domingo, 22 de julio de 2012

Qué te diría tu madre




Acabo de volver de tres semanas de vacaciones. Tres. Semanas. He visto dos mares. El Caribe y el Mediterráneo. Y les he hecho miles de fotos mentales para que me duren todo el año y los lunes sean menos lunes. Aunque del de mañana no me libra nadie.  Llevaba sin descansar realmente 3 años, desde que mi padre se puso enfermo, porque aprovechaba todos mis días libres para irme a casa, bueno, al hospital, que fue un poco nuestra casa durante ese tiempo. Así que mi grado de sobre excitación pensando en tres semanas, entericas, para mí, casi acaba con mis nervios. Pero sobre todo, casi acaba con mi madre.  

Lo peor de un viaje no es hacer la maleta, preparar las rutas, pensar en el Fortasec (que inevitablemente siempre llega), adelantar todo el curro que deberías hacer en las siguientes semanas, ni siquiera, el pastón que hay que pagar por 21 días mirando al mar. Lo peor de hacer un viaje es tu madre. Bueno, no la tuya, la mía, claro. Como un mes antes de irme, comienzan la retahíla de consejos de todo tipo, largas llamadas avisándome de todos los peligros que ha oído sobre el país, de hijas de amigas suyas a las que robaron o perdieron una maleta, de accidentes  de lo más variopinto… Si para una madre, te puede pasar cualquier cosa dentro de casa, imagina si te vas fuera, o ¡si cruzas el charco!  Porque he estado dos de esas semanas en Cuba, y a mi madre, todo lo que no sea Valencia le parece Mordor.

Entre mis consejos preferidos están:
- Lleva una maleta de mano con dos vestidos, dos bragas, un bañador, un minineceser, una toalla y una pastilla de jabón Lagarto, por si acaso te pierden la maleta. Que el Lagarto te apaña cualquier mancha, y no hace jabón y se aclara en un pis pas.
- Lleva un cinturón cartera para llevar el dinero pegadico a la barriga, y así no te robarán. (Por si acaso no le hacía caso, me compró uno y me lo mando por correo)

- No vayas por lo oscuro, que en lo oscuro puede pasarte cualquier cosa.
- No bebas ni comas nada, que no hay nada peor que una colitis de vacaciones. (Sí, debe ser la única vez que tu madre, bueno, mi madre, ya hemos hablado de esto, te pide que no comas, en vez de cebarte como habitualmente).

- Lleva: antiestaminicos, antibióticos, antinflamatorios, calmantes, antimosquitos, tiritas, jarabe, suero oral, y unas tijericas, que nunca sabes cuando vas a necesitar tijericas en la vida. (Mi madre no viaja con su médico de cabecera de milagro. Yo creo que incluso le ha preguntado alguna vez su destino de vacaciones, a ver si con suerte, coincidíamos)
- Llama cuando llegues, que ya sabes que yo no descanso hasta que sé que estás bien.

- No seas aventurera, que no hay ninguna necesidad. Tú segurica, y si la gente se tira en una piragua por una cascada, pues tú sacas las fotos, pero desde el autobús. Que vista una cascada, vistas todas.
- No te separes del grupo, tú pegadica a ellos, si van al baño, pues tú con ellos. Que mira que si te secuestran…

- No te sientes en ningún baño, ni siquiera en el hotel, compra un desinfectante y lo limpias un poquillo, que nunca se sabe si la mujer de la limpieza del hotel ha tenido un mal día, que todo el mundo tiene derecho a tener un mal día.
- No andes descalza por ahí, te pones las chanclas, que se cogen unos hongos malísimos que luego son muy difíciles de quitar. Y te pones un par de bolsas de plástico en los pies para bañarte en los hoteles.

- Lleva una chaquetica por las noches por si refresca, que los sitios de playa son muy traicioneros, no te vayas a enfriar.
- Y sobre todo, guarda dos horas de digestión antes de meterte al agua. ¡Que no quiero un disgusto! Ala, nena, pásatelo bien, y llámame todos los días ¿eh?

Sí mamá, si me salvo de la colitis, las diarreas mortales, los ladrones, los secuestradores, las cataratas del infierno, los hongos, los virus, las tempestades típicas de agosto y el frío glacial de las noches de verano, prometo pasármelo bien.

Pero sí, a pesar de los mosquitos y de un estómago demasiado sensible al cambio de alimentos, tengo el mar metido en las retinas, la piel dorada, y llevo arena en las esquinas del bolso, en mi casa hay ron cubano y el café de las mañanas es intenso, he leído tres libros en dos semanas, he flotado horas en el agua, he visto lugares increíbles , me he empapado de tormentas cálidas, se me han pegado canciones que no conocía, y me he reconciliado un poco con el mundo, que ya era hora.  Bueno, y me he ido una semana con mi madre a la playa, a su Mediterráneo y sus gambitas, pero eso ya es otro post, bueno, o cuatro.




martes, 19 de junio de 2012

102. No ofendas a nadie, nena

Solo Stocks
Mira que habré oído veces esta frase a lo largo de mi vida. Que no es que yo sea de ofender, vamos, que ni si quiera he estado medio cerca de que nadie me parta la cara por faltarle, pero a mi madre le horrorizaba que pudiera decir cualquier barbaridad. Pues imaginaros ahora que mis barbaridades han tenido cobertura nacional.

Cuándo utiliza mi madre el consejo:

Cada vez que le digo que tengo una entrevista empieza:

- Y tú no ofendas a nadie. Con respeto siempre, que hablar es muy fácil y luego remediarlo muy complicado. Así que mejor, no hables mucho. Ay ¡por dios! Y dices que sales en el programa de Ana Rosa… ¡Pero si eso lo dan en todos lados! Por favor, nena, no hables mucho, que hablen ellos. Tú sonríe, que una sonrisa siempre es resultona. Y calladica, aunque parezcas tonta. Mejor eso, que hablar de más. ¡Ay! A ver si esto se termina pronto que yo estoy negra.

Por eso tengo esa cara de panoli, en realidad, estoy tratando de no faltar. En realidad no soy nada simpática, es miedo a hablar de más, bueno y la colleja que me puedo llevar…

¿Pero de dónde viene todo este miedo de mi madre a que yo le ofenda a alguien?

Pues bueno, resulta que un día ¡uno! No dos, ¡solo uno! Cuando yo era pequeña, una inconsciente y cándida niña pequeña, vino un tío segundo a casa de visita con su mujer. Tenían un cochazo que yo no había visto en mi vida, con elevalunas eléctrico, que eso era magia en mi mente. Y tenía un ordenador de abordo, que sonaba muy moderno pero era como una pantalla de calculadora que decía la temperatura interior del coche. También tenía un móvil, que en realidad era tan grande que servía de apoya brazos. ¡Y sobre todo tenía aire acondicionado! Que eso era la magia total porque mi padre tenía un Dianséis azulón descuajeringado, y cuando me decían:

- Nena, pon el aire.

Pues la nena bajaba las ventanillas y sacaba de la bolsa del asiento dos abanicos. Lo hacía con ilusión porque era mi tarea en el coche. Lo malo es que duraba 5 minutos y el viaje a Benidorm unas 9 horas y media. Ya nos pareció el invento del siglo cuando sacaron unos miniventiladores a pilas, que podías llevarlos en el bolso. Teníamos cada uno el nuestro, y eso que no te despeinaban ni el flequillo, pero uno tenía como la ilusión del frescor, y en los 80, con eso nos bastaba. Bueno, por no mencionar lo divertido que era jugar a parar las hélices con el dedo. Divertido para nosotras porque mi madre vivía sin vivir en ella:

- ¡Vais a perder un dedo! ¡Estaos quietas ya! Que aún paramos en Teruel en urgencias, y eso de ir de tour por las urgencias no, nena, bastante tenemos con que en casa nos traten de tú.

- Pero mamá, si va muy flojito… Si se para al tocarlo.

- Hasta que no se pare y te arranque un dedo. Y a ver cómo te atas los cordones con 9 dedos.

- Pues me pones zapatillas de velcro que Martita tiene unas súper chulas…

- ¡Habrase visto la respondona! ¡Tú vas descalza como pierdas un dedo! ¿Me oyes? De peregrinación te mando a Roma descalza, por lista.

- ¿Roma está más lejos que Benidorm?

- Mucho más lejos.

- ¿Cómo cuanto?

- Como ir y volver 20 veces.

- ¿Y para Benidorm queda mucho?

- No empecemos ¿eh? Acabamos de salir. No empecemos que tenemos todavía 9 horas de viaje y como me canses te dejo en el arcén y que te recojan los del circo. Así podrás meter los dedos en todos los ventiladores que quieras.

Y en aquel Dianseis, que descubrí hace poco que en realidad se llamaba Diane 6, íbamos a Benidorm. Nosotros cuatro y mis dos primas, en un estudiado sistema de aprovechamiento del espacio, que incluía una niña durmiendo en el suelo. Me gustaría ver a Calatrava metiendo todo lo que nosotros metíamos en aquel coche. Tampoco era tan peligroso porque no debía pasar de 40 por hora. Y ahora somos unas sufridoras que nos metes en un vuelo a China, y ni lo notamos. Echamos de menos el bocata de tortilla de patata a medio camino, eso sí. Y la meada cronometrada en El Milagro de Teruel. En un vuelo a China puedes mear al gusto, ¡eso es un lujo!

El caso es que vino ese tío segundo de visita a casa y me empezó a chulear de coche al ver como mis ojos hacían chiribitas (esta palabra tengo que usarla más: chiribitas!): “Que si mi coche tiene cierre centralizado y en el de tu padre no funcionan dos puertas, que si mi coche tiene asientos de cuero y el de tu padre fundas de pelotillas de madera, que si el mío es descapotable y el de tu padre no, que si el mío coge 120 y de tu padre ni empujándolo con un tráiler”. Total, que se me ve que me estaba tocando las narices con tanto chulear y sobre todo, con tanto desprestigiar a mi padre, que le miré, miré el coche, miré a mi padre y le dije con mucha dignidad y aún más condescendencia:

- Pues sí, pero mi padre es bastante más alto que tú. Y eso es para siempre, no como el coche. – y sonreí con una de esas sonrisas que mi madre dice que son tan resultonas, aunque en aquel momento no se lo parecieron. ¿Qué cosas no?

Risitas nerviosas de adultos, algún pisotón, pellizquitos disimulados… Porque este tío segundo era muy bajito, muy muy bajito, y, por supuesto, no lo llevaba bien.

Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:

Pues hombre, está claro que no es cuestión de ofender, pero como alguien nos chulee por nuestro Civic golpeado, al que no le funciona el cierre centralizado, hijos míos, ¡a dar donde más duele! Que al menos tenemos aire acondicionado.

PD. Señores y señoras de Bilbao, gente maja, estaré este viernes 22 de junio en la Casa del Libro en Alameda de Urquijo número 9,  desde las 18.00 hasta las 19.30 firmando mi libro. Estaré muy muy sonriente, por si se animan a pasar y prometo no faltar a nadie. Palabra mamá.

miércoles, 30 de mayo de 2012

La nena en la feria



El sábado pasado estuve firmando en el Retiro. Esto en mi familia ha sido un acontecimiento grado BODA. Yo me sentía la novia: protagonista total, todo el mundo me decía lo guapa que estaba y me quería saludar, y también me tuve que tomar un litro de tila ante el miedo de quedarme sola en el altar de mi caseta.

Vamos, un horror. Sobre todo la pre-feria.

Noche anterior:

Salí a cenar con mi drama mamá, su ya inseparable Maricristi y mi novio, un mártir. Después de un arduo debate, llegamos a un acuerdo acerca del vestuario, pelo, maquillaje y fallamos en el bolso. Casi siempre llevo el mismo, es marrón, de cuero, y sí, está desgastado por los bordes, bueno y no cierra, se rompió el enganche hace tiempo, pero es mi bolso. Cuelga, no pesa, cabe de todo, y tiene mi forma. Lo apoyo en el suelo y no sufro, y también tiene de bueno que jamás nadie en su sano juicio me daría un tirón. Así que muy a pesar de mis personal shoppers, lo llevé.

Esa noche no pude cenar. Me dolía la barriga como se me hubiera metido un gato dentro. Y perdí dos kilos del movimiento cinético que llevaban mis piernas. Mi madre perdió otros dos porque su amiga le hacía de rabiar diciéndole que, o se portaba bien, o iba a gritar en medio de la feria: ES LA MADRE DE LA AUTORA.

No cenamos, pero nos reímos mucho.

La mañana en sí:

Tila. Más tila. Baño. Tila. Baño, baño. Cigarro, cigarro, tila. Cigarrro, cigarro, cigarro. Así llegué a la caseta y no había más que 3 libros: cigarro “¿Dónde me puedo tomar una tila por aquí cerca? ¿y un baño? ¿dónde hay un baño? Es urgente porque con lo que me cuesta mear en un baño público (no tocar nada, tirar todo el papel higiénico que haya podido rozar nada, otro poco más que haya rozado la atmósfera, ponerme de cuclillas en la taza, tirar dos veces de la cadena) me lleva un tiempo.”

Lo que pasó es que los libros se habían agotado el día antes. Yo no lo entiendo. Mi libro debe ser el libro que nadie puede comprar. Es un mito. No existe. El caso es que entré en la típica vorágine rollo “¿Dónde está mi libro? Yo ahí no me siento que le he prometido a todo el mundo que habría libros. ¡Señor! ¡Que está mi madre! Yo no salgo”. Una amable librera de la FNAC me tranquilizó, me agarró de los hombros, me llevó atrás y me puso el móvil en la mano y después de una llamada un pelín histérica a un número que tenía de Planeta, otra completamente histérica a mi editora, tres incursiones de mi madre, mi novio y Maricristi a la trasera de la caseta, un cigarro, y más histeria, llegó una chica con una caja y 100 libros. Alabado sea el Señor.

Dentro estaban sentados firmando Revilla, Macaco, Gutierrez Aragón y la Supernanny. Y según entraba, me sentía como un niña de cuatro de EGB el día que tiene ir a la clase de los de octavo (¡los de octavo!) a dar un mensaje al profesor. Pensé en pedir otra tila, pero el baño quedaba lejos. Me senté, la supernanny me dijo que a su madre le había encantado el libro y entonces sí: me lo pasé pipa. Dos horas conociendo gente, hablando con personas que conozco a través de sus nicks, puse cara a avatares, vinieron amigos, tíos, mi hermana de sorpresa y una amiga desde Pamplona, las de la páginas 357 del libro con tarjetas identificativas, gente de Elche, de Asturias y nombres que ahora tienen cara: Briseida, Covadonga, Juan, Los paparrachos… Dos horas en las que no paré de sonreír. A pesar de lo que me meaba.

¿Lo peor? Que vinieron desde Bilbao dos chicas a las que les tuve que firmar un flyer porque no había libros, otra vez. Fue un espejismo. Los vendí todos.

¿Lo segundo peor? Que ese número de teléfono que yo tenía de Planeta, pues no sé por qué narices pensé que era un comercial, y le conté mi vida, mis problemas, y mis nervios, habló con mi madre, y mi novio, creo que hasta con Maricristi. Le comenté lo de la tila, que no había libros en ningún lado. Que yo no lo entendía. Que a la madre de la supernanny le había encantado mi libro… ¿Lo tercero peor? Que me ha llamado hoy porque quería hablar conmigo y yo le he dicho tenía una agenda muy complicada y que, bueno, que ya veremos como nos apañamos. ¿Lo cuarto peor? Que me acabo de enterar de que era un súper jefe de Planeta. Sí. Tal cual. Me voy a tomar una tila.

¿Lo mejor? Mi madre:

- Nena, te puedes creer que estoy por ahí en la cola haciéndome la desconocida y ha pasado un matrimonio. Y coge ella, al ver el cartel de “Ahora está firmando Amaya Ascunce”, y le dice a su marido: “Mira está firmando Amaya”. Pero cómo van a saber esos dos quién eres tú. ¿De qué? Yo no lo entiendo nena, no lo entiendo.

Lo segundo mejor: también mi madre cuando mis amigas la encontraron medio escondida y le hicieron dedicarles el libro. “Que me van a pillar, por Dios, que me pillan ¿pero yo qué voy a firmar nada? Voy a matar a esta cría. De ésta, la mato”.

PD. Como sigo teniendo ganas de tila, este sábado 2 de junio repito. Si todavía queda alguno con ganas de verme firmar con mala letra (porque con tanto nervio es imposible hacer buena letra, mamá) estaré de 12 a 2 en la caseta 201, la de la librería VID. No habrá tanta gente porque ya no me quedan muchos amigos a los que sobornar, pero tendré más tiempo para charlar. ¡Ah! Y el señor de Planeta me ha dicho que habrá libros, muchos libros.



domingo, 20 de mayo de 2012

No hay una segunda oportunidad para dar una buena primera impresión


Bueno, os acordáis cuando yo era solo la nena y me partía de risa en mi salón y decía barbaridades y nadie me conocía. Bueno, mi novio sí me conocía. Y mis amigos también. Menos mal. Yo me acuerdo. Era tan fácil… Ahora soy la nena para mucha gente. Tampoco es que nadie me haya parado por la calle. No vayamos a exagerar. Pero ese entorno que te conoce de vista, ese que no sabía ubicarte mucho, ese ahora sabe la mitad de mi vida. Y es muy raro. Vamos, mi carnicero, las chicas de la pelu, la depiladora… Esa gente me dice que no tome tanto café y que haga más caso a mi madre. Yo me callo por prudencia, qué digo prudencia, yo no he sido prudente en mi vida, me callo por estupor. Me quedo bloqueada y sonrío pensando: “tengo que cambiar de carnicero”.

El caso es que dentro de esta vorágine, en el que tengo que aceptar que soy la nena, llega la cita más temida. El sábado 26 de mayo, sí, el finde que viene, firmo en la feria de Madrid. De 12 a 2, en la caseta del FNAC (82 y 83). ¿Por qué es una cita terrible? Yo curré un año en una editorial y tenía que acompañar a los escritores a la feria. A veces no firmaban ni un libro. Y otras, solo a sus amigos. A veces, el mismo amigo pasaba hasta en cuatro ocasiones para que pareciera que había montón. Y siempre dije: “si alguna vez soy escritora, nunca firmaré en la feria”. ¿Sabéis aquella vez que dije que nunca diría las mismas frases de mi madre, me abrí un blog y me escribieron miles de personas para decirme que las iba a repetir? También está la vez que dije que cuando fuera mayor jamás iba a comer gambas porque eran asquerosas. O que el vino tinto sabía como chupar un hierro. Y la vez que dije que en cuanto me independizara iba a tener un perro, o que a los 27 años iba a estar retirada, bueno, y la vez que dije que yo nunca me pondría pantalones pitillo. En fin, si es que esta boquita me pierde.

Pues nada, que una vez más, la vida viene a contradecirme y el sábado firmo. Ya tengo preparadas hordas de amigos para que hagan cuatro veces la cola. Y mi madre va a venir. Eso sí, de incógnito. Solo me va a mirar de lejos, a través de un periódico agujereado, con peluca y gafas de sol. Ha prometido incluso no saludarme, aunque estoy por llevar el pelo suelto, que sé que no se va a poder aguantar y acabará viniendo a apartármelo ella misma de la cara. Yo no sé si pasaré mal rato, pero solo por ver a mi madre en plan Inspector Gadget creo que merece la pena.

Bueno, y también por si venís algunos de los de siempre. Ahora, las presentaciones pueden ser finas: Hola, yo soy “la nena”, pues yo soy “esto es para una que lo quiere así”, ay yo soy “pseudosociologa”, pues yo “peinetapintxomonillo”, pues yo “Mi alter ego”, y yo “Amanda Jones”, “Yolandica” y “Tarariro”, “Irene y Umpa Lumpa”, “Opiniones Incorrectas”, “Arare 75” y yo “nosoyñoño”. Eso es para verlo. En serio, tiene pinta de convertirse en la conversación más absurda de la feria. Y todo esto, imaginando que mi madre me espía desde lejos con peluca pensando:

- ¿Por qué se habrá puesto esos vaqueros? Con lo mona que está con el vestido que le regalé yo. ¡Y encima deshilachados! Lo hace para fastidiar, porque ya me dirás. Pues ya se lo tengo dicho, no hay una segunda oportunidad para dar una buena primera impresión. ¡Qué castigo de hija!

Ay infeliz…. Esta boquita me pierde. ¿Para qué me miento? Iré exactamente con el vestido que me regaló ella que me da una pinta de ñoña… Por favor, no seáis duros con la primera impresión, en realidad, nos conocemos desde hace mucho. O casi. Será fácil reconocerme, seré la morena repeinada algo cursi que sonríe con cara de agobio y piensa: por favor, que venga alguien, por favor que mis amigos solo tengan que pasar 4 veces, con solo 4 me conformo.

PD. Pamploneses (que no pamplonicas, esto ya lo hemos explicado) también firmaré en Pamplona, el día 9 de junio a las 19.00 horas en la feria en la Plaza del Castillo. Mis amigos forales que vayan pensando ya en hacer cola. Varias veces.

lunes, 7 de mayo de 2012

La nena de promoción


El sábado fui la noticia más leída de El Mundo.es. El mundo está loco. El periódico y el otro, el que está lleno de gente. Lo que me tranquiliza es que la segunda noticia más leída era “Sobrevive tras entrarle un rayo por el escroto”. Esto me pone en mi lugar. Sobre todo, para todos esos que andan pensando que mi libro es un libro serio. A ver, mi libro es una tontería y esto puede ser fantástico. Al menos para mí. Hay gente que escribe tratados sobre economía. Yo he escrito mis batallitas infantiles. ¡Y me las han publicado! ¡Planeta! Ya he dicho que el mundo está loco.

A lo que iba. Yo no sabía que a los medios les iba a interesar tanto el libro. Ni siquiera Planeta lo sabía, porque muchos me habéis escrito diciendo que se ha agotado, y esto me jode, porque yo me quiero hacer rica y si no hay libros que comprar, yo sigo pobre. Y como no me forre después de haber armado este lío, mi madre me mata. Con razón. Mi madre, la santa drama mamá, está al borde del colapso. Solo le salva que su amiga Maricristi está con ella y le ayuda a gestionar todas las llamadas que recibe en la que le dicen: “la nena está en la tele” “he oído a la nena en la radio” “¿por qué la nena anda hablando de tener hijos? Si no está casada”. En fin. Ahora, que ella me ha dicho que la casa en la playa es a medias. Tiene razón. Y solo por el humor con que se está tomando toda esta historia, merece un altar. Ella me dice qué debo ponerme para cada entrevista. Yo no le hago ni caso. Ella me regaña. Y nos reímos. Así es la vida. Uno tiene que reírse incluso cuando faltan las ganas. Y de esto, sabemos algo.

El caso es que esta semana me han pasado cosas increíbles:

- Pedro Piqueras ha dicho “drama mamá” en un telediario nacional.

- Me he tomado un café con Isabel Gemio. Bueno, ella una manzanilla.

- He dicho a todo el país en un informativo de máxima audiencia que mi madre me había obligado a recogerme el pelo para la entrevista. Con 33 años.

- Me han preguntado 3 veces, en serio y en directo, si lo negro del plátano está buenísimo. Y he tenido que contestar. Entenderéis que salga medio muerta de la risa en todas las entrevistas.

- Juan Ramón Lucas me ha dado dos besos y me ha dicho que le gustaba mi libro.

- Pilar Tabares me llamó Ainhoa tres veces y me regañó por meterme con mi madre. Todo en directo. Luego entró al estudio una chelista llamada Ainhoa que no entendía qué nos hacía tanta gracia.

- Hilario Pino me ha ganado a pelazo en nuestro duelo.

- Me han dicho que no debo hablar de maternidad sin tener hijos. Esto ya lo sabía. Por eso no hablo de maternidad, hablo de ser hija.

- La tele vino a mi casa y tuvieron que pasar a la cocina porque me estaban entrevistando en directo en una radio en el salón. Pasaron a esa cocina a la que le dije a mi novio: “bah, no hace falta que barras que pasarán directos al salón ¿para qué van a entrar en la cocina?”.

- Carles Francino me ha hecho preguntas, ¡a mí! (¡Carles!)

- Me han llamado Puta (sí, mami, puta) porque debe haber alguien que tiene escrito un guión con frases de madre. Lo siento. Ya sé que el tema no es muy original. Es más, confieso que todas las frases las he copiado de mi madre, pero las batallitas son mías ¿eh? Mis cicatrices dan fe.

- He consumido unos 60 cafés en 5 días.

- Me han dicho que no creo en la igualdad de género porque solo hablo de mi madre. Me entró una risa espantosa. Casi me ahogo. Creo que era culpa de tanto café.

- Mi libro ha sido número 1 en ventas en Amazon.es

- Una peluquera de Telemadrid me regañó por mi peinado, me sentó en una silla y me hizo unas ondas que hubieran vuelto loca a mi madre, en 5 minutos. Y luego yo me tiro hora y media en casa para que mi madre me diga que si me han peinado los gatos.

- Una maquilladora me pintó unos coloretes que los de Heidi a mi lado parecerían discretos pero todo el mundo me decía eso de: “Es que con los focos no se nota”. Como soy imbécil les creí. No he querido ver el programa. Por si acaso.

- Se me han declarado dos hombres que no conozco por Facebook.

- Me han preguntado 3 veces por los hijos que no tengo.

- Me senté en la misma silla que Ana Torroja en el programa de Marta Robles, mientras yo solo me concentraba en no caerme, no toser, no decir tacos, y sonreía con cara de panoli total y pensaba esa cosa absurda de “¿A cuál de estas 6 cámaras tengo que mirar? No digas tacos nena, que tu madre te mata”.

- Me han escrito más de 15 amigas del cole, 3 ex vecinas, y dos ex jefes. Bueno, y una persona que me odiaba.

- Me han llamado hija desagradecida. Varias veces. Lo siento mamá, si yo te quiero mucho… Es que se me ha ido de las manos.

- Me han llamado pamplonica 15 veces. Soy pamplonesa, pamplonica es el chorizo.

- He tenido una persona que me llevaba la agenda de medios, Fátima, es una persona canaria muy maja. Pero lo increíble es que yo haya tenido agenda.

- El jueves solo pude mear una vez en todo el día.

- He oído más de 1000 veces eso de: ¿y cómo no se le ha ocurrido a nadie esto antes? Pues parece que sí, que hay alguien con un guión parecido.

- He hablado 305 veces con mi madre por teléfono en cuatro días. Hemos gritado en 304, llorado en 303 y celebrado en las 305. Casi nos meamos de la risa en 2 de ellas, después de que su amiga, Maricristi, le haya dicho a dos libreros que ella es la madre de la autora y le hayan llamado “LA DRAMA MAMÁ”.

- Me han pedido en 7 ocasiones que ella entrara en directo a lo que siempre ha respondido que me mata. Le creo.

- Mi hermana y su marido estuvieron conmigo en la radio mientras ella me ponía caras de: “Ni se te ocurra decir que soy tu hermana y que me toque decir algo, te mato”. También le creo.

- Me han apellidado Espunce, Aszunce, Aspunce, y una vez Peunce.

- Me han dicho unas 32 veces que soy más guapa, normal y menos tullida de lo que imaginaban. Es una suerte.

- Le he dedicado a mi madre la canción de Mediterráneo en la radio.

- Me han llamado inconsciente. Esto me suele pasar casi todas las semanas, tampoco es tan increíble.

- Mi abuela, primas, tíos y tías me han hecho el mejor clipping de la historia. He recibido unos 600 mensajes de dónde salía y al momento. Incluso de entrevistas que no recordaba haber dado. Incluso vídeos grabando la tele. Cobertura familiar cien por cien.

- Me han dicho 300 veces que no me tomo en serio esto y las 300 he pensado: “¿Pero cómo narices me voy a tomar en serio la vez que mi madre y yo discutimos sobre si el suelo de su casa se puede chupar?”

- He dedicado 7 libros.

- Me he equivocado dos veces con mi edad.

- Y ¿ya he dicho que Pedro Piqueras ha dicho “drama mamá” en el telediario?

Lo dicho, el mundo está loco.











viernes, 20 de abril de 2012

Doy la cara

Pues sí, esto del libro tiene su gracia. Qué digo su gracia, que el otro día me llegó el adelanto del primer ejemplar  y estuve llorando media hora de la ilusión. Tanta ilusión había en mí que me saqué una foto y la subí a mi Facebook con el primer ejemplar, y esa cara de panoli que hubiera puesto con 8 años si los reyes magos me hubieran traído la dichosa Barbie. Vamos, panoli total. Toda emocionada la subo, y se me escapó un pequeño detalle, subí una foto en pijama. Todavía aguanto las bromas  de mis amigos. Y no solo eso, mis amigos la andan compartiendo por ahí… Como le llegue a mi madre, estoy jodida.

El libro tiene su gracia pero también tiene una parte que me tiene algo desubicada. La gente me puede conocer, ver mi cara, y como me entre mucha ilusión, incluso ver mi pijama. Soy así: espontánea y, sobre todo, algo cutre. Y en éstas estoy, porque este mes salgo en la revista ELLE. Desde noviembre trabajó ahí en la web. Y mis compañeras han querido sacarme una foto y hacerme una preciosa página hablando del libro. Que la foto es preciosa, vamos, que salgo bastante más guapa de lo que soy. Mirando al horizonte, como pensativa y quieta. Esto son dos cosas que nunca me pasan. Yo no tengo capacidad de concentrarme en el horizonte y pensar: qué bonita es la vida. Yo soy movidita. Yo miro el horizonte de pasada mientras me como las uñas y pienso que va a llover. Y lo de quieta… Pobre fotógrafa… Me puse nerviosa, pero nerviosa nerviosa, vamos, que perdí un kilo en la sesión. Y me dio por hablar, esa chica ya se sabe mi vida, mi infancia, porqué tengo la nariz torcida, que el pelo retirado me queda mejor, que estoy deseando que llegue la época de gazpacho, que me desmayo con frecuencia… Le conté todo.  Me deja dos minutos más y le doy mi PIN. Creo que tuvo que andar mal para encontrar una foto en la saliera con la boca cerrada…
El caso es que salgo bien. Yo me veo bien, todo el mundo te dice esa cosa algo torturadora que es: “sales súper bien, no pareces ni tú”. Yo me contengo las ganas de sacarles los ojos, porque ya os he dicho que tengo un ejemplar de mi libro, y voy flipada por la vida. En plan, me pisas un pie, no me importa ¿te he dicho que publico un libro?; me das un golpe en el coche ¿qué mas da? ¿te he dicho que publico un libro? Es más, el otro día cogí un taxi y le conté que publicaba un libro. Así tal cual.
- Pues parece que va a llover- me dice el hombre
- Y qué mas da, señor, si yo publico un libro
Vamos que estoy en plan Umbral, a todos los sitios a los que voy, hablo de mi libro… A ver cuánto me duran los amigos.

Bueno, el caso es que le llevo a mi madre la página de ELLE, plastificada. ¡Su hija! En una revista como ELLE. Toda una página para ella solita ¿Y qué dice mi madre?
-  Mira nena, te lo tengo que decir porque soy tu madre. Y si tu madre no te dice la verdad, quién te lo va decir. Esa fotógrafa sabrá mucho de luz  y habrá conseguido sacarte sin que salgas borrosa, hablando o con los ojos cerrados. Que esto ya es mucho. No como en las fotos de la boda. Que yo no sé cómo lo has hecho.  Que pareces un ente en todas las fotos. El fantasma de la boda te van a llamar. ¡Que cruz! Menos mal que hay vídeo. A ver si ahí se te ve un poco normal. Pues mira, bastante mérito tiene esa chica con la foto. Eso sí, a ti ese peinado medio suelto no te va. Tú tienes mucha quijada…- aquí ya intervengo.
-  Por dios mamá, por lo menos, di mandíbula.
-  Mandíbula, quijada, lo mismo da. Que se te ve una frente estrechica y esa mandíbula para partir nueces. Que te empeñas tú. Que no me creo que fuera la fotógrafa esa la que te pusiera ese recogido. Eso es una manía tuya. Que te agarras cuatro pelos y te dejas la melena de leona suelta y no te favorece nada. Te lo tengo que decir.
- Mamá, todo el mundo me ha dicho que estoy guapa, que no parezco ni yo.
- Anda ya, nena, que tu eres veinte veces más guapa que la que sale en esa foto hombre. Pero con todo el pelo retirado, como tiene que ser.

Vamos, que mi mejor crítica la tengo en casa… Eso sí, en mi pueblo, en un día, se ha agotado el ELLE y mi madre va por las librerías tapando las otras revistas, por si acaso va alguien y no compra la de su niña, que por mucha quijada que tenga, es la suya.

PD. De la boda solo os voy a decir una cosa: pelo suelto. Viva la madre que parió a la peluquera que me hizo unas ondas hacia atrás que le encantaron a mi madre. Aunque tendríais que haber visto el repaso que me metió ella con el bote de laca cuando salíamos por la puerta.
- Así nena, que se quede levantado, que se te vea bien.

Menos mal que el viento y la lluvia ayudaron a que el flequillo que me dejó, rollo 'Algo pasa con Mary', bajara un poco. ¿Os he dicho que el 3 de mayo publico un libro? Por si acaso…

jueves, 12 de abril de 2012

No me aguanto

Cuando me pongo nerviosa hablo, hablo mucho. Soy capaz de contarle mi vida a cualquiera. Si bueno, ya lo sé, en realidad ya os he contado mi vida... Pero es que soy nerviosa todo el rato. 
A lo que iba, hoy estoy histérica porque el sábado es el gran día, tengo dos vestidos de verano, amenaza de tormenta, una previsión meteorológica de 6 grados, un discurso en mis manos, una manicura con la que no soy capaz ni de fumar, 2 maletas y una drama mamá que pesa más que todo eso. Bueno, y nos queda el tema peinado... E insisto no soy la novia. Si lo fuera, creo que estaría ingresada. Así que, en este clima tan relajado. No me aguanto:


¿A qué es bonita? Lo más increíble es que la ilustradora, Luci Gutierrez, no me conoce de nada, ni a mi madre. Es más, ha visto las mismas fotos que vosotros, y ¿sabéis? ¡Nos ha clavado! Pero si hasta yo tenía un vestido igual. Por no hablar de mi madre... La misma melena, la misma diadema y la misma carita de: "nena, que no te lo tenga que repetir..." Le falta el audio, porque una drama mamá sin audio, pues pierde encanto. Por ejemplo podría decir lo que acabo de oír hace un rato por teléfono:
- Vete pronto a la cama, que mañana tienes que conducir. Despacio ¿eh? Y por tu derechica. Y cuelga bien el vestido, el bonito, el otro, ni lo traigas. Y no llegues tarde, que nos conocemos, y tenemos que decidir qué peinado vas a llevar.
- Pues suelto, mamá, con alguna onda.
- ¡Ondas te voy a dar yo a ti! ¡Pero a sopapos! Te agarras el pelo, hombre que si te lo agarras... Bien tirante, que se te vea bien la cara. Te he comprado unas horquillas con brillitos que te van a encantar.
- Mamá, que  no me gustan los brillos.
- ¿Pero qué te pasará a ti con los brillos por Dios? Que no tienes ni idea, eso te pasa. Si quieres te ponemos una cuerda para la boda de tu hermana. ¡Por encima de mi cadaver! Ya vas a ver qué bien vas a ir. Y te traes los pendientes finos. Los elegantes. No esos colgantes hippies que te pones. Que a veces me llevas una pinta de apache. Que no lo entiendo, porque tú contacto con los apaches no has tenido. Eso es culpa de la tele. Que os enseña cada cosa. El otro día ví un programa sobre unas madres que buscaban novia a sus hijos. ¿Tú has visto eso? Una locura, nena. ¿Pero esa gente donde vive? Porque yo no me los encuentro comprando el pan. Me daría cuenta. Y luego te quejas tú de mí. Con lo normal que soy como madre. Si a mí, con ir bien peinada me tienes contenta. Bueno, y bien vestida. Finica, nena, en la vida hay que ser fina. Y más a una boda. Que la gente confunde ir guapa con ir reventona. Venga y a dormir ya.

En fin, que más que nerviosa, me ha puesto histérica y no me he podido aguantar.

PD. Para los del otro lado de charco, bueno y los que quieran de aquí, el libro se va a vender en Amazon.  Ya está en preventa en aquí.
¡AH! Y aunque parezca increíble, hay otra autora con el mismo nombre que yo que ha escrito un libro sobre el patrimonio histórico de Navarra, que también os lo podéis comprar, porque Navarra es rebonito. Pero vamos, que no soy yo, lo digo sobre todo para que su madre no la mate. Con una drama mamá disgustada, tenemos más que suficiente.

jueves, 5 de abril de 2012

Yo no quería

Solo recortables
Yo no quería. De verdad. Me iba a aguantar. Casi había prometido no contar nada más sobre mi madre. Pero es que esto es mucho.

Os cuento qué he estado haciendo los últimos fines de semana de mi vida. Yo odio de ir de compras. Y lo segundo que más odio es probarme ropa. Ya sabéis que lo primero que más odio son las vainas. Pues creo que me he probado más de 100 vestidos en las últimas semanas, igual me quedo corta y han sido 200. Tenemos una boda en breve, en realidad es LA BODA. Se nos casa la mini nena, mi pequeña voladora de cojines y teníamos pendiente la compra de mi vestido. Yo creo que fue más fácil elegir la carrera que este jodido vestido.

Como me separan 400 kilómetros de mi drama mamá, la tecnología ha venido a facilitarnos la tarea. O no, según se mire, también puede que la tecnología haya venido a joderme a mí la vida por completo. Puede ser. El caso es que para que mi drama mamá diera el visto bueno a mi vestido, iba de tiendas, me sacaba fotos en el probador, y luego por whatsapp, se las mandaba a mi hermana que se las enseñaba a ella. Así más de 100 veces.

Esto me ha granjeado pequeñas amistades con muchas dependientas de Madrid. Con alguna puede que quede a tomar un café, después de que la muchacha me sacara 12 fotos de 12 vestidos, y tuviera que volver una segunda vez porque, según mi madre, el vestido más bonito había salido borroso, y era una pena. El caso es que he descubierto que los vestidos, además de largos, cortos y de palabra de honor, pueden ser:

- De fulana. “Con lentejuelas no, nena que son de fulana, a ver qué van a pensar los invitados”.

- Demasiado cortos. “Como camiseta aún pero ¿eso un vestido? No me hagas reír, nena, no me hagas reír”.

- Demasiado largos. “Alé, ya tenemos a la princesa frustrada de tu interior. Y si quieres te compramos unos zapatos de cristal y una carroza. Por favor nena, que es una boda, no una fiesta en Disney”.

- Demasiado rojos. “A ver, ¿cuántas veces te he dicho que siendo tan morena el rojo hay que dosificarlo? Que hay que ser muy fina para aguantar tanto rojo. Tú, como mucho, en un broche”.

- Muy hippys. “¿Pero tú te crees que esta es la boda de Potxolo? Que estamos en el norte y tú Ibiza ni lo conoces”.

- Muy paletos. “¿Pero se puede saber de qué tienda es ese vestido? ¿De los saldos de “La madrina más hortera”? No quiero ni verlo”.

- Horriblemente paletos. “Es que ni voy a comentar ese. Por dios, si brillas más que una bola de discoteca. Vas a parecer una iluminada en todas las fotos. Lo bueno es que el fotógrafo no necesitará flash. Con la luz que desprendes nos vale”.

- Cutres. “Eso es de ganchillo, nena, eso no es puntilla. Y el ganchillo es para los ponchos, o para cantar en un grupo peruano, no para un vestido de boda”.

- Infantiles. “Eso no es una capa, es un babero”.

- Para súper héroes “Hombre, si quieres ir de Batman, esa capa está bien. Es el vestido perfecto para que salgas volando cuando termine el baile. Bueno, por lo menos nos ahorraremos el taxi de vuelta”.

- De un color equivocado. “Lo llaman color coral para que quede sofisticado, pero el coral es en realidad el quisquilla de toda la vida, y no combina con nada. A tu lado Agatha Ruiz de la Prada iría discreta”.

Así que, después de este cansado proceso de adjetivado, mi madre me llama un día y me sugiere lo más increíble que me ha propuesto nunca:

- Nena, que he hablado con Maricristi (una gran amiga de mi madre que vive en Madrid) y hemos decidido que te va a acompañar de compras.
- ¿Pero qué estás diciendo?
- Pues eso, que va contigo. Nena, que tú ves una gasa y ya te piensas que es una seda. Y no quiero que vayas hecha un fantoche, que es un día importante, y ahí quedan las fotos para siempre.
- ¿Pero qué dices mamá? ¿Te has vuelto loca? ¿Te parece normal que me mandes con carabina a comprarme un vestido con 33 años? ¡De eso nada!
- ¿Y a ti te parece normal que te hayas llegado siquiera a probar ese vestido color verde sucio con los hombros dorados que parece un disfraz de pilingui de los 80? ¡Y con esa tela! Que no llevaba ni dobladillo ni nada. Y encima dices que no te disgustaba. ¡Eso sí que no es normal! Que tienes el gusto atrofiado. Yo creo que es por culpa de los campamentos, la verdad. Que te educaste el gusto con esos hippys, porque desde luego a mí no me habrás visto con uno de esos pingos. Nena, un buen adamascado de piqué, y manga a la sisa. Algo bueno, de una tela dura, que te equilibre un poco esas piernas de ave zancuda que tienes. Eso necesitas tú. Bueno, y alejarte de los ponchos y las capas, que yo creo que tú confundes una boda con una fiesta de disfraces.

La verdad que igual necesitaba un adamascado de esos pero como no tengo ni idea de lo que es, pues me compré un vestido muy normalito, bastante recto, hasta la rodilla, sin adornos, ni escotes, con un volante alrededor de los hombros y ya. Eso sí, me lo compré sin mandarle foto por whastapp porque me di cuenta de que jamás iba a darle el ok a ninguno. Una vez pagado, le mandé la foto y entonces descubrí una nueva tipología de vestidos: los vestidos que le quitan las ganas de vivir a mi madre. Ajá, así mismo, nada dramático.

Resultado final:

Tengo dos vestidos. En un primer momento me hice la fuerte y me atrincheré. En plan: no me pienso comprar otro y me da igual lo que diga ella. Pero no, no tengo tanto aguante. Después de 3 días casi sin hablarme. Dos días de indirectas acerca de mis capacidades visuales y sociales. Otros dos días de acoso y derribo y un día de me quitas las ganas de vivir, me compré otro vestido. Éste no nos vuelve locas a ninguna de las dos pero tampoco le quita las ganas de vivir a ninguna. Eso sí, al día siguiente de la boda me van a ingresar por pulmonía. Debe ser la única vez que a mi madre no le importa que me coja un catarro. Porque para el día D, la previsión meteorológica es de 6 grados. Y voy de seda, sin mangas…

Ahora nos queda el peinado. A ver quién narices le explica que lo voy a llevar suelto… ¿Para qué que me engaño? Voy a llevar exactamente el recogido que quiere ella: “Subido por delante, con volumen, que tienes la cara muy redonda y bien retiradico de la cara, que te dé pinta de limpia, como debe ser. O bueno, con diadema, nena, lo que no soluciones una buena diadema…”.

¡Y yo no soy  la novia! ¿Os imagináis lo que podría ser casarme un día? Yo me lo imagino perfectamente. Va a ser en Las Vegas y mi madre ni se va a enterar.

martes, 20 de marzo de 2012

100. Yo confieso...

Yo confieso… Yo confieso que me llamo Amaya y que mi madre va a leer este post. Coño, que tortura decirlo. Yo, Amaya (¡lo he vuelto a decir!) confieso que llevo una semana con la primera frase escrita. Y nada, que después no salían palabras, con lo que largo yo…

Confieso que soy la nena. Involuntariamente claro, yo hubiera preferido ser Monica Belucci, pero soy la nena. Así es la vida. Aunque ser la nena a veces tiene su gracia. Estas veces no son cuándo he ido disfrazada de basura, ni cuando me he abierto la crisma, cuándo he perdido a mi hermana, tampoco cuando mi madre me asalta con una de sus larguísimas llamadas maternales. Es más, ser la nena en esos casos es un castigo. Pero ha habido otras veces que ha estado bien. Ser la nena ha implicado reírse mucho y tener cientos de batallitas, porque quizás a mi madre la exageré, pero yo he sido una niña terrible. Menos mal que me he vuelto una adulta de provecho… De alquiler, pero de provecho, diga lo que diga ella…

Yo confieso que empecé este blog a lo loco, como casi todo lo que he comenzado en la vida. Y que se me fue de las manos, como casi todo en la vida también. Otra de las habilidades de la nena.

Confieso también que me muero de pensar que sabéis quién soy. Porque soy introvertida, bastante seria, y no sé cómo narices he acabado escribiendo 99 post sobre mi vida, la de mi madre y la de mi familia. De verdad que no lo sé. Creo que es un poco culpa vuestra. Bastante culpa diría. Porque me arengáis a revolveros los recuerdos y así no hay manera. Porque yo también confieso que a mí no hay quien me pare a hablar. Y vosotros no paráis de preguntar… O eso creo.

Confieso que esto fue inicialmente un acto de escritura. Yo soy muy vaga y pensé que un blog me obligaría a escribir. Justo después de eso pensé que mi madre tenía historias para rato, y mis tías, mis abuelas, mis vecinas… Y aquí estamos: 100 post.

Yo confieso que me he sentido increíblemente cómoda riéndome con todas vuestras madres. Confieso también que me he sentido más acompañada en el exceso de bagaje maternal que arrastro. Y también un niña bastante normal al saber que existe otra pobre a la que disfrazaron de fallera con blondas de magdalena y otra niña que llevaba bragas de papel a los campamentos. ¡Nenas, sois unas supervivientes!

También confieso que pensé que esto podía ser un libro estupendo para que se venda el día de la madre, y que un libro que se vende mucho mucho podría llevarme exactamente al lugar donde yo debería estar desde hace (según mis sueños de adolescente) 5 años. Y ese lugar es una casa en la playa. Ahí estoy yo desde hace años. Tengo hasta las fotos recortadas de la casa que me pienso comprar. Y tengo un perro marrón que se llama Don Giovanni. No sé por qué pero siempre he tenido claro que ese es mi lugar en el mundo y Don Giovanni, mi perro. Yo estoy en el porche y se ve el mar. Y tengo los pies de arena mientras tomo vermut y aceitunas. Bueno, a veces regaliz. Y nunca vainas. ¿Me veis? Si hasta sé que suena Nina Simone. El caso es que el plan se me estaba retrasando. Y pensé: “nena, tienes que forrarte y marcharte al sur”, que como dice mi madre: con calor, las penas son menos penas. Así que con toda mi inconsciencia escribí el primer consejo: “Nena, no te asomes por las ventanas”. Y tontamente, otra vez como casi todo en mi vida, presenté el proyecto a una editorial. Y dijeron que sí. Puse una cara de sorpresa enorme. Dentro de todas las caras de sorpresa probablemente alcance la segunda posición. La primera fue el día que mi madre me dijo, después de confesarle que tenía este blog: “si te tienes que hacer rica, riéndote de tu madre, que así sea”. Sorpresa total. Super piñata sorpreril… Ya paro.

El caso es que sí, la editorial Planeta dijo sí. Y llevo editando mis post, y haciendo correcciones meses. Aguantándome las ganas de largarlo por todos los sitios y yo, creo que sobra decirlo, soy muy de largar. Es más, me duele la lengua de mordérmela. Palabra. Os contaría encantada qué dijo mi madre, pero ya os he explicado que mi lugar en el mundo está en esa casa frente al mar. Así que, yo confieso que eso me lo guardo para el libro. Porque me podría fiar de todos vosotros y pensar que sí, que estáis dispuestos a compraros el libro y hacerme muy rica, si os cuento aquí el final. Podría, pero mi madre me enseño eso de “Por si acaso, nena, por si acaso”. Así que por si acaso, y para salvar a mi perro Don Giovanni de otro dueño mucho más cruel, hasta aquí puedo leer.

También confieso que algunas de vuestras madres salen en el libro, porque la mitad de este blog lo han hecho todos los hijos sufridos de España y Latino América contándome sus anécdotas como la pobrecica que le hicieron una boti bota con una cuerda un brick de leche (Es que cada vez que lo pienso me meo), las historias de todas esas niñas que suspiraban por una Barbie con una barriguita negra o china en la mano, los niños con bigote porque sus madres no les dejaban afeitarse, y las de los hermanos obligados a pedirse perdón. Así que he cogido algunas de vuestras historias y las he publicado. Esa soy yo. Hubiera publicado muchas más, pero Planeta me ha asegurado que no están las cosas para publicar enciclopedias de batallitas infantiles. Una pena. Probablemente, dentro de 200 años, sería la mejor manera de entender los 80 en España: la generación de los cassettes y el Un, dos, tres; gente que decía la palabra “guay” o “súper guay”, gente que valoraba un estuche de Fido Dido y que mojaba los gusanitos en la Coca Cola.

Yo confieso que seguiré con el blog. No sé cómo porque, por muy bicho que yo haya sido, no me quedan tantas batallas… Bueno, me queda la de cuándo salté por la borda de bote un de agua en el que estaba toda mi familia después de haber metido una enorme medusa dentro, salté y me llevé los remos… También cuándo decidí que mi futuro estaba en tocar la batería, o cuándo me imaginé que un vecino era un mafioso y le insultaba en el ascensor en plan niña con el síndrome de Tourette… Quedarme me quedan, pero creo que a mi madre la voy a dejar en paz. Más o menos. Bastante tiene ya.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, mi madre vive aterrorizada de que la gente se crea todo lo que yo digo, cuando todos sabemos que yo siempre he sido muy exagerada, "que ves una paloma y ya andas diciendo que es un flamenco, nena”.

Así que nenas y nenes, el 3 de mayo de 2012, en sus librerías Cómo no ser una drama mamá. Yo no sé vosotros, pero yo pienso regalárselo a la mía para el día de la madre. Deseadme suerte. La voy a necesitar.

martes, 14 de febrero de 2012

99. No andes descalza nena.

Running and Rambling
En torno a esta frase giraban un sinfín de amenazas: enfriarte, enfriarte mucho, coger anginas, ensuciarte, romperte un dedo contra cualquier cosa, enfriarte más, pillar una pulmonía y, en mi caso, una más: «No andes descalza que te vas a quedar inútil». Y vosotros pensareis: qué tendrán que ver los pies descalzos con la inutilidad. Pero mi ¿madre os ha defraudado alguna vez? Pues eso, no penséis tanto.
Cuándo lo utilizaba:

Mi hermana y yo teníamos los pies planos y varos, que viene siendo sin arco y ligeramente inclinados hacia el interior. Esta ligera deformación, en mi casa se vivió como una terrible cruz, en plan: las niñas tienen tres brazos. Como si de mayores no fuéramos a tener una vida normal por unos pies pochos.

La culpa de todo la tuvo un podólogo al que se le ocurrió decir en la primera revisión: «Esto, si no se corrige, en la vejez produce deformaciones de la columna vertebral». Y agregó: «Qué pena que no sean chicos porque, por lo menos, les habrían dado por inútiles en la mili».

Y la palabra «inútiles» cayó sobre mi madre como una losa. Bueno, la losa también cayó sobre mi hermana y sobre mí. Siempre hemos sido de compartir losas en mi familia. Así que lo primero fue cambiar de podólogo por uno algo más innovador y que no adjetivara tanto. Eso también lo vimos importante. Y pasamos a la época de nuestros ejercicios de recoger bolis con los pies. Sí, ése fue un ejercicio habitual tres veces por semana. Lo sé, suuúper normal.

El podólogo innovador que no adjetivaba propuso una terapia que combinaba llevar los jodidos zapatos de Frankenstein (con refuerzo de hierro en los laterales), sumado a unas plantillas con unos bolos que te hacían cagarte en el cuento de la princesa y el guisante y, por último, la prohibición de no andar descalzas nunca, excepto en la arena de la playa. Y como complemento terapéutico, teníamos que ejercitar la flexibilidad de los dedos de los pies. Una cosa muy práctica para el futuro. Eso, junto con la trigonometría, lo que más he tenido que utilizar yo en mi vida.

El caso es que nos sentaban en el sofá del salón, mientras mi madre nos tiraba bolis y lápices a la alfombra y nos pegábamos así una hora, recogiéndolos. Todo sin tele. ¿Qué se os ocurre que pueden hacer dos niñas en esa amena situación? Pues fácil: poner de los nervios a cualquiera; eso sí, cada una cazábamos un boli al vuelo con los pies. Insisto, súper, súper normal.

Consecuencias del consejo:

Odio atroz al podólogo, al que adjetiva y al otro, y un ligero complejo de Forrest Gump en el cole.

Segunda consecuencia: locura total ante unos zapatos merceditas, sin hierros, finitos, con su tacón y su pinta de no ser los zuecos de Hulk, que mirábamos en la zapatería de debajo de mi casa como la más ansiada de las pertenencias.

Cierta amistad con la zapatera. Nos miraba, miraba nuestros pies, nos sonreía con lástima.

Cuarta consecuencia: lo dicho, una portentosa habilidad para recoger cosas con los pies que se mostró en todo su esplendor un día en la piscina, cuando cogí una pelota de ping–pong con el pie. Total y absoluta admiración de la cuadrilla de la pisci. Y preferencia para tirarme del trampolín desde aquel momento. Yo con los pies recojo lo que me pidas. Un alfiler, un alfiler. El sueño de todo ser humano.

Consecuencias en mi hermana: vacío existencial. Todavía tiene los pies planos.

Y por último: me encanta andar descalza. Pero no un encantarme de «qué placentero es no llevar zapatos», sino más bien de «abajo la dictadura de las zapatillas de andar por casa. ¡Revolución!».

Consecuencias en mi madre: estrambóticas broncas que ningún vecino entendía. Si me pillaba descalza, me lanzaba el doble de bolis y me amenazaba:

—Nena, como te vuelva a pillar descalza, te tiro un fosforito. De los gordos, ¿eh? ¿Me has oído?


Excepciones para utilizarlo:

Futuros hijos míos, me da lo mismo lo que digan. Quitaros los calcetines y apoyad los pies en la hierba, en la tierra, en la arena, en la madera, en las baldosas… ¿Lo notáis? Eso se llama libertad y a veces, pocas, a uno le vale andar descalzo para sentirla. No os lo vayáis a perder por una tontería de calcetines.

jueves, 9 de febrero de 2012

98. No abras eso con los dientes

Última foto de la nena con dientes.
Vaya por delante que yo tengo las dos palas falsas, producto de la torpeza infantil. Quién dice torpeza dice cierto ánimo suicida y predilección por aterrizajes forzosos en esquinas, radiadores y suelos en general. Así que tengo ciertas limitaciones para comer: prohibido bocatas, manzanas y pipas.

También vaya por delante que si tú a mi prohíbes algo, consigues que las pipas, las manzanas y los bocatas se conviertan en mi alimento preferido al instante.

Y luego también está la niña empírica que vivía dentro de mí y que tenía que confirmar aquella recomendación del dentista en sus propias carnes, bueno, dientes:

—A partir de ahora, la niña tiene que tener cuidado con lo que muerde. Siempre mejor con las muelas. Y que se olvide de cosas duras si quiere que esos dientes le lleguen a los 20 años.

Así que mi drama mamá incluyó aquel discurso dentro de su retahíla de discursos varios:

—Ya has oído al dentista. Nada de morder duro. Que con lo que nos han costado esas palas, como para romperlas. ¡Más que mi Seiscientos! Además, si no quieres que te tengan que poner implantes con 15 años, más te vale conservarlas. Bueno, no sé si te importará lo de los implantes, pero como yo tenga que volver a pagar por otras falsas, te pongo a trabajar. Así te lo digo.

Pero como decía, en mi interior vivía una niña empírica que comenzó con las pipas a escondidas, manzanas de contrabando con mi hermana y mordiscos robados en bocatas del cole, y siguió con todo lo demás. Vamos, que yo todo lo abro con los dientes: botes, bolsas, cervezas… Ahora, que la cantidad ingente de collejas que me he llevado por mi espíritu empírico…

—Que no abras eso con los dientes —colleja—; «la nena abrelatas», te voy a llamar. Pero si das dentera y todo. Y como te rompas una pala… ¡Ay, como te rompas una pala!



Consecuencias del consejo:

A mi comer pipas me da vidilla, es como si jugara a la ruleta rusa.

Fama merecida de MacGyver en diversos campamentos. Tú me das un palo y una cuerda, y te limo un arco y una flecha.

Desolación total cuando al final, hace un par de años, una maldita pipa me partió la pala izquierda. Después de haber utilizado los dientes incluso para jugar a la soga tira, una pipa Facundo acabó dándole la razón a aquel dentista.

Cuarta consecuencia: bronca apoteósica con mi madre, que pasará a los anales de nuestras broncas apoteósicas (y eso es mucho decir), porque ya me lo dijo. Hombre, le podía haber recordado que el dentista les dio a la palas una vida máxima de diez años, y que me habían acompañado casi diez más. Podría habérselo recordado, o mejor tú, se lo podías haber recordado tú, porque yo me protegía la nuca mientras ella soltaba espumarajos por la boca.

Quinta consecuencia: una pena terrible por mí misma y cierto flagelo cuando el dentista me dio la factura que tenía que pagar. Mi nueva pala me costó más que el coche que tenía, no el Seiscientos de mi madre, no, el que tenía yo en 2009. Di que tenía un Saxo con 310.000 kilómetros. Que se lo cambié a mi prima Arantxa por un iPod al poco tiempo, en lo que yo creí el mejor acto de trueque de la historia, porque dentro de aquel coche no funcionaba más que el motor. Hasta el freno de mano había que pillarlo con un destornillador para que se sujetara. El iPod ya no funciona y ahí sigue el Saxo, dándolo todo.
Sexta consecuencia: simbiosis extra-temporal cuando en filosofía llegamos a Hume y Locke, esos empíricos que hubieran sabido entenderme. Soy una mujer fuera de mi tiempo, eso es lo que pasa.


Excepciones para utilizarlo:

No abráis las cosas con los dientes, futuros hijos míos. Dádmelas a mí, yo me encargo

viernes, 3 de febrero de 2012

97. No es más ordenada la que más ordena, sino la que menos desordena.


Saving mommy money
Esto es complicado. Yo soy desordenada. No vocacionalmente desordenada. No es que yo vea un cuarto y piense: voy a reventarlo. No, me sale solo. Como vomitar. Es algo que no puedo evitar. Voy a apoyando las cosas por ahí para recogerlas luego, pero luego, nunca las recojo. Soy como una pequeña agricultora del caos. Me encantaría no ser así. Mi vida sería mucho más sencilla y barata. Tengo que tener tres pares de gafas que nunca encuentro. Copias de las llaves en todos los bolsos y soy capaz de perder unas botas durante años en mi propia casa. Yo las meto en una bolsa y digo: “Aquí guardadicas, para el año que viene, que seguro que me acuerdo”. Pero nunca me acuerdo. Mierda, es que por lo menos me podía haber tocado una memoria portentosa.

Pero bueno, tiene sus ventajas, vivo constantemente sorprendida de los tesoros que encuentro entre mis pertenencias y me siento de estreno, con ropa que tiene años. Hace poco me encontré 300 euros en un libro. En un libro sobre microeconomía, que luego lo piensas y era bastante lógico, pero en su momento me tiré desesperada buscando en carteras, bolsos y bolsillos los 300 pavos, hasta que llamé a mis padres para pedirles dinero. Ahora, cuando no llego a final de mes, me tiro una semana revolviendo toda la biblioteca a ver si otra vez tuve la genial idea de guardar pasta dentro. Por el momento nada. Solo un caos de biblioteca. Ya os contaré.

Pero tiene inconvenientes:
- Una pérdida enorme de tiempo buscando cosas.
- Un gasto extra para comprar dos veces el mismo objeto, incluso tres.
- Cajones llenos de servilletas atadas en honor del pobre San Cucufato al que tengo explotado: San Cucufato, San Cucufato los cojones te ato y hasta que no encuentre las llaves (las gafas, los pendientes, el gato) no te los desato. Luego no me acuerdo por qué había atado la servilleta, y ahí lo tengo al pobre hombre, encogido hace años.
- Último inconveniente: mi madre. Uno puede ser el caos en persona pero combinarlo con una madre como la mía, no se puede.

Cuándo utiliza el consejo:
Sobre todo cuando me pilla atándole los cojones a San Cucufato porque dice que le parece una falta de respeto. Bueno y dice algunas cosas más que si no pierdo la cabeza porque la llevo pegada, que si un día me voy a perder para no encontrarme, que eso solo puede ser una manifestación del desorden mental que tengo, que si me parece normal que mi vida sea un caos, que si no es más ordenada la que más ordena, sino la que menos desordena, que si voy a arrastrar a todo mi entorno a una vorágine de autodestrucción. ¡Bah! Lo típico.

El día crítico fue el que perdí a mi hermana y me perdí yo también. Bueno, que lo dices así y parece una barbaridad, pero que yo no lo hice a propósito, que fue sin querer. Estábamos en el Aqualand. Por primera vez. Yo soy de una ciudad de pequeña, en la que no había Corte Inglés, vamos, que no por no haber, no había ni unas escaleras mecánicas. Por no hablar de que las barracas venían una semana al año. Y en aquel parque acuático había: ríos con corriente, cascadas, precipicios, trampolines, toboganes, tirolinas, piscinas con olas y todo legal. ¿He dicho piscinas con olas? Allí estaba todo y también estaba la Cruz Roja cerca que, con mi corta experiencia, sabía que era una ventaja. Pues eso, que yo no entiendo como mis padres se les ocurrió decirme:

- Quédate aquí un poquito, que vamos a por unos botellines de agua. Agarra a tu hermana y no te muevas.

¡No te muevas! Es que, vamos, pedían un milagro. Si a mí me cuesta estar quieta, atada. Yo no recuerdo muy bien donde nos separamos. Solo que vi que ponía: “Kamikaze, el tobogán de la muerte”. Y se me nubló la vista. Aunque todo no fue fácil. El socorrista me dijo que era muy bajita para tirarme. Pobre. Me agazapé debajo de un seto, sigilosa como un ratón. Esperé a que se despistara y me colé. El caso es que el hombre tenía razón. Al tirarme, como pesaba tan poco, en el primer salto me quedé en el aire, y ya no toqué el tobogán hasta el último momento, de manera que, salí rebotada a la piscina de al lado, donde justo caía el señor más gordo que he visto en mi vida. Y lo vi clarísimamente, como un inmenso alud de chichas que se desparramaba sobre mí. Yo de mi hermana ni me acordaba. Ya me vi el papelón. A toda pastilla a la Cruz Roja y venga decirme que cómo me llamaba, y yo como si fuera autista pensando: “Para rato te lo digo, que les llamas a mis padres por megafonía y ya vas a ver. Hasta que no pare de sangrar, no suelto prenda”. Pero entonces, apareció mi hermana. Llorando con un amable policía, por decir algo, que la habían encontrado en una esquina de la piscina de bolas preguntando por sus padres. Se me abrazó y entonces sí que tuve que cantar. Cuándo oí mi nombre por megafonía lo tuve claro. Se acabó el verano. Y no veas sí se acabó, cuando llegó mi madre hasta se fue el sol.

Consecuencias:
Frustración constante. Yo le veo todas las ventajas del mundo a ser ordenada, incluida la de no tener que oír a mi madre, que eso es la súper ventaja. Pero no me sale.
En mi hermana, cierto grado de autonomía. La perdí un par de veces más.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, confiaremos en los poderes de San Cucufato el día que os pierda. Porque va a pasar. Lo tengo claro, y mi madre, también.

martes, 24 de enero de 2012

96. Es que vas sin mirar, nena.

El rincón de los libros olvidados
Que levante la mano quien no haya oído esto en su infancia. ¡Venga ya! Bajad esas manos, mentirosos. Todo el mundo ha oído esto. Pero lo peor no es oírlo, no. Lo peor es el momento en que te lo decían. Justo después de haberte metido una leche. Y, normalmente, acompañado de un ¿pero no lo has visto?

De verdad. Esta frase debería desaparecer del lenguaje. ¿En serio que si alguien lo hubiera visto se hubiera empotrado contra ese radiador? Pues claro que no lo has visto. ¡Coño! Que estás sangrando y sangrar a propósito, pues nunca entra dentro de tus planes.


Cuándo lo utiliza:
Pues eso, siempre después de un golpe. El otro día mismamente: el 31 de diciembre de 2011 a las 9 de la noche. Temperatura exterior menos 2 grados, humedad al 80%, bancos de niebla intermitentes. Hemisferio norte. Meridiano de Greenwich.

La escena va así: el coche familiar, que tiene el mismo volumen que cuatro como el mío y era la tercera vez que lo conducía yo. Primera desaparcando.
Dentro de él: mi hermana, mi novio, y yo al volante.
Fuera: mi madre, mi prima, su hijo bebé, y mi tía, todos dirigiendo la operación.
Lo sé, aquel plan fallaba desde la base. La calle cortada a la derecha por la San Silvestre, y yo teniendo que dar la vuelta en una calle de pueblo con pivotes a los lados de la acera. Vamos, que era una misión para Fernando Alonso. Y, eso, si el tío es pacientoso con las críticas.
Mi tía en zapatillas de casa negociando con un policía municipal para que nos dejara pasar porque no llegábamos a la cena de nochevieja. Mi madre gritando: “Derechaaa, izquierdaaa, tuerce, tuerce, tuerce, yaaaaa”. Que el sargento de hierro al su lado, una nenaza. Mi prima con el niño en brazos animándome con la mirada. Dentro del coche también oía: “Izquierdaaa, derechaaa, tuerce, tuerce, tuerce”. Pero nunca a la vez que las órdenes exteriores.

Y se precipitan los acontecimientos: el municipal insolidario diciendo que no me dejaba pasar (que ya nos veremos las caras, bonito, al tiempo). Mi tía corriendo y gritando por la calle. Yo pensando: aún tenemos que ir a urgencias con ella y a ver quién sale de esta calle a toda leche. Mi madre con un movimiento corporal tipo biodanza pero biodanza de la muerte. Y yo sudando en un pueblo que no pasa de 10 grados en agosto. Y entonces sí, con el coche cruzado en mitad de la calle, llega el artista invitado: el gilipollas de la bocina que no ve que la calle está cortada 20 metros más adelante. Y ahí, sí, yo ya pierdo los nervios y las distancias, y le meto con los bajos del coche a un escalón. Pequeña concreción: a la parte de debajo de los bajos, es decir, al protector. Lo raspo ligeramente. Se hace un silencio sepulcral en el interior del coche, rollo funeral, vamos. Mi prima protege al bebé y oigo un grito desde fuera, desde fuera, o desde las mismas entrañas de la tierra:

- ¿¿¿¿¿¿¡¡¡¡¡Pero es que no lo has vistooooo????!!!!!? Es que vas sin mirar, vas sin mirar. Te he dicho izquierda. Clarísimo lo he dicho.

Y apunto estaba de empotrar el coche a propósito mientras le gritaba a mi hermana que no sé qué me decía de cómo salir de allí, cuándo me acordé de una imagen de mi padre: hace muchos años, en mitad de una carretera mal iluminada arrastrando hacia la cuneta el contenedor contra el que nos habíamos chocado, mientras gritaba: “¿¿¡¡Pero tú crees que si lo hubiera visto me empotro en él??!! ¿En qué cabeza cabe? ¡Por supuesto que no lo he visto! ¡Verlo implica intentar esquivarlo!”. Y mi padre nunca gritaba, ni decía tacos, y creo que le vi perder los papeles 3 veces en su vida, contando el “momento contenedor”. Y me entró una tristeza tan grande, que se pasaron las ganas de empotrar nada.

Consecuencias de la frase:
Entre la tristeza, el cabreo, la tensión y probablemente el sudor en las manos, al aparcar en casa de mi tío le di al coche de atrás. Eso sí, nadie dijo ni mu. Le di las llaves a mi hermana y le dije:
- Todo tuyo. ¿Dónde esta el vino?

Excepciones para utilizarlo:
Ninguna. Tengo bien claro que el golpe que te das es más que suficiente, aún con más motivo, si sangras. Y también que, con toda la adrenalina que tienes en un momento así, lo peor que alguien puede decirte es: ¿es que no lo has visto? Pues claro que no, verlo implica intentar esquivarlo…

lunes, 9 de enero de 2012

95. Vete a saber qué te dan por ahí, nena.

Carlitos y mi mini Dian Seis
Ayer llegué de pasar unas navidades que este año en mi casa han parecido durar 8 años. Andábamos las tres tachando días en el calendario y aquello no avanzaba. Pero sobrevivimos.

El caso es que llegué yo y mi coche, y dentro de mi coche había: una lata de pimentón, dos chistorras (campeonas 8 veces), un queso de Idiazábal (solo una vez campeón, pobre), turrón, chocolate y membrillo de Confitería Donezar, un bote de avellanas de la huerta de mi tío, jamón serrano, foie súper campeón, pimientos del piquillo de la huerta de un amigo, espárragos, dos tuppers con pollo encebollado, gulas, croquetas caseras, una lechuga, vainas, una barca de caquis, tomates cherry de la huerta de mi vecino, caldo de pollo Anetto, ajos, un par de trozos de rosco de reyes, Actimel, y una flor de pascua. También llegaron mis regalos de reyes: una bandeja para apoyar el portátil, un abrigo, unas katiuskas, una pulsera, un bolso, un cenicero, un juego de cuencos, una mantelería, un juego de tazas para el café, un boli, una caja fuerte, unas zapatillas masajeadoras, una manta, una colonia, y un Dian Seis en miniatura. Y por último llegó mi maleta y, luego, ya iba yo con ciática.

Como aclaración: yo no vivo en el fin del mundo. En Madrid, hay supermercados donde venden comida. Y dentro de 15 días vuelvo a ver a mi madre. Pero esto ella no lo entiende.

Cuándo utilizó la frase:
Ayer, intentando meter los bolsos en mi coche en plan tetris. Yo no entendía qué era todo aquello y le iba preguntando:

- Y esta bolsa ¿qué es?
- Es chistorra…- esta es mi madre.
- Son dos chistorras mamá.
- Pues sí nena, pero no son dos chistorras cualquiera, son chistorras campeonas. ¡Ocho veces han ganado el premio a la mejor chistorra! De esas no hay en Madrid. Las he comprado en la carnicería del pueblo. Y allí están todos los trofeos colgados de la pared.
- ¿Y esto?
- Uy, eso es una lechuga riquísima. Rizadita, y no esa iceberg que dan en Madrid que no tendrá ni vitaminas ni nada, con lo tiesa que es. Y no tuerzas el morro.
- Mamá esto son vainas- le digo abriendo una bolsa camuflada debajo de la lechuga y un queso.
- Pues sí, nena, y ni se te ocurra tirarlas, que están tiernas, tiernas y se deshacen en la boca. Ni masticarlas hace falta. Y el queso también es campeón.
- ¿Y este membrillo?
- Uy, nena, este membrillo es el mejor del mundo. Que lo hacen en Confitería Donezar a mano, como Dios manda, ni conservantes ni nada, que te va estupendo con el queso Idiazabal. Y también te he metido algo de chocolate casero, para que no te den desmayos que tienen uno con avellanas de verdad, de esas que saben a avellana y no a arena. Porque yo no entiendo que les hacen a los avellanos ahora para que sean igual que chupar una piedra. Bueno y también llevas un poquito de turrón de mantequilla, que eso te va muy bien para que no me pierdas kilos. Y dos trozos de roscón de reyes, que me lo hacen por encargo y llevan nata de verdad, también, con su sabor a nata. Que ahora compras un bollo y total para que lleven aire blanco dentro.
- ¡Mamá! ¡Una barca de caquis! Pero si con eso puede comer una familia numerosa un mes.
- Anda, anda, si están jugosos que eso ni llena ni nada. Son de la huerta de Joaquín el vecino, que no tienen ni fertilizantes ni nada y aguantan un montón. Además la fruta va bien para todo.
- ¿Y este Actimel también es campeón?
- Menos chistes, nena, te tomas uno por la mañana que eso te da fuerzas y te quita de los catarros.
- Mamá, en Madrid venden Actimel, y caldo de pollo, y queso, chistorras, caquis… Probablemente vendan más cosas que aquí.
- De eso nada. Que tú te crees cualquier cosa. Me vas a comparar ese chocolate casero de Donezar con cualquiera que te vendan en el supermercado. Que a mí que mas me da que sea suizo si sabe a cartón. O ese queso de Idiazabal, que alimenta con olerlo. Vete tú a saber qué te dan por ahí. Y te he puesto pollo encebollado, que te lo calientas y ya tienes comida para tres días. Ala, y deja de dar la lata, que se te va a hacer de noche. Conduce despacio y por tu derecha. Y me llamas cuando llegues. ¿Me estás oyendo?

Yo ya no oigo nada porque me he metido en el coche y dentro huele a mercado, a campo, a bollos recién hechos, y huele a mi madre y a todas sus ganas de cuidarme como si me tuviera al lado. Y entonces tengo que respirar hondo para que no se me salten las lágrimas mientras ella me dice adiós llorando a moco tendido. Con hipo, como se debe llorar.

En 15 días montamos la misma película. Hasta que yo no giro en la curva del parking, la veo en el espejo retrovisor moviendo la mano, despidiéndose, mientras hipa, y justo en ese momento, hace el gesto de que le llame por teléfono "Todas las veces que pares, nena, que ya sabes que yo no descando hasta que me llamas. Y a ver si la próxima vez, vienes en tren. Con lo cómodo que es y la manía que te ha dado con venir en coche. Yo te lo pago". Que digo yo que necesitaría un tren de mercancías porque dudo que me dejen subir toda la carga maternal que arrastro. Y justo al girar la curva del parking, me inflo a llorar. Esto del drama se pega un poco, las cosas como son.

Consecuencias:
Ligera percepción de que Madrid es una ciudad despoblada, sin sistemas eficaces de abastecimiento.
Segunda consecuencia: la comida que no es campeona no tiene encanto para mí. La como sin ilusión.
Tercera: incredulidad por parte del carnicero del Ahorramás cuando le pregunté: ¿Pero este queso es campeón?
Cuarta: Una vez me paró la Guardia Civil y, por no registrar mi coche, me dejaron seguir.
Quinta consecuencia: cierta sensación de ser una exiliada que se va de su país para años pero cada 15 días. Esto a su vez provoca como una nostalgia perpetua bastante complicada de explicar.
Sexta consecuencia: tengo dos frigos. Y, en este momento, algo de empacho de chocolate.

Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
Hijos, ojalá vuestra abuela nos siga haciendo ese pollo encebollado porque como tenga que aprender yo a flambearlo, probablemente lo que necesitemos sea una nueva cocina.

PD Anda que no mola mi Dian Seis en miniatura  nuevo ¿Y mi gato? Bueno, según mi madre mi gato no mola nada. Es más, al decirle que yo tenía uno, dijo del tirón: “no hay animal que más asco me dé en el mundo que los gatos”. Para mí, que los gatos empezaron a darle asco justo en ese momento.

martes, 6 de diciembre de 2011

94. Nena, vivir de alquiler es tirar el dinero



Katharte
 

Estamos en un momento apocalíptico. Tengo catarro y he perdido un kilo. Lo que en la cabeza de mi madre significa: muerte inminente. Así que cada vez que le llamo, ando haciendo cosas rarísimas para que no me note la congestión. Le hablo con voces. A veces hago de chiquito, de Mariano Rajoy, de lo que me surge. Yo imito fatal, las cosas como son. Y ahora mi madre se piensa que estoy como una regadera. Razón no le falta.

Cuándo utilizó el consejo:
Reproduzco a continuación una conversación acontecida hace 10 minutos:
- Hola nena ¿ya estás en casa?
- Sí, vamos comerrr ahorarrr.
- ¿Pero qué te pasa? ¿Estás tonta?
- Norrr, es que estoy imitando a Chiquitorrr.
- ¿No habrás bebido? Que como yo me entere que has bebido, y más a estas horas, cojo el tren y me planto a darte un buen sopapo.
- Que no boluda, que estoy haciendo el tonto (con un acento argentino de mierda) ¿ves ahora en argentino?
- ¿Esto en público no lo haces, no? Bueno, déjate de tonterías ¿qué vas a comer? Que la última vez que te vi, habías perdido peso.
- Lentejassssss (a lo Rajoy)
- Ya vale nena, que me estás poniendo mala. Además ¿quién narices se supone que eres?
- Soy Rajoy… - Tú lo que eres es tonta. Toda la vida igual. Qué paciencia contigo. Pues échale bien de chorizo a las lentejas, que tengan chicha, que te vendrá bien.
- Lo que usted diga ama (con voz de pito, yo que sé, mi repertorio tampoco da para tanto).
- Pero mira que eres pesada. Déjate de tontadas. Y a ver si te centras un poco. Que ya tienes 32 años, que yo a esa edad ya te estaba aguantando a ti. Y tú sigues viviendo como una adolescente. ¡Como si fueras una hippie! A ver si asientas un poco la cabeza. Te compras un piso como dios manda y no andas por ahí de alquiler, que eso es tirar el dinero, que te lo tengo dicho. Algo que sea tuyo, que la vida da muchas vueltas, nena. Y yo creo que ya tienes edad de dejar la tontería esa de escribir y sacarte una oposición, que eso es trabajo seguro, y no las tontadas que haces tú. Que en cualquier momento te vas a la calle con una mano delante y otra detrás. Debajo de un puente vas a acabar viviendo a este paso. Ay si tú hubieras querido… Porque yo no lo entiendo, pero las monjas decían que eras muy lista. Bueno, y muy vaga, eso también lo decían, aunque yo eso ya lo veía. Que inventaste un sistema de poleas para no tener que levantarte a apagar la luz de tu cuarto. Eso es de vagos. ¡Ay! Si hubieras dedicado todo ese tiempo a estudiar. Ahora tendrías tu piso, con tus muebles, tuyo para siempre. Y no como ahora, que vas dando tumbos por toda la ciudad. 8 pisos en 10 años. Si es que eres culo de mal asiento. Pero ya te asustarás, ya. Y entonces querrás sacarte una oposición y tendrás el cerebro oxidado. Tiempo al tiempo.
Yo a estas alturas ya no tengo humor para imitaciones y se me escapa mi tono de voz congestionado, si disimular ni nada, a pelo:
- Mamá por dios que me deprimes…
- Uy ¿qué es eso? ¿tienes catarro?
- Brtttt, ggggggkjjjjjkk, ssssssss, Mamá, no te oigo, ssssss, brrrrr, me quedo sin cobertura.- y le cuelgo mientras le oigo decir a lo lejos:
- Abrígateeeeeeee.
Yo sé que no ha colado. En una hora me está llamando para regañarme por ir poco abrigada, por llevar “esos leggings que ni tapan ni nada”, por respirar por la boca “que todo se coge por ahí” y por comer pocas naranjas “que yo no sé qué tontería te ha dado con que te dan dentera los gajos”. Tengo una hora para deprimirme porque mi vida es una mierda y, en nada, voy a vivir debajo de un puente. Ahora tengo catarro y depresión.

Consecuencias del consejo:
Cuando pago el alquiler tengo la sensación de que le estoy prendiendo fuego al dinero o algo así. Y he estado echando un ojo a varios puentes bastante céntricos, que tienen su encanto.
Segunda consecuencia: miro a los opositores con odio. Su voluntad, es mi castigo.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, por lo que parece sacarse una oposición ya no va a ser garantía de nada así que ese nos lo saltamos. Y lo de vivir debajo de un puente ¿cómo lo veis?

jueves, 24 de noviembre de 2011

93. Nena, bien peinada y bien planchada, que nos conocemos.

Esta semana me han cambiado de trabajo. En mi anterior departamento la gente llevaba ropa puesta. Ya está. En el de ahora se visten: mucho, muy variado, y muy estiloso. Vamos, muy poco yo. Yo tengo 3 botas, un par de zapatos y unos 7 vestidos por temporada, uno para cada día de la semana y alguno con agujeros. También lo que tengo es algo de daltonismo según mi madre, que no me ayuda mucho a encajar en la definición de estilosa. Así que cuando le expliqué el cambio de puesto, ella no me aconsejó prudencia con mis jefes, generosidad con mis compañeros, y eficacia, no. Ella fue a lo importante:
- Nena, tú llegas puntual, bien peinada y bien planchada, nena, sobre todo eso, que nos conocemos.
Para que os hagáis una idea si mi madre pilla al diseñador que dijo eso de “la arruga es bella”, le plancha la cara a bolsazos.
- ¡Pero qué tontería es esa! Nos estamos convirtiendo en unos vagos. Eso es lo que pasa. Y un poco sucios también. Lo más importante en la vida es tener pinta de aseada.
- Mamá pero yo me ducho todos los días.
- ¡Hombre solo faltaba! Es que tienes unas cosas. Es que si me entero yo de que no te duchas… No me hagas pensarlo, no me hagas pensarlo. Hazme caso nena, no solo hay que ser aseada sino parecerlo. Y tú con ese pelo encrespado, pues ya lo tienes más difícil. Que te lo digo yo. Y las rubias se pueden permitir llevar flequillo pero ¿tú? ¡tú solo puedes llevar coleta! Que te lo tengo dicho. O cortico, a lo chico, como cuando eras pequeña. Bien retiradico de la cara. Anda que no estabas mona ni nada, y con una pinta de limpia que daba gusto verte.
- Pero qué culpa tengo yo de ser morena…
- Ninguna nena, ni yo tampoco. Nos viene de serie. Pero mira yo me puse una diadema y hasta hoy. Que yo no sé porque tú hermana y tú le tenéis tanta tiña a las diademas, con lo cómodas que son. Y te queda todo el pelo colocado. No como ese matojo que llevas tú en la cabeza. Que no te peinas. Tiene que ser eso. Porque hay peluqueras que se tiran horas para conseguir la mitad de volumen en un cardado que lo que llevas tú.
- Mamá…
- Ni mamá, ni ocho cuartos. Y te planchas la ropa. Toda nena. ¿Me estás oyendo? Que me estoy acordando del día que te pillé que solo te habías planchado los cuellos de la camisa…
- ¿Ya estamos otra vez con eso? Que llevaba un jersey y no se veía.
- Calla, calla, calla. ¿Y si te pasa algo, que tú eres muy de lipotimia, y te quitan el jersey en tu primer día de trabajo y vas hecha una sucia? Nena, se plancha todo, también lo que no se ve. Sí, las bragas también. Que nunca se sabe. Y nada de trasnochar. Te me vas ahora mismo a la cama para rendir mañana. Que no está el trabajo como para perder uno. Ya me has oído.

Consecuencias del consejo:
Primera consecuencia: yo tenía una imagen un pelín distorsionada de mí. Creía que era afro. Luego descubrí que eso era un pelín exagerado cuando le dije a mi peluquera brasileña negra de pelo ensortijado: “Nosotras es que sufrimos mucho para alisarnos”. Y ella con esa gracia brasileña que, bueno, que no me hizo ninguna gracia me dijo: “Niña, tú lo que tienes es mucho pelo, fosco, grueso y rebelde. El mío solo es rizado”.
Segunda consecuencia: cambio radical de peluquería y una ligera aversión por la bossa nova.
En la adolescencia soporté la toga. Aquello que te ponías todo el pelo para un lado y la toalla como turbante, y luego al contrario. Que imagino que a las niñas que tiene el pelo finito les iría bien pero, en mi caso, me tiraba horas con aquello puesto porque yo tengo el pelo de tres personas. Dios es así, tanto calvo y yo tan sobrada.
Tercera consecuencia: con el peso de aquella toalla empapada viví años con tortícolis. Ahora digo tortícolis porque soy una persona adulta y con conocimiento, pero hasta cinco minutos que he buscado en google, yo decía torticulis, con u. ¡Qué cosas! Que ignorante puede ser la gente, no como yo.
Luego llegaron las planchas, ay, las planchas. A cambio llevabas el pelo electrificado que ibas enciendo las farolas a tu paso pero, oye, liso como una tabla.
Cuarta consecuencia: me pasé mi primer día en el trabajo estirándome el vestido y el pelo compulsivamente. Creo que mis compañeras se piensan que estoy en algún programa de adaptación social en el trabajo.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, solo os digo una cosa: que tengáis el pelo liso, por dios, que tengáis el pelo liso.