morenita nerviosa con el pelo retirado de la cara.

martes, 21 de mayo de 2013

El principio que no fue el principio (2)


Mi incapacidad para cocinar algo comestible se veía venir. Yo apuntaba maneras desde pequeña. La primera vez que cociné en mi vida tenía quince años. Mi madre y mi abuela habían intentado enseñarme en numerosas ocasiones, pero nunca presté atención. A los quince, mis padres me mandaron a Inglaterra a estudiar inglés. Y como nosotros somos muy majos y vamos haciendo España allá por donde vamos, me mandaron con pimientos del piquillo y espárragos de Navarra. «Que a saber qué come esa gente, que ni siquiera conducen por el mismo lado. Y una hija mía no va a pasar hambre. Eso sí que no.» Vamos, lo típico.

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Llegamos a aquella casa enorme mis pimientos, mis espárragos y yo, y allí nos esperaba una Torre de Babel culinaria. Los dueños eran un turco y una india con dos hijos nacidos en Inglaterra. En la habitación junto a la mía había un brasileño, en la otra una italiana, y en la planta de abajo, una familia de rusos (los dos padres y una hija). Todos estudiábamos inglés y, por las noches, la amable pareja de anfitriones propuso una costumbre que casi acaba con todos: cena por países. Cada día, una nacionalidad cocinaba un plato típico. Me cagué en todo porque mis padres me tenían que haber echado un chorizo, y una chistorra, y jamón, y un queso...  Cualquier cosa que ya estuviera cocinada, que en mi tercer turno ya no tenía nada que hacer, y quien dice hacer, dice sacar de una lata.

Mi primera noche fue un éxito, los espárragos triunfaron en nuestra pequeña ONU. Competían con la sopa más surrealista que he probado nunca. Los rusos hacían una especie de caldo que se teñía de rojo por la carne medio cruda que le echaban, luego te daban un bote de nata montada que tenías que echar por encima, y como toque final, un poco de ajo crudo troceado. Y todo eso en un país en el que no ponen pan para poder tragar mejor. No me he tragado tanta arcada en mi vida. ¡Por Dios! Lo que hay que hacer para ser educada. Así que mis espárragos triunfaron. La pobre italiana me miraba con lágrimas en los ojos al probarlos.

El segundo día, me lo salvaron los pimientos del piquillo que compitieron duramente con unos macarrones al pesto, pero los rusos acabaron sacándoles fotos. De postre, el dueño de la casa, que era de Estambul, nos hizo un yogur al que había que echarle pepino por encima. Una marranada, pero después de aquella sopa me pareció maná divino.

Y llegó el tercer día. Tiramos de Europa 15, que era la tarifa internacional que nos permitía hablar todos los días quince minutos sobre cómo comía, si iba abrigada y si era educada con mi familia de acogida. Me puse al lado del teléfono, con papel y boli, y mi madre me enseñó a cocinar una tortilla de patata. Tuvimos que pasarnos a Europa 30, porque yo no entendía nada. El caso es que me dije: «Bueno, nena, si todo el mundo sabe hacer una tortilla, ¿por qué tú no?» Pues porque Dios no quiere. Y contra Dios, no se puede ir.

Para empezar, tuve un pequeño problema. La falta de un ingrediente: aceite de oliva. Bueno, aceite de cualquier tipo, e hice una de esas deducciones que hacen que sea una negada para la cocina. «¿Qué más dará el aceite? Con mantequilla también se fríe igual, ¿no?» Pues no, no se fríe igual. Sólo consigues que las patatas sepan a mantequilla. Ni que decir tiene que aquella tortilla fue un asco espantoso. Dulce, con las patatas duras por dentro, y, por supuesto, no me cuajó. Me inventé que era una variante que se llamaba «revuelto navarro» (pueblo de Navarra, conocido por sus grandes cocineros y paladares expertos, lo siento mucho, de corazón), pero intuí las arcadas en la cara de la italiana al tragar aquel comistrajo. Así que empecé a saltarme las cenas de la ONU porque mi siguiente receta era una paella... ¿Os imagináis? Primera española extraditada por intoxicar a dos familias y dos estudiantes y persona non grata en Brasil, Italia y Rusia. El día de la despedida me fui a un restaurante español que había en la ciudad, un asturiano, y me gasté todo el dinero que me quedaba en comprar anchoas, fabada y cabrales. Casi me aplaudieron.

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Al principio pensé que había sido mala suerte: me faltaba aceite, experiencia, perspectiva, una tarifa Europa 140... Así que el verano siguiente, cuando mis padres me mandaron con una familia inglesa a la playa y nos propusieron un día cocinar algo a alguna de las cuatro chicas que estábamos allí, me dije: «Nena, coge algo facilito, que traiga todos los ingredientes.» Me compré una caja de gelatina Royal. «Así no hay fallo — pensé—. Además, en la cajita pone todo lo que tengo que hacer. Esto está chupado.»

Pues mira tú qué cosas..., la cagué, porque hice otro razonamiento de esos que han hecho que mi arroz blanco sea el peor del mundo. Si en la receta pone «cueza el arroz durante veinte minutos», pues yo me pongo nerviosa, porque concentrarme veinte minutos en algo que me aburre, pues que no puedo. Así que me digo: «Si le echo menos agua, se evapora antes, y lo tendré listo en quince minutos.» O si dice: «Póngalo a fuego lento», pues yo me digo: «Nena, tú pon el fuego al máximo, que así lo tienes listo en la mitad de tiempo.» Aquel día, con la gelatina me dije: «Si dice cuatro horas en el frigorífico, pues está claro, dos en el congelador, y listo.» Que discurrí esto por otro de los motivos por los que soy una negada para la cocina:  porque nunca me apetece meterme allí y ando perdiendo el tiempo hasta que tengo que hacer una cena para ocho en un cuarto de hora. Ya os lo digo yo, no se puede. Hacedme caso y llamad a una pizzería. Mucho más digno. Palabrita.

Algo parecido me pasó ese día. No había tiempo. Me entretuve yo qué sé con qué y se me vino la cena encima. El caso es que, aparte de esta mano extraordinaria para la cocina, también fui bendecida con una torpeza tan portentosa que puede ser considerada una habilidad. Porque dudo que haya muchas más personas en el mundo con el don de caerse tres veces seguidas sin tropezarse, ni resbalarse, ni moverse siquiera. Nadie me lo valora, pero seguro que alguna utilidad tiene que tener. Así que mi gelatina perfecta del congelador se me cayó al suelo al ir a sacarla, y se me partió un poco por una esquina.

¿Qué hacer? ¿Confesar? Jajajaja. A veces me hago mucha gracia. Le puse el trozo partido, le di la vuelta, la pasé por agua, porque soy un desastre pero soy requetelimpia, y subí al piso de arriba para presumir de postre. Sí, no os lo había dicho, encima de torpe, soy un poco imbécil. Pero pasó una cosa muy curiosa mientras comíamos los platos que habían hecho los demás: un pastel vegetal (una niña de dieciséis años hizo un pastel vegetal, ¿os lo podéis creer? Esa tipa no tenía vida social, porque, si no, no lo entiendo), una ensalada con guacamole (y la otra niña ni era mexicana ni nada) y una estupenda tortilla de patata, con su aceite y su tamaño redondo, cuajada, perfecta. Malditas niñas. El caso es que mientras comíamos aquello empecé a ver que mi gelatina, apoyada en la mesa de al lado, perdía volumen. Se le iba haciendo como un caldillo alrededor, y cuanto más caldo, menos gelatina. Empecé a comer rápido y a azuzar al resto, pero aquello no hubo manera de salvarlo. Cuando llegamos al postre, no quedaba nada de mi gelatina. Era un líquido rojo con algún grumo. Yo dije que seguro que estaba caducado el producto, todos en la mesa dijeron que superseguro, pero yo ya empezaba a intuir que mi truco del congelador no había funcionado.

Yo no soy de desanimarme pronto, lo he aprendido de mi madre y su teoría sobre que las vainas me van a acabar gustando, así que en segundo de carrera, cuando me invitaron a una cena en la casa de unos amigos, dije: «Yo llevo el postre.» Lo dije en plan animosa, que soy superanimosa, pero en realidad tenía toda la intención de que la que se animara fuera mi madre. Pero, chica, no se animó. Tenía el día de «Os creéis que soy vuestra criada y esta casa es un hostal. Lo que me faltaba:
cocinar para otros. Ahí tienes la receta del bizcocho, te pones y lo haces tú. Y no ensucies la cocina. Que el buen pintor es el que no mancha». Me quedé pensando un rato en su metáfora, que qué tendrá que ver un pintor con un bizcocho, que si Miguel Ángel se tuvo que poner perdido pintando la Capilla Sixtina, que a Picasso le pegaba ponerse de pintura hasta las trancas, que Dalí no tenía pinta de ser muy limpito... Lo típico que puede hacer una mente dispersa. Después de un rato, y algo menos animosa, me puse manos a la obra. Hice tres bizcochos. No porque fuera a llevar tres a la cena, sino porque el primero no subió, el segundo explotó y el tercero se quedó pegado al molde al darle la vuelta.

Ya no me quedaba ánimo ni harina para el cuarto, pero a pesar de la torpeza y esta negación consustancial a mi persona para la cocina, siempre he sido creativa. Así que corté un montón de fresas y cubrí con ellas todo el bizcocho. A mi madre, mi creatividad le fastidió el postre del día siguiente, pero yo salí del paso. Estaba comestible, y hasta resultón. De todos modos, empezaba a tener claro que yo, como cocinera, sólo podía ir al paro o la cárcel por intoxicar a alguien. Juré no volver a cocinar si no era estrictamente necesario. Y he cumplido.

Pero un día abrí un blog metiéndome con mi madre, luego Planeta me publicó un libro, el libro se vendió muy bien y mi editora me propuso hacer un libro de recetas de mi madre. Yo me atraganté, me meé de la risa, y le dije que lo único que teníamos en común una cocina y yo es que las dos existimos en el mundo. Nada más. Por Dios, si a veces me cuesta saber cuál es el cuchillo y cuál el tenedor. El caso es que mientras mi libro se vendía y Planeta me animaba a escribir la segunda parte de la drama mamá, empecé a pensar que era una gran idea. No la de escribir un libro de recetas, ésa no. Para eso hay que ser experto. Bueno, igual con saber no echar vinagre a la sartén cuando no toca vale... El caso es que pensé que podía ser un recuerdo maravilloso: que mi madre me enseñara a cocinar de verdad y contarlo. Tener un proyecto juntas. Que ella eligiera las recetas de un mes. Y yo las escribiría después de haberlas cocinado al menos una vez. Pensé que era una afortunada porque, yo no sé si aprendería a freír un huevo, pero iba a tener un libro para mi madre y para mí, para nosotras solitas. Íbamos a tener un plan y un proyecto juntas. Cada vez que yo fuera a su casa, o ella viniera a Madrid, yo tenía que aprender una receta. Íbamos a tener la mejor excusa del mundo para reírnos, y una editorial la iba a encuadernar, le iba a poner tapas, y en la Biblioteca Nacional tendría un volumen de cuando mi madre, la drama mamá, me enseñaba que el aceite justo para un gazpacho es la clave para que salga rico. Y me iban a pagar por eso. La leche.

Antes de hablar con mi editora, hablé con mi madre, que se atragantó y casi se cae de la risa, se retorcía de la risa, casi le da un síncope... Encima: «Tú cocinando. Jajajaja. Tú cocinando. Jajajaja. Tú cocinando. Jajajaja. Tú cocinando. Jajajaja. » Y luego dijo: «Pero sin que se lo coma nadie, ¿eh, nena? Que no quiero ir al hospital.» Y luego volvió a decir: «Tú cocinando. Jajajaja.» Yo me empecé a cabrear, porque una tiene su orgullo. El caso es que mi primera propuesta no cuajó. Le alegró a mi madre toda la semana porque se lo iba diciendo a todo el mundo, y según lo decía se atragantaba de la risa, pero me dijo que le parecía imposible, que hay cosas en la vida que no se puede, y no se puede, que uno lo tiene que aceptar. Que ella ya casi había aceptado que yo no era normal, y que no viniera con cuentos ahora.

Nos cabreamos, nos gritamos, me hizo una tortilla buenísima, nos cabreamos más, le dio otro ataque de risa, luego me dio a mí, y lo dejamos estar. Le dije a Planeta que no veía lo de las recetas, que mi madre lo veía menos, que el servicio de sanidad del país agradecería que yo no pisara una cocina, y que yo ya tenía un trabajo que exige responsabilidad, que yo sólo quería que escribir fuera divertido, no un trabajo, que la presión me sienta mal, y yo le siento mal a todo el mundo si estoy presionada, y me puse a escribir cincuenta páginas de una novela que ellos, probablemente, no me querrían publicar. Me tentaron: me mandaron un contrato con un anticipo que me acercaba más a mi casa en la playa. Yo me puse en plan digna: «Quiero escribir a mi aire, no quiero presión, soy un ser libre, odio las imposiciones, blablablá.»

Entonces, mi madre se vino a pasar una semana a mi casa.



PD. Pamploneses, plamplonesas, ¡Viva San Fermín! Es que es imposible no decirlo ¿eh? Ahora en serio. Este viernes, 24 de mayo, estaré en El Corte Inglés de Pamplona firmando libros. A las 19.00 horas, en la planta 5, en la planta librería. Estaré encantada de recibirlos. Soy la morenita nerviosa con el pelo retirado de la cara.

No hagáis caso al cartel, es en la quinta, en la librería.

lunes, 13 de mayo de 2013

El principio que no fue principio

Con permiso de Planeta, ya un poco más tranquilos con el impulso de compra y esas cosas, aquí va el principio de En la cocina con la drama mamá. Es muuuyyy largo pero es que pasar de papel a blog es complicado, así que aquí va el primer trocito.



El principio que no fue principio
Yo no sé cocinar. Pero ni un poquito. Soy la persona que  hace el peor arroz blanco en el mundo, y mira que es difícil que un arroz blanco te salga malo, que no hay que hacer nada: poner agua a hervir y echarlo dentro. La máxima variación que acepta es un chorro de aceite y algo de sal. Pues, chica, a mí me sale asqueroso. He compartido piso con unas quince personas a lo largo de mis once pisos de alquiler, y ninguna me ha dicho jamás: «Este arroz está bueno.» Ni por compromiso, aquellos que casi no me conocían; ni por pena, aquellos que eran amigos de verdad y me habían visto intentar cocinar en repetidas ocasiones; ni por amor, mis novios; ni siquiera cuando éramos estudiantes y no teníamos dinero y sí mucha hambre, en aquella época en la que el surimi era un manjar. No. Nunca nadie me ha dicho que cocino bien. Nadie. Nunca. Es triste. Mi puñetero arroz blanco da asco. Así que me he pasado la vida intentando no cocinar. Lo que es muy complicado teniendo en cuenta que, de media, uno debería alimentarse tres veces al día. Es como un examen que tienes que repetir todos los días. Un infierno para cualquier estudiante y yo, en la cocina, soy Jaimito, pero no hago gracia, sólo intoxico a la gente.

Hasta los veintidós años, que viví en casa de mis padres, fue relativamente sencillo. Mi madre cocinaba, y el día que no lo hacía, yo no comía. Así de sencillo. Pero luego me independicé. Si alguna vez en los años que han pasado desde entonces he pensado en volver al nido familiar, ha sido después de medio indigestarme con mis propias recetas. Que puede que penséis: «Qué exagerada.» Pues, hombre, un poco. Pero el otro poco es verdad. He llegado a hacerme un batido de fresas y tirarme dos días vomitando. Tonterías que piensa una: «¿Qué hago con estas fresas tan maduras que da asco comerlas? » Pues como mi madre me tiene requetebién educada, les quité lo negro, las batí, un poquillo de leche y, hala, un batido para la niña. Un batido y una gastroenteritis porque las fresas no es que estuvieran maduras, es que habían fermentado. Perdí dos kilos.

El caso es que a los veintidós años me fui a Madrid a estudiar. Vivía en un piso compartido con otras tres chicas, no teníamos calefacción, y a mi habitación le llamaban «el iglú». Llegué a dormir con gorro. Pero lo peor, lo peor, era tener que comer, no ya tres veces al día, con una me conformaba. En la primera época, engordé unos diez kilos. Mi madre estaba encantada, porque un poquito de sobrepeso siempre viene bien. «Nena, los kilos son salud, son vida», me decía. ¿En qué consistía mi dieta? Pues salchichas, macarrones, pan y queso. Durante unos cinco meses. Se me puso hasta un color un poco marrón y casi pierdo el hígado. Llegó un día que mi cuerpo dijo: «Hasta aquí hemos llegado, bonita.» Y es que era acercarme a una salchicha a un kilómetro y ponerme a vomitar. Así que un fin de semana en casa de mi madre me dediqué a apuntar todas sus recetas de básicos: lentejas, alubias, vainas (esta última la apunté por ella, porque yo no pienso cocinar vainas en mi vida, así me muera de hambre), sopa, tortilla, acelgas, pescado... Lo que viene siendo un menú normal para comer un par de semanas sin perder órganos necesarios para la supervivencia ni tener el colesterol de un señor mayor de 160 kilos.

No funcionó. Yo lo intenté. Os juro que lo intenté. Pero es que no sé qué hago, que me despisto, o pongo los fuegos muy calientes, o confundo el vinagre con el aceite... El caso es que siempre me salía todo malo, eso cuando no tenía que pasar por urgencias por una diarrea contundente o por quemaduras. ¿Vosotros sabéis lo que salta el vinagre en una sartén? Yo no tenía ni idea. Dos veces no tuve ni idea. El médico no se lo podía creer. En todo ese proceso aprendí a que me salieran ricos el ajo y la cebolla sofritos. Era lo único para lo que tenía mano. Muchos días acabé comiendo eso directamente sobre el pan. Muy triste.

Luego pasé un periodo de comida imaginativa. Una cosa bastante necesaria para cocinar es comprar, que parece una soberana tontería y, oye, probablemente lo sea, pero yo nunca conseguía tener a la vez la receta de un plato y todos los ingredientes necesarios. Era como un bucle infinito de carestía de materias primas. Esto es culpa de que no sé ir a un súper. Es cuestión de concentración. Un sitio con tantos colores e impactos me vuelve loca y se me olvida qué iba buscando. Lo mismo me acuerdo de tres cosas, sí, pero me llevo ocho que no me sirven de nada, pero que me han llamado la atención. No te quiero contar si me metes en un Ikea. Un colapso, en serio. A veces no he conseguido comprar nada, bueno, unas galletas de chocolate que tienen. Pero muebles, ni uno. Voy pasando por los pasillos como una loca porque no consigo ordenar la cabeza, me angustio cada vez más, empiezo a dudar de si realmente necesito una cortina y de si era de 1,80 o de 1,50, y luego ¿qué estampado escoges entre los 3.500 que tienen? ¿Qué estampado me gustará lo suficiente para verlo los 365 días del año? Porque una cosa es que te hagan gracia los lunares, y otra tener que ducharte viendo lunares durante dos años. ¡Qué horror! Pues en el súper me pasa algo parecido: según entro, ya me quiero ir. Creo que donde más cosas compro es en la caja: pilas, chicles y ambientador para el baño tengo en cantidades industriales. Porque claro, ahí me quedo quieta, esperando mi turno, y consigo fijar la mirada, centrarme un poco... Y me hago preguntas de buena compradora: «¿Me quedan pilas o chicles?» Lo malo es que me doy respuestas de mala compradora: «No me acuerdo.» Ni siquiera recuerdo dónde las guardo. Intento rebuscar en mi memoria visual todos los cajones de la casa, pero nunca me acuerdo. Y me digo eso de «las pilas siempre vienen bien». Luego, cuando llego a casa y veo los tres botes que tengo llenos de pilas sin usar, ya me acuerdo. De golpe. No creo ni que sea bueno para la salud.

También tengo dos cajas de pilas de Ikea. Si alguna vez entra un psiquiatra a casa va a pensar que tengo el síndrome de Diógenes más tonto del mundo, porque a los tres botes de pilas sin usar, se le suman los dos botes de pilas usadas, que, por supuesto, nunca me acuerdo de llevarlo al contenedor de reciclaje.

Pues, con la comida, tres cuartos de lo mismo. Tengo galletas y vermut para alimentar a un pueblo, si es que hubiera un pueblo que creyera que se puede sobrevivir con esos dos alimentos. Aunque nunca se sabe, que hay pueblos para todo. Eso sí, ¿que necesito pollo para el arroz? Pues probablemente tenga fiambre de pavo. ¿Que quiero hacer lentejas con chorizo? Pues sin lentejas va a ser complicado... ¿Que quieres comer un bizcocho? Olvídate de tener suficientes huevos... Vamos, que mi nevera es: una balda vacía, otra balda vacía, salchichas, una balda vacía, y un yogur caducado. Así es muy difícil cocinar. Pero como soy muy animada, nada me amilana. Yo primero me lanzaba: «Me apetece un arroz con pollo al curry.» Empezaba a sofreír cebolla, que se me da bien. Me ponía a buscar arroz, que no tenía. Pero sí tenía macarrones,  que en mi mente era algo muy, muy parecido a la fideuá, lo que viene a ser, casi, casi, igual que el arroz. Así que hervía la pasta, mientras mi sofrito de cebolla me quedaba casi calcinado. Luego buscaba pollo. Tampoco había. Pero, vamos, el pollo y el pavo son prácticamente lo mismo, ¿no?, aunque sea fiambre de pavo. ¿Quién lo iba a notar? Pues, venga, echaba el pavo encima de la cebolla negra. Cogía el curry. Yo siempre tengo curry, la verdad, eso nunca me falta. También por encima. Pero no había manera de que se deshiciera, se quedaba como a grumos. Me metí en internet y leí, primera noticia, que la salsa con curry se hace con nata. Quién lo iba a decir.

Como no tenía nata, lo mezclaba con leche. Resultado final: mi arroz con pollo al curry se convertía en macarrones con pavo que flotaban en un charco de leche con grumos de curry.

Para haber matado a alguien. Yo decía que era comida imaginativa, pero, vamos, no tengo claro si realmente aquello era comida.Y todo hay que decirlo, la segunda vez que comenté en mi piso compartido que iba a hacer comida imaginativa, desaparecieron todos. Así que me dije: «Nena, tú limpia bien el baño y que alguien cocine para ti.» Fue la peor época culinaria de mi vida, porque vivía con dos chicas de Cuenca que, al menos dos veces por semana, cocinaban zarajos y morteruelo. ¡Yo comiendo tripas de cordero enrolladas en un palo y un puré de restos de caza! ¡Yo! Que si de pequeña me decías que la pechuga era de pollo, ya no podía comer pensando en el pobrecito animal. Por Dios, qué penita me daba. Lo que hubiera dado por tener compañeras italianas, con sus pizzas y su pan de ajo... Ahora, eso sí, las conquenses de mi piso tenían una bebida que se llamaba resolí, que te daba un puntito tontorrón...

Ni que decir tiene que en aquella época de mi vida aprendí a comer de todo. Pero de todo. A pesar de haber sido una malísima comedora de pequeña, volvía a casa de mi madre, y las gambas, a las que llamaba «los mosquitos del agua» sólo unos meses atrás, cosas mías, me parecían deliciosas. Las acelgas, ambrosía para el paladar; hasta el bacalao, que yo siempre decía que olía a pies, me gustaba. Lo que hace el hambre... Mi madre estaba encantada viéndome comer sin rechistar todo lo que siempre había odiado. Bueno, menos las vainas, eso no ha habido manera. Tampoco ha habido manera de que mi madre deje de hacerme vainas cada vez que voy. Que vosotros diréis: «Qué exagerada, ¿cada vez que vas?» Vosotros no tenéis ni idea. Cada vez que voy. Así es ella, tozudica en su pedagogía. ¿Que no te gustan las vainas? Pues te vas a hartar, nena. Conforme yo iba recuperando mi peso, mi madre estaba algo menos encantada, aunque me seguía escribiendo más recetas. Nunca pude confesarle que jamás hice todas. Abandoné porque un ser humano es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, pero, en mi caso, siete gastroenteritis y dos cocinas casi quemadas me pareció más que suficiente.

Continuará...

jueves, 2 de mayo de 2013

El libro de recetas que NO conseguí escribir

Hoy me he puesto a cambiar los enlaces del blog hacia el nuevo libro, para que compréis mucho y yo me pueda ir a mi casa en la playa (Podéis leer el principio aquí donde pone: Échale un vistazo). Al ir a nombrar la pestaña, he escrito “El otro libro” y he sentido pena por este libro un poco segundón. Me lo he pasado bien escribiéndolo pero no ha sido la locura como el primero, la novedad, los lloros que vertí cuando me llegó, el hipo, y ese nervio que me impidió dormir durante días.

Estoy haciendo mucha promo pero todavía Pedro Piqueras no lo ha mencionado (pobrecico mío), y en todas las entrevistas acabo hablando del anterior. Incluso en mi estantería, la edición de bolsillo y la traducción al portugués del primero, que me acaban de llegar, le han quitado cierto protagonismo al pobre.



Yo soy hermana mayor, y no sé por qué, me he puesto a pensar si con el segundo hijo pasa un poco como con el segundo libro. Le he llamado a mi hermana para que se sienta súper querida, celebrada y esperada. Me ha colgado algo aturdida después de preguntarme varias veces si estaba bien o había bebido.

Este pobrecico no tiene el efecto sorpresa del primero pero, de momento, me han hecho gracia los comentarios de los que lo han leído:

Una señora que me vino a entrevistar, experta en gastronomía me dijo:
- Te voy a decir la verdad, el prólogo me puso muy nerviosa, tanto decir que no sabes cocinar, lo único que pensaba es: ¡Que vaya alguien y le enseñe, por Dios! Pero luego me lo he pasado muy bien. No sé si habrás aprendido nada, pero es divertido.

Ata Arróspide, que también ha publicado un libro muy divertido con Planeta “Padres no ñoños”, me mandó un whatsApp:
- ¡Hostia la foto! (lo dijo él, mamá, no yo. Yo no digo esas palabras)
Porque otra cosa que me han dicho mucho es que salgo reguapa en la solapa. Ya sabéis eso tan motivador de “no pareces tú”. Se lo debo a Patricia Gallego, una compi fotógrafa de ELLE, con mucha paciencia para que yo me esté quieta.


Amaya Ascunce (Pongo mi nombre a ver si Google desposiciona todas mis fotos con cara de panoli y solo sale ésta. Sería todo un detalle Señor Google)
Mi prima Arantxa, que ha regalado a sus amigas el primero en todos los cumpleaños me ha dicho, primero, que le venía muy bien que sacara otro porque ya había cubierto un año entero. Y segundo: que le ha sabido a poco. Que se ha reído mucho pero que me ha quedado cortico, que ella necesita como 200 páginas más. Que me ponga a ello.

Mi editora, Ana Bustelo, dice que se va a vender menos que el primero, que le pasa a Zafón y a mí. Esto me dejó callada y pensé si mi editora había bebido, pero luego comentó que es más libro que el primero, y me sentí como más escritora o algo así.

Un chico que no conozco de nada ha escrito una crítica en la que dice:
“Básicamente, quienes busquen un tratado metafísico sobre la vida no disfrutarán especialmente este libro. Pero ni falta que le hace. No pretende nada más que resultar divertido, y esa falta de pretensiones se agradece”.
Y luego dice:
“Aunque parezca increíble, ‘En la cocina con la drama mamá’ también enseña a preparar platos muy variados [...] Lo mejor, el capítulo del gazpacho malagueño. Una advertencia: mejor no ponerse con él en el metro, pues da pie a las carcajadas, y los viajeros de alrededor podrían mirar al lector como si estuviera loco”.
El “increíble” ese me dolió un poco, para qué negarlo. Pero oye, el resto de la crítica me encantó. Y no somos amigos ni nada.

Otro periodista me dijo que no era un libro de cocina. Yo le contesté que por eso se subtitulaba “El libro de recetas que NO conseguí escribir”. Él no lo entendió. Yo sonreí mucho muchísimo porque se me quedó mirando fijamente como si yo fuera marciana. Me pareció un buen momento para parar la ronda de entrevistas y bajar a por un vino.

Mi madre dijo que se lee demasiado rápido y que a ver si soy más reposada, que se me había olvidado poner que la mezcla de los pimientos rellenos hay que mezclarla. Le dije que si no le parecía suficiente pista llamarlo mezcla, que cómo pensaba que iba a meter la gente ese relleno dentro del pimiento sin revolverlo, y me dijo que si eran como yo, que cualquier sabe. También sugirió que deje de escribir “coños” sin ninguna necesidad, que no vienen a cuento, pero que era mejor que el primero, aunque para nada era un libro de cocina.

Está claro que nadie lee los subtítulos, ni mi madre.

PD. Ayer me invitaron al programa de La ventana de La Cadena Ser y ¿sabéis qué me regalaron? Una caja entera de regaliz negro. En este momento me duele la barriga porque me he metido un atracón fino, pero ¡qué gente más maja! Y me pusieron One de Johnny Cash para terminar. Vuelvo cuando quieran a pesar de los nervios. Aquí la entrevista completa.

Y gracias por vuestras preguntas en El Mundo.es, me hicieron gracia porque eran completamente distintas a todas las que me han hecho los periodistas estos días. Sí, ninguno me ha preguntado si de verdad mi madre me puso las lentejas en bocadillo, ni si he aprendido a cocinar vainas.

jueves, 25 de abril de 2013

110. No pasa nada, hasta que pasa, nena.

YofuiaEGB
Imagínate tú que hay una niña que está jugando con un compás. La niña, nerviosa, sonriente, mofletuda, solo hace círculos imaginarios con el compás pinchado sobre una goma de borrar y gira y gira mientras delante de ella hay un plato de verdura, que ya apenas humea porque la niña lleva un rato haciendo círculos. Imagínate que a su lado está su hermana pequeña, que ya ha terminado su ración de verduras, con ese hambre de verduras que solo tienen los niños raros, y que mira embobada el girar del compás como una especie de hipnosis escolar. También te puedes imaginar que la hermana mayor le propone jugar a realizar círculos imaginarios alrededor de su pequeña manita y una madre les ve, e imagínate que dice:
- Nena, para quieta ya, que al final le haces daño a tu hermana. Y por favor, date más ritmo con la borraja o vamos a tener un disgusto.
- Pero que no pasa nada mamá, que está pinchado en la goma. Es súper imposible que pase nada- dice la niña mofletuda e imagínate que la hermana pequeña le apoya:
- Que no, que es súper divertido, mamá. ¿Ves? Ni me toca. No pasa nada.
- No pasa nada, hasta que pasa, nena.

Y justo entonces, pasa. El compás pierde el equilibrio en uno de esos círculos imaginarios, la goma, se queda pegada a la superficie de la mesa, la pobre niña mofletuda pierde la sujeción y la mano pequeñita de la hermana justo va a parar debajo de la aguja del compás. Con tan mala suerte para la niña mofletuda, bueno, y un poco para su hermana pequeña lesionada, que se le clava en el dedo gordo. Imagina que hace sangre y todo. Pero las dos niñas saben que una sola queja, una sola lágrima, puede costar un castigo.
Imagínate que la hermana pequeña aguanta el lloro, y la niña mofletuda le hace un torniquete improvisado con una servilleta, sin saber qué es un torniquete, ni para qué sirve, porque solo quiere que esa madre que nos hemos imaginado no le regañe. Así que la servilleta de cuadros se va empapando mientras la hermana pequeña produce un hipo casi interno porque eso ni es un torniquete ni nada. Hasta que la  madre imaginada se gira y ve unas gotas de sangre sobre la mesa blanca impoluta,  y entonces entiendes a la puñetera perfección la dichosa frase: No pasa nada hasta que pasa, nena mofletuda.

Yo me lo imagino perfectamente…
Y cuando pasa, llega el castigo, eso sí que llega más que seguro. Entre todos los intentos de la drama mamá por dominar mi espíritu indómito (yo lo llamo así, ella lo llamaba ese pozo sin fondo de malas ideas) había un tipo de castigo realmente molesto. Cuando le había tocado las narices nivel extremo, tipo hermana pequeña compás torniquete y verduras frías, me castigaba a ir agarrada de su delantal por toda la casa. De manera que mientras barría, planchaba, ordenaba lo que sea o cocinaba, yo iba pegada a ella, a remolque, con un trozo de mandil arrugado y sudado en la mano. Yo intentaba alejarme de su sistema atrapa niños lo máximo posible pero eso era muy poco, y si me soltaba, ella en seguida dejaba de notar el peso y me pegaba un chillido:
- ¡Te has soltado! ¡15 minutos más de penalización!
- Que no mami, que se me ha resbalado. Que ha sido sin querer.
- De eso nada, que te he visto.
- Mamá, es que verte barrer es muy aburrido. Además me tropiezo todo el rato.
- Haberlo pensado antes de desgraciarle a tu hermana el pulgar. Y date más garbo, que tenemos que regar las plantas. Y, por favor, no tires tanto del delantal, que me llevas ralentizada toda la tarde.
Pero lo más raro es que mi hermana, que era una buenaza, se sentía desplazada de aquello y siempre acababa apareciendo:
- Jo, yo también quiero agarrarme- decía.
- Pero tú que vas a querer agarrarte. Vete a jugar, que esto es un castigo porque tu hermana ha… ( Rellénese con: roto un jarrón, jugado con un enchufe, cortado el pelo a una muñeca, saltado en la cama, destrozado tu pulgar…)
- Ya pero yo también quiero agarrarme. ¿Puedo coger de la otra esquina?
Yo la miraba alucinada. Pero allí acabábamos las tres. Mi madre corriendo por la casa intentando hacer cosas con dos niñas colgando de su delantal. Y claro, si tú pones una niña movidita, a una pequeña distancia de su hermana menor, sin nada que hacer, ¿qué se le puede ocurrir? Pues está clarísimo: batalla de dedos, batalla de pisotones, batalla de pellizcos… Cualquier cosa que incluya la palabra batalla. Y todo haciéndole el gesto de que le ibas la cortar el cuello como se chivara o dijera media palabra. Eran las grandes peleas silenciosas. La guerra fría una tontería con los mensajes subliminales que le lanzabayo  a mi hermana. Hasta que mi madre, harta del peso extra, se daba cuenta de que aquel castigo, a quién más castigaba, era a ella misma:
- Ale, se acabó, que me tenéis harta. Toda la tarde con el freno de mano. Así no hay quien termine las labores. Cada una a su cuarto, y no quiero oír una palabra más alta que la otra, si no, os vais a inflar a vainas durante una semana. Ea.
- Ummm ¡Que ricas la vainas!- decía mi hermana y aplaudía suavecito porque tenía un pulgar vendado.

Sí, me debió tocar la única hermana del mundo que aplaudía cuando nos ponían acelgas, rebañaba la borraja y siempre quería doble ración de vainas. Menos mal que era fantástica aguantando el lloro y jamás se quejó por un torniquete mal hecho. Bueno, y para qué mentir a estas alturas, menos mal que ella tenía esa rara hambre de verduras y, según mi madre se daba la vuelta, yo le volcaba mi plato entero.  Y la tipa no soltaba ni palabra. Pasara lo que pasase, que siempre pasaba, las cosas como son.

lunes, 22 de abril de 2013

Una buena carta

Mi amiga Mar es una buena amiga. Nos conocimos en el trabajo y nos hemos seguido la pista durante años. Es una de esas personas  con pasión por lo importante, que no pierde el tiempo en tonterías, que sabe emocionarse, quererte y da unos abrazos apretujados que valen doble y sabe reírse de todo. Es más, a Mar le debo haber publicado mi primer libro. Ella fue la persona que mandó mi manuscrito a Planeta, es mi agente en la sombra. El mejor tipo de agente: se alegra por ti y no te cobra nada.
Últimamente la vida le está tratando mal. Su padre falleció hace poco, por sorpresa. Bueno, como si la muerte no nos pillara siempre por sorpresa.

Pero el viernes pasado me mandó un mensaje de whastApp que me emocionó con la foto que podéis ver en el post.  Le pedí permiso para publicarla en el blog aunque he pixelado los datos personales.
La coordinación de trasplantes les daba las gracias y les informaba que el receptor de los órganos de su padre estaba bien, haciendo vida normal gracias a su gesto y que podían solicitar información más adelante para saber si seguía bien.



Me pareció sanador. Nadie se hace donante por recibir algo a cambio, pero ese pequeño detalle es una ayuda. No te devuelve a quien quieres, tampoco va a restarte dolor, no te va devolver su compañía, no va a ayudarte con  la angustia, pero a mi amiga Mar le reconfortó. Y a mí también.
Ya sé que es una carta automática pero alguien se sentó un día y pensó que era una buena idea, que podía servir para algo, y otra persona se encarga de acordarse de que los familiares del fallecido están sufriendo, buscar su nombre, buscar su receptor, y les manda unas palabras. Y aunque sea poca cosa, algo puede reconfortarles.
La muerte de un ser querido nunca tiene un “para qué” ni “un porqué” y tratar de encontrarlo te puede volver loco. La carta es un pequeño gesto, solo eso, pero en un momento así es una ayuda.

Confío en que un sistema que funciona de esa manera, que tiene esa humanidad detrás, que está hecho por personas y para personas, no se resienta con todos los dichosos recortes con los que lo amenazan, porque sería una auténtica pena que despidieran al empleado que se acuerda de mandar esa carta o que dejara de haber presupuesto para ese sello.

lunes, 15 de abril de 2013

109. Segundas partes nunca fueron buenas

Los de Planeta me tienen aterrorizada con el “impulso de compra”. Se ve que cuando vosotros estáis en casa y leéis: “Ha salido un libro nuevo”. Tenéis un resorte que os obliga a ir a la librería al día siguiente, o en ese mismo momento, preguntar por ese libro y si no está, ya se os olvida, nunca más lo compráis, y mandáis al ostracismo de las devoluciones y los saldos a los pobres escritores impacientes con la lengua larga. Sois así, volátiles, caprichosos, no lo neguéis.
Hace un poco más de un año, yo no me pude aguantar, y pasé de Planeta, del impulso de compra y de todo. Tenía tanta ilusión dentro de publicar un libro que, que se vendiera, era algo completamente secundario.  Confesé dos meses antes de que saliera el libro. No sé si muchos de vosotros no lo comprasteis porque os fastidié el impulso de compra, pero tampoco me importó.

Publicar mi primer libro fue la leche. Todo lo que pasó y todo lo que ha pasado y sigue pasando.  He tenido mucha suerte, mucha más de la que tienen la mayoría de personas que publican. Y no sé por qué.  Oye, que me encantaría saberlo y poder repetirlo cada nada, pero no lo sé.
- El libro ha llegado a la sexta edición.
- Ahora sale en edición bolsillo.
- Publicaron una agenda derivada del libro.
- Compró los derechos el Círculo de Lectores.
- Y ahora se acaba de publicar en Portugal (Aquí la versión portuguesa).

Sin contar, todas las cosas que me han pasado personalmente. Ha sido muy divertido.

Y sí, gracias a todo eso, a todos vosotros, tengo casi la entrada para la casa en la playa y a Don Giovanni. Esto en España con un libro es muy difícil. Soy una afortunada.

Pero aún más lo soy porque Planeta va a publicar mi segundo libro. Esto sí que es difícil. Primero, porque alguna gente consigue publicar el primero, pero luego las ventas no responden. Y también, porque escribir uno es difícil, pero escribir dos, y el segundo en un año, es aún más complicado.

Y a pesar de que sé me voy a llevar una regañina de Planeta por eso de vuestro caprichoso impulso comprador, lo tengo que decir: el 30 de abril, en todas las librerías, sale mi segundo libro. Bueno, lo de en todas todas las librerías, lo mismo es exagerar… Vamos a dejarlo en casi todas, o en muchas.



¿Y qué ha dicho la drama mamá de mi nuevo libro? Pues por supuesto no lo ha leído, porque si no, hubiéramos necesitado años para conseguir su aprobación, pero se lo he explicado, más o menos, y a su manera, ha colaborado. Aunque convencida, lo que se dice convencida no está:

- Nena, segundas partes nunca fueron buenas.
- Mamá, no es una segunda parte, es algo distinto.
- ¿Dime una segunda parte que haya ido bien?
- “Terminator 2”.
- Eso no ha podido ir muy bien porque yo no lo conozco. Te digo bien en plan: “Mujercitas” ¿Tú te acuerdas de “Mujercitas 2”? Pues eso.
- Bueno mamá, me hacía gracia la idea, a Planeta le hacía gracia, y tampoco es tan importante. Que me quiten lo bailado.
- Sí, sí, claro, tú siempre bailando, con lo bien que se te da… Con esa psicomotricidad tan divina que tienes, que a veces me parece casi prodigioso que seas capaz de mover todas las extremidades a ritmos tan distintos. Eso tiene que servir para algo, aunque para bailar no, está claro.
- Tú tranquila, mamá, de verdad, que no me juego las lentejas con esto. Solo tiene que ser divertido.
- Pero, nena, ¿un libro de recetas? Si tú confundes la lavadora con el lavavajillas. ¿Qué vas a enseñarle tú a nadie en una cocina?
- Que no, que no es eso, se titula El libro de recetas que no conseguí escribir, no es de cocina.
- No nena, se titula En la cocina con la drama mamá, que ya me la has vuelto a liar. Eso que tú dices es el subtítulo.
- Es que me dijeron que lo de “drama mamá” es una marca y hay que ponerlo en el título, porque así la gente sabrá de qué va al primer vistazo.
- ¿Cómo que una marca? ¿Desde cuándo soy una marca? Lacoste es una marca o Fairy. ¡Pero yo soy tu madre!
- No,  tú no, la marca es la drama mamá, el personaje…
- Ya, nena, ya, pero que la gente se cree que soy yo tal cual, incluso me han parado por la calle para decirme que no parezco tan así…
- ¿Tan así cómo?
- Pues eso digo yo.  No sé, “tan así” dicen.
- Tú no eres tan así, eso seguro.
- Bueno, pero la gente se lía. Les lías tú, que eres una liante. ¡Y ahora recetas! ¡Nena! Que la cocina es algo serio.
- Tranquila que el libro tiene instrucciones.
- Pero nena, ¿tú les has dicho a los de Planeta que no tienes ni idea de cocinar? ¿Que no me haces ni caso, y que haces el peor arroz blanco del mundo?
- Chica, no te agobies, el libro va de otra cosa, las recetas son una excusa…
- ¿Y de qué hablas?
- Pues de la vida, de las madres, de las hijas, de las discusiones…
- O sea, hablas de ti y de mí discutiendo. Como si lo viera.
- No, tranquila, son la nena y la drama mamá discutiendo, como cuando intentamos hacer pochas.
- Vamos, que somos  tú y yo. Ya me la has vuelto a liar. ¿Y seguro que has puesto bien la receta?
- Hombre, seguro, seguro… Lo que me acuerdo de lo que me enseñaste… Yo creo que sí y lo han leído tres personas.
- ¡Nena! Que Planeta se va a la ruina. Te lo digo, ya no me tomo en serio lo que pone en los libros desde que tú escribes libros.
- No te preocupes, de verdad, que es un libro de humor.  Ya vas a ver cuándo lo leas, que no es para tanto.
- Pero tú has puesto muy claro que no sabes cocinar ¿no? ¿En letras muy grandes? Lo podrían poner en la faja esa…
- Mamá, en serio, que no es un libro de cocina. Hablo de cuando las tías vinieron a Madrid, y de ir a súper, de algunas tradiciones familiares… Las recetas están ahí, y oye, he hecho la mayoría.
- Yo creo que Planeta se va a la ruina. Así te lo digo. Y a mí déjame tranquilica ya. A ver si empiezas a escribir de historias más normales, que luego la gente se piensa que yo soy un poco así.
- No les hagas caso mamá, tú no eres así para nada.

Pues eso, que ya me he vuelto a cargar el impulso de compra. Pero la primera vez no fue nada mal, nada, nada mal. Igual mi madre tiene razón y los de Planeta no tienen ni idea.

En realidad, si todos vosotros, miles de vosotros (muchos más miles de los que jamás hubiera imaginado) no hubierais mantenido vuestro impulso de compra, tengo clarísimo que yo no estaría hoy aquí, muerta de nervios otra vez y haciendo una de las cosas que más me gusta en el mundo: escribir.

Así que: gracias. Aunque no compréis este, aunque segundas partes nunca fueran buenas, aunque yo no sepa cocinar, gracias. ¡Me lo he pasado en grande!  Mi arroz blanco ya no es el peor del mundo y dentro de dos semanas, en la Biblioteca Nacional, habrá un ejemplar con las recetas de mi madre, los canutillos de mi abuela, el bizcocho de mis tías  y cientos de recuerdos, discusiones y charlas de la nena y la drama mamá. Aunque nosotras no seamos tan así, para nada... Nosotras somos súper normales, tan normales como vuestras madres y todos vosotros…

PD. Amazon, que sabe que existe escritores como yo, lo tiene en preventa. Va por Ana, mi editora, para que luego no me regañe mucho.

jueves, 11 de abril de 2013

Cosas graciosas que he aprendido de los políticos últimamente:

- Si dices Bárcenas delante de un espejo tres veces, pierdes tu pisazo o tu Ministerio. Por eso no lo debes de decir jamás, claro, menos si no tienes un pisazo, entonces adelante.

- Puedes tener un Vuitton y no tenerlo a la vez. Lo está estudiando Cuarto Milenio.

- No hacer nada es hacer algo. Se lo voy a comentar a mi jefa, a ver qué piensa.

- Hay fiestas con tanta cantidad de confeti en la que no caben invitados. Son aburridas pero muy vistosas.

- El twitter está para dar barra libre a todas las sandeces que no se te ocurría decir borracho en un bar.

- Todo lo que pone en internet es verdad, como los power point que te mandan sobre un coche sin luces que lo que quiere es retarte a una carrera mortal. Esos y los de la violencia machista.

- Si llamas decrecimiento a una crisis económica consigues esquivarla.

- Todas las cosas son falsas menos las que son verdad.

- Que 5.999.999 no son seis millones.

- Si dices “y tú más” las suficientes veces, sale el genio de cartera y te da un ministerio.

- Que para ser moderno hay que decir externalizar. Antiguos, que soy unos antiguos del “privatizar” de toda la vida.

- Que los actores españoles son el mal.

- Que existen mujeres que no le preguntan a su marido de dónde ha salido el porsche del garaje.

- Que si cierras los ojos, y miras para el otro lado, a la gente se le olvida que la has cagado.

- Que el nuevo “Te pongo un estanco” es “Te pongo una ITV”.

- Que para ser presidente de España no hace falta dar la cara, solo tener una tele en HD.

- Que puedes robar, mentir, engañar, vaguear, volar en primera comiendo jabugo, inventarte la realidad, arruinar aún más un país, decir que las cosas mejoran aunque no mejoren y  manipular la realidad sin una jodida consecuencia. Bueno, en realidad, tú no puedes.

Pues no, al final, no tiene ni puñetera gracia.

PD. Hoy escribo otro post de prestado en Marea Fucsia. Un 2X1 de indignación: No nos digan, porque no nos importa. #MFdignidad

miércoles, 13 de marzo de 2013

La única herencia que vamos a dejarte es tu educación

La vida es injusta. Por mucho que vengamos con frases optimistas, hoy puede ser un buen día o un día de mierda. Y a ti te puede haber tocado una vida fantástica, pero a otros puede que les haya tocado una de mierda.

Es así. La suerte existe, digan lo que digan. Hoy me he enterado de que mi amiga Monika está peleando muy duro contra una neumonía, una de esas que se complican, después de más de dos años de lucha contra la leucemia. La vida no es justa.

Hay cosas que no podemos controlar, por mucho que quieras, te concentres, busques energía positiva y creas en Coelho sobre todas las cosas, no hay libro de autoayuda que te saque de una de esas. A veces, el optimismo sin control puede ser un insulto.

Te toca jugar unas cartas, y con esas juegas. Puede que hayas tenido suerte, buena salud, padres cariñosos, inteligencia y dinero.

También puede que no. Mala suerte.

Pero hay algunas cosas que no deberíamos dejarlas en manos de la suerte, no hace falta. Puede que estés enfermo, pero no podemos dejarte solo en eso. Deberíamos poder colaborar a que mejores en lo posible, a que te encuentres bien, a que no tengas que preocuparte nada más que de sanar. Por eso creo en la Sanidad Pública.

Otra es el hambre. El hambre es obsceno en un mundo como el nuestro. Nuestra sociedad es capaz de alimentar a aquellos que no han tenido nuestra suerte.

Y otra de ellas es la educación. Quizás no se valora tanto, quizás no parezca tan urgente, tan vital, pero lo es.

La educación puede darle la vuelta a tu suerte. Puede enseñarte a ser mejor persona, sean tus padres cariñosos o no, te puede enseñar a esforzarte, lo hayas visto en tu casa o no, te puede hacer conseguir un buen trabajo, lo hayan tenido tus padres o no, puede conseguir que nadie te engañe con cantos de sirena, puede enseñarte a pelar por lo que mereces o merecen los demás, puede ayudarte entender el mundo, y a darte los recursos que la suerte no te ha dado.

Y eso, debería ser igual para todos. No te hablo de hacer un MBA, te hablo de que todos los niños, nazcan en la familia que nazcan, puedan construir su propio principio si sus padres, sus tutores o quién sea, no lo han podido construir para ellos. Y eso se llama educación pública de calidad. Sin importar quién gobierne, qué religión sea la mayoritaria, ni el dinero que tienen tus padres.

La educación no debería ser una herencia, si no un derecho.

Hoy os pido dos cosillas:
Echarle un ojo al movimiento #mareafucsia en #viernesreivindicativo, que este viernes quieren exigir una enseñanza de calidad para todos: http://tangledpolitics.wordpress.com/viernesreivindicativo

Y la otra es: si vivís cerca del Hospital San Pau, Mónika (@leucemina.lapp) necesita muchas plaquetas para poder seguir peleando. ANTIC HOSPITAL DE SANT PAU, Edifici de Convent, nº 11
Decid que vais para MONICA CARABAÑO.

domingo, 10 de marzo de 2013

Estar fuera del armario

Cosas que pasan cuando publico un post:
- Me escriben dos primas y tres amigas para que les mande una foto de mi corte de pelo. Todas opinan después que sí, que parezco una menina.
- Me llama mi madre diciendo que se ha tenido que enterar por la vecina de que he publicado.
- Mi hermana me manda un whastapp con caras sonrientes y miles de jajajas. Y pide foto. Su respuesta el verme: “chica, el pelo crece”.
- Mi cuñado comparte el post en Facebook, y sus amigos (que me conocen a mí y a mi madre) comentan lo terrible que soy contando cosas, aunque se ríen mucho.
- Mi madre vuelve a llamar  y me dice que eso me pasa por no tener peluquera conocida. Y que no diga tantos tacos.
- Llego al curro y me llaman exagerada porque el corte no es para tanto.
- Un amigo me dice que prefiere los post más concienzados, como por la Sanidad o la Educación, que no está el mundo para tonterías, ni cortes de pelo equivocados
- Otro me dice que se me está agotando el formato y que le mande foto del corte de pelo. No contesta después de recibirla.
- Me escribe gente para decirme que ya no publico tanto.
- Un compañero me comenta que en internet hay que escribir textos cortos y con más imagen para que funcionen, que los míos son infumables de largos.
- Me vuelve a llamar mi madre y me dice que este post está teniendo menos comentarios.
- Me manda un email mi editora y me dice que en Planeta se han reído con mi último post.
- Recibo mails de que debería publicar al menos dos veces por semana, que así, se va a morir el blog.

Menos mal que mi novio no me lee…

Últimamente me cuesta escribir. Bueno, en realidad, me cuesta publicar en el blog.

Estoy escribiendo mucho, mucho muchísimo, como nunca en mi vida. Primero porque me traigo algo entre manos que verá la luz en breve. Algo que tiene forma de libro, y hojas de libro, y solapas y esas cosas. Pero no digo más que las cosas se gafan.

Segundo porque me apetece escribir. Eso lo sé porque no leo. Es una chorrada pero si estoy en proceso de escribir, no leo casi nada.  No sé por qué me pasa, pero tampoco sé por qué si me mojo una mano, necesito mojarme la otra, y sigo viviendo igual.

A pesar de que tengo un montón de post escritos, me cuesta publicarlos. Y no lo entiendo porque es una pasada la sensación de leer los comentarios. Pero el anonimato tenía algo muy liberador.
Ahora según publico, recibo el feedback de la gente que me conoce. Y así es difícil porque me es imposible no pensar en todos ellos cuando voy a escribir, o a publicar…

Luego la vida está tan intensa que me salen unos post sin nada de sentido del humor, cagándome en toda la situación política y social: tengo uno sobre educación, otro sobre los políticos, otro sobre la dignidad… Pero no sé, en el último momento, me entra angustia de andar opinando cuando no soy nadie y tampoco creo que sirva para mucho. Y se quedan en la carpeta de no publicados.
Yo no soy nada extrovertida, de verdad. Lo que pasa es que cuando escribía aquí nadie sabía quién era yo y eso facilitaba todo. Cuando salió el libro y tuve que confesar, me costó tragarme todo mi pudor porque la gente sabía mucho de mí. Y me sigue costando. Es que ya no puedo ser la nena y Amaya por separado. Nos hemos convertido en la misma persona. Solo he conseguido escribir 13 post en todo este tiempo, bueno, publicarlos.

Y la gente que te quiere, te quiere digas o lo que digas, pero luego hay muchas personas que me conocen de vista y ahora me miran como si supieran exactamente quién soy. ¿Te imaginas que tú carnicero te dice que tu madre tiene razón, que te queda mejor el pelo recogido? Pues yo me lo imagino perfectamente, vamos que sí.

Así que he pensado que si escribo este post, igual se me empieza a pasar el vértigo, igual la extroversión es un músculo que se puede ejercitar, igual así la carpeta de no publicados se va quedando vacía, y no necesito releer 60 veces un post, que tampoco pasa nada porque la gente sepa que Amaya es la nena, y que por esta tontería a veces me pierdo lo mejor de tener el blog: la gente que está ahí al otro lado, compartiendo estas tonterías, y reírnos, sea de manera anónima o con nombre y apellido. Lo mismo da…

Bueno, os dejo, tengo que llamar a mi madre a toda leche para decirle que he publicado, que la vecina tiene pinchadas las rss del blog y es rápida leyendo.

martes, 5 de marzo de 2013

Hasta que no me llamas, no me duermo

¡Ay! El teléfono y las drama mamás.
En la adolescencia era alto tipo: que yo no sé qué tienes tú que hablar tanto por teléfono, que si te crees que tenemos acciones en Telefónica, pues te vas a su casa y se lo dices en persona, pero si acabas de hablar con ella…

A partir de los 20 años pasa a ser: que si llámame cuando llegues, y también está el “llámame cada vez que pares”, que si por qué no me coges el móvil, que si no me lo coges pienso que te ha pasado algo malo…

¿Quién no ha tenido 23 llamadas perdidas al salir del cine? Lo normal, vamos.  Le llamas a tu madre pensando que ha pasado algo horrible, algo horrible nivel 23 llamadas.
- ¿Estás bien mamá? ¿Estáis todos bien? ¿Qué ha pasado? ¿Cojo el coche y me voy para allí?- le dices casi sin aliento.
- ¿A mí? A mí no me ha pasado nada. ¿Y tú estás bien? ¿Estás en urgencias? No me digas más, te ha pasado algo. Te he llamado varias veces y no me cogías. A punto he estado de llamar a la Policía- entonces respiras, y es cuando te entran ganas de matarla.
- 23 veces has llamado, mamá, en las dos horas que duraba la película. ¿Te parece normal? Estaba en el cine y tenía el móvil en silencio.
- Pues avisa, chica, avisa, si ya sabes que siempre te llamo a esta hora. Menudo disgusto tenía. Y llámale a tu hermana que igual está nerviosa también porque le he llamado alguna que otra vez para ver si sabía algo de ti.
Lo normal.

Mi madre y yo tenemos una enfermiza relación con el teléfono. No sé si viviéramos en la misma ciudad, lo sería tanto, pero a 400 kilómetros nuestra comunicación se la debemos a Teléfonica. Lo digo así y parece que no pagamos, que sí que pagamos, vamos, que igual Teléfonica nos debe a nosotras el haberse podido expandirse a Latinoamérica.
Hablamos todos los días al menos una vez, normalmente por la noche.  A pesar de tantas llamadas el sistema no nos funciona muy bien. Se ha puesto doble llamada y el contestador y nos está volviendo locas. Ella no lo quiere quitar porque dice que así sabe quién llama cuando no está, pero a mí me está quitando años de vida.

Me explico. Cuando empiezo a tener hambre digo: “Le voy a llamar a mi madre y así ceno tranquila después”. Total que le llamo y hay varias opciones en las que ningún incluye que me coja el teléfono:
1. La primera es que suenen cuatro tonos, no está, y me salte el contestador.
2. La segunda es que suenen seis tonos, que puede que esté o que no, pero significa que yo soy la segunda llamada.
3. La tercera es que esté, suenen cuatro tonos pero no le dé tiempo a llegar a coger y me salte el contestador.
4. La cuarta es que ante las otras tres, yo opte por llamarle al móvil, que nunca jamás escucha. Y del que tampoco sabe mirar las llamadas perdidas.
Entonces le digo a mi novio de cenar, aprovechando que ella no está, está pero no puede ponerse o vete tú a saber.  Así que empezamos a cocinar o a sacar embutido del frigo que suele ser lo más normal, y según nos sentamos en la mesa, llama ella. Le cojo para que no piense que me he muerto, que alguna vez lo ha pensado, y le digo que estamos cenando, que le devuelvo la llamada cuando terminemos.
Al rato le vuelvo a llamar, entonces tengo tres opciones:
1. Que suenen cuatro tonos y salte el contestador. Entonces es que puede haya pasado a casa de la vecina porque es raro que salga de noche.
2. Que suenen seis tonos, y salte el contestador, entonces casi seguro que está hablando con su amiga Loli que dice mi madre que tenemos la misma hora para llamarla.
3. Que suenen cuatro tonos y no le dé tiempo a cogerlo.
Entonces, por fin, me llama ella.
- Nena, ¿me has llamado? Es que este teléfono va a volverme loca.
- Sí, dos al fijo y una al móvil.
- El móvil no lo oigo, solo lo oiría si fuese un perro. Debe de estar en mi bolso. Y mira que he mirado, pero no me salen las llamadas. Yo creo que no funciona.
- ¿Pero si es nuevo?
- Pues no funciona. Estaba hablando con Loli al fijo, y he ido a coger la segunda llamada pero se ha colgado. Le he vuelto a llamar a Loli porque le he dejado con la palabra en la boca.
- Mamá no hace falta que cojas la segunda llamada siempre, si quieren, ya te llamarán después o te dejarán recado en el contestador.
- Es que no puedo, es superior a mis fuerzas. ¿Y si es algo urgente?
- Pues seguro que te volverán a llamar. ¿Por qué no quitas ese servicio? Te está volviendo loca.
- Ay no, que me viene muy bien. Lo malo es lo del contestador, que deja sonar solo cuatro tonos y no me da tiempo a llegar.
- Pues llama a Telefónica y que te lo quiten.
- Ya he llamado pero no quiero que me lo quiten, lo que quiero es que lo retrasen, hasta siete tonos o así. Que salto del sofá y no me da tiempo a cogerlo. Pero me han dicho que no se puede, que son cuatro tonos y punto. Ya les he dicho que pienso buscar otra compañía de teléfono que tenga más tonos. Por cierto ¿te puedes enterar tú de eso? ¿Lo buscas en internet?
- Quita, quita, que eso es un follón mamá. Es más fácil que te toque la lotería que darte de baja en una compañía de teléfono. Mejor desactívalo y listo.- Yo me estoy viendo mirando todas las ofertas, cambiando las domiciliaciones y sobre todo, explicándole a mi madre todo, y me entran sudores- ¿Y el inalámbrico que te regalamos en Reyes? ¿Por qué no lo utilizas?
- No funciona. Bueno, a veces sí, pero otras no. Lo tengo que llevar a mirar.
- ¿Cuándo funciona?
- Pues cuando le da la real gana.
- Igual haces algo mal…
- Sí, claro, la culpa será mía. Ese teléfono está mal. Yo lo descuelgo y no oigo nada al otro lado.- entonces empezamos a oír las dos el bip de la segunda llamada. Loli no puede ser, así que casi seguro que es mi hermana.
- No lo cojas mamá, seguro que es mi hermana.
- ¿Y si no es?- bip.
- Pues volverá a llamar. Aguanta un poco que solo quedan tres tonos y salta el contestador- bip.
- ¿Y si es importante?- bip.
- Volverán a llamar- bip.
- No puedo, nena. Es superior a mis fuerzas.- y me cuelga. A los pocos segundos vuelve a llamar.
- No he llegado a tiempo, se había cortado. Bueno ¿el día bien? ¿Sí?
- Sí todo bien, trabajando mucho.
- Eso es bueno, nena, estando como están las cosas eso está bien. El mío también. Te voy a dejar que tengo mucho lío. Voy a llamar a tu hermana a ver si era ella. ¿Hablamos mañana?
- Vale mamá, que descanses.
- Un beso.

Luego vendrá con que no le cuento nada...

martes, 29 de enero de 2013

108. Nena, al mar, agua.

Todocoleccion.net
Tengo un mal día. Bueno, un mal mes. Enero es como un jodido lunes de 31 días.
Yo no soy de ese tipo de personas a las que empezar un ciclo les sienta bien. Todo lo contrario. Yo me tiro como una loca a la lotería, al euromillón e incluso a la bonoloto, y a intentar hacer bien cosas que se me dan mal, por ejemplo, cocinar.

La lotería no me ha tocado y llevo un mes comiendo fatal. Realmente creo que esta semana he comido el peor puré de calabaza del mundo, es que no me salió ni de color naranja. Todavía no me lo explico.

Y luego, otra afición por la que me da en enero es por ponerme a punto en salud. Pero no es un impulso liberador, en plan: me lo quito de encima y ya está, estoy cumpliendo con mi obligación o es por mi bien. Es más bien algo que suena a: lunes dentista, martes ginecólogo, miércoles a nadar, jueves repaso de depilación con láser, y viernes análisis. Todo eso contando que salgo a las 6 currar. Vamos, un planazo.
La semana siguiente: lunes oculista, martes recoger resultados del ginecólogo, miércoles nadar, jueves reconstrucción de una muela, y viernes peluquería.
Sí, para mí, ir a la pelu es como ir al médico: voy poco y siempre salgo disgustada. Esta semana salí disgustada y con una melenita absurda. “¿Por qué?” os preguntaréis (o no, pero os lo voy a contar igual) pues porque en la cita del lunes con el oculista, me prohibió las lentillas durante dos meses.  ¡Dos meses con gafas! Quitando que me hacen cara de panoli, que no me gustan y que quiero morder a todos los que me dicen que me da pinta de interesante… ¿Interesante? Nadie quiere parecer interesante, lo que quiere es parecer guapa, coño, que la gente es que no sabe animar. Encima de eso, veo poco.
Bueno, pues yo y mi cara de panoli fuimos a la pelu, con poca fe, la verdad. Y dije dos conceptos sencillos:
- Corta las puntas que me llegue para coleta y descárgame volumen.
Lo último que quiero yo en mi pelo es volumen. Mi madre siempre dice que tengo pelo para dos cabezas. Ondulado, grueso y seco. Pues éstas son las características que nublan la razón a todas las peluqueras del país, al menos, a todas a las que yo he ido.

Primero, paso por una serie de admiraciones tipo:
- Uy  pues sí que tienes pelo- esto es porque siempre les aviso antes de empezar, para que tengan en cuenta que necesitan un rato más conmigo, como una hora de más.
- Le voy a llamar a mi compañera, es que tienes un pelazo. Mari, ven, mira que cantidad de pelo.- Viene Mari.
- ¡Que barbaridad! Además es fuerte.- dice Mari agarrando mi melena con pasión y admiración a partes iguales, bueno, y a veces mala leche porque menudos tirones me meten.
- Y encima grueso.- yo trato de aplacar tdda esa pasión:
- Sí, pero es muy difícil de llevarlo bien. Me cuesta horrores secarlo. Menos mal que al ser ondulado no me lo peino mucho, lo dejo secar al aire y ya está. Por eso necesito que me quitéis volumen.
- Mira, chica, siempre es mejor que sobre que no que falte.- dice la peluquera 1, que no me dijo su nombre y ni ganas que tengo de preguntárselo.

La Mari de turno se va y en ese momento yo siempre pienso que no es posible que todas las peluqueras del mundo monten el mismo número, que no creo que se lo enseñen en la academia, que va a ser verdad que mi madre tiene razón (mamá, no leas esto), que tengo pelo para dos cabezas, y también suelo pensar que hay cosas que es mejor que falten, pero me callo, sonrío y digo que sí al suavizante y a la mascarilla porque la peluquera 1 siempre sigue diciendo: “Uy pues con tanto pelo hay que darte bien de producto porque si no, te va a costar muchos tirones cepillarlo, y algo de mascarilla para que se nutra porque lo tienes apagado”.

Entonces solo pienso en concentrarme para cerrar la boca, porque lo único realmente bueno de ir a la pelu es el masaje mientras te lavan. Y a mi cara de panoli lo que le faltaba es estar allí medio tumbada, con esas batas espantosas y la boca abierta de placer.

Pero esta vez hubo una pequeña novedad en la estancia en la peluquería gracias al oculista del lunes (gracias señor oculista, de verdad). Pues resulta, nada, una pequeñez en la que no había pensado, una tontería sin importancia, resulta que no te pueden cortar el pelo con las gafas puestas porque se pegan con las patillas. Solícita, como soy yo y de poco reflexionar, me las quité pero, claro, con 5 dioptrías pues no me veía en el espejo. Tan solo dos manchas. La tipa cortaba y cortaba y cortaba. Yo trataba de arrugar el entrecejo, que allá por las 2 dioptrías servía para fijar un poco la vista, pero no había manera. Y la tipa cortaba más y hubo un momento en el que ya me animé:
- Oye, que estás cortando mucho ¿no?
- Es que tienes una barbaridad de pelo, solo estoy descargando. Ya vas a ver que liberación.
Yo me callé por no molestar, que a mí no me gusta molestar, bueno, y porque las peluqueras me dan casi tanto miedo como las depiladoras que, en cuanto te descuidas, te están regañando rollo mi madre: por no sanearte el pelo a menudo, por haberte pasado la cuchilla, y te dicen cosas ¿pero y tu novio no te dice nada? No señora, pero mi madre me tiene frita, me dan ganas decirle, pero me quedo callada y no molesto.

Así, sin molestar ni un poco, seguí hasta que terminó y me puse las gafas. Casi lloro. Me fui sin peinar ni nada, con todo el pelo mojado, que estamos en enero, a dos graditos. Pero no podía ni pensar. A mi cara de panoli con gafas recién estrenada, se había sumado una melena por la mandíbula, a capas, que produce un volumen de diez cabezas y una especie de greñas por la parte de detrás que la peluquera no paraba de repetir:
- ¿Ves? Estos pelos son solo tres centímetros más cortos que los que tú traíais. Solo te he quitado peso en el resto.
- Ya, pero es que son tres mechones sueltos ¿Y el resto? Esto no me llega para coleta. ¡Me voy a tener que peinar todos los días!
- Que no hombre, te das espuma y te queda rizadito, levantado, despeinado, como un poco africano. Y tiene un toque muy moderno.

Entonces lo vi, vi a mi madre juntando esas tres palabras en una frase: moderno, despeinado y africano. Y me morí por dentro y a punto estuve de matar por fuera a la peluquera número 1, pero como soy una cagueta me fui con el pelo empapado y las gafas empañadas.

Llegué a mi casa e hice lo peor que se puede hacer: me corté los tres mechones. Ahora tengo una melena de panoli africana, despeinada, moderna y asimétrica. Porque me ha quedado más largo el lado izquierdo. He intentado igualarlo pero cada vez que lo hago, solo consigo tener que recortar el otro y la melena tiene pinta de convertirse en estilo garçon como le meta una tijera más.

Bueno, pues para terminar este fantástico mes en el que el dentista me ha dicho que tengo que hacerme un aparato para la bruxismo porque tengo los dientes del tamaño de un hámster, el médico me ha dicho que tengo el colesterol alto y que debería comer más vainas, el oculista me ha puesto gafas, y he ido al ginecólogo, que ya solo ir, sin que te diga nada malo, es desagradable, para rematar, voy este fin de semana a casa de mi madre.

Ya la estoy viendo cuando le cuente la explicación de por qué he dejado que me hagan el corte de pelo con menos sentido y estructura de mi vida: “Nena, eso te pasa por llevar siempre esos pelos. Les das ideas antes de tiempo. Llegas a la peluquería, y en vez de hacerte algo finito, peinadito, recto, pues se animan y te hacen esa modernez. Si es que siempre estamos igual, al mar, agua. Así nos va”.

Por dios, que ganitas de que llegue febrero.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Mis deseos mínimos para 2013 y balance de 2012

Este año no voy a hacer propósitos que siempre se me han dado mal. Según apunto alguno en mi lista, empiezo a no cumplirlo. Soy de ese tipo de personas que según dice “Me pongo a dieta”, le da el hambre. Este año voy a pedir deseos, que no implican voluntad, solo suerte y no voy a ser ambiciosa. A la suerte no hay que pedirle demasiado porque a veces, ante la avaricia, se da la vuelta.

13 cosas mínimas que le pido a 2013

1. Quiero que las naranjas del bar donde desayuno no amarguen ningún día.
2. Quiero que todos los días tenga 15 minutos menos de atasco para venir a trabajar.
3. Quiero que me entre el sueño a las 11 de la noche y ser una de esas personas que se levantan a las 7 llenas de energía y hablando por los codos. Una de esas que no insultan a su pareja por despertarles.
4. Quiero que todas las gasolineras tengan el botón de seguridad en el surtidor para que no tenga que quedarme como una panoli sujetándolo.
5. Quiero que se me pasen estas ganas de fumar constantes.
6. Quiero aprender a conducir sin ir pensando todo el rato "que mal conduce el resto de la gente", porque por estadística, no puede ser que solo conduzca bien yo.
7. Quiero no tener que pagar ninguna multa.
8. Quiero encontrar sitios para aparcar sin dar vueltas.
9. Quiero que no se me olvide comprar ni café ni vermut.
10. Quiero que me salga el gazpacho igualico que a mi madre. Que ni ella sepa cuál es cual.
11. Quiero que todos los libros que lea este año me encanten, que no haya ni uno solo que me aburra, se me haga bolo o me resulte soso.
12. Quiero aprender a nadar bien con el brazo izquierdo, sin ahogarme, ni tragar agua, y a poder ser, sin que parezca que me está dando un ataque.
13. Y, bueno, ésta no es mínima pero la quiero igual: salud para todos lo que quiero y para mí. Solo un catarro al año y de los que no dan fiebre. Un moqueo tontorrón para recordarte lo maravilloso que es tener salud.

Y 12 cosas buenas que me ha dado 2012:
1. Ha salido del armario cibernético y ahora la gente se sabe mi nombre. Esto a veces está bien y otras asusta.
2. He publicado un libro que ha llegado a la sexta edición.
3. Fui la hermana de la novia. Y llevaba el pelo suelto ;)
4. He conocido cientos de personas muy interesantes y he desvirtualizado a algunos que espero sean buenos amigos para siempre.
5. Mi madre y yo nos hemos ido de vacaciones y no hemos discutido. Casi.
6. He firmado en la feria del libro mi libro y he salido en la tele.
7. He conocido Cuba después de muchos intentos de viajar a ese país. He flotado en el Caribe y he visto tormentas increíbles.
8. Mantengo mi trabajo (al menos de momento).
9. He vuelto a nadar todas las semanas. Bueno, casi todas.
10. He aprendido a cocinar pochas.
11. He conseguido limpiar la casa y aprobar el temido examen maternal, incluidos los interruptores de la luz.
12. He recuperado un poco las fuerzas y las ganas reírme otra vez de casi todo.

La nena y la drama mamá os desean un Feliz año 2013 lleno de amor, humor, salud y un poquillo de suerte.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Creo en la Sanidad Pública y Universal

Estoy muy cansada de oír las noticias, estoy harta de los políticos que parecen haber olvidado qué es la dignidad. Harta de los bancos y sus anuncios en los que hablan de “confianza”. Estoy harta de que digan que tienes que estar contento de tener un trabajo: aunque te bajen el sueldo, aunque te aumenten las horas. Estoy harta de temer por la pensión mis familiares. Estoy harta de que la educación parezca un lujo. Estoy cansada de que me metan miedo en el cuerpo. Pero hay una cosa que no puedo soportar por encima de todo: que hablen de gestionar la sanidad con manos privadas y de que digan que sería más rentable.

Yo no quiero rentabilidad con la salud. La salud no se puede medir en los mismos términos que cualquier otra cosa. Si el Estado se tuviera que permitir un agujero sin fondo, para mí, ese sería el de la Sanidad.

Más intormación
Lo primero. Los impuestos no son tu hucha personal. Hay gente que piensa que si le quitan 500 euros al mes del sueldo, o 2.000, es como si el Estado se los guardara para el futuro, y le van a dar ese dinero exacto cuando lo necesite.

No. Los impuestos no van de eso. Tienen que ver con la solidaridad. Y mientras la solidaridad es con otros, parece que a este país le jode un huevo. Pero puede llegar un día, que la solidaridad sea contigo. Y entonces, me entenderás. Tú no te lo crees, porque puede que estés bien, que tengas un trabajo, e incluso un seguro privado que paga tu empresa. Ojalá no tengas que averiguarlo. Ojalá los 500 euros que me quitan a mí, o los 2.000, no los tengamos que utilizar contigo, ni con tu padre, ni con tu hijo. Ojalá.

Pero puede que un día llegue un médico y te diga: tienes leucemia, o un cáncer de colón, o esclerosis, o tu hijo tiene un linfoma. Entonces desearás que la Sanidad sea universal y gratuita y también, que no esté en manos privadas y que la rentabilidad no importe lo más mínimo.
Porque ojalá no sea así, pero igual tienes un pronóstico terrible. Uno de esos en los que solo el 1 por mil sale adelante, una enfermedad “rara” y según la rentabilidad, y esas manos privadas, por uno por mil, no sale rentable comprar una máquina, o dar un tratamiento, o investigar. Entonces, me entenderás.

Tu seguro privado te pondrá problemas, te dirá que no cubre eso o que no tienen esa carísima máquina, o puede que si es bueno, te trate, pero luego vendrán los problemas. Dirá que eres una persona de riesgo y ese seguro dejará de cubrirte. Por no hablar de lo que te costarán las recetas. No creas que hablo de 3 euros de ibuprofeno. Hay medicamentos que cuestan 3.000 euros. Medicamentos que te salvarían la vida o igual no te la salvan, solo te quitan un dolor atroz.

Si te dieran por desahuciado en la supuesta sanidad pública para la que no eres rentable, y tu seguro no te cubriera, siempre habrá un hospital completamente privado que te dirá: nosotros sí investigamos, nosotros sí compramos esa máquina, pero va a ser caro, unos 200.000 o 500.000 euros en total de caro.

Entonces tú, que creías en la rentabilidad, te olvidarás de todo, hipotecarás tu cómoda casa,  tu sueldo, e incluso el de tus familiares, para curarte, aunque solo haya un uno por mil de posibilidades, porque cuando te dan un diagnóstico así, aunque solo haya uno entre un cien mil que salen adelante, tú creerás que eres ese uno. Por supuesto que sí, tú vas a salir adelante, aunque a tu familia no le salga rentable.

Mi familia lo ha sufrido. Un diagnóstico terrible, de esos con un uno por mil sobre la espalda. Y sé, que si en la sanidad pública nos hubieran dicho que no nos cubrían, o que no merecía la pena, que las estadísticas decían que iba a salir mal, sé a ciencia cierta, que nos hubiéramos recorrido el mundo, y hubiéramos hecho cualquier cosa, y pagado a cualquier vende humos porque curaran a mi padre.

Pero como la sanidad era pública, y no buscaba rentabilidad, solo curar a la gente, le hicieron todas las pruebas, le recetaron medicamentos carísimos, le trasplantaron, le volvieron a tratar, probamos medicamentos nuevos, y perdimos. Pero peleamos, no nos queda ni una sola duda de que se hizo todo lo que pudo y eso es la leche. Jamás pienso “y si…” Porque tuvimos médicos que no pensaron ¿es este tac rentable? ¿Me espero dos semanas a hacer otro análisis que cuesta mucho? ¿Igual no necesita batidos proteícos? ¿Lo mandamos ya a casa aunque esté muy justo? ¿La morfina es un lujo?

Los impuestos tienen que ver con la solidaridad y no son tu hucha personal. Tú das 500 euros al mes, o igual 2.000, para que esos otros que no han tenido tanta suerte, no tengan que preocuparse en el peor momento de su vida por nada más que por sentirse lo mejor posible.

Y sí, habrá gente que se aprovechará del sistema, gente que malgastará, gente que defraudará para no poner dinero en la hucha de todos. Vamos a por esos. 

Pero seguro que si con 90 años, te mueres dormido en la cama sin haber pasado por un hospital no le envidiarás la suerte a todos esos que se gastaron “tu dinero” en una Sanidad Pública y Universal. Ni siquiera al inmigrante que se cruzó un océano en una patera, que igual no había cotizado tanto como tú a la seguridad social, y murió solo, a 10.000 kilómetros de su familia, con toda la dignidad que merece un enfermo, y un médico detrás que no tuvo que pensar si era rentable pelear por él o por mi padre que estaba en la habitación de al lado. Se llamaba Diadia y no era rentable, claro que no.
Yo creo en la Sanidad Pública Universal y tú deberías.