jueves, 26 de junio de 2014

116. Para presumir hay que sufrir

Ilovedoodle.com
Yo tengo tres lunares importantes en mi vida.  Uno en el ojo derecho, justo en el párpado inferior que solo se nota si me miras de cerca. Otro en la pierna, en mitad del muslo, en la parte trasera de mi pierna derecha, del tamaño de un limón pequeño. Y otro, muy raro, con forma de semicírculo en la planta del pie izquierdo.  Son tres lunares raros. Luego tengo pecas secundarias, pecas comunes, o lunares en los que nadie se fijaría, lunares de reparto.

Pero mis tres protagonistas lo han sido mucho en mi vida. El pequeño del ojo es el lunar que todo el mundo me quiere limpiar, es el lunar sucio. Desde pequeña, cuando hablaba con alguien que me acaba de conocer siempre me dice: “Tienes algo negro debajo del ojo” o “Se te ha corrido el maquillaje ahí”.
Cuando no era alguien más atrevido que iba directamente a frotarme el ojo y con sorpresa descubría mi primer lunar.

El de la pierna es grande. Algo más grande que un albaricoque, algo más pequeño que un limón. Es liso, con una textura similar a la piel de la pierna y del color de la Coca Cola. Sin lugar a dudas, ha sido de mis tres lunares el más protagonista. Me paraban en la playa las madres para verlo, los niños para tocarlo y siendo más adulta, he visto como en el metro me miran fijamente el lunar, por no mencionar, que uno de los piropos que más veces me han dicho en mi vida (siempre llevando una falda corta) ha sido: “Antojo”.

Mi tercer lunar es discreto porque no le enseñas la planta del pie a mucha gente, pero es tan raro, que los pocos que lo ven no pueden evitar preguntar: “¿Qué tienes ahí?” Y luego tocarlo.  Es negro como el regaliz y  redondo y abultado como una lenteja aunque el triple de grande.
Yo he odiado mis lunares.  Me ha costado años, tiempo y madurez darme cuenta que mis tres lunares me pertenecen y me definen, que vengo con tatuajes de serie y que son parte de lo que me hace ser yo misma. Pero yo siempre he querido ser normal. Desde pequeña quería ser muy normal y pensaba que si me quitaba esa piel, debajo, habría piel normal. Así que me los rascaba a ver si desaparecían.

Cuando tuve más edad para entender que eso era una sandez, y una locura, me dediqué a ocultarlos. Nunca llevaba una falda más corta que el lunar de mi pierna, y me pintaba los ojos por debajo, de manera que al difuminar el eyeliner no se distinguía mi primer lunar,  y en la playa o simplemente probándome unos zapatos, giraba la planta del pie para que no se viera.  Y todo ese tiempo, pensé que cuando fuera mayor, me los quitaría.





No recuerdo bien en qué momento, fuimos a un médico para que me contara las posibilidades y él, con el apoyo de mi madre imagino, me dijo que tenían que quitarme un trozo de carne del culo para cubrirme el hueco que me dejaría el lunar de la pierna. Y que, por supuesto, si no había ningún problema de salud con ellos,  él me recomendaba no quitármelos, vigilarlos cada cierto tiempo, y ponerme faldas cortas para lucir un tatuaje que, por suerte para mí, yo traía de serie. Mi propia marca personal.  Al salir de aquella consulta mi madre me dijo esa frase que tantas mujeres hemos oído: “Ya sabes nena, para presumir, hay que sufrir”.
No sé cómo cambió mi cabeza pero cambió. Empecé a ponerme faldas, y a no pintarme los ojos y una gitana a la que le debo mucho me dijo en una playa que el lunar de mi planta izquierda es un símbolo de buena suerte.
Mis tres lunares me gustan.  Si ahora me dijeran que por salud tengo que quitarme alguno, me darían un disgusto porque yo soy mis tres lunares: mi ojo sucio, mi limón de cocacola y media luna en el pie.  Todo depende de cómo te cuentes tu historia.


Para presumir no hay que sufrir. Para presumir hay que saber que eres grande, único, divertido, que nada importa tanto, que la celulitis es normal, es común, que tu vida no va a ir mejor por tener 10 arrugas menos, ni 5 kilos  menos. Que ni siquiera estás más guapa por tener los brazos tersos o unas piernas delgadas y largas. Que los cuerpos tienen pelo y tenemos granos, y canas, y el culo caído. Que las manos y los pies bonitos no existen,  que tener algo de grasa en la barriga es más común que no tenerla. Pero sobre todo, lo que no es normal es que haya que sufrir por nada de esto, si no tiene que ver con la salud.

Ilovedoole.com


Estoy cansada de oír a las mujeres, a las delgadas y a las gordas, lo a gusto que se comerían tal o cual tarta, a mujeres que no se ponen una sandalia sin hacerse la pedicura y aún y todo no paran de repetir que tienen los pies horribles, a mujeres completamente en forma que se preocupan porque no están tan prietas como hace dos meses, a las mujeres que buscan tener un hueco entre los muslos o un clavícula bonita. Mujeres jóvenes que solo cenan pavo y mujeres de 60 años que arrepienten de cada bombón, las que se quejan de que les cuelga un centímetro de grasa por encima de las rodillas, y las delgadísimas intentando pelear con una celulitis casi invisible, o muy visible, ¿qué más da?

Estoy cansada de mí, controlando todo lo que como después de haber engordado 5 kilos al dejar de fumar. No es tan importante porque es solo estética. Todos queremos vernos bien pero ¿sufrir para ello?

Esto no debería ser así, coño, esto debería ser divertido porque si yo he amado mis tres lunares, cualquiera lo puede hacer. Para presumir, hay que quererse y divertirse.

Todo lo que salga de ahí es un castigo, mujeres, que no merecemos.

Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
Ninguna. ¡A la hoguera!


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PD. Sí, imagino que los hombres tienen sus ruinas. Seguro que algún hombre puede escribir en su blog un post súper interesante al respecto.

lunes, 26 de mayo de 2014

115. Vas a llegar tarde

Normalmente esta frase venía acompañada de una cifra al azar.
- Nena, son las 8 y media, vas a llegar tarde.
Digo al azar, porque nunca coincidía con el tiempo de los relojes, al menos no con todos los que tenía a mi alrededor. Ni con el de la cocina, ni con el mío, la radio se equivocaba y el reloj del coche también. Solo el reloj de muñeca de mi madre daba bien la hora a la que yo iba a llegar tarde.
 
Cuándo utilizaba la frase:
Pues casi todos los días y diseminada en diferentes franjas horarias. Modo spam maternal.

Todo comenzaba a primera hora:
- Nena levanta que son las 7 y media. ¡Vas a llegar tarde!
- Nena, levanta que son las 8 menos cuarto. ¡Vas a llegar tarde!
- ¡¡¡¡Nena, levanta que son las 8!!!! ¡Vas a llegar tarde! Levanta o te levanto, que va a ser peor.

Frase mágica: “va a ser peor” y niña lista y receptiva a las frases mágicas. ¿Resultado? Me levantaba.
 
En la ducha:
- Sal ya que son las 8 y cuarto ¡Vas a llegar tarde!
- Que salgas de una vez que son las 8 y media y tienes que desayunar. ¡Vas a llegar tarde!
- Nena, que son las 8 y viente, y te aseguro que sin desayunar no te vas a ir. Antes te hago llegar de una patada en el culo.
- ¿No erán las y media hace un rato?
- ¿Encima con ganas de discuctir? Como no salgas ya, te enteras, que vas a llegar tarde.

Desayunando:
- Date garbo con esa leche, que te quedan 5 minutos. 
- Nena, me estás cansando ya y mira que son solo las 8 y diez.
- Pero mamá ¿no habías dicho que eran las 8 y media? 
- Que y media ni que ocho cuartos. Que te des vida, nena, que ¡vas a llegar tarde!

Total que salía de casa en un estado de estrés, corriendo, arrastraba la mochila y llegaba sin aliento a clase donde el reloj ponía: 8.25

El proceso se repetía al mediodía en una imposible consecución de horarios en los que:
A las 3:10 eran y veinte,  a las 3:15 eran y media, a las 3:20 eran y media, a las 3:25 eran y media.y a las 3:30 eran menos veinticinco. Y cuando llegaba a clase eran mágicamente las 3 y cuarto.

Por la noche, el horario cambiaba y pasaba a ser el “son  o no son" horas. Estás no son horas de jugar, ya es hora de cenar, no son horas de llamar por teléfono, es hora de lavarse los dientes, no son horas de ver la tele, ya es hora de estar dormida que son las 12.00 de la noche, es decir, las 10 y media.
Puñetero reloj atómico maternal.
 


Consecuencias del consejo:

No llevo reloj. Me confunde, nunca termino de creerme el tiempo y juego a que cambia. Cinco minutos más y cierro el ordenador. Diez minutos más y me voy a la cama… Y en los atascos miro con intensidad el reloj a ver si se atrasa. Así ando, desubicada.
 
No creo en el tiempo. Es variable, caprichoso. Cuando era pequeña en cinco minutos me daba tiempo a despertarme, vestirme, ducharme y desayunar según el reloj atómico de mi madre. He intentado reproducirlo de mayor y mi record está en 12 minutos desde que suena el despertador hasta que salgo por la puerta, eso sí a punto del colapso y a falta de una lentilla. Bastante rápido pero muy poco práctico. Andar por la calle con un ojo guiñado es algo poco recomendable para alguien justo de psicomotricidad.

Conceptos puntualidad británica y reloj suizo infravalorados.  Lo complicado es ajustarse con el reloj de mi madre.

Falta de atención el mirar la hora. Según la miro, olvido qué hora es. Y así en un bucle infinito en el que siempre llego tarde. O al menos, siento que llego tarde. Da igual que salga con tiempo o no, siempre voy a toda pastilla, y mirando para atrás, por si me he dejado la mochila…
Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
¡Todas! ¡Vamos a llegar tarde seguro! 

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P.D.  Éste post va por Luken, que dice que es mi fan número 1 a los 13 años, y me ha recordado cómo funciona el reloj de las drama mamás. 

martes, 29 de abril de 2014

El fin del mundo va a llegar


Todo el mundo tiene un género de pelis que te da un poco de palo contar, o te da latxa o lacha, que era algo que decíamos en mi adolescencia: “Anda, acompáñeme al baño que me da lacha ir sola”. “No quiero llevar esa camiseta de Carnecería Manolo que me da lacha”. “Mamá no me peines con saliva que me da lacha”. “Mamá, tu espérame con el coche en la otra manzana que me da lacha” y era justo cuando mi madre hacía uso de esa paranomasia digna del propio Quevedo con un juego de palabras entre “te da lacha” “y la leche que te voy a dar”. Genio y figura.

Ahora que lo pienso no es tanto el género el que te da vergüenza sino dónde está tú límite con una de esas pelis. Puede que te gusten las de animales asesinos como Tiburón pero ¿te flipó Pirañaconda? Te molan las de detectives pero ¿también las de después de comer de Antena 3? Si es así, sí, te debería dar mucha lacha.

En mi caso son las películas de catástrofes, apocalípticas y post-apocalípticas.
Tengo mis preferidas, claro, 28 días después, o La carretera, o El día de mañana, pero “Mega tormenta. Destrucción Inminente” pues la disfruto.  A mí “Mega súper te cagas tornado 3” me gusta. Sí, meteoritos, tornados, tsunamis, glaciaciones, virus, y por supuesto, zombis.

Me gustan los apocalipsis. Me viene de siempre. Igual lo arrastro del eterno “por si acaso” con el que he crecido y esa sensación de que el mundo puede acabarse de un momento a otro, probablemente por mi culpa. E imagino que los continuos miedos también propician este pequeño juego que me traigo con el apocalipsis.

De bien pequeña ya jugaba a salvarme. Recuerdo destaparme en la cama y a hacer como que mi muñeca era la cerillera del cuento, cuento tremendamente triste para los niños, y también para los adultos, vamos, que la cerillera muere. Lo digo porque por mucha moraleja que tenga el cuento, yo lloré por la cerillera, y me dedicaba a salvarla. Fingía que me encontraba primero un pañuelo para taparle, luego una mantita de las muñecas, luego una sábana, un manta grande y así hasta el edredón que me salvaba, nos salvaba claro, de una gélida muerte.

De ese juego pasé a uno más elaborado el “Si me echaran de casa”, vete tú a saber por qué creía yo que me iban a echar de casa (“Como hagas una más te mando interna, te vas con los gitanos, coge la puerta y te vas, te mando al circo...”). Consistía en imaginarme dónde viviría, de dónde robaría comida, cómo me abrigaría, cómo alimentaría a mi perro porque, por supuesto, si me echaban de casa yo iba a tener un perro y lo mismo un mono, un gato y una ardilla. Iba alternando esta parte de la fantasía.


Y ahora, cada vez que me mudo conozco: el sitio más alto en caso de inundación, el más protegido (meteorito o bomba), con armas (invasión zombi) y con mejor acceso a medicamentos (pandemia). Súper normal todo.  Y desde que vivo en Madrid lo llevo peor. ¿Quién coño iba a querer empezar el fin del mundo por Pamplona? Y si fuera un apocalipsis climatológico, tipo Mega tormenta, os digo que en Pamplona ni te enteras:
- Pues sí, nena, aquí estamos, otro día más lloviendo, y con éste vamos 130 seguidos.
- ¿Pues como el año pasado mamá?
- Y como el anterior también. En realidad me parece que está siendo mejor primavera porque por las mañanas hay un ratico que casi no llueve. Dicen que hace 30 años que no pasaba.
- ¿Qué salga el sol?
- ¿El sol? ¿y eso qué es? Que mira que en Madrid sois muy modernos y tenéis de todo. El sol qué va a salir, que hay un rato por la mañana que cae más flojo.
Luego no se explica por qué yo soy tan exagerada y pienso que el fin del mundo está a puntito de llegar. A puntito, así os lo digo.


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A @lauraenparis  @nirosaniazul @ruthderioja @peinetapintxomo: por el inspirar el final de post.

jueves, 20 de febrero de 2014

Feliz en tu día

Mi cumple me encantaba. En serio, era un encantar tipo convulsión. No dormir la noche anterior, levantarse con las manos sudadas y miraba a cualquiera que me encontrara por el pasillo con cara de: “Felicítame, soy un ser súper especial al que debes celebrar”. Claro, que yo por el pasillo me encontraba a mi padre, mi abuela, mi hermana o mi madre, que me querían y tenían para mí unos besos sonoros y achuchados mi abuela y un billete arrugado en la mano, o una siempre cariñosa colleja de hermana,  o un abrazo de mi padre, o un regalo mi madre, siempre detallista.  Pero tampoco es que hubiera trompetas celestiales de celebración por haberme conocido.

Es más, recuerdo un año que a mi hermana y a mi padre se les olvidó y estuvimos desayunando en silencio los tres, yo indignadísima, atragantándome con los grumos del Colacao, y ellos sin percatarse de que mi cabreo no era un brote más de adolescencia, hasta que se levantó mi madre y entonces se dieron cuenta y no van ¿y me felicitaron sin más? Ni flagelarse ni nada. Un par de besos y anda, nena, sigue con tu vida.

Blogodisea
Así que me iba para el cole pensando: “Allí sí que va a ser la leche”.  Bueno, pensaba más en cosas  como “Va a ser la monda”,  porque si yo pensaba en tacos mi madre me lo veía y la colleja de celebración pasaba a ser colleja sin más, que picará igual en el cuello pero desde luego no en el orgullo…

Llegaba al cole y mi madre, educativa ella siempre, en vez de ponerme una bolsa de gusanitos para cada niño, o unos siempre agradecidos triskis al jamón, o yo que sé, unos Sugus de la marca Sugus o una piruleta de los pitufos para repartir, no, ella elegía cosas sin azúcar, tipo esas piruletas que llevan un palo de papel pegajoso que hacía pelotillas en la lengua y el palo era sin lugar a dudas mucho más sabroso que el caramelo, que sabía a NADA de color ¡naranja o de limón! Cuando de toda la vida a los niños les gusta la fresa o la cocacola.

Pero nada de eso aplacaba mis ansias de que fuera un día especial. Ni siquiera que mi madre invitara a todas las niñas a mi casa, nos sentara en el suelo del salón y nos hiciera jugar al 1,2,3 educativo. Tampoco que hablara con el resto de madres para que me hicieran regalos prácticos y acaba recibiendo 20 libros, 2 tangram, una armónica, calcetines y bufandas. No. Los tangrams tampoco.
 
Nada de eso podía con mis teatrales ganas de que fuera un día especial. Ni siquiera tener una prima que cumple el día anterior a mí de manera que siempre hemos compartido tarta, y hemos soplado las velas a la vez,   y nos hemos peleado por el típico pollo de plumas que ponían en la tarta.

Nada. Tantas han sido mis ganas de que fuera especial que con 22 años, estaba en el Sáhara un 21 de febrero, es decir invierno, es decir que hacía un frío de pelotas, como 10 grados o así. Pero había una piscina y era mi cumple e Iban, un amigo que sabía cómo venderte casi cualquier cosa (por eso tiene ahora es socio de Franziska, una agencia de publicidad), después de insistir que nos diéramos un baño a las 4 de la madrugada porque siempre que ves una piscina es lo que tienes que hacer, meterte, me dijo:

- ¿Cómo no vas  bañarte? Si no te metes te acordarás el resto de tu vida de que cumplías 22 años, un 21 de febrero, estabas en el  Sáhara, había una piscina pero no te bañaste. No, tú no te bañaste, tú fuiste de los que se fueron a dormir.

Así que por supuesto me tiré a la piscina. Que según entré, salí despedida hacia afuera como si aquello más que agua helada fuera agua sagrada y yo la niña del exorcista.  Me costó estar con catarro el resto del viaje, incluida un poco de fiebre, pero ¿quién se acuerda del catarro? Yo me acuerdo del día que estaba en el Sáhara y cumplía 22 años y nos bañamos de noche, a la luz de la luna,  había niebla y me regalaron un martillo anti incendios y fue genial.

Pues a pesar de esa intensidad teatrera, se me gastaron las ganas de cumple. Tal cual. No tiene nada que ver con cumplir años, siempre he aparentado más edad de la que tengo, es el espíritu de resabiada que me acompaña, estoy acostumbrada a una vejez prematura. Es porque ya sé que no va a ser tan especial, y cada vez quedan menos personas que encontrarme por el pasillo.

Eso sí, hasta con pocas ganas, tengo preparado para mañana un desayuno estupendo para los del curro: con bien de azúcar y de colesterol, no se vayan a pensar que yo era de esas niñas que llevaba un caramelo sin azúcar para el recreo. De eso nada, mis cumples siempre han sido muy especiales, de doble ración de sugus azul para todo el mundo, un derroche total.

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martes, 11 de febrero de 2014

Yo decido

No lo iba  hacer pero leí a Peineta y me he sentido también cómplice por el silencio.

No lo iba a hacer porque me muero un poco de miedo. Me da miedo meterme a opinar sobre algo tan privado, algo con tantas connotaciones, con tantos dilemas y dudas.

No lo iba a hacer porque es complicado, porque es íntimo, porque es personal.  Pero parece que al gobierno no le parece tan personal ni tan íntimo.

No lo iba a hacer porque allá cada una. Pero parece que las mujeres no tenemos capacidad de elegir, de decidir, de saber.

No lo iba  a hacer porque igual al final dicen que van a cambiar el anteproyecto pero entonces ¿por qué lo proponen?

No lo iba a hacer pero igual cuando metan ese último cambio ya es tarde, y han vuelto a saltarse toda la opinión pública, una vez más.

No lo iba a hacer porque no quiero que la gente sepa qué pienso del aborto, porque me cuesta saber qué pienso realmente de algo que creo es siempre doloroso.

Sobre todo, no lo iba a hacer porque no sirve de nada pero oí la sandez de que aumentaría la tasa de natalidad y con ella habría una mejora económica y, entonces sí, me han dieron ganas de quemar la radio, el congreso, y lo que haga falta.

No lo iba a hacer porque cada vez que escribo de temas así tengo que aguantar muchos comentarios, en el blog, pero sobre todo en la vida real. Incluso los de mi carnicero que me dijo: "No tienes ni idea, la sanidad pública apesta". Después de mi post Creo en la sanidad pública y universal. Y yo no tengo ganas de hablar con mi carnicero de políticas sociales, ni con el camarero, ni la frutera, ni con mi compañera de trabajo.

No lo iba a hacer porque mi madre seguro que me dice algo por hablar demasiado, que está más que claro que es uno de mis defectos.

No lo iba hacer pero he imaginado a las mujeres dentro de unos meses, culpables ya. Las que tengan dinero abortando, aquí o en el extranjero, como ha pasado siempre, con las mujeres de izquierdas y también con las de derechas, incluso las de centro. Todas. Las que no tengan dinero, ya veremos, si haciendo barbaridades, o como ilegales en manos de cualquier bárbaro.  E imagino también a los psicólogos diciendo si están locas o no, si se volverían locas o no al ser madres.  Y ellas esperando, la decisión sobre su vida, su cuerpo, y sus hijos. 

Y entonces me ha dado tanta pena... He pensado en esas mujeres que hoy votan en el congreso  perdiendo una libertad que habíamos adquirido, una libertad que otras mujeres lucharon por mí. Y no sé, a pesar de que quejarse no sirve de nada, igual alguna me lee. Igual alguna cree que todavía nos quedan muchas guerras que luchar a las mujeres, las de izquierdas y las de derechas, y que sería una pena añadir una más a la lista.  Porque, digan lo que digan, esta guerra la volveremos a ganar.

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