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martes, 3 de mayo de 2011

76. Haz lo que quieras, nena


easyvectors
Este es un consejo trampa. A todos los niños del mundo deberían enseñarles que para sobrevivir a la infancia hacen falta dos cosas:
Una: aprender pronto a no mearse encima, que ayuda a tener una vida social activa.
Y dos: jamás hay que hacer caso a una madre cuando te dice “Haz lo que quieras”. Y mucho menos, si tu madre es una drama mamá.

Cuándo lo utilizaba:
Por puro agotamiento cuando te habías tirado horas, días o meses (sí meses, qué pasa, ser insistente puede ser una virtud como cualquier otra) pidiendo algo.
Ejemplo práctico:
A las nueve de la mañana:
- Mami, me dejas ver los dibujos.
- En casa no se desayuna viendo la tele, que no somos una casa de padres separados.
A las 10:
- Mami, ya he desayunado, ¿puedo ver los dibujos?
- Tienes que hacer la cama, un cuarto con la cama desecha es un cuarto desordenado.
A las 11:
- Mami, ya he hecho la cama ¿puedo ver los dibujos?
- ¿Has hecho las tareas? Porque es tu obligación.
- Las hago luego…
- ¿Y qué te parecería que yo limpiara la casa luego? O mejor, nunca. Ya sé. Nos sentamos las dos. Y le explicas tú a papá porqué está todo manga por hombro y la comida sin hacer cuando él llegue.
A las 12:
- Mami, ya he hecho las tareas ¿puedo ver los dibujos? (Yo a estas alturas ya lo preguntaba sin fe, como desganada)
- A ver, trae aquí el cuaderno. ¿Seguro que has hecho todos?
- Bueno, mami, casi casi… Es que los de matemáticas son muy fáciles y me los he dejado para tener que hacer algo por la tarde.
- Como los hagas ahora mismo por la tarde vas a tener que hacer el doble, te lo estoy diciendo.
A la 1:
- Mami, ahora sí que sí, he terminado los de matemáticas, ¿puedo ver los dibujos?
- Bájate a por el pan y a por el periódico que van a cerrar.
- Jo mami…
- Ni jo, ni ja. Ya estás bajando, y me traes las vueltas que te conozco.
A las 2:
- Mami y, ¿ahora ya puedo? (lo preguntaba sin nada de ilusión, tan pequeña y una niña sin esperanzas, ay que pena me doy)
- Ahora es hora de comer, y en esta casa no se come mirando la tele. En esta casa hablamos. Ya me lo agradecerás cuando seas mayor.
A las 3:
- Ya he comido, ahora, sí que sí, puedo ¿no?
- Claro nena, tú vete tranquila que los platos se meten solos en el fregaplatos, anda, dale, haz lo que quieras…
Mira, en serio, por el bien de las generaciones futuras esa frase debería llevar una alarma pegada: ¡Peligro! Alerta. Solo si estás loco, si te gusta vivir al límite, si estás dispuesto a morir joven, puedes hacer lo que quieras cuando una drama mamá te lo dice.
Según me iba hacia el salón pensando en que por fin iba a ver mis queridos dibujos comenzaba la letanía:
- Ya ves tú, todo el rato haciendo cosas por ellas, que ni un rato me he sentado en todo el día. Y la nena, que solo piensa en ver los dibujos. Todo el día peleando con ella. Así son, cría cuervos y te sacarán los ojos… (Y yo en el pasillo pensando: “para mí que lo de cuervos va por mí”) Pero nada, yo me pongo a recoger. Como una criada me tenéis. Qué se cree, ¿que yo no tengo ganas de ver la novela? Pues claro que tengo, y de poner los pies en alto.
Entonces yo ya no me atrevía a dar un paso más porque notaba el click en su cabeza. Es más, casi se podía oír. Y, click, se enfadaba:
- Habrase visto, y tan tranquila se va. Ven aquí ahora mismo. ¿Me estás oyendo? Ipso Facto (que yo pensaba: por qué me llama Ipso Facto, ¿me está insultando?) Mira, nena, para mí sería mucho más fácil dejarte hacer lo que quieras, y no discutir (que yo pensaba: pero si no estamos discutiendo, solo me estás gritando) Pues no. Yo estoy en el mundo para educarte. Así que me ayudas a recoger. Las buenas madres hacen esto. Y así aprenderás que uno no puede hacer lo que le dé la gana en la vida siempre, que existen obligaciones. Y con garbo, que no quiero una mala cara, que te castigo en tu cuarto hasta que seas mayor de edad. ¿Me oyes? Pues ala.

Consecuencias del consejo:
Yo veo la televisión con remordimientos. Siempre que estoy viendo la tele, siento que tengo que hacer al menos otra cosa a la vez: estar con el ordenador, leer, ganchillo… Y eso que no sé hacer ganchillo, pero yo disimulo. Aún cuando estoy sola en el salón, hago como que leo un libro y miro la tele de reojo. Esto me da cierto aire de tarada.
Segunda consecuencia, a base de disimular: es decir, leo un párrafo y luego veo un trozo de serie, en mi memoria Emilio Aragón sale en Cien Años de Soledad… Lo dicho, tarada.
Tercera consecuencia: yo no puedo hacer lo que quiero a pierna suelta porque siempre pienso que mi madre está a punto de castigarme sin salir del cuarto durante meses. Que estoy bailando, malo, que estoy vagueando, peor, que me tumbo sin hacer nada. ¡Pecado! Corre, nena haz lo que sea, dobla calcetines, lo que sea.
Cuarta consecuencia: una vez le llamé a un niño del patio con mucho odio Ipso Facto. Qué te voy a contar… Creo que todavía oigo las risas.

Excepciones para utilizarlo:
Paso de esta frase. Es mentira, futuros hijos míos, si se me escapa, no me hagáis caso, por supuesto que no quiero que hagáis lo que os dé la gana, quiero que hagáis lo que me dé la gana a mí, que para eso soy vuestra madre.

miércoles, 9 de marzo de 2011

66. Nena, ya vas a ver qué bien en el campamento al que te he apuntado.

The Treepee Company
Yo he sido una niña de campamento. Y los niños de campamento somos una raza superior sólo justo por debajo de los niños internos. Si te parece osado decir esto, es que tú no has sido niño de campamento. Un niño de campamento evoluciona rápido, se adapta al medio, sobrevive a base de pan duro y sabe cómo esquivar casi cualquier tipo de humillación. No se engañen. Los campamentos son a los niños lo que la mili a los adultos: una putada que te curte a base de bien. Y yo he sido una niña de campamento porque mi madre me mandó todos los veranos desde los 9 años a uno. Ella lo llamaba sus vacaciones, “por fin que ya era hora de tener un ratito para mí”. Yo lo llamaba “mi castigo por ser una niña tan revoltosa”. Y hacía propósito de enmienda de ser más buena para no acabar otra allí. Nunca funcionó.
- Nena, ya vas a ver qué bien en el campamento al que te he apuntado.
- Pero yo no quiero ir…
- Pero yo si quiero que vayas, además, que vas a hacer muchos amiguitos.
- Yo ya tengo amigos.
- Pues te haces más, que siempre vienen bien en la vida. Además que se vas a aprender un montón de cosas nuevas. Y nena, que no me tengan que llamar para traerte a casa, que te mando interna.

Primer campamento, 9 años:
Unas colonias con, calculo, otros 300 niños más. En un pueblo de Gipuzkoa en el que no paró de llover en 15 días, con lo que estuve conviviendo con una jauría dentro de un patio interior. Creo que perdí capacidad auditiva. Aprendí a tirar comida desde la ventana con una puntería que ya quisieran los GEOS. Adelgacé 7 kilos. Descubrí que los niños que sufrían lo que se llamaba “mamitis” (es decir, los que no paraban de llorar) reciben peor trato de los otros niños. Pasé de la mamitis. Sobreviví.
Segundo campamento, 10 años:
Colonias también. Con uniforme: pantaloneta y camiseta. Otros 300 niños. Cada uno tenía un número. El mío era el 112. Así que cuando había colada, los monitores cogían un enorme carro de ropa y comenzaban:
- Bragas del 97, calzoncillos del 15, camiseta del 23- y los niños iban a por ellas- bragas del 112… , a ver 112, bragas rosas con puntillas, ¿112…?
Aprendí que hay niñas con 10 años que descubren que es mejor lavarse las bragas por la noche y nunca salir a recoger aquel despropósito públicamente. Perdí 5 kilos y 7 bragas.
Tercer campamento, 11 años:
En tiendas de campaña. En plan salvaje. Aprendí que los niños gordos no pueden subir en tirolina, que los gamusinos son mentira (eso sí después de sufrir la humillación), que en los campings hay supermercado y que una niña puede sobrevivir a base de leche condesada 15 días. Perdí 6 kilos, el saco de dormir y un pijama. “Que no entiendo nena cómo lo haces, ¿pero dónde has dormido?”.
Cuarto campamento, 12 años:
Era un campamento de marchas en Jaca. Aprendí que el agua da flato, que en cambio existen unos simpáticos monitores que te dan un limón para chupar y que no tengas sed mientras andas 10 kilómetros. Aprendí que los limones no quitan la sed y tampoco el flato. Y que jugar a la gallinita ciega cerca de un luming gas es una idea nefasta. Pero sobre todo aprendí a suplicar que no llamaran a mi madre. Sobreviví.
Quinto campamento, 13 años:
En inglés. Aprendí de todo menos inglés: cómo cazar murciélagos, a pintar moscas, a colgarle latas a los gatos del rabo, y sobre todo, que ya era una Senior de los campamentos con un ingente cantidad de leche condesada preparada, y que los niños con 13 años no saben la diferencia entre un golpecito y partirte una pierna. Perdí 4 kilos.
Sexto y último, 14 años:
Con una familia inglesa en la costa, con otras 5 niñas. Aprendí algo de inglés, que los chupitos de tequila están más ricos que la leche condesada, que no hay nada como un amor de verano valenciano, que puedes escaparte de una casa saltando desde un segundo y no partirte nada, que la playa a las 4 de la madrugada es mucho mejor, que fuera de casa te puedes pintar como una pilingui, y que el mundo del campamento había mejorado considerablemente. Mi madre aprendió que se habían acabado los campamentos para siempre.

Consecuencias del consejo:
Todo tipo de gritos e improperios a costa de todo lo que perdí en los campamentos: zapatos, linternas, pantalones, mochilas, una uña del pie, y sobre todo, los kilos. Según me recogían íbamos directos al pediatra a hacer una revisión completa.
También aprendí que a mi madre sus vacaciones de mí no le servían para mucho.
Admiración total por las niñas internas de mi colegio, supervivientes natas.
Cierto empacho de leche condensada que me dura hasta la actualidad.

Excepciones para utilizarlo:
Ya veremos, porque como seáis los típicos blandos con mamitis, no sobreviviréis. Os lo digo yo. Prometo no mandaros con ropa interior vergonzosa y daros dinero para leche condensada, por si acaso. Pero futuros hijos míos: yo he hecho rappel, espiritismo en una tienda de campaña a las 3 de la madrugada, sé orientarme con una brújula, hacer un vivak, quitarle el aguijón a una abeja, y bueno, algo de inglés. Así que ya os puede parecer divertido porque estáis jodidos. Eso sí, a los 13 años, se acabó lo que se daba. Eso también lo he aprendido.

martes, 22 de febrero de 2011

62. Te lo dije nena, te lo dije.

Este consejo me da pereza y probablemente sea el que más veces he escuchado, escucho y escucharé. Por lo siglos de los siglos, amén. Y sin lugar a dudas, es la frase que más me jode escuchar de boca de mi madre porque, la vida es así, ella siempre me lo ha dicho antes de que algo malo suceda.

Cuando lo utiliza:
Pues para joder, porque no me cabe otra explicación, siempre que algo me ha salido mal y con una coletilla que te termina de rematar normalmente acompañado de un refrán.
- Si suspendía un examen: "Te lo dije nena, te lo dije. Sabe el diablo más por viejo que por diablo y yo sabía que con lo poco que has estudiado te quedaban las matemáticas. Ahora que las dos sabemos que eso significa que estás castigada sin salir hasta... Encima no me tuerzas el morro que la tenemos. A buen entendedor pocas palabras bastan".
- Si volvía mojada a casa: "Te lo dije nena, te lo dije, que iba a llover y que te cogiéras el paraguas. Que en abril aguas mil. Pero tú te debes creer que eres impermeable. Pues no, nena, no, el don que te ha dado dios es la ubicuidad, que no paras quieta, pero, de momento, la lluvia te moja y te acatarra como a todos los mortales así que ya te estás comiendo una naranja que más vale prevenir que curar".
- Si me dejaba un novio: "Te lo dije nena, te lo dije, que así no ibas a ningún lado, que si somos modernos y yo puedo salir con mis amigas cuando quiera, irme de viaje sin pedir permiso, no llamarle en tres días. Pues no, nena, ni tan modernos, ni nada. Gota a gota el mar se agota. Y ale, para de llorar, que me pones nerviosa con tanto hipo".
- Si me perdían las maletas en un vuelo: "Te lo dije nena, te lo dije. Que te llevaras una muda limpia y un vestido en la maleta de mano, pero noooo, tú a tu aire como siempre. Hombre prevenido vale por dos. Y luego a llorar que te has gastado todo el dinero del viaje de fin de curso en bragas. Y no digas que era poco dinero. A París la niña, con 16 años, y que no tenía ni para tomar un café. Pero qué café ni qué ocho cuartos, a París, a tu edad, se va a mirar, que es muy bonito. Y no me digas que has pasado hambre que te cruzo la cara. Eso sí que no. Te metí mortadela para siete días, lo que pasa es que eres muy fina y no puedes comer todos los días lo mismo ¿no? Ah y que querías también Cocacola. Mira nena, lo que dan los grifos es agua, y eso bebemos nosotros. Habráse visto, y quítate de mi vista que aún te pongo a comer mortadela otra semana más, para que aprendas a hacerme caso que te lo dije nena, te lo dije, que esos de Iberia no tienen cuidado y les da lo mismo París que Moscú. Que tu tía Mari cuando fue de crucero, para una vez que se estira tu tío, le perdieron la maleta en Barcelona y todo el crucero sin ropa. Ella que se había llevado un vestido de gala para la cena con el capitán... Pues en pareo tuvo que andar 15 días, porque ¡lo qué valen las cosas en esos barcos! Que ya le dije yo que no lo entendía, que una falda es falda en el mar y en la tierra, pero como no tienes otro remedio, pues ellos ponen el precio que quieren. Y cada vez que hacían una visita a un sitio a correr a ver si encontraban algún puesto más barato para comprar al menos bragas y calzonzillos y se perdieron todos los monumentos. Ahora, tú tía de los mercadillos del Mediterréno se lo sabe todo. Y total que llegaron a casa y la maleta traía la mismita ruta que ellos, pero les seguía tarde. Desde entonces yo siempre hago un petate con cuatro cosas para poder salir del paso. Y ya te digo que yo a un crucero no voy, vamos hombre, por mucho capitán que me pongan que...". En este punto he desarrallado lo que mi hermana y yo llamamos "el poder del click". Click y a pensar en mis cosas y ya no tengo ni repajolera idea de qué narices habla.

Consecuencias:
Odio los refranes, el refrañero español y la madre del que se inventó tanta frase tocapelotas, pero ¡No puedo evitar repetirlos constantemente!
Segunda consecuencia: cierto aire de niña envejecida cuando les decía a mis compañeras: "Más vale pájaro en mano que ciento volando".
Tercera consecuencia: aislamiento social no elegido, yo lo llamo así, otros prefieren llamarlo marginación. Cabrones...
Cuarta consecuencia: terror. Cada vez que dice: esa mayonesa se va a cortar, va a caer una nevada, te vas a coger anginas, tiemblo. Leche, es que siempre acierta. Aunque he empezado a dudar. Creo que la técnica es la siguiente: ella siempre piensa que pueden pasar las peores cosas, y cuando pasan, ahí está para recordarte que lo había dicho. Ahora, cuando todas esas pequeñas apocalipsis no suceden... ¿Quién se acuerda de que ella dijo que en el año 2000 se iban a estropear todos los electrodomésticos y que por eso no compraban tele nueva? ¿Quién? Pues yo, pero cualquiera se lo recuerda.

Excepciones para utilizarlo:
Me niego. Futuros hijos míos si os lo dije, estoy segura de que os acordaréis solitos cuando os tiréis una semana comiendo mortadela. De los escarmentados, nacen los avisados, ea.

domingo, 26 de diciembre de 2010

52. Tengamos la fiesta en paz.

Interesting and Funny World
A nosotros, llegar al cariño, nos cuesta. Nuestra particular nochebuena comienza con mi madre cocinando. Justo enciende el fuego, se pone a llorar, y así llegamos hasta sentarnos en la mesa. Ella llora por nostalgia de los que no están, y también de los que están, y se va bebiendo un vino dulce malagueño que a ratos le calma, a ratos le da rienda suelta para gritarnos.

Primera bronca: vestimenta.
- Pero ¿qué es eso que has decidido ponerte hoy? Justo hoy. Lo haces para fastidar porque sino no lo entiendo, con lo mona que estás con el vestido que te regalé y no con ese pingo de mercadillo. Y haz el favor de retirarte el pelo de la cara que estás más guapa. Y a mí no me tuerzas el morro. Tengamos la fiesta en paz, nena. Ay si tu abuelo estuviera aquí para ver lo guapa que estás. (Y se pone a llorar mientras le da un traguito al vino).
Segunda bronca: el pino.
Desde siempre, todas la navidades en mi casa hay un enfrentamiento a muerte. Mi hermana y yo somos partidarias de las bolas de colores, es decir, de todos los colores. Y mi madre es muy de flor de pascua, bolas rojas, y cabello de ángel plateado, punto.
-¿Pero que narices le habéis hecho al pobre pino? Anda, anda. Ya estáis quitando esas bolas que eso más que un pino parece un matojo hawaiano. Los pinos de colores son horteras, nena. ¿No has visto el que sacan los Reyes? Pues yo quiero uno como ese, elegante y discreto.
- Jo mamá, por un año nos podías dejar poner uno un poco más alegre.
- A ver, nena, no confundas alegría con desorden, ¿eh? Eso que habéis colocado es un fantoche, y ya me lo estás quitando, que luego tenemos la copita con los vecinos y van a pensar que en esta casa viven cuatro monos daltónicos. Tengamos la fiesta en paz. Ay si tu abuela viera lo bonito que le tengo el Belén con su niño Jesús bien cuidadito... (Y se pone a llorar otro poco).
Tercera bronca: el discurso del Rey.
- Ni se te ocurra apagar la tele, que quiero que los reyes sepan que les vemos, que así se demuestra el apoyo del pueblo.
- Pero qué van a saber ellos, si nosotros no tenemos un audímetro.
- Pues de alguna manera contará. Tú me dejas la tele puesta aunque estemos cocinando.
- Pero mamá, ¿no te das cuenta que la monarquía es un sistema obsoleto? (Le mete un trago al vino que tengo claro que no significa nada bueno)
- Por Dios nena no digas blasfemias, que tú tendrás muchos estudios, pero nuestros reyes son los mejores del mundo. Tú no habías nacido, por eso no te enteras. Si te oyera tu tía Pilar... ¡Obsoleto! Te voy a dar obsoleto a ti. Pero mira que majo es. Ay si los políticos le hicieran un poco más de caso... Algo mejor nos iría, y eso que está muy mayor, y ahí sigue, porque el nuestro es un rey con el que se puede contar, y muy cercano, que se le nota. Y yo también soy muy de la reina, que siempre va tan bien, tan correcta. Esa sí que es una mujer elegante y no las pelandruscas que dan en la tele. ¡Y mira el pino! Nenaaaa, deja todo eso y ven al salón. ¡Mira el pino! Es como el nuestro, nena, igual, igual. Bueno, el suyo es más grande, pero el mismo estilo. Si me hicieras más caso... Ya vas a ver las vecinas cuando se den cuenta que tenemos el mismo pino que los reyes.
- Mamá, tampoco es tan igual...
- ¡He dicho que el mismo! Tengamos la fiesta en paz, nena, tengamos la fiesta el paz.
Cuarta bronca: la compota de manzana.
- Mamá, ¿por qué hay que hacer compota? No le gusta a nadie.
- Pero qué manía le tenéis. La compota es digestiva, y una tradición que llevamos haciendo toda la vida.
- Pero si sólo os la coméis la tía y tú.
- Porque somos las que sabemos de la vida.
- Mamá, eso era un postre cuando no había dinero para comer dulces buenos, ahora no tiene sentido y te tiras 24 horas de trabajo para hacerla.
- Porque se necesitan 24 horas exactamente, hirviendo despacito, para que salga igual que la de tu abuela, que una vez le hice rápido y menudo desastre. Me llevé un disgusto... Y tu tía igual (Ligero lloriqueo). Y no está de más que aprendáis que nosotros no hemos tenido tanto dulce, que sois todos unos señoritingos. A mí de pequeña, una naranja me parecía un lujo, nena, y no como tú, que dices que te da dentera morder los gajos. Así que a callar y me sigues removiendo esa compota, tengamos la fiesta en paz.
Quinta bronca: los regalos.
En mi casa, el día de Navidad, tenemos un detalle porque, por supuesto, que mi madre es más de Reyes, odia Papa Noel, y el Olentzero (un carbonero que es el que trae los regalos en mi tierra) le parece "un poco sucio, sin gracia y con pinta de comerse a los niños". Así que los regalos no los trae ningún ser mágico, si no nosotros mismos. Bueno, pues este año se me olvidaron los regalos en Madrid, y yo era la encargada de dos personas. Así que me fui a una librería y compré libros. Durante la entrega, mi madre sonreía, ahora, que cuando fuí a la cocina:
- ¿Libros? Que yo no tengo nada contra los libros, que son muy útiles, pero y los zapatos que habías comprado para tu hermana, ¿dónde están?
- Es que se me han olvidado lo regalos en casa y he comprado en la librería de abajo lo que me ha dado tiempo.
- Claro, eso te pasa por dejarlo siempre para última hora. Que ya te veo haciendo la maleta esta mañana, que tu más que maletas haces hatillos de mendigo, que ya he visto como traes la ropa, toda hecha un bolo. Porque no te has dado cuenta pero ya le he metido una planchada. Eres un desastre. Que los libros están bien, pero un día vas dejarte olvidada la cabeza. Y tu hermana ha sonreído, porque es de sonreir, porque tú sabes que no lee nada. Y no será porque yo no lo he intentando, y obligado también, porque le hemos obligado, pero chica, no es de leer. ¡Y tú le traes un libro! Si es que todo lo tengo que hacer yo... Bueno, lleva la compota para la cocina y tengamos la fiesta en paz.

Consecuencias:
A mí las fiestas en paz, como que no me van. Si no hay bronca, pues para mí no hay fiesta.
Segunda consecuencia: en mi casa hay que beber antes de la cena, si no, no lo soportas. Así que mi "no drama papá" saca una botellita de vermut, y allí que vamos, con alegría.

Excepciones para utilizarlo:
La frase me hace gracia. Y futuros hijos míos, espero que seáis de bolas de colores, de espumillón del gordo y luces intermitentes, porque nuestro pino va a ser reventón, reventón. Y si no os gusta, a callar, y tengamos la fiesta en paz.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

46. Deja ya de enredar o te llevas un sopapo.

Oye mira, el típico consejo que no necesita un post para explicarse porque dudo que haya un sólo niño, por muy tonto que sea, que no lo entienda. Luego, eso sí, estaba la opción kamikaze: seguir enredando. Y yo era muy de eso.

Cuando utilizaba el consejo:
Cuando éramos niñas, yo creía que mi hermana podía volar. En serio: estaba convencida de que podía volar. Sí, yo era imaginativa y poco despierta. ¿Mi teoría? Mi hermana es cuatro años más pequeña que yo, por lo tanto, más bajita, por lo tanto, si saltábamos desde una mesa, ella llegaba más tarde al suelo, por lo tanto, si le ponía unos cojines debajo de los brazos y le hacía agitarlos, mi hermana volaría, por lo tanto, queda confirmado que yo muy despierta no era y mi hermana no volaba.
Lejos de pensar que mi teoría sobre la hermana bajita voladora no era cierta, la subía encima la mesa, la empujaba con fuerza, y luego le pegaba por no mover los cojines con suficiente esfuerzo:
- ¡Pero agita más los brazos! ¡Que pareces tonta! Anda que si yo pudiera volar, iba a desaprovechar la oportunidad, pero no puedo porque soy más alta que tú y llego antes al suelo. ¿Lo entiendes? Así que te subes otra vez, y le das bien fuerte, o te voy a dar yo más fuerte.
Lo dije justo a tiempo para que lo oyera mi madre que entró en estampida al cuarto.
- Nena, lo tuyo no tiene nombre. Pero qué volar, ni qué volar. Yo sí que te voy a hacer volar a ti, pero de un sopapo. Y deja a tu hermana en paz, que no haces más que enredar. Trae aquí tu mano.
Quien dice trae, dice que mi madre la cogió por si misma, es decir me enganchó de la muñeca de un tirón y puso su mano al lado de la mía.
- ¿Qué mano es más grande nena?
- La tuya- yo sabía que estaba al borde del precipicio.
- ¿Estás segura? Compruébalo bien, asegúrate.- yo le miraba con cara de alucinada pensando "Esto tiene trampa, tiene trampa seguro".
- La tuya es más grande- dije con miedo.
- Y si mi mano es más grande, ¿cuál crees que dará sopapos más grandes? ¿La tuya o la mía?- "Aquí va a haber sopapo seguro", pensé "esa es la trampa".
- La tuya...- dije apartándome un poco.
- Pues como te vea pegarle una torta más a tu hermana, te voy a demostrar que mis leyes físicas sí que son de verdad, y no las tonterías que te andas imaginando. ¿Estamos? Así que deja ya de enredar, nena, o te llevas un sopapo.

Consecuencias del consejo:
La física me parece una mierda.
Mi hermana casi me saca los ojos cuando le explicaron en clase la ley de la gravedad.
Mi madre vivía con miedo constante y me decía cosas como: "Nena, ¿tú sabes que todas las personas se queman con el fuego por igual no?, o "Las personas no rebotan", o el mítico "Todos, nena, y cuando digo todos es todos, necesitamos oxígeno tooodddooo el rato ¿lo entiendes". Esto provocó cierta sensación en mí de que me tomaba por bastante imbécil, con razón eso sí, pero imbécil.
Terror. ¿Sabéis lo qué es peor que un sopapo? La amenaza del sopapo que nunca llega.

Excepciones para utilizarlo:
Bueno... Tengo que admitir y, lo siento futuros hijos míos, que la palabra sopapo.... ¡ME VUELVE LOCA!  ¿Pero habéis oído como suena? Prometo utilizarla con contención, pero así, como consejo, más os vale no enredar.

lunes, 8 de noviembre de 2010

44. Nena, eso es un lujo capitalista.

Mi madre es un ser contradictorio. Desde que recuerdo, ella ha deseado que fuera normal y me ha educado para no serlo.
Yo de pequeña quería ser dimplomática y a mi madre le daba mucha rabia porque le parecía raro. Jugaba a los diplomáticos con mi hermana, y sí, era raro.
- Tú ponte en esa silla y coge ese vaso como si fuera una copa de vino, y vamos a discutir sobre política internacional. Yo soy España y tú eres Portugal.
- Jooo yo no quiero ser Portugal- decía mi hermana.
- Pues Francia no puedes ser porque con los franceses no se puede discutir.
Muy raro. La culpa en realidad era de mi padres que me explicaban cosas complicadísimas para una niña, y a mí se me grababan a fuego. A ellos les hacía gracia que yo repitiera cosas así, hasta que se les fue de las manos.
- Nena, a ver si jugamos a cosas más normales. Por ejemplo a papás y mamás o a profesoras.
- ¿Qué tiene de malo ser diplomática? ¿Si vosotros siempre decís que es el mejor trabajo del mundo?
- Nada nena, no tiene nada de malo pero tú tienes 9 años y deberías jugar con muñecas.
- ¡Pues cómprame una Barbie!
- No empezemos ¿eh? nena, no empezemos.
¿Pero qué querías mamá? ¡Si mis muñecas parecían una jodida reunión de Naciones Unidas!

Otra frase que mis padres me repetían constantemente era: "Eso es un lujo capitalista". Para que os hagáis una idea: la nocilla, el pan bimbo, el chocolate, los cereales, cualquier galleta que no fuera María, los petitsuis, la cocacola... Todo era un lujo capitalista. Y el mini-babybel: un super lujo capitalista.
- Mamá quiero colacao.
- Nena, la leche se toma sola. Si quisieran que tú tomaras la leche con chocolate, las vacas la harían así.
- Pero mamá, toooodoooo el mundo toma la leche con Colacao.
- Pues nosotros no, porque es un lujo capitalista.
Claro que como yo no tenía ni jodida idea de qué significa aquello, pues no podía discutirlo.
Un día en la panadería del barrio, con todas las vecinas alrededor, mi amiga Martita le pidió a mi madre que le comprara una napolitana de chocolate. Y a mí me faltó tiempo:
- Martita, eso es un lujo capitalista y nosotros no lo compramos.
- ¡Ay qué salada es la niña!- me dijo la típica vecina cabrona que vio que allí había materia para la humillación- ¿y tú qué quieres ser de mayor guapa?
- Yo dimplomática para beber siempre buen vino y viajar mucho.
Pellizco de la muerte, pisotón y mi madre de un rojo escarlata.
- Esta niña, de verdad que no sé de dónde saca esas cosas-. Tirones del brazo hasta casa, gritos en el ascensor, pellizco de la muerte, repellizco.
- Un día me matas de un disgusto. Pero ¿quién te mandará a ti decir esas cosas en público? Te voy a mandar interna, te prometo que te voy a mandar interna, para que aprendas.

Consecuencias del consejo:
Me pasé años creyendo que "lujo capitalista" debía ser un insulto parecido a "hijo de puta".
Valoro poco a los diplomáticos: mi imagen de ellos se reduce a gente bebiendo vino y hablando en palacios impresionantes.
No me gusta la cocacola, el colacao justito y nada los petitsuis. Si nunca de pequeña te has acostumbrado a esos sabores, pues de mayor te parecen extraños, sobre todo la cocacola. Esto te hace rara. Muy rara. En los cumpleaños infantiles, en los botellones con el kalimotxo y en la treintena con los cubatas.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, no os pienso decir frases que no comprendáis pero quiero ser la madre de un dimplómatico y beber buen vino y vivir retirada en un palacio. ¿Ha quedado claro? Pues eso.

jueves, 15 de julio de 2010

22.Si eres mayor para trasnochar, también para madrugar

Esta frase creo que es una de esas que han forjado a una generación. La mía. Y no puedo evitar que me entre una horrible nostalgia al repetirla. Mi madre abriendo la puerta de mi cuarto con mi si fuera a empotrarla en la pared, y esa voz aterradora y concreta:
- Ale, que ya es hora de levantarse nena. Si eres mayor para trasnochar, también para madrugar. Que tenemos muchas cosas que hacer. Hay que limpiar los cristales, pasar el aspirador, poner una colada, bajar a hacer la compra...

No me lo creo mamá. Nunca hay que hacer tantas cosas un sábado por la mañana. ¡Coño! Si cada vez que yo salía, había que hacer la limpieza anual de la casa.  Yo creo que acumulaba esas tareas para las terribles mañanas de resaca. Cada vez que paseaba por la casa y veía los radiadores sucios ella pensaba: esto me lo apunto para el día que salga la nena, huy que hace tiempo que no ordenamos los armarios, los filtros del aire acondicionado los tengo llenitos de mierda, bien bien, otra cosita más.
Es que la estoy viendo.

Consecuencias del consejo:
Tenía truco. Si no te pillaba en la cama no te encargaba tareas y sobre todo no gritaba, que el grito para la resaca va mal. Así que mi hermana y yo dormimos con disimulo y en cualquier sitio.
Según la oíamos que se levantaba, cada una se buscaba la vida. Yo que soy de tendencia vaga, pues intentaba esconderme detrás de la puerta. Así cuando ella entraba, veía la cama hecha y se iba. Me volvía a meter en la cama. Mi hermana iba al baño, abría la ducha y se dormía encima de la taza. Media horita de sueño. Siguiente asalto. Yo a la ducha, mi hermana dentro del armario. Otra media horita. A desayunar, mi hermana dormida sobre la mesa, yo en el armario. Media hora más. Luego a estudiar. Las dos sobadas sobre los libros. Eso sí, con el oído atento. Porque cómo te pillara, olvídate, las tareas de desinfección de un hospital, una tontería al lado de lo que iba a encargarte. Porque las madres no limpian normal, al menos, la mía no:
- Nena, te coges el paño azul, el suave. Lo pasas por los fuegos. Luego con una servilleta de papel, pero de las que no tienen pelusilla, lo pasas otra vez. Sin pelusilla ¿eh? que sino quedan feos los fuegos. Así ya puedes empezar a limpiarlos. Coges el limpiador rojo, echas un poco. Poco, nena, que si no cuesta sacarlo. Lo retiras con el paño amarillo humecido en agua, que no esté empapado que se quedan feos. He dicho humedecido. Luego, el paño rosa para terminar y un poco del spray amarillo.
Y yo pensando: ¿De qué hablas mamá? ¿De limpiar los fuegos o de conseguir erradicar las bacterias del mundo? ¿Qué más dará que los fuegos queden feos? Son fuegos, ¿Con qué paño había que empezar? Joder, ¿cuál era el paño? Porque de una manera increíble, ella con sólo mirarlo sabía si habías cambiado el proceso. Las madres pueden adivinar cosas imposibles con sólo mirarte a los ojos.

Excepciones para utilizarlo:
Uf. Algo de razón tenía pero intentaré no martirizar a mis futuros hijos. Yo nunca madrugo pero desde las 8 de la mañana estoy en la cama sufriendo y, aunque esté sola, si alguien me llama por teléfono disimulo:
- ¿Estabas dormida? ¿Te he despertado?
- ¡Que va! Llevo limpiando los fuegos desde las 8.

domingo, 27 de junio de 2010

18. Los cromos que regalan en la puerta del cole llevan droga

Ay que nostalgia... El cole, las batas de colores, los bocatas de chorizo, ese señor que nos regalaba álbumes a través de las verjas y mi madre a la salida gritando: "¡Nena! Tira ese álbum a la basura ya mismo. ¿Me has oído? Ya mismo nena, que esos cromos llevan droga. Lo han dado en la tele. ¡Nena! He dicho ya, y cuando yo digo "ya", no es dentro de un rato, es ya".
Y yo arrastrándome a la papelera más cercana, con aquel álbum que se pegaba a mis pequeños dedos ávidos de convertirse en dedos coleccionistas. Purita nostalgia.
Y con todo mi disgusto me montaba en el coche de camino a casa. "Nena, que no te fíes de los extraños, que te lo vengo diciendo y tú ni caso. Lo dieron en la tele. Esos cromos llevan droga pegada. Si los metes en agua se ve la droga. Es que eres muy ingénua. Porque tu eres muy de creerte cualquier cosa ¿lo sabes no? Con eso vamos a tener que vivir, nena. ¿Cómo te van a dar cromos así por así? Sólo de pensarlo me da la risa. Que te queda mucho por aprender, nena, mucho. Eso es una técnica para hacerte adicta a la droga esa que llevan, y luego, ala, a vivir con una hija drogadicta. Y yo por ahí no paso ¿Me oyes nena? Yo drogadictos en casa no quiero."

Consecuencias del consejo:
- Nostalgia de los álbumes que nunca terminé.
- Cierta vergüenza al recordar cómo sumergí un cromo en agua para ver cómo era la droga esa.
- Temor: la droga esa era invisible, apenas teñía un poco el agua. Tenía que estar alerta: cualquier cosa podía llevar droga y, como yo era muy de creerme todo, me podían engañar.
- Más temor: si consumo cualquier droga, que podía pasarme porque yo era muy ingénua y la droga muy trasparente, mi madre me echaba de casa.
- Más nostalgia: de esa bendita ingenuidad que ojalá siguiera teniendo para creerme mejor el mundo.

Excepciones para utilizar el consejo con mis futuros hijos:
Nunca. ¡Mamá! Era marketing, coño marketing. Pero no para hacerme drogadicta, si no para tú tuvieras que comprarme todos los cromos que me faltaban... Ahora que lo pienso... ¡Ella lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Qué narices de droga! Lo que no quería era comprarme los malditos cromos. Esta te la guardo, mamá, palabra que te la guardo.

Consecuencias en este preciso momento:
Lo admito era una ingénua. Del todo, mierda, del todo. La reina del marketing, esa es mi madre y yo, como decía ella, yo siempre he sido de creerme mucho las cosas, sobre todo a ella.