miércoles, 4 de febrero de 2015

La verdad sólo te la dice tu madre (y menos mal)

Parte seria del post:
Madres, drama mamás, hijas, mujeres, ¿qué les pasa a las madres con el aspecto físico? Por qué un flequillo sobre los ojos,  el pelo suelto, un pantalón vaquero roto o unas botas grandes les vuelven locas. ¿Qué creen que dice el aspecto de sus hijos de ellas? Porque a ver, yo quiero a mi pareja, pero si quiere llevar barba, corta o larga, pendiente, pantalones cagados, gafas sin necesitarlas, un sombrero… Me da igual. Bueno, si lo lleva todo junto habría que valorarlo. Eso sí, no me indigna. No me da ganas de apartarle el pelo de la frente, ni de subirle los pantalones, ni de arrancarle el pendiente. Me guste o no, no me parece tan importante.  No sufro. Lo mismo me pasa con mis amigos, mi hermana, e incluso mi madre. No me siento responsable de su estética y, por supuesto, no me molesta.
Entonces, ¿qué coño les pasa a las drama mamás? No es una pregunta retórica, agradeceré respuestas sobre por qué mi madre sigue opinando con visceral emoción sobre mi estética, por otra parte, de lo más normal. Aunque jamás, nunca, ni de milagro, ni se me pasa por la cabeza preguntarle su opinión.

Parte menos seria del post pero igual de intensa, dramática e importante:
Situación: después de casi dos años, cambio mi foto de whatsapp. Dos años. Salía monísima en la foto. Me la hizo Patricia Gallego, una fotógrafa profesional, en la revista ELLE, con focos, y mucha luz para mi segundo libro y todo el mundo me dijo eso de: “Que guapa, no pareces tú” (Ajá, la típica gente sincera y simpática. Cabrones).

No me importó. La he tenido dos años en twitter, en whatsapp, en Instagram... Sí, coño, me veía bien. Pero el otro día pensé: “Anda Amayita, deja de intentar parecerte a la de la foto, que encima ya tienes el pelo un palmo más largo y te has echado algún kilo al dejar de fumar. Cámbiala. La ha visto todo el mundo que te conoce y los que no también. Es hora de volver a ser normal”.
Y me hice un selfie, rollo egoblogger hípster con las gafas. Tampoco era mi mejor foto, pero nunca he tenido una foto buena, excepto en la que no me parecía a mí misma. Me vi normal y la cambié. 
Pensaréis: Pues sí que parece una egoblogger porque a quién coño le importa que cambiara de foto de whastapp. ¿A nadie verdad? ¿Verdad? ¿Os había dicho que mi madre tiene whatsapp?



Podría utilizar mucha literatura: que si yo escribí, que si mi madre me dijo, que mira qué cosas, que exagerada es esta chiquilla. Súper exagerada… Pero os lo voy a poner fácil.



No tiene desperdicio. Mi madre es que además de ser una drama mamá en toda regla, encima adjetiva bien. 

¿Termina ahí una simple anécdota de una foto de whatsapp?  Ojalá.

Ha hecho equipo con la vecina. Y me manda también su opinión acerca de lo fea que salgo en la foto. ¿Cuán afortunada soy?  También me  llamado por teléfono un par de veces para comentar lo equivocado de mi decisión. Se hacen llamar lobby “Anti Fotos Feas del Séptimo Piso”. Es decir el AFFSP y están intentando captar a la vecina del C, pero anda la mujer reflexionando si su aversión a los selfies es tan grande como para firmar un pacto de descansillo que podría comprometerla en la próxima junta de vecinos.

¿Lo más curioso? Con la anterior  foto todo el mundo me dijo que no parecía yo y con esta, mis amigas, mis primas, mi novio me han escrito para decirme que salgo muy guapa y que me parezco ¡a mi madre! Eso sí, sin que yo le  preguntara a nadie. No os vayáis a pensar que le voy diciendo a la gente: ¿qué te parece mi nueva foto de perfil?  De momento, no soy ese tipo de persona. Ha sido espontáneo. ¿Cómo de afortunada soy?

Que yo tampoco lo entiendo, cambias una puñetera foto de whatsapp en silencio, para dejar de ser la panoli que tiene una foto de estudio en el perfil y mira tú, acabas siendo la panoli de la que todo el mundo opina con mejor o peor adjetivación. Menos mal que tengo el blog para meterme con todos ellos. Sí, sobre todo contigo, mamá. Te la has buscado, y al blog vas.


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P.D. Mi madre escribe perfecto castellano, no así el corrector del teléfono que va a su aire y le cambia términos, sin que por ello pierda fuerza su adjetivación.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014

Este es el año en el que aprendí a hacer alcachofas con jamón. A cortar la cantidad exacta, a quitar las hojas justas, sin miedo a tirar de más. Aprendí a tenerlas 7 minutos de mi olla, no de la mi madre que pide 10, ni los 5 de Arguiñano.  Necesité hacerlas 8 veces. Unas veces blandas, otras duras, tiesas, secas, pastosas, casi a punto, duras otra vez, y por fin: perfectas. Feas, no voy a mentir, pero deliciosas.

Este es el año que comencé como no fumadora y terminaré igual. Mis primeros 365 días sin fumar. Exceptuando medio puro en vacaciones, que claro, no cuenta. Este es el año en el que fumé medio puro en el Caribe y me sentó terriblemente mal a pesar de lo increíblemente bien que me sienta a mí el Caribe.



En 2014 aprendí a respirar cada seis brazadas y me compré mi primer pull boy. Escuché esta canción miles de veces https://www.youtube.com/watch?v=k9IfHDi-2EA. Y tres mil esta: https://www.youtube.com/watch?v=PrEJ5eXva4g

En 2014 leí libros sobre el duelo (El año del pensamiento mágico y Los días azules, de Joan Didion), y también uno de los que más me ha hecho reír: Aventuras y desventuras de chico centella (Gracias Molinos por los tres). En 2014 lloré durante un vuelo transoceánico por el hijo de Sergio del Molino en su “La hora violeta”. 

En 2014 comí sopa de nido pájaro pensando que era una metáfora y descubrí que si algo se llama nido de pájaro, parece saliva y tiene textura de saliva, probablemente lo sea. En 2014 vomité en el hotel al leer que  lo era.
 


Este es el año que volé en primera en un vuelo largo y entendí porque da menos miedo volar con espacio para tumbarse y barra libre.  En 2014 conocí Singapur  y tuve una piscina en mi propia villa. Y en 2014 volví a México y fue aún mejor, aún más caliente, azul y picante.

En 2014 lloré bastante, por encima de mi media sin saber muy bien porqué, incluso por cosas a veces triviales. Me hicieron jefa, en plan oficial, con tarjeta con cargo: directora. Y también hice mi primera trenza rellena de Nutella sin grandes altercados.

Tuve una gastroenteritis que corrigió algo mis kilos de más por dejar de fumar y me dio por comprarme perfumes raros y caros y olerlo todo sin parar. En 2014 visité por sorpresa a mi madre en la playa y estuve 3 veces en Benidorm.  Escribí muy poco y me apunté a clases de inglés por teléfono.



Monté en carroza por Sevilla y utilicé por primera vez el seguro del móvil que llevo años pagando. Me dieron un teléfono nuevecito gratis.

Me hice las pruebas de la miopía y decidí quitarme las gafas para siempre y ya tengo fecha para hacerlo. En 2014, estuve en una fiesta en una embajada con súper modelos, actores y diseñadores y me fui de vacaciones con mi hermana unos días por primera vez en años.

Discutí con una buena amiga y tuve que decir a adiós a dos en el trabajo.  Monté una cama de Ikea y conocí a los coatís. Estrené el vestido que le quitaba las ganas de vivir a mi madre en una boda.




En 2014 bebí mucho vino dulce blanco y me tocó lo puesto en la lotería de Navidad.  Pelé 25 kilos de pimientos del piquillo y me volví a poner pantalones de campana.  Celebré un genial sexto aniversario y organicé mi tercera Nochebuena como anfitriona.

Tomé mucho café y regaliz negro.

2015. Pórtate bien.


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PD. Feliz año lleno de amor, humor, salud y un poco de suerte.

lunes, 17 de noviembre de 2014

118. Me van a oír

Noche, Madrid, octubre de 2014, casa de la nena, llamada rutinaria de control maternal:
- ¿Qué tal nena? ¿Cómo ha ido el día? ¿Hace frío? ¿Has comido? – ésta es mi madre.
- Bien mamá, trabajando y eso.
- ¿Qué es eso? -  a ella los pronombres demostrativos no le gustan, no son su estilo.
- Pues lo de siempre: comer, conducir, planchar… Poca novedad.
- Pues anda que no es novedad tú planchando. ¡Para verlo! ¿Te has grabado en vídeo?
- Anda no exageres ¿y tú qué tal el día? ¿Has hecho algo especial?- esta soy yo desviando la atención.
- Bien, bueno, me ha pasado una cosa un poco rarilla.
- ¿El qué?
- Ha venido una mujer de Iberdrola. Yo le he pedido tarjeta de identificación, no te creas, que a ver por qué tenía que creerle, se lo he dicho tal cual. Total que me ha enseñado una tarjeta y  me ha dicho que venía a actualizar los datos de la facturación y demás. No sé raro.
- ¿Y se los has dado?
- De entrada no, porque ya le he dicho que yo también me puedo hacer una tarjeta que ponga Iberdrola, bueno, que me la haría mi hija que trabaja en internet, y podría ir por ahí pidiendo el DNI y el número de cuenta a la gente, si quisiera, que no quiero claro. Pero entonces me ha enseñado otros papeles y tenía todos nuestros datos. Y me ha dicho que era como para comprobar la información y actualizar el tipo de contrato y que no tenía ningún coste, que mi factura iba a ser igual. Total, que le he dicho que si mi vecina también lo había hecho y hemos llamado a María Jesús, y bueno, no sé al final se lo he dado. Aunque María Jesús no le ha dado nada porque hace poco le hicieron un lío en Telefónica y está que no se fía. Todo parecía normal pero, chica, tengo la mosca detrás de la oreja.
- A ver, ¿has firmado algo?
- Pues lo de los datos y ha hecho como una fotocopia del DNI en una maquinilla que llevaba… Espera que voy a por el papel que me ha dado.

Total que me empieza a leer un larguísimo texto que después de 20 gritos, tres relecturas, 4 reinterpretaciones,  15 minutos navegando por internet, un ¡mierda! (que en boca de mi madre suena a apocalipsis)  y 4 llamadas a Iberdrola, descubro que le han dado de alta en una especie de seguro del que no le habían informado. Pagas lo mismo el primer año, pero luego no y tenía permanencia. 

Así que trato de explicárselo con toda la suavidad del mundo:
- Te han timado mamá.- sí, los rodeos no son lo mío.
- ¿Que me han timado nena?- silencio- ¡ME HAN TIMADO!¡A mí! ¡Mierda!- (dos mierdas: el fin del mundo está cerca)
- Bueno, tú tranquila. Les he dicho que lo paralicen y tengo que mandar un mail a incidencias exponiendo lo que ha pasado con tus datos  y con eso se supone que está.
- De eso nada, mañana mismo a las 8 de la mañana estoy en la oficina de atención al cliente.  ¡Me van a oír!
- Mamá, de verdad, estate tranquila que ya lo he solucionado, no hace falta que vayas.
- Que no, que no. Yo quiero que me lo pongan por escrito y que me devuelva el papel que he firmado.
- Bueno, tú veras. - cualquiera la contradice cabreada. Desde luego que el tercer mierda de la noche no iba a ser para mí así que nos despedimos después de preparar toda su argumentación para el día siguiente.

8 de la mañana. Llamada a las puertas de la oficina de atención al cliente:
- Nena, estoy aquí mismo, en cuanto abran, me van a oír. No sabe esta gente a quién han timado. Los voy a freír a hojas de reclamación.
- Bueno, mamá, por favor, estate tranquila que nos conocemos…
- ¿Tranquila? Te dejo nena que abren. Me van a oír. Estos me van a oír.

8.10 de la mañana. A las puertas de la oficina de atención al cliente. Ring. Ring.
- ¿Qué ha pasado mamá? ¿Ya te lo han solucionado? No me digas más, ¿te ha echado la policía?
- ¿Qué policía? Que te gusta más un drama nena.  Calla, calla… Que he entrado y he pillado a un señor y le he soltado todo el rollo, que lo traigo ensayado, y el señor ahí esperando,  que si sois unos mangantes, que os metéis con la gente mayor, que menuda vergüenza, y total que cuando termino mis 10 minutos de charla, me dice el señor que tengo toda la razón del mundo, pero que eso es Telefónica, y que Iberdrola está en el edificio de en frente.
- ¡Jajajaj! ¿Y qué le has dicho?
- Que me había liado pero que entre Iberdrola y Telefónica se llevan el canto de un duro y que a mi vecina María Jesús le han hecho un lío que le han tenido 10 días sin línea. Bueno, te dejo que ahora sí estoy donde atención al cliente. Me van a oír. Estos no saben con quién se han metido.

8.30 A las puertas de Telefónica. Ring, ring.
- ¿Qué tal ha ido mamá? ¿Qué tan dicho? ¿Has gritado mucho? ¿Y la policía?
- Uy, chica, no sabes qué carácter tiene la de Iberdrola. Menudos gritos me ha metido ella a mí. Pero no te puedes imaginar, qué mala leche la muchacha. Que si ese no es su trabajo, que si además ya estaba anotado en mi ficha que no lo queríamos, que lo había anulado la hija de la propietaria,  que no era su responsabilidad y que ella no tenía nada que ver con eso. A grito pelado me lo ha dicho. Que le he contestado que, hombre, algo tendría que ver con una pegatina de Iberdrola en la puerta… Pero chica, menudo carácter,  casi me como la pegatina.
- ¿Me estás diciendo que te ha conseguido placar una dependienta?
- Imagínate cómo era. Uyuyuy nena, de verdad que tenía muy mal carácter, como para decirle nada. Está allí la mujer en un rincón porque el resto le debe de tener miedo… Y ha despachado a 5 antes que a mí, dos berridos por persona y para casa. Menuda pieza. ¿De qué te ríes? No le veo la gracia por ningún lado, que eres una sin fundamento. Bueno, te dejo, que voy a explicarle al señor de Telefónica cómo han quedado las cosas, que lo  he dejado preocupado. Y me tengo que ir para casa a peinarme el barrio a ver si pillo a la comercial, que como la pille le voy a dar un tirón y me llevo su carpetilla de robar a viejos.- yo casi me atraganto.
- ¿Pero qué dices mamá? No hagas tonterías. A ver si vamos a tener un disgusto.
- Tú tranquila, me acerco por detrás y ni se entera, que soy muy silenciosa cuando quiero. Me ha dicho la panadera que anda por las mañanas en el barrio. Se va a enterar.
- Mamá, por dios, a ver si te caes y te partes la cadera o algo.
- Anda nena,  ¿de quién habrás heredado tanto gusto por el drama? No te preocupes, te dejo que estoy en Telefónica. Esta noche te cuento.

Así que en este momento mi madre ha emprendido una campaña de información del barrio para que nadie caiga en manos de la comercial, que incluye una intensiva vigilancia de todos los portales de la zona oeste, todavía sin timados confesos, y este post bajo su petición con la frase textual de mi madre (y cito): “Pamploneses, cuidado con firmar nada a la puerta de casa, que nunca se sabe”. 



Consecuencias
Días después llamaron a puerta de la Mancomunidad para darle una llave para unos nuevos contenedores de orgánico que han puesto en Pamplona, lo que llaman el quinto contenedor. Las amables chicas del ayuntamiento me lo estaban explicando y cuando yo extendí las manos para que me dieran un pequeño recipiente de basura y la llave, no había llegado a tocarlo, cuando la drama mamá apareció por detrás de mí, y sin darnos tiempo ni a entender qué pasaba, cerró de un golpe la puerta al grito de:
- En la puerta de casa ¡NADA! A mí, comunicaciones oficiales por escrito.

No sé la cara de la chica porque no me dio tiempo a verla, pero la mía incluía el asombro, la vergüenza y cierto gesto de panoli total con los brazos extendidos hacia una puerta cerrada. Estuve así un par de minutos, procesando, porque es verdad que mi madre, cabreada, es rápida. No me gustaría ser la comercial de la carpetilla. Todavía no la ha pillado, ahora, que como la enganche…

La otra consecuencia es que ahora mi hermana y yo tenemos esperanza y poder. Cada vez que mi madre se pone imposible le decimos:
- ¿A que llamamos a la mujer de atención al cliente de Iberdrola?

Y a ella le recorre un escalofrío.  Solo espero que esa mujer no tenga hijas… Pobrecillas.


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martes, 16 de septiembre de 2014

Un día normal


Hoy es el cumpleaños de Rossy de Palma y hace 3 años que murió mi padre. Así de absurda es la vida. Alguien le dice felicidades a Rossy de Palma en Instagram y que le quiere y en cambio a mí me crece una pena enorme. Una pena difícil de digerir porque hoy, el día que hace 3 años que murió mi padre, me he levantado a las 7.30 de la mañana. Estaba casi oscuro y un poco fresco a pesar de que mis ventanas siguen abiertas y duermo sin edredón. Hoy yo no tenía más sueño ni menos que ayer. Era un sueño normal.

Me he montado en el coche, con otros 100.000 madrileños más y la M30 iba llena. Ni más ni menos que otros días. He llegado al trabajo y desayunado el mismo café de todos los días, frío, cortado con hielo. Y he subido a mi mesa que estaba como ayer, tan anodina y desordenada como cualquier día de mi vida. He trabajado: las mismas llamadas, las mismas reuniones, las mismas voces, las mismas portadas, los mismos reportajes. 

He hablado con mi hermana cuando iba a por algo de comer y a que me diera el aire, un viento todavía cálido en un septiembre que aguanta como verano. He comido sola un poco a deshora, como tantas veces. Un gazpacho prefabricado que no estaba mal y algo más. He hablado con alguna compañera sobre el miedo a volar que tengo y que me sorprendió a los 33 años porque yo antes no tenía miedo a volar. Chispeaba fuera a pesar del calor.

He vuelto a currar. Alguna charla normal. Lo de siempre. Alguien que iba a pasar la ITV y alguien que ha dejado de fumar y que sigue con mono. Varias llamadas, una noticia, varios mails. Me he montado en el coche y he conducido con otros 100.000 madrileños hacia casa. En la radio han puesto Manowar y una canción muy dulce que no conocía. He llegado a casa. Me quitado la ropa para ponerme un vestido morado de punto con un kimono que utilizo para estar tumbada en el sofá y no llenarme de pelos de gato.

Me he servido una copa de vino, he cogido el ipad y he puesto algo de música, la lista de reproducción que oigo desde hace un mes. He abierto Instagram y he visto que hoy es el cumpleaños de Rossy de Palma. Hoy 16 de septiembre, el día más triste de todos mis calendarios, es su cumpleaños. Y me he puesto a llorar desconsolada, con angustia, porque yo solo triste no sé estar.

Porque mientras me arropaba hoy a las 7.30 e intentaba no levantarme recordaba que he estado soñando toda la noche con mi padre, mi padre muy enfermo. Y mientras iba en la M30 enfadada con el tráfico pensaba en que a él siempre le encantó su trabajo, y eso le hizo muy  feliz a lo largo de su vida. Y me he tomado el café recordando que era 16 de septiembre un día de mierda. He trabajado toda la mañana imaginando cómo estarían mi madre y mi hermana que habrían ido al cementerio. Si mi madre estaría llorando mucho.  Y me han tocado las narices como nunca todas las estupideces de mi alrededor: los enfados por cosas que no importan, las discusiones, los territorios, los lugares comunes… Esas cosas que son tan normales todos los días también en mí. Y he comido sola porque no tenía muchas ganas de hablar y quería charlar con mi hermana pero no hemos conseguido decirnos nada porque íbamos a romper a llorar y había que seguir.

Así que me he tomado un gazpacho prefabricado y me he acordado de  que a mi padre le encantaba el de mi madre y he intentado ser simpática y disimular mi pena mientras hablábamos del miedo volar, algo que a mi padre le aterraba y a mí me hacía gracia de pequeña ver que a tu padre, al mío, le daba miedo una cosa, una sola cosa que le hacía vulnerable y humano a mis ojos. Y resulta que a los 33 se lo heredé para sorpresa mía.  Y he seguido trabajando mientras hablaban de dejar de fumar y yo no podía evitar pensar que él no sabía que yo iba a dejar de fumar alguna vez. Y que le hubiera encantado, y a mí tanto poder contárselo.

Luego he vuelto en el coche y mientras sonaba Manowar me he sentido molesta de que todo fuera tan jodidamente normal hasta el tiempo apacible de finales de septiembre, la música de fondo y el cumpleaños de Rossy de Palma también. 
Yo que necesitaba hoy una tormenta apoteósica, los mil vientos, una tempestad, algo que lo parara todo, algo que me dejara espacio, tiempo, silencio. Algo que me asegurara que hoy no es un jodido día normal porque no lo es. Para nada, aunque os lo haya parecido, hoy es un día mierda, porque es 16 de septiembre, y a las nueve y cuarto de la noche, hace 3 años que murió mi padre.

martes, 2 de septiembre de 2014

Todos los cigarros buenos (y también los malos)

Hoy, 3 de septiembre, hace 1 año que dejé de fumar y cada uno de esos 365 días me sigo sorprendiendo de no fumar. Es una sorpresa que me da alegría constante porque ni yo misma pensé que podría dejarlo. No lo había intentado nunca y cómo ya expliqué (Consejo 112), todos mis amigos me asociaban al gesto de fumar. Tanto es así, que en mi entorno varias personas lo están intentando dejar bajo la máxima de:

- Si Amaya ha podido dejarlo, cualquiera puede.

Si eres fumador, tengo una buena noticia para ti: No es tan jodido como imaginas y todo el mundo puede hacerlo. En eso se resume todo. Así de sencillo. No pienso convencerte de que lo dejes, eso es una chorrada. Pero la mayoría de los fumadores, fumamos porque creemos que es peor dejarlo. No es que no te apetezca no fumar. Lo que no te apetece es dejarlo. Lo entiendo porque parece el fin del mundo. Pero no.

Yo he fumado con anginas, catarro, vómitos, gastroenteritis e incluso con una resaca de tabaco, que debe de ser lo peor porque solo el aire te raspa en la garganta. Con dolor de muelas, con frío, debajo de la lluvia tapando el cigarro con mi propia mano, muerta de sed en el asfalto de Madrid a 40 grados, a escondidas, tres seguidos al bajar de un avión, tres seguidos antes de subirme y después de una paliza nadando, a pulmón abierto, con esa sensación que te da un cigarro cuando has hecho deporte y llevas rato sin fumar. Todos me los he fumado. También los humillantes: a escondidas en algún baño, el cigarro después de discutir con alguien porque lo que tienes es mono de nicotina, en sitios en los que está prohibido y en mitad de la noche mientras cuidaba a mi padre en el hospital. Esos también me los he fumado, los cigarros más tristes y culpables que recuerdo.

También me he fumado los otros, los buenos. Al salir del mar con la boca mojada de sal, todos los cigarros después del café del desayuno, los cigarros después de haber hecho algo duro que no me apetecía, esos que te salvan de una situación incómoda, los que he compartido con compañeros de trabajo que han acabado siendo amigos gracias a esos momentos, los cigarros después del vino y los cigarros de copas, cigarros bailando, o conduciendo con buena música, cuando se termina una novela que te gusta, o sales de ver una buena peli en el cine, los cigarros al bajar del telesilla, justo antes de un buen descenso, los cigarros de concierto, de vermut con los amigos, y los de descanso en la biblioteca. Al salir de trabajar o los de las buenas noticias.

Me los he fumado todos pero espero no volver a fumar ni uno, porque los cigarros al salir del mar no existen sin los cigarros con anginas. Esa es la faena. Sin tener que tener siempre tabaco encima, sin esas ganas constantes, sin gestionar mono, sin depender. Y no me merece la pena.




Parece imposible dejarlo, nunca es buen momento, siempre es mejor mañana, no quieres discutir con tu pareja, en tu curro, tener ansiedad, no quieres engordar,tener insomnio, no quieres sufrir. Lo entiendo, pero estate tranquilo, un día te hartarás y por fin estarás un día entero sin fumar, y luego otro, y luego otro. Puede que caigas pero por lo menos sabrás que puedes estar 24 horas sin fumar, 48, 72 horas o 365 días. Y eso ya es mucho. Porque te parece que eliges fumar, pero siendo fumador no es así. La libertad es no fumar.


No es tan jodido como imaginas y puedes hacerlo. Y aunque no lo creas, llega un día en que no piensas en fumar en 24 horas. No te apetece. No lo echas de menos y ¿sabes? El café sigue estando muy bueno, las copas te sientan mejor y nadar en el mar sigue siendo la leche.

Y, ya sabes, si Amaya ha podido, cualquiera puede.

PD. ¡Aúpa Silvia! Que ya has pasado lo peor ;-)

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