lunes, 17 de noviembre de 2014

118. Me van a oír

Noche, Madrid, octubre de 2014, casa de la nena, llamada rutinaria de control maternal:
- ¿Qué tal nena? ¿Cómo ha ido el día? ¿Hace frío? ¿Has comido? – ésta es mi madre.
- Bien mamá, trabajando y eso.
- ¿Qué es eso? -  a ella los pronombres demostrativos no le gustan, no son su estilo.
- Pues lo de siempre: comer, conducir, planchar… Poca novedad.
- Pues anda que no es novedad tú planchando. ¡Para verlo! ¿Te has grabado en vídeo?
- Anda no exageres ¿y tú qué tal el día? ¿Has hecho algo especial?- esta soy yo desviando la atención.
- Bien, bueno, me ha pasado una cosa un poco rarilla.
- ¿El qué?
- Ha venido una mujer de Iberdrola. Yo le he pedido tarjeta de identificación, no te creas, que a ver por qué tenía que creerle, se lo he dicho tal cual. Total que me ha enseñado una tarjeta y  me ha dicho que venía a actualizar los datos de la facturación y demás. No sé raro.
- ¿Y se los has dado?
- De entrada no, porque ya le he dicho que yo también me puedo hacer una tarjeta que ponga Iberdrola, bueno, que me la haría mi hija que trabaja en internet, y podría ir por ahí pidiendo el DNI y el número de cuenta a la gente, si quisiera, que no quiero claro. Pero entonces me ha enseñado otros papeles y tenía todos nuestros datos. Y me ha dicho que era como para comprobar la información y actualizar el tipo de contrato y que no tenía ningún coste, que mi factura iba a ser igual. Total, que le he dicho que si mi vecina también lo había hecho y hemos llamado a María Jesús, y bueno, no sé al final se lo he dado. Aunque María Jesús no le ha dado nada porque hace poco le hicieron un lío en Telefónica y está que no se fía. Todo parecía normal pero, chica, tengo la mosca detrás de la oreja.
- A ver, ¿has firmado algo?
- Pues lo de los datos y ha hecho como una fotocopia del DNI en una maquinilla que llevaba… Espera que voy a por el papel que me ha dado.

Total que me empieza a leer un larguísimo texto que después de 20 gritos, tres relecturas, 4 reinterpretaciones,  15 minutos navegando por internet, un ¡mierda! (que en boca de mi madre suena a apocalipsis)  y 4 llamadas a Iberdrola, descubro que le han dado de alta en una especie de seguro del que no le habían informado. Pagas lo mismo el primer año, pero luego no y tenía permanencia. 

Así que trato de explicárselo con toda la suavidad del mundo:
- Te han timado mamá.- sí, los rodeos no son lo mío.
- ¿Que me han timado nena?- silencio- ¡ME HAN TIMADO!¡A mí! ¡Mierda!- (dos mierdas: el fin del mundo está cerca)
- Bueno, tú tranquila. Les he dicho que lo paralicen y tengo que mandar un mail a incidencias exponiendo lo que ha pasado con tus datos  y con eso se supone que está.
- De eso nada, mañana mismo a las 8 de la mañana estoy en la oficina de atención al cliente.  ¡Me van a oír!
- Mamá, de verdad, estate tranquila que ya lo he solucionado, no hace falta que vayas.
- Que no, que no. Yo quiero que me lo pongan por escrito y que me devuelva el papel que he firmado.
- Bueno, tú veras. - cualquiera la contradice cabreada. Desde luego que el tercer mierda de la noche no iba a ser para mí así que nos despedimos después de preparar toda su argumentación para el día siguiente.

8 de la mañana. Llamada a las puertas de la oficina de atención al cliente:
- Nena, estoy aquí mismo, en cuanto abran, me van a oír. No sabe esta gente a quién han timado. Los voy a freír a hojas de reclamación.
- Bueno, mamá, por favor, estate tranquila que nos conocemos…
- ¿Tranquila? Te dejo nena que abren. Me van a oír. Estos me van a oír.

8.10 de la mañana. A las puertas de la oficina de atención al cliente. Ring. Ring.
- ¿Qué ha pasado mamá? ¿Ya te lo han solucionado? No me digas más, ¿te ha echado la policía?
- ¿Qué policía? Que te gusta más un drama nena.  Calla, calla… Que he entrado y he pillado a un señor y le he soltado todo el rollo, que lo traigo ensayado, y el señor ahí esperando,  que si sois unos mangantes, que os metéis con la gente mayor, que menuda vergüenza, y total que cuando termino mis 10 minutos de charla, me dice el señor que tengo toda la razón del mundo, pero que eso es Telefónica, y que Iberdrola está en el edificio de en frente.
- ¡Jajajaj! ¿Y qué le has dicho?
- Que me había liado pero que entre Iberdrola y Telefónica se llevan el canto de un duro y que a mi vecina María Jesús le han hecho un lío que le han tenido 10 días sin línea. Bueno, te dejo que ahora sí estoy donde atención al cliente. Me van a oír. Estos no saben con quién se han metido.

8.30 A las puertas de Telefónica. Ring, ring.
- ¿Qué tal ha ido mamá? ¿Qué tan dicho? ¿Has gritado mucho? ¿Y la policía?
- Uy, chica, no sabes qué carácter tiene la de Iberdrola. Menudos gritos me ha metido ella a mí. Pero no te puedes imaginar, qué mala leche la muchacha. Que si ese no es su trabajo, que si además ya estaba anotado en mi ficha que no lo queríamos, que lo había anulado la hija de la propietaria,  que no era su responsabilidad y que ella no tenía nada que ver con eso. A grito pelado me lo ha dicho. Que le he contestado que, hombre, algo tendría que ver con una pegatina de Iberdrola en la puerta… Pero chica, menudo carácter,  casi me como la pegatina.
- ¿Me estás diciendo que te ha conseguido placar una dependienta?
- Imagínate cómo era. Uyuyuy nena, de verdad que tenía muy mal carácter, como para decirle nada. Está allí la mujer en un rincón porque el resto le debe de tener miedo… Y ha despachado a 5 antes que a mí, dos berridos por persona y para casa. Menuda pieza. ¿De qué te ríes? No le veo la gracia por ningún lado, que eres una sin fundamento. Bueno, te dejo, que voy a explicarle al señor de Telefónica cómo han quedado las cosas, que lo  he dejado preocupado. Y me tengo que ir para casa a peinarme el barrio a ver si pillo a la comercial, que como la pille le voy a dar un tirón y me llevo su carpetilla de robar a viejos.- yo casi me atraganto.
- ¿Pero qué dices mamá? No hagas tonterías. A ver si vamos a tener un disgusto.
- Tú tranquila, me acerco por detrás y ni se entera, que soy muy silenciosa cuando quiero. Me ha dicho la panadera que anda por las mañanas en el barrio. Se va a enterar.
- Mamá, por dios, a ver si te caes y te partes la cadera o algo.
- Anda nena,  ¿de quién habrás heredado tanto gusto por el drama? No te preocupes, te dejo que estoy en Telefónica. Esta noche te cuento.

Así que en este momento mi madre ha emprendido una campaña de información del barrio para que nadie caiga en manos de la comercial, que incluye una intensiva vigilancia de todos los portales de la zona oeste, todavía sin timados confesos, y este post bajo su petición con la frase textual de mi madre (y cito): “Pamploneses, cuidado con firmar nada a la puerta de casa, que nunca se sabe”. 



Consecuencias
Días después llamaron a puerta de la Mancomunidad para darle una llave para unos nuevos contenedores de orgánico que han puesto en Pamplona, lo que llaman el quinto contenedor. Las amables chicas del ayuntamiento me lo estaban explicando y cuando yo extendí las manos para que me dieran un pequeño recipiente de basura y la llave, no había llegado a tocarlo, cuando la drama mamá apareció por detrás de mí, y sin darnos tiempo ni a entender qué pasaba, cerró de un golpe la puerta al grito de:
- En la puerta de casa ¡NADA! A mí, comunicaciones oficiales por escrito.

No sé la cara de la chica porque no me dio tiempo a verla, pero la mía incluía el asombro, la vergüenza y cierto gesto de panoli total con los brazos extendidos hacia una puerta cerrada. Estuve así un par de minutos, procesando, porque es verdad que mi madre, cabreada, es rápida. No me gustaría ser la comercial de la carpetilla. Todavía no la ha pillado, ahora, que como la enganche…

La otra consecuencia es que ahora mi hermana y yo tenemos esperanza y poder. Cada vez que mi madre se pone imposible le decimos:
- ¿A que llamamos a la mujer de atención al cliente de Iberdrola?

Y a ella le recorre un escalofrío.  Solo espero que esa mujer no tenga hijas… Pobrecillas.


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martes, 16 de septiembre de 2014

Un día normal


Hoy es el cumpleaños de Rossy de Palma y hace 3 años que murió mi padre. Así de absurda es la vida. Alguien le dice felicidades a Rossy de Palma en Instagram y que le quiere y en cambio a mí me crece una pena enorme. Una pena difícil de digerir porque hoy, el día que hace 3 años que murió mi padre, me he levantado a las 7.30 de la mañana. Estaba casi oscuro y un poco fresco a pesar de que mis ventanas siguen abiertas y duermo sin edredón. Hoy yo no tenía más sueño ni menos que ayer. Era un sueño normal.

Me he montado en el coche, con otros 100.000 madrileños más y la M30 iba llena. Ni más ni menos que otros días. He llegado al trabajo y desayunado el mismo café de todos los días, frío, cortado con hielo. Y he subido a mi mesa que estaba como ayer, tan anodina y desordenada como cualquier día de mi vida. He trabajado: las mismas llamadas, las mismas reuniones, las mismas voces, las mismas portadas, los mismos reportajes. 

He hablado con mi hermana cuando iba a por algo de comer y a que me diera el aire, un viento todavía cálido en un septiembre que aguanta como verano. He comido sola un poco a deshora, como tantas veces. Un gazpacho prefabricado que no estaba mal y algo más. He hablado con alguna compañera sobre el miedo a volar que tengo y que me sorprendió a los 33 años porque yo antes no tenía miedo a volar. Chispeaba fuera a pesar del calor.

He vuelto a currar. Alguna charla normal. Lo de siempre. Alguien que iba a pasar la ITV y alguien que ha dejado de fumar y que sigue con mono. Varias llamadas, una noticia, varios mails. Me he montado en el coche y he conducido con otros 100.000 madrileños hacia casa. En la radio han puesto Manowar y una canción muy dulce que no conocía. He llegado a casa. Me quitado la ropa para ponerme un vestido morado de punto con un kimono que utilizo para estar tumbada en el sofá y no llenarme de pelos de gato.

Me he servido una copa de vino, he cogido el ipad y he puesto algo de música, la lista de reproducción que oigo desde hace un mes. He abierto Instagram y he visto que hoy es el cumpleaños de Rossy de Palma. Hoy 16 de septiembre, el día más triste de todos mis calendarios, es su cumpleaños. Y me he puesto a llorar desconsolada, con angustia, porque yo solo triste no sé estar.

Porque mientras me arropaba hoy a las 7.30 e intentaba no levantarme recordaba que he estado soñando toda la noche con mi padre, mi padre muy enfermo. Y mientras iba en la M30 enfadada con el tráfico pensaba en que a él siempre le encantó su trabajo, y eso le hizo muy  feliz a lo largo de su vida. Y me he tomado el café recordando que era 16 de septiembre un día de mierda. He trabajado toda la mañana imaginando cómo estarían mi madre y mi hermana que habrían ido al cementerio. Si mi madre estaría llorando mucho.  Y me han tocado las narices como nunca todas las estupideces de mi alrededor: los enfados por cosas que no importan, las discusiones, los territorios, los lugares comunes… Esas cosas que son tan normales todos los días también en mí. Y he comido sola porque no tenía muchas ganas de hablar y quería charlar con mi hermana pero no hemos conseguido decirnos nada porque íbamos a romper a llorar y había que seguir.

Así que me he tomado un gazpacho prefabricado y me he acordado de  que a mi padre le encantaba el de mi madre y he intentado ser simpática y disimular mi pena mientras hablábamos del miedo volar, algo que a mi padre le aterraba y a mí me hacía gracia de pequeña ver que a tu padre, al mío, le daba miedo una cosa, una sola cosa que le hacía vulnerable y humano a mis ojos. Y resulta que a los 33 se lo heredé para sorpresa mía.  Y he seguido trabajando mientras hablaban de dejar de fumar y yo no podía evitar pensar que él no sabía que yo iba a dejar de fumar alguna vez. Y que le hubiera encantado, y a mí tanto poder contárselo.

Luego he vuelto en el coche y mientras sonaba Manowar me he sentido molesta de que todo fuera tan jodidamente normal hasta el tiempo apacible de finales de septiembre, la música de fondo y el cumpleaños de Rossy de Palma también. 
Yo que necesitaba hoy una tormenta apoteósica, los mil vientos, una tempestad, algo que lo parara todo, algo que me dejara espacio, tiempo, silencio. Algo que me asegurara que hoy no es un jodido día normal porque no lo es. Para nada, aunque os lo haya parecido, hoy es un día mierda, porque es 16 de septiembre, y a las nueve y cuarto de la noche, hace 3 años que murió mi padre.

martes, 2 de septiembre de 2014

Todos los cigarros buenos (y también los malos)

Hoy, 3 de septiembre, hace 1 año que dejé de fumar y cada uno de esos 365 días me sigo sorprendiendo de no fumar. Es una sorpresa que me da alegría constante porque ni yo misma pensé que podría dejarlo. No lo había intentado nunca y cómo ya expliqué (Consejo 112), todos mis amigos me asociaban al gesto de fumar. Tanto es así, que en mi entorno varias personas lo están intentando dejar bajo la máxima de:

- Si Amaya ha podido dejarlo, cualquiera puede.

Si eres fumador, tengo una buena noticia para ti: No es tan jodido como imaginas y todo el mundo puede hacerlo. En eso se resume todo. Así de sencillo. No pienso convencerte de que lo dejes, eso es una chorrada. Pero la mayoría de los fumadores, fumamos porque creemos que es peor dejarlo. No es que no te apetezca no fumar. Lo que no te apetece es dejarlo. Lo entiendo porque parece el fin del mundo. Pero no.

Yo he fumado con anginas, catarro, vómitos, gastroenteritis e incluso con una resaca de tabaco, que debe de ser lo peor porque solo el aire te raspa en la garganta. Con dolor de muelas, con frío, debajo de la lluvia tapando el cigarro con mi propia mano, muerta de sed en el asfalto de Madrid a 40 grados, a escondidas, tres seguidos al bajar de un avión, tres seguidos antes de subirme y después de una paliza nadando, a pulmón abierto, con esa sensación que te da un cigarro cuando has hecho deporte y llevas rato sin fumar. Todos me los he fumado. También los humillantes: a escondidas en algún baño, el cigarro después de discutir con alguien porque lo que tienes es mono de nicotina, en sitios en los que está prohibido y en mitad de la noche mientras cuidaba a mi padre en el hospital. Esos también me los he fumado, los cigarros más tristes y culpables que recuerdo.

También me he fumado los otros, los buenos. Al salir del mar con la boca mojada de sal, todos los cigarros después del café del desayuno, los cigarros después de haber hecho algo duro que no me apetecía, esos que te salvan de una situación incómoda, los que he compartido con compañeros de trabajo que han acabado siendo amigos gracias a esos momentos, los cigarros después del vino y los cigarros de copas, cigarros bailando, o conduciendo con buena música, cuando se termina una novela que te gusta, o sales de ver una buena peli en el cine, los cigarros al bajar del telesilla, justo antes de un buen descenso, los cigarros de concierto, de vermut con los amigos, y los de descanso en la biblioteca. Al salir de trabajar o los de las buenas noticias.

Me los he fumado todos pero espero no volver a fumar ni uno, porque los cigarros al salir del mar no existen sin los cigarros con anginas. Esa es la faena. Sin tener que tener siempre tabaco encima, sin esas ganas constantes, sin gestionar mono, sin depender. Y no me merece la pena.




Parece imposible dejarlo, nunca es buen momento, siempre es mejor mañana, no quieres discutir con tu pareja, en tu curro, tener ansiedad, no quieres engordar,tener insomnio, no quieres sufrir. Lo entiendo, pero estate tranquilo, un día te hartarás y por fin estarás un día entero sin fumar, y luego otro, y luego otro. Puede que caigas pero por lo menos sabrás que puedes estar 24 horas sin fumar, 48, 72 horas o 365 días. Y eso ya es mucho. Porque te parece que eliges fumar, pero siendo fumador no es así. La libertad es no fumar.


No es tan jodido como imaginas y puedes hacerlo. Y aunque no lo creas, llega un día en que no piensas en fumar en 24 horas. No te apetece. No lo echas de menos y ¿sabes? El café sigue estando muy bueno, las copas te sientan mejor y nadar en el mar sigue siendo la leche.

Y, ya sabes, si Amaya ha podido, cualquiera puede.

PD. ¡Aúpa Silvia! Que ya has pasado lo peor ;-)

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miércoles, 27 de agosto de 2014

117. Te distraes con una mosca que no pasa

Me estaba costando escribir. Paso temporadas en blanco pero antes no tenía un blog así que lo notaba menos aunque siempre me ha frustrado ese vacío. Solo no me importa cuando estoy leyendo mucho. Hasta el mes pasado era el caso, pero ahora ando estancada también con la lectura. Así que muchas tardes me siento con el ordenador a escribir forzada pero siempre consigo hacer algo que me distraiga.

- Actualizar el ordenador.  Sí apasionante, y me quedo mirando cómo avanza la barrita de estatus.  Luego le paso el antivirus. Otra barrita. Me ordeno el escritorio. Hago figuras geométricas con los iconos. Repaso fotos antiguas...Tiempo invertido:  3 horas. Ya siento como si hubiera hecho algo. Mañana será otro día.

- Sacar a pasear al gato al descansillo. Sí, más apasionante aún. Para el gato y para mí que me mira como alucinado. ¿Por qué te sientas ahí? ¿A qué huele este suelo? Esta esquina es mía (se frota) ¿Me puedo comer estas plantas? Tu pierna es mía (se frota) ¿Qué es este invento que sube o baja y que me lleva a otra habitación que es igual que nuestra casa pero de donde sale un señor con barba? Este señor es mío (se frota) ¿Por qué la casa del señor con barba no es como la nuestra? ¿Me puedo comer todas sus plantas? Este señor es mío (se frota otra vez) Perturbador para el vecino.  Tiempo invertido 2 horas, dos arañazos y 35 disculpas.

- Mirar los árboles de mi ventana. Sacarles fotos. Intentar postearlas en Instagram. La cámara no capta la exacta y antigua belleza de mis plátanos de paseo, ni el olor perfecto de los tilos.  Extasiarme. Emocionarme. Poner música. Una copa de vino. Más vino. Más música. Más tilos. Más plátanos y más fotos que no me gustan. Tiempo invertido:  5 horas por la tarde noche y 4 de resaca por la mañana.  Balance general: deficitario.

- Comer. Ahora unas olivas. Ummm creo que tengo parmesano. ¿Qué tristón es un queso sin vino? ¿Y sin pan? Bajar a por pan. Comprar pan, empanada, dos cuñas de queso, patatas fritas, galletas. Chocolate no porque si compro me lo como. Comer más olivas, y queso con cualquier forma: untado, blando, fresco, gratinado, curado. Un poco de vino. Buscar en Google el mejor queso del mundo, el más comido, el más vendido, el más caro... ¿Chocolate? Seguro que tengo algo de chocolate en algún maldito lugar de esta casa. Tiempo invertido: 5 horas. Balance: empacho.

- Pintarme las uñas. De las manos primero. Despintarlas porque me he salido por todos los lados porque en realidad me muerdo las uñas. Pintarme las de los pies mientras se secan la de las manos. Sin querer, manchar algo del sofá y estropearme la manicura. Despintarlas y volver a empezar en un bucle del que nunca consigo salir hasta que caigo medio adormilada por exceso de acetona.  Tiempo invertido: mucho. Incluido un medio desmayo. Balance: una manicura de llorar. Como si hubiera metido las manos en cubos de esmalte de color rojo sangre. La pedicura decente. Aunque no sé si es porque los pies me los veo de más lejos y disfruto de unas brumosas 5 dioptrías.

- Hacer ejercicio. Sentadillas, dos.. Apretar la tripa mucho metiéndola para dentro. Hacer abdominales tumbada en el sofá. Correr en el sitio. Me quedo sin aliento. Intentar hacer el spagat. Llorar. Unas flexiones. Vale, llego a las rodillas. Llorar más. Levantar las piernas como intentando hacer un pino inverso. Lumbago.  ¿Dónde tengo el voltaren? Buscar en los cajones de las medicinas y encontrar chocolate. Felicidad y cierta perturbación.   Tiempo invertido: 1 hora. Balance: cero palabras, he quemado 15 calorías y me he comido una tableta de chocolate relleno de dulce de leche (Miniconsejo: ¡no lo probéis! Os lo coméis seguro). En mi línea.





- Navegar en internet. Tiempo invertido: ¿en serio creéis que voy a confesar algo así?  Digamos que las horas suman días, los días suman meses...

- Cocinar: jajajaja. Es que me da risa según lo digo. Vamos, un gazpacho pocho, o un tabulé amargo. Nada que una persona normal llame cocinar. Tiempo invertido: siempre demasiado para el resultado conseguido.

Balance general. Alto índice de procrastinación (¡coño! casi no lo escribo), alimentación desequilibrada, ciertos vicios recurrentes, unos abdominales de mierda y un eco maternal que dice al fondo: "Nena, te distraes con una mosca que no pasa". Y anda que no me revienta que mi madre tenga razón.

Al menos, he sacado un post.



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lunes, 18 de agosto de 2014

Las ofertas, las madres y los dones

Las ofertas no son lo mío. Es más si, por ejemplo, hacen un 50 por ciento de descuento en, pongamos, mesas de jardín, según llego yo a la tienda y pregunto, lo quitan. Es más,  es que a veces he visto al tendero retirar el cartel al entrar yo. Menos mal que no tengo jardín donde poner la dichosa mesa.

Bueno, pues este don para que los precios suban es justo el contrario que tienen las drama mamás, y en especial la mía. Una drama mamá detecta una oferta a kilómetros a la redonda. Parece que las huele.

Para empezar, una drama mamá tiene un control del buzoneo que ríete tú de cualquier sistemas de archivado de fichas de la Biblioteca Nacional. A lo que se suma una memoria visual cercana a ser un súper poder. Que vas tú por el súper y al ir a coger una caja de galletas de 2.20, se tensa y parece como si una alarma saltara en su interior, se le entornan las cejas y empieza a rumiar: “Yo he visto esa caja antes”.  Y por su mente empiezan a sucederse imágenes de folletos: “2.25, 2.50, 2.43… ¡1.99!!!! En el Eroski están a 1.99 euros”:
- Déjalo, nena, que he visto que en el Eroski están 21 céntimos más baratas.
- Pero no vamos a ir hasta allí por 20 céntimos mamá…
- Claro que vamos a ir. Uy que si vamos a ir… Y he dicho 21 céntimos. Además tranquila que habrá más cosas que comprar.

Ella tiene el don de recordar ofertas y  yo la habilidad de dormir mucho. Curioso reparto. Sobre todo si nos pones como madre e hija, que igual justo al contrario hubiera funcionado. Es decir, si ella durmiera mucho y yo recordara todo,  igual así sí tenía algún sentido. Como ahora, no. Eso os lo digo.

Ella también tiene el don de que los precios bajen y yo de que suban.  Por lo que siempre hacemos una pareja curiosa de compras.  Somos el jodido yin y yang de la vida consumista. Yo tengo que concentrarme para distinguir un calabacín de un pepino y ella a un kilómetro de distancia sabe si un tomate está a punto de madurar. Y los melones no tiene ni que tocarlos para saber si te van a repetir.  Que si lo valoras así, a grandes rasgos, está claro que mi madre está mucho más preparada para la vida que yo. Las cosas como son. A no ser que haya que hibernar durante un año, entonces será otra cosa y yo seré le puñetera reina del mambo.

De momento no. Yo odio comprar. Ella lo adora y no entiende por qué yo lo odio. Y me arrastra por supermercados y tiendas quejándome en una eterna letanía: “qué más darán 20 céntimos, no necesito eso, no me gusta, no quiero, vámonos ya, que más darán 21 céntimos”. Y así en un bucle infinito en el que yo doy mucha pena.

Pero se ve que para compensar algunas de mis, digamos,  carencias como hija o ser humano, la vida le dio a mi madre otra hija: paciente, observadora, que distingue los pepinos de los calabacines sin pensarlo, y que le gusta ir de tiendas.  Equilibrio divino.

Eso no evita que de vez en cuando vengan las dos a verme a Madrid y  me arrastren por cualquier comercio como un alma en pena que solo busca un sitio donde sentarse en los probadores.  Aunque no siempre hay probadores porque ellas  sienten interés por cualquier tienda. Cualquiera. Son capaces de pararse en un escaparate de embragues y de preguntar  por sus cualidades si ven uno de oferta.  Que pensaréis que soy una exagerada, puede. Duermo mucho, compro mal y exagero. Sí, menos mal que soy simpatiquísima…

Bueno, pues imaginaros si mi madre controla el tema del buzoneo y de las ofertas, que después de estar mirando coches durante más de un año, el suyo lo compró por un folleto del MediaMarkt. Sí. Mi madre se compró un coche en una tienda de electrodomésticos.  ¡Que exagerada eres Amaya! ¡Una locura de exagerada! ¡JA! El coche de mi madre es negro, con el interior rojo, por una puñetera oferta que lanzó el MediaMarkt y ella lo vio ahí, en su buzón. “OFERTA:  tantas mil más barato, tenemos 50, me los quitan de las manos, única oportunidad, yo no soy tonto”. Y, mira, los mil paseos a los concesionarios, las valoraciones, comparaciones, búsquedas en internet, foros, y experiencias de profesionales del coche, nada de eso,  pudo más que la oferta. 



Y está encantada, no te creas. No lo oculta ni nada. Que hay gente que igual le daba palo, pero no, al contrario. El otro día fue a comprarse un smartphone con un folleto recortado. Entraron mi hermana y ella en la tienda, se lo enseñaron al tipo,  y comprobaron que todo era según la oferta:

- Queremos este modelo,  a este precio, con esta tarifa- dijo mi hermana. Porque mi madre es buena comprando melones pero para la tecnología todavía necesita personal shopper, a pesar de que la oferta y el folleto eran suyos.
- ¡Qué maravilla!- le dijo el tipo- Si vienen con todo preparado, así da gusto.
- Es que yo el buzoneo lo tengo más que controlado- le dijo mi madre orgullosa.- Hasta un coche me he comprado así.- Más orgullosa aún.


Y todo esto a qué viene. Se os ha pasado un pequeño detalle. Entre pepinos, compras, embragues y dones. Una menudencia de nada: mi madre tiene un smartphone. Es decir mi madre tiene whatsapp…  Esto viene a que a mí se me ha quitado el sueño de golpe porque mi hermana es su personal shopper preferida pero yo soy su asistencia técnica (y vivo a 400 kilómetros): 
- A ver mamá, no has podido borrar todos los contactos.
- Que te digo que sí, nena, antes estaban y ahora no están. No están. Si ya sabía que era un error esto.  Y menos mal que me has llamado, que si no ¿qué hago? ¡Incomunicada!
- No exageres, hombre, que tienes el fijo. A ver dime qué ves en la pantalla.
- Veo una maleta.
- ¿Una maleta? No puede ser. No hay nada que tenga forma de maleta.
- Es una maleta con un círculo y un señor pequeño. Hombre qué sí es. Te diré yo.  Lo que no veo son los contactos.
- Mamá, estate tranquila que seguro que no estás en la pantalla adecuada, o igual has borrado el acceso directo que es como un atajo, pero los contactos están.
- Que me dejes de atajos, ¿qué hago con esta maleta? ¿La llevo a algún lado?
- Ay mamá, que no sé qué ves. En mi móvil no hay nada que se parezca a una maleta con un señor. ¿Qué más ves?
- Permitir actualización de y puntos suspensivos. Nena yo no quiero permitir nada ¿eh? Que luego se saben mi vida. Yo quiero llamar y colgar. Y un mensaje de esos con fotos y ya está. Que además me llega un whastapp y no suena. Yo creo que el mío no funciona.
- Si funciona mamá, te sale un símbolo que es como un bocadillo con un teléfono dentro. Y eso es que tienes un mensaje sin leer.
- El mío está roto. A mí me sale una maleta. Así como te lo digo. Bueno, te dejo que las tecnologías me dejan agotada. Mañana seguimos.

Total, toda la noche con pesadillas en las que yo trabajaba  en el servicio técnico de una frutería y me daban maletas para llevar melones que no cabían. No he pegado ni ojo. Para un don que tenía…

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