miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014

Este es el año en el que aprendí a hacer alcachofas con jamón. A cortar la cantidad exacta, a quitar las hojas justas, sin miedo a tirar de más. Aprendí a tenerlas 7 minutos de mi olla, no de la mi madre que pide 10, ni los 5 de Arguiñano.  Necesité hacerlas 8 veces. Unas veces blandas, otras duras, tiesas, secas, pastosas, casi a punto, duras otra vez, y por fin: perfectas. Feas, no voy a mentir, pero deliciosas.

Este es el año que comencé como no fumadora y terminaré igual. Mis primeros 365 días sin fumar. Exceptuando medio puro en vacaciones, que claro, no cuenta. Este es el año en el que fumé medio puro en el Caribe y me sentó terriblemente mal a pesar de lo increíblemente bien que me sienta a mí el Caribe.



En 2014 aprendí a respirar cada seis brazadas y me compré mi primer pull boy. Escuché esta canción miles de veces https://www.youtube.com/watch?v=k9IfHDi-2EA. Y tres mil esta: https://www.youtube.com/watch?v=PrEJ5eXva4g

En 2014 leí libros sobre el duelo (El año del pensamiento mágico y Los días azules, de Joan Didion), y también uno de los que más me ha hecho reír: Aventuras y desventuras de chico centella (Gracias Molinos por los tres). En 2014 lloré durante un vuelo transoceánico por el hijo de Sergio del Molino en su “La hora violeta”. 

En 2014 comí sopa de nido pájaro pensando que era una metáfora y descubrí que si algo se llama nido de pájaro, parece saliva y tiene textura de saliva, probablemente lo sea. En 2014 vomité en el hotel al leer que  lo era.
 


Este es el año que volé en primera en un vuelo largo y entendí porque da menos miedo volar con espacio para tumbarse y barra libre.  En 2014 conocí Singapur  y tuve una piscina en mi propia villa. Y en 2014 volví a México y fue aún mejor, aún más caliente, azul y picante.

En 2014 lloré bastante, por encima de mi media sin saber muy bien porqué, incluso por cosas a veces triviales. Me hicieron jefa, en plan oficial, con tarjeta con cargo: directora. Y también hice mi primera trenza rellena de Nutella sin grandes altercados.

Tuve una gastroenteritis que corrigió algo mis kilos de más por dejar de fumar y me dio por comprarme perfumes raros y caros y olerlo todo sin parar. En 2014 visité por sorpresa a mi madre en la playa y estuve 3 veces en Benidorm.  Escribí muy poco y me apunté a clases de inglés por teléfono.



Monté en carroza por Sevilla y utilicé por primera vez el seguro del móvil que llevo años pagando. Me dieron un teléfono nuevecito gratis.

Me hice las pruebas de la miopía y decidí quitarme las gafas para siempre y ya tengo fecha para hacerlo. En 2014, estuve en una fiesta en una embajada con súper modelos, actores y diseñadores y me fui de vacaciones con mi hermana unos días por primera vez en años.

Discutí con una buena amiga y tuve que decir a adiós a dos en el trabajo.  Monté una cama de Ikea y conocí a los coatís. Estrené el vestido que le quitaba las ganas de vivir a mi madre en una boda.




En 2014 bebí mucho vino dulce blanco y me tocó lo puesto en la lotería de Navidad.  Pelé 25 kilos de pimientos del piquillo y me volví a poner pantalones de campana.  Celebré un genial sexto aniversario y organicé mi tercera Nochebuena como anfitriona.

Tomé mucho café y regaliz negro.

2015. Pórtate bien.


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PD. Feliz año lleno de amor, humor, salud y un poco de suerte.

lunes, 17 de noviembre de 2014

118. Me van a oír

Noche, Madrid, octubre de 2014, casa de la nena, llamada rutinaria de control maternal:
- ¿Qué tal nena? ¿Cómo ha ido el día? ¿Hace frío? ¿Has comido? – ésta es mi madre.
- Bien mamá, trabajando y eso.
- ¿Qué es eso? -  a ella los pronombres demostrativos no le gustan, no son su estilo.
- Pues lo de siempre: comer, conducir, planchar… Poca novedad.
- Pues anda que no es novedad tú planchando. ¡Para verlo! ¿Te has grabado en vídeo?
- Anda no exageres ¿y tú qué tal el día? ¿Has hecho algo especial?- esta soy yo desviando la atención.
- Bien, bueno, me ha pasado una cosa un poco rarilla.
- ¿El qué?
- Ha venido una mujer de Iberdrola. Yo le he pedido tarjeta de identificación, no te creas, que a ver por qué tenía que creerle, se lo he dicho tal cual. Total que me ha enseñado una tarjeta y  me ha dicho que venía a actualizar los datos de la facturación y demás. No sé raro.
- ¿Y se los has dado?
- De entrada no, porque ya le he dicho que yo también me puedo hacer una tarjeta que ponga Iberdrola, bueno, que me la haría mi hija que trabaja en internet, y podría ir por ahí pidiendo el DNI y el número de cuenta a la gente, si quisiera, que no quiero claro. Pero entonces me ha enseñado otros papeles y tenía todos nuestros datos. Y me ha dicho que era como para comprobar la información y actualizar el tipo de contrato y que no tenía ningún coste, que mi factura iba a ser igual. Total, que le he dicho que si mi vecina también lo había hecho y hemos llamado a María Jesús, y bueno, no sé al final se lo he dado. Aunque María Jesús no le ha dado nada porque hace poco le hicieron un lío en Telefónica y está que no se fía. Todo parecía normal pero, chica, tengo la mosca detrás de la oreja.
- A ver, ¿has firmado algo?
- Pues lo de los datos y ha hecho como una fotocopia del DNI en una maquinilla que llevaba… Espera que voy a por el papel que me ha dado.

Total que me empieza a leer un larguísimo texto que después de 20 gritos, tres relecturas, 4 reinterpretaciones,  15 minutos navegando por internet, un ¡mierda! (que en boca de mi madre suena a apocalipsis)  y 4 llamadas a Iberdrola, descubro que le han dado de alta en una especie de seguro del que no le habían informado. Pagas lo mismo el primer año, pero luego no y tenía permanencia. 

Así que trato de explicárselo con toda la suavidad del mundo:
- Te han timado mamá.- sí, los rodeos no son lo mío.
- ¿Que me han timado nena?- silencio- ¡ME HAN TIMADO!¡A mí! ¡Mierda!- (dos mierdas: el fin del mundo está cerca)
- Bueno, tú tranquila. Les he dicho que lo paralicen y tengo que mandar un mail a incidencias exponiendo lo que ha pasado con tus datos  y con eso se supone que está.
- De eso nada, mañana mismo a las 8 de la mañana estoy en la oficina de atención al cliente.  ¡Me van a oír!
- Mamá, de verdad, estate tranquila que ya lo he solucionado, no hace falta que vayas.
- Que no, que no. Yo quiero que me lo pongan por escrito y que me devuelva el papel que he firmado.
- Bueno, tú veras. - cualquiera la contradice cabreada. Desde luego que el tercer mierda de la noche no iba a ser para mí así que nos despedimos después de preparar toda su argumentación para el día siguiente.

8 de la mañana. Llamada a las puertas de la oficina de atención al cliente:
- Nena, estoy aquí mismo, en cuanto abran, me van a oír. No sabe esta gente a quién han timado. Los voy a freír a hojas de reclamación.
- Bueno, mamá, por favor, estate tranquila que nos conocemos…
- ¿Tranquila? Te dejo nena que abren. Me van a oír. Estos me van a oír.

8.10 de la mañana. A las puertas de la oficina de atención al cliente. Ring. Ring.
- ¿Qué ha pasado mamá? ¿Ya te lo han solucionado? No me digas más, ¿te ha echado la policía?
- ¿Qué policía? Que te gusta más un drama nena.  Calla, calla… Que he entrado y he pillado a un señor y le he soltado todo el rollo, que lo traigo ensayado, y el señor ahí esperando,  que si sois unos mangantes, que os metéis con la gente mayor, que menuda vergüenza, y total que cuando termino mis 10 minutos de charla, me dice el señor que tengo toda la razón del mundo, pero que eso es Telefónica, y que Iberdrola está en el edificio de en frente.
- ¡Jajajaj! ¿Y qué le has dicho?
- Que me había liado pero que entre Iberdrola y Telefónica se llevan el canto de un duro y que a mi vecina María Jesús le han hecho un lío que le han tenido 10 días sin línea. Bueno, te dejo que ahora sí estoy donde atención al cliente. Me van a oír. Estos no saben con quién se han metido.

8.30 A las puertas de Telefónica. Ring, ring.
- ¿Qué tal ha ido mamá? ¿Qué tan dicho? ¿Has gritado mucho? ¿Y la policía?
- Uy, chica, no sabes qué carácter tiene la de Iberdrola. Menudos gritos me ha metido ella a mí. Pero no te puedes imaginar, qué mala leche la muchacha. Que si ese no es su trabajo, que si además ya estaba anotado en mi ficha que no lo queríamos, que lo había anulado la hija de la propietaria,  que no era su responsabilidad y que ella no tenía nada que ver con eso. A grito pelado me lo ha dicho. Que le he contestado que, hombre, algo tendría que ver con una pegatina de Iberdrola en la puerta… Pero chica, menudo carácter,  casi me como la pegatina.
- ¿Me estás diciendo que te ha conseguido placar una dependienta?
- Imagínate cómo era. Uyuyuy nena, de verdad que tenía muy mal carácter, como para decirle nada. Está allí la mujer en un rincón porque el resto le debe de tener miedo… Y ha despachado a 5 antes que a mí, dos berridos por persona y para casa. Menuda pieza. ¿De qué te ríes? No le veo la gracia por ningún lado, que eres una sin fundamento. Bueno, te dejo, que voy a explicarle al señor de Telefónica cómo han quedado las cosas, que lo  he dejado preocupado. Y me tengo que ir para casa a peinarme el barrio a ver si pillo a la comercial, que como la pille le voy a dar un tirón y me llevo su carpetilla de robar a viejos.- yo casi me atraganto.
- ¿Pero qué dices mamá? No hagas tonterías. A ver si vamos a tener un disgusto.
- Tú tranquila, me acerco por detrás y ni se entera, que soy muy silenciosa cuando quiero. Me ha dicho la panadera que anda por las mañanas en el barrio. Se va a enterar.
- Mamá, por dios, a ver si te caes y te partes la cadera o algo.
- Anda nena,  ¿de quién habrás heredado tanto gusto por el drama? No te preocupes, te dejo que estoy en Telefónica. Esta noche te cuento.

Así que en este momento mi madre ha emprendido una campaña de información del barrio para que nadie caiga en manos de la comercial, que incluye una intensiva vigilancia de todos los portales de la zona oeste, todavía sin timados confesos, y este post bajo su petición con la frase textual de mi madre (y cito): “Pamploneses, cuidado con firmar nada a la puerta de casa, que nunca se sabe”. 



Consecuencias
Días después llamaron a puerta de la Mancomunidad para darle una llave para unos nuevos contenedores de orgánico que han puesto en Pamplona, lo que llaman el quinto contenedor. Las amables chicas del ayuntamiento me lo estaban explicando y cuando yo extendí las manos para que me dieran un pequeño recipiente de basura y la llave, no había llegado a tocarlo, cuando la drama mamá apareció por detrás de mí, y sin darnos tiempo ni a entender qué pasaba, cerró de un golpe la puerta al grito de:
- En la puerta de casa ¡NADA! A mí, comunicaciones oficiales por escrito.

No sé la cara de la chica porque no me dio tiempo a verla, pero la mía incluía el asombro, la vergüenza y cierto gesto de panoli total con los brazos extendidos hacia una puerta cerrada. Estuve así un par de minutos, procesando, porque es verdad que mi madre, cabreada, es rápida. No me gustaría ser la comercial de la carpetilla. Todavía no la ha pillado, ahora, que como la enganche…

La otra consecuencia es que ahora mi hermana y yo tenemos esperanza y poder. Cada vez que mi madre se pone imposible le decimos:
- ¿A que llamamos a la mujer de atención al cliente de Iberdrola?

Y a ella le recorre un escalofrío.  Solo espero que esa mujer no tenga hijas… Pobrecillas.


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martes, 16 de septiembre de 2014

Un día normal


Hoy es el cumpleaños de Rossy de Palma y hace 3 años que murió mi padre. Así de absurda es la vida. Alguien le dice felicidades a Rossy de Palma en Instagram y que le quiere y en cambio a mí me crece una pena enorme. Una pena difícil de digerir porque hoy, el día que hace 3 años que murió mi padre, me he levantado a las 7.30 de la mañana. Estaba casi oscuro y un poco fresco a pesar de que mis ventanas siguen abiertas y duermo sin edredón. Hoy yo no tenía más sueño ni menos que ayer. Era un sueño normal.

Me he montado en el coche, con otros 100.000 madrileños más y la M30 iba llena. Ni más ni menos que otros días. He llegado al trabajo y desayunado el mismo café de todos los días, frío, cortado con hielo. Y he subido a mi mesa que estaba como ayer, tan anodina y desordenada como cualquier día de mi vida. He trabajado: las mismas llamadas, las mismas reuniones, las mismas voces, las mismas portadas, los mismos reportajes. 

He hablado con mi hermana cuando iba a por algo de comer y a que me diera el aire, un viento todavía cálido en un septiembre que aguanta como verano. He comido sola un poco a deshora, como tantas veces. Un gazpacho prefabricado que no estaba mal y algo más. He hablado con alguna compañera sobre el miedo a volar que tengo y que me sorprendió a los 33 años porque yo antes no tenía miedo a volar. Chispeaba fuera a pesar del calor.

He vuelto a currar. Alguna charla normal. Lo de siempre. Alguien que iba a pasar la ITV y alguien que ha dejado de fumar y que sigue con mono. Varias llamadas, una noticia, varios mails. Me he montado en el coche y he conducido con otros 100.000 madrileños hacia casa. En la radio han puesto Manowar y una canción muy dulce que no conocía. He llegado a casa. Me quitado la ropa para ponerme un vestido morado de punto con un kimono que utilizo para estar tumbada en el sofá y no llenarme de pelos de gato.

Me he servido una copa de vino, he cogido el ipad y he puesto algo de música, la lista de reproducción que oigo desde hace un mes. He abierto Instagram y he visto que hoy es el cumpleaños de Rossy de Palma. Hoy 16 de septiembre, el día más triste de todos mis calendarios, es su cumpleaños. Y me he puesto a llorar desconsolada, con angustia, porque yo solo triste no sé estar.

Porque mientras me arropaba hoy a las 7.30 e intentaba no levantarme recordaba que he estado soñando toda la noche con mi padre, mi padre muy enfermo. Y mientras iba en la M30 enfadada con el tráfico pensaba en que a él siempre le encantó su trabajo, y eso le hizo muy  feliz a lo largo de su vida. Y me he tomado el café recordando que era 16 de septiembre un día de mierda. He trabajado toda la mañana imaginando cómo estarían mi madre y mi hermana que habrían ido al cementerio. Si mi madre estaría llorando mucho.  Y me han tocado las narices como nunca todas las estupideces de mi alrededor: los enfados por cosas que no importan, las discusiones, los territorios, los lugares comunes… Esas cosas que son tan normales todos los días también en mí. Y he comido sola porque no tenía muchas ganas de hablar y quería charlar con mi hermana pero no hemos conseguido decirnos nada porque íbamos a romper a llorar y había que seguir.

Así que me he tomado un gazpacho prefabricado y me he acordado de  que a mi padre le encantaba el de mi madre y he intentado ser simpática y disimular mi pena mientras hablábamos del miedo volar, algo que a mi padre le aterraba y a mí me hacía gracia de pequeña ver que a tu padre, al mío, le daba miedo una cosa, una sola cosa que le hacía vulnerable y humano a mis ojos. Y resulta que a los 33 se lo heredé para sorpresa mía.  Y he seguido trabajando mientras hablaban de dejar de fumar y yo no podía evitar pensar que él no sabía que yo iba a dejar de fumar alguna vez. Y que le hubiera encantado, y a mí tanto poder contárselo.

Luego he vuelto en el coche y mientras sonaba Manowar me he sentido molesta de que todo fuera tan jodidamente normal hasta el tiempo apacible de finales de septiembre, la música de fondo y el cumpleaños de Rossy de Palma también. 
Yo que necesitaba hoy una tormenta apoteósica, los mil vientos, una tempestad, algo que lo parara todo, algo que me dejara espacio, tiempo, silencio. Algo que me asegurara que hoy no es un jodido día normal porque no lo es. Para nada, aunque os lo haya parecido, hoy es un día mierda, porque es 16 de septiembre, y a las nueve y cuarto de la noche, hace 3 años que murió mi padre.

martes, 2 de septiembre de 2014

Todos los cigarros buenos (y también los malos)

Hoy, 3 de septiembre, hace 1 año que dejé de fumar y cada uno de esos 365 días me sigo sorprendiendo de no fumar. Es una sorpresa que me da alegría constante porque ni yo misma pensé que podría dejarlo. No lo había intentado nunca y cómo ya expliqué (Consejo 112), todos mis amigos me asociaban al gesto de fumar. Tanto es así, que en mi entorno varias personas lo están intentando dejar bajo la máxima de:

- Si Amaya ha podido dejarlo, cualquiera puede.

Si eres fumador, tengo una buena noticia para ti: No es tan jodido como imaginas y todo el mundo puede hacerlo. En eso se resume todo. Así de sencillo. No pienso convencerte de que lo dejes, eso es una chorrada. Pero la mayoría de los fumadores, fumamos porque creemos que es peor dejarlo. No es que no te apetezca no fumar. Lo que no te apetece es dejarlo. Lo entiendo porque parece el fin del mundo. Pero no.

Yo he fumado con anginas, catarro, vómitos, gastroenteritis e incluso con una resaca de tabaco, que debe de ser lo peor porque solo el aire te raspa en la garganta. Con dolor de muelas, con frío, debajo de la lluvia tapando el cigarro con mi propia mano, muerta de sed en el asfalto de Madrid a 40 grados, a escondidas, tres seguidos al bajar de un avión, tres seguidos antes de subirme y después de una paliza nadando, a pulmón abierto, con esa sensación que te da un cigarro cuando has hecho deporte y llevas rato sin fumar. Todos me los he fumado. También los humillantes: a escondidas en algún baño, el cigarro después de discutir con alguien porque lo que tienes es mono de nicotina, en sitios en los que está prohibido y en mitad de la noche mientras cuidaba a mi padre en el hospital. Esos también me los he fumado, los cigarros más tristes y culpables que recuerdo.

También me he fumado los otros, los buenos. Al salir del mar con la boca mojada de sal, todos los cigarros después del café del desayuno, los cigarros después de haber hecho algo duro que no me apetecía, esos que te salvan de una situación incómoda, los que he compartido con compañeros de trabajo que han acabado siendo amigos gracias a esos momentos, los cigarros después del vino y los cigarros de copas, cigarros bailando, o conduciendo con buena música, cuando se termina una novela que te gusta, o sales de ver una buena peli en el cine, los cigarros al bajar del telesilla, justo antes de un buen descenso, los cigarros de concierto, de vermut con los amigos, y los de descanso en la biblioteca. Al salir de trabajar o los de las buenas noticias.

Me los he fumado todos pero espero no volver a fumar ni uno, porque los cigarros al salir del mar no existen sin los cigarros con anginas. Esa es la faena. Sin tener que tener siempre tabaco encima, sin esas ganas constantes, sin gestionar mono, sin depender. Y no me merece la pena.




Parece imposible dejarlo, nunca es buen momento, siempre es mejor mañana, no quieres discutir con tu pareja, en tu curro, tener ansiedad, no quieres engordar,tener insomnio, no quieres sufrir. Lo entiendo, pero estate tranquilo, un día te hartarás y por fin estarás un día entero sin fumar, y luego otro, y luego otro. Puede que caigas pero por lo menos sabrás que puedes estar 24 horas sin fumar, 48, 72 horas o 365 días. Y eso ya es mucho. Porque te parece que eliges fumar, pero siendo fumador no es así. La libertad es no fumar.


No es tan jodido como imaginas y puedes hacerlo. Y aunque no lo creas, llega un día en que no piensas en fumar en 24 horas. No te apetece. No lo echas de menos y ¿sabes? El café sigue estando muy bueno, las copas te sientan mejor y nadar en el mar sigue siendo la leche.

Y, ya sabes, si Amaya ha podido, cualquiera puede.

PD. ¡Aúpa Silvia! Que ya has pasado lo peor ;-)

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miércoles, 27 de agosto de 2014

117. Te distraes con una mosca que no pasa

Me estaba costando escribir. Paso temporadas en blanco pero antes no tenía un blog así que lo notaba menos aunque siempre me ha frustrado ese vacío. Solo no me importa cuando estoy leyendo mucho. Hasta el mes pasado era el caso, pero ahora ando estancada también con la lectura. Así que muchas tardes me siento con el ordenador a escribir forzada pero siempre consigo hacer algo que me distraiga.

- Actualizar el ordenador.  Sí apasionante, y me quedo mirando cómo avanza la barrita de estatus.  Luego le paso el antivirus. Otra barrita. Me ordeno el escritorio. Hago figuras geométricas con los iconos. Repaso fotos antiguas...Tiempo invertido:  3 horas. Ya siento como si hubiera hecho algo. Mañana será otro día.

- Sacar a pasear al gato al descansillo. Sí, más apasionante aún. Para el gato y para mí que me mira como alucinado. ¿Por qué te sientas ahí? ¿A qué huele este suelo? Esta esquina es mía (se frota) ¿Me puedo comer estas plantas? Tu pierna es mía (se frota) ¿Qué es este invento que sube o baja y que me lleva a otra habitación que es igual que nuestra casa pero de donde sale un señor con barba? Este señor es mío (se frota) ¿Por qué la casa del señor con barba no es como la nuestra? ¿Me puedo comer todas sus plantas? Este señor es mío (se frota otra vez) Perturbador para el vecino.  Tiempo invertido 2 horas, dos arañazos y 35 disculpas.

- Mirar los árboles de mi ventana. Sacarles fotos. Intentar postearlas en Instagram. La cámara no capta la exacta y antigua belleza de mis plátanos de paseo, ni el olor perfecto de los tilos.  Extasiarme. Emocionarme. Poner música. Una copa de vino. Más vino. Más música. Más tilos. Más plátanos y más fotos que no me gustan. Tiempo invertido:  5 horas por la tarde noche y 4 de resaca por la mañana.  Balance general: deficitario.

- Comer. Ahora unas olivas. Ummm creo que tengo parmesano. ¿Qué tristón es un queso sin vino? ¿Y sin pan? Bajar a por pan. Comprar pan, empanada, dos cuñas de queso, patatas fritas, galletas. Chocolate no porque si compro me lo como. Comer más olivas, y queso con cualquier forma: untado, blando, fresco, gratinado, curado. Un poco de vino. Buscar en Google el mejor queso del mundo, el más comido, el más vendido, el más caro... ¿Chocolate? Seguro que tengo algo de chocolate en algún maldito lugar de esta casa. Tiempo invertido: 5 horas. Balance: empacho.

- Pintarme las uñas. De las manos primero. Despintarlas porque me he salido por todos los lados porque en realidad me muerdo las uñas. Pintarme las de los pies mientras se secan la de las manos. Sin querer, manchar algo del sofá y estropearme la manicura. Despintarlas y volver a empezar en un bucle del que nunca consigo salir hasta que caigo medio adormilada por exceso de acetona.  Tiempo invertido: mucho. Incluido un medio desmayo. Balance: una manicura de llorar. Como si hubiera metido las manos en cubos de esmalte de color rojo sangre. La pedicura decente. Aunque no sé si es porque los pies me los veo de más lejos y disfruto de unas brumosas 5 dioptrías.

- Hacer ejercicio. Sentadillas, dos.. Apretar la tripa mucho metiéndola para dentro. Hacer abdominales tumbada en el sofá. Correr en el sitio. Me quedo sin aliento. Intentar hacer el spagat. Llorar. Unas flexiones. Vale, llego a las rodillas. Llorar más. Levantar las piernas como intentando hacer un pino inverso. Lumbago.  ¿Dónde tengo el voltaren? Buscar en los cajones de las medicinas y encontrar chocolate. Felicidad y cierta perturbación.   Tiempo invertido: 1 hora. Balance: cero palabras, he quemado 15 calorías y me he comido una tableta de chocolate relleno de dulce de leche (Miniconsejo: ¡no lo probéis! Os lo coméis seguro). En mi línea.





- Navegar en internet. Tiempo invertido: ¿en serio creéis que voy a confesar algo así?  Digamos que las horas suman días, los días suman meses...

- Cocinar: jajajaja. Es que me da risa según lo digo. Vamos, un gazpacho pocho, o un tabulé amargo. Nada que una persona normal llame cocinar. Tiempo invertido: siempre demasiado para el resultado conseguido.

Balance general. Alto índice de procrastinación (¡coño! casi no lo escribo), alimentación desequilibrada, ciertos vicios recurrentes, unos abdominales de mierda y un eco maternal que dice al fondo: "Nena, te distraes con una mosca que no pasa". Y anda que no me revienta que mi madre tenga razón.

Al menos, he sacado un post.



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lunes, 18 de agosto de 2014

Las ofertas, las madres y los dones

Las ofertas no son lo mío. Es más si, por ejemplo, hacen un 50 por ciento de descuento en, pongamos, mesas de jardín, según llego yo a la tienda y pregunto, lo quitan. Es más,  es que a veces he visto al tendero retirar el cartel al entrar yo. Menos mal que no tengo jardín donde poner la dichosa mesa.

Bueno, pues este don para que los precios suban es justo el contrario que tienen las drama mamás, y en especial la mía. Una drama mamá detecta una oferta a kilómetros a la redonda. Parece que las huele.

Para empezar, una drama mamá tiene un control del buzoneo que ríete tú de cualquier sistemas de archivado de fichas de la Biblioteca Nacional. A lo que se suma una memoria visual cercana a ser un súper poder. Que vas tú por el súper y al ir a coger una caja de galletas de 2.20, se tensa y parece como si una alarma saltara en su interior, se le entornan las cejas y empieza a rumiar: “Yo he visto esa caja antes”.  Y por su mente empiezan a sucederse imágenes de folletos: “2.25, 2.50, 2.43… ¡1.99!!!! En el Eroski están a 1.99 euros”:
- Déjalo, nena, que he visto que en el Eroski están 21 céntimos más baratas.
- Pero no vamos a ir hasta allí por 20 céntimos mamá…
- Claro que vamos a ir. Uy que si vamos a ir… Y he dicho 21 céntimos. Además tranquila que habrá más cosas que comprar.

Ella tiene el don de recordar ofertas y  yo la habilidad de dormir mucho. Curioso reparto. Sobre todo si nos pones como madre e hija, que igual justo al contrario hubiera funcionado. Es decir, si ella durmiera mucho y yo recordara todo,  igual así sí tenía algún sentido. Como ahora, no. Eso os lo digo.

Ella también tiene el don de que los precios bajen y yo de que suban.  Por lo que siempre hacemos una pareja curiosa de compras.  Somos el jodido yin y yang de la vida consumista. Yo tengo que concentrarme para distinguir un calabacín de un pepino y ella a un kilómetro de distancia sabe si un tomate está a punto de madurar. Y los melones no tiene ni que tocarlos para saber si te van a repetir.  Que si lo valoras así, a grandes rasgos, está claro que mi madre está mucho más preparada para la vida que yo. Las cosas como son. A no ser que haya que hibernar durante un año, entonces será otra cosa y yo seré le puñetera reina del mambo.

De momento no. Yo odio comprar. Ella lo adora y no entiende por qué yo lo odio. Y me arrastra por supermercados y tiendas quejándome en una eterna letanía: “qué más darán 20 céntimos, no necesito eso, no me gusta, no quiero, vámonos ya, que más darán 21 céntimos”. Y así en un bucle infinito en el que yo doy mucha pena.

Pero se ve que para compensar algunas de mis, digamos,  carencias como hija o ser humano, la vida le dio a mi madre otra hija: paciente, observadora, que distingue los pepinos de los calabacines sin pensarlo, y que le gusta ir de tiendas.  Equilibrio divino.

Eso no evita que de vez en cuando vengan las dos a verme a Madrid y  me arrastren por cualquier comercio como un alma en pena que solo busca un sitio donde sentarse en los probadores.  Aunque no siempre hay probadores porque ellas  sienten interés por cualquier tienda. Cualquiera. Son capaces de pararse en un escaparate de embragues y de preguntar  por sus cualidades si ven uno de oferta.  Que pensaréis que soy una exagerada, puede. Duermo mucho, compro mal y exagero. Sí, menos mal que soy simpatiquísima…

Bueno, pues imaginaros si mi madre controla el tema del buzoneo y de las ofertas, que después de estar mirando coches durante más de un año, el suyo lo compró por un folleto del MediaMarkt. Sí. Mi madre se compró un coche en una tienda de electrodomésticos.  ¡Que exagerada eres Amaya! ¡Una locura de exagerada! ¡JA! El coche de mi madre es negro, con el interior rojo, por una puñetera oferta que lanzó el MediaMarkt y ella lo vio ahí, en su buzón. “OFERTA:  tantas mil más barato, tenemos 50, me los quitan de las manos, única oportunidad, yo no soy tonto”. Y, mira, los mil paseos a los concesionarios, las valoraciones, comparaciones, búsquedas en internet, foros, y experiencias de profesionales del coche, nada de eso,  pudo más que la oferta. 



Y está encantada, no te creas. No lo oculta ni nada. Que hay gente que igual le daba palo, pero no, al contrario. El otro día fue a comprarse un smartphone con un folleto recortado. Entraron mi hermana y ella en la tienda, se lo enseñaron al tipo,  y comprobaron que todo era según la oferta:

- Queremos este modelo,  a este precio, con esta tarifa- dijo mi hermana. Porque mi madre es buena comprando melones pero para la tecnología todavía necesita personal shopper, a pesar de que la oferta y el folleto eran suyos.
- ¡Qué maravilla!- le dijo el tipo- Si vienen con todo preparado, así da gusto.
- Es que yo el buzoneo lo tengo más que controlado- le dijo mi madre orgullosa.- Hasta un coche me he comprado así.- Más orgullosa aún.


Y todo esto a qué viene. Se os ha pasado un pequeño detalle. Entre pepinos, compras, embragues y dones. Una menudencia de nada: mi madre tiene un smartphone. Es decir mi madre tiene whatsapp…  Esto viene a que a mí se me ha quitado el sueño de golpe porque mi hermana es su personal shopper preferida pero yo soy su asistencia técnica (y vivo a 400 kilómetros): 
- A ver mamá, no has podido borrar todos los contactos.
- Que te digo que sí, nena, antes estaban y ahora no están. No están. Si ya sabía que era un error esto.  Y menos mal que me has llamado, que si no ¿qué hago? ¡Incomunicada!
- No exageres, hombre, que tienes el fijo. A ver dime qué ves en la pantalla.
- Veo una maleta.
- ¿Una maleta? No puede ser. No hay nada que tenga forma de maleta.
- Es una maleta con un círculo y un señor pequeño. Hombre qué sí es. Te diré yo.  Lo que no veo son los contactos.
- Mamá, estate tranquila que seguro que no estás en la pantalla adecuada, o igual has borrado el acceso directo que es como un atajo, pero los contactos están.
- Que me dejes de atajos, ¿qué hago con esta maleta? ¿La llevo a algún lado?
- Ay mamá, que no sé qué ves. En mi móvil no hay nada que se parezca a una maleta con un señor. ¿Qué más ves?
- Permitir actualización de y puntos suspensivos. Nena yo no quiero permitir nada ¿eh? Que luego se saben mi vida. Yo quiero llamar y colgar. Y un mensaje de esos con fotos y ya está. Que además me llega un whastapp y no suena. Yo creo que el mío no funciona.
- Si funciona mamá, te sale un símbolo que es como un bocadillo con un teléfono dentro. Y eso es que tienes un mensaje sin leer.
- El mío está roto. A mí me sale una maleta. Así como te lo digo. Bueno, te dejo que las tecnologías me dejan agotada. Mañana seguimos.

Total, toda la noche con pesadillas en las que yo trabajaba  en el servicio técnico de una frutería y me daban maletas para llevar melones que no cabían. No he pegado ni ojo. Para un don que tenía…

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jueves, 26 de junio de 2014

116. Para presumir hay que sufrir

Ilovedoodle.com
Yo tengo tres lunares importantes en mi vida.  Uno en el ojo derecho, justo en el párpado inferior que solo se nota si me miras de cerca. Otro en la pierna, en mitad del muslo, en la parte trasera de mi pierna derecha, del tamaño de un limón pequeño. Y otro, muy raro, con forma de semicírculo en la planta del pie izquierdo.  Son tres lunares raros. Luego tengo pecas secundarias, pecas comunes, o lunares en los que nadie se fijaría, lunares de reparto.

Pero mis tres protagonistas lo han sido mucho en mi vida. El pequeño del ojo es el lunar que todo el mundo me quiere limpiar, es el lunar sucio. Desde pequeña, cuando hablaba con alguien que me acaba de conocer siempre me dice: “Tienes algo negro debajo del ojo” o “Se te ha corrido el maquillaje ahí”.
Cuando no era alguien más atrevido que iba directamente a frotarme el ojo y con sorpresa descubría mi primer lunar.

El de la pierna es grande. Algo más grande que un albaricoque, algo más pequeño que un limón. Es liso, con una textura similar a la piel de la pierna y del color de la Coca Cola. Sin lugar a dudas, ha sido de mis tres lunares el más protagonista. Me paraban en la playa las madres para verlo, los niños para tocarlo y siendo más adulta, he visto como en el metro me miran fijamente el lunar, por no mencionar, que uno de los piropos que más veces me han dicho en mi vida (siempre llevando una falda corta) ha sido: “Antojo”.

Mi tercer lunar es discreto porque no le enseñas la planta del pie a mucha gente, pero es tan raro, que los pocos que lo ven no pueden evitar preguntar: “¿Qué tienes ahí?” Y luego tocarlo.  Es negro como el regaliz y  redondo y abultado como una lenteja aunque el triple de grande.
Yo he odiado mis lunares.  Me ha costado años, tiempo y madurez darme cuenta que mis tres lunares me pertenecen y me definen, que vengo con tatuajes de serie y que son parte de lo que me hace ser yo misma. Pero yo siempre he querido ser normal. Desde pequeña quería ser muy normal y pensaba que si me quitaba esa piel, debajo, habría piel normal. Así que me los rascaba a ver si desaparecían.

Cuando tuve más edad para entender que eso era una sandez, y una locura, me dediqué a ocultarlos. Nunca llevaba una falda más corta que el lunar de mi pierna, y me pintaba los ojos por debajo, de manera que al difuminar el eyeliner no se distinguía mi primer lunar,  y en la playa o simplemente probándome unos zapatos, giraba la planta del pie para que no se viera.  Y todo ese tiempo, pensé que cuando fuera mayor, me los quitaría.





No recuerdo bien en qué momento, fuimos a un médico para que me contara las posibilidades y él, con el apoyo de mi madre imagino, me dijo que tenían que quitarme un trozo de carne del culo para cubrirme el hueco que me dejaría el lunar de la pierna. Y que, por supuesto, si no había ningún problema de salud con ellos,  él me recomendaba no quitármelos, vigilarlos cada cierto tiempo, y ponerme faldas cortas para lucir un tatuaje que, por suerte para mí, yo traía de serie. Mi propia marca personal.  Al salir de aquella consulta mi madre me dijo esa frase que tantas mujeres hemos oído: “Ya sabes nena, para presumir, hay que sufrir”.
No sé cómo cambió mi cabeza pero cambió. Empecé a ponerme faldas, y a no pintarme los ojos y una gitana a la que le debo mucho me dijo en una playa que el lunar de mi planta izquierda es un símbolo de buena suerte.
Mis tres lunares me gustan.  Si ahora me dijeran que por salud tengo que quitarme alguno, me darían un disgusto porque yo soy mis tres lunares: mi ojo sucio, mi limón de cocacola y media luna en el pie.  Todo depende de cómo te cuentes tu historia.


Para presumir no hay que sufrir. Para presumir hay que saber que eres grande, único, divertido, que nada importa tanto, que la celulitis es normal, es común, que tu vida no va a ir mejor por tener 10 arrugas menos, ni 5 kilos  menos. Que ni siquiera estás más guapa por tener los brazos tersos o unas piernas delgadas y largas. Que los cuerpos tienen pelo y tenemos granos, y canas, y el culo caído. Que las manos y los pies bonitos no existen,  que tener algo de grasa en la barriga es más común que no tenerla. Pero sobre todo, lo que no es normal es que haya que sufrir por nada de esto, si no tiene que ver con la salud.

Ilovedoole.com


Estoy cansada de oír a las mujeres, a las delgadas y a las gordas, lo a gusto que se comerían tal o cual tarta, a mujeres que no se ponen una sandalia sin hacerse la pedicura y aún y todo no paran de repetir que tienen los pies horribles, a mujeres completamente en forma que se preocupan porque no están tan prietas como hace dos meses, a las mujeres que buscan tener un hueco entre los muslos o un clavícula bonita. Mujeres jóvenes que solo cenan pavo y mujeres de 60 años que arrepienten de cada bombón, las que se quejan de que les cuelga un centímetro de grasa por encima de las rodillas, y las delgadísimas intentando pelear con una celulitis casi invisible, o muy visible, ¿qué más da?

Estoy cansada de mí, controlando todo lo que como después de haber engordado 5 kilos al dejar de fumar. No es tan importante porque es solo estética. Todos queremos vernos bien pero ¿sufrir para ello?

Esto no debería ser así, coño, esto debería ser divertido porque si yo he amado mis tres lunares, cualquiera lo puede hacer. Para presumir, hay que quererse y divertirse.

Todo lo que salga de ahí es un castigo, mujeres, que no merecemos.

Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
Ninguna. ¡A la hoguera!


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PD. Sí, imagino que los hombres tienen sus ruinas. Seguro que algún hombre puede escribir en su blog un post súper interesante al respecto.

lunes, 26 de mayo de 2014

115. Vas a llegar tarde

Normalmente esta frase venía acompañada de una cifra al azar.
- Nena, son las 8 y media, vas a llegar tarde.
Digo al azar, porque nunca coincidía con el tiempo de los relojes, al menos no con todos los que tenía a mi alrededor. Ni con el de la cocina, ni con el mío, la radio se equivocaba y el reloj del coche también. Solo el reloj de muñeca de mi madre daba bien la hora a la que yo iba a llegar tarde.
 
Cuándo utilizaba la frase:
Pues casi todos los días y diseminada en diferentes franjas horarias. Modo spam maternal.

Todo comenzaba a primera hora:
- Nena levanta que son las 7 y media. ¡Vas a llegar tarde!
- Nena, levanta que son las 8 menos cuarto. ¡Vas a llegar tarde!
- ¡¡¡¡Nena, levanta que son las 8!!!! ¡Vas a llegar tarde! Levanta o te levanto, que va a ser peor.

Frase mágica: “va a ser peor” y niña lista y receptiva a las frases mágicas. ¿Resultado? Me levantaba.
 
En la ducha:
- Sal ya que son las 8 y cuarto ¡Vas a llegar tarde!
- Que salgas de una vez que son las 8 y media y tienes que desayunar. ¡Vas a llegar tarde!
- Nena, que son las 8 y viente, y te aseguro que sin desayunar no te vas a ir. Antes te hago llegar de una patada en el culo.
- ¿No erán las y media hace un rato?
- ¿Encima con ganas de discuctir? Como no salgas ya, te enteras, que vas a llegar tarde.

Desayunando:
- Date garbo con esa leche, que te quedan 5 minutos. 
- Nena, me estás cansando ya y mira que son solo las 8 y diez.
- Pero mamá ¿no habías dicho que eran las 8 y media? 
- Que y media ni que ocho cuartos. Que te des vida, nena, que ¡vas a llegar tarde!

Total que salía de casa en un estado de estrés, corriendo, arrastraba la mochila y llegaba sin aliento a clase donde el reloj ponía: 8.25

El proceso se repetía al mediodía en una imposible consecución de horarios en los que:
A las 3:10 eran y veinte,  a las 3:15 eran y media, a las 3:20 eran y media, a las 3:25 eran y media.y a las 3:30 eran menos veinticinco. Y cuando llegaba a clase eran mágicamente las 3 y cuarto.

Por la noche, el horario cambiaba y pasaba a ser el “son  o no son" horas. Estás no son horas de jugar, ya es hora de cenar, no son horas de llamar por teléfono, es hora de lavarse los dientes, no son horas de ver la tele, ya es hora de estar dormida que son las 12.00 de la noche, es decir, las 10 y media.
Puñetero reloj atómico maternal.
 


Consecuencias del consejo:

No llevo reloj. Me confunde, nunca termino de creerme el tiempo y juego a que cambia. Cinco minutos más y cierro el ordenador. Diez minutos más y me voy a la cama… Y en los atascos miro con intensidad el reloj a ver si se atrasa. Así ando, desubicada.
 
No creo en el tiempo. Es variable, caprichoso. Cuando era pequeña en cinco minutos me daba tiempo a despertarme, vestirme, ducharme y desayunar según el reloj atómico de mi madre. He intentado reproducirlo de mayor y mi record está en 12 minutos desde que suena el despertador hasta que salgo por la puerta, eso sí a punto del colapso y a falta de una lentilla. Bastante rápido pero muy poco práctico. Andar por la calle con un ojo guiñado es algo poco recomendable para alguien justo de psicomotricidad.

Conceptos puntualidad británica y reloj suizo infravalorados.  Lo complicado es ajustarse con el reloj de mi madre.

Falta de atención el mirar la hora. Según la miro, olvido qué hora es. Y así en un bucle infinito en el que siempre llego tarde. O al menos, siento que llego tarde. Da igual que salga con tiempo o no, siempre voy a toda pastilla, y mirando para atrás, por si me he dejado la mochila…
Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
¡Todas! ¡Vamos a llegar tarde seguro! 

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P.D.  Éste post va por Luken, que dice que es mi fan número 1 a los 13 años, y me ha recordado cómo funciona el reloj de las drama mamás. 

martes, 29 de abril de 2014

El fin del mundo va a llegar


Todo el mundo tiene un género de pelis que te da un poco de palo contar, o te da latxa o lacha, que era algo que decíamos en mi adolescencia: “Anda, acompáñeme al baño que me da lacha ir sola”. “No quiero llevar esa camiseta de Carnecería Manolo que me da lacha”. “Mamá no me peines con saliva que me da lacha”. “Mamá, tu espérame con el coche en la otra manzana que me da lacha” y era justo cuando mi madre hacía uso de esa paranomasia digna del propio Quevedo con un juego de palabras entre “te da lacha” “y la leche que te voy a dar”. Genio y figura.

Ahora que lo pienso no es tanto el género el que te da vergüenza sino dónde está tú límite con una de esas pelis. Puede que te gusten las de animales asesinos como Tiburón pero ¿te flipó Pirañaconda? Te molan las de detectives pero ¿también las de después de comer de Antena 3? Si es así, sí, te debería dar mucha lacha.

En mi caso son las películas de catástrofes, apocalípticas y post-apocalípticas.
Tengo mis preferidas, claro, 28 días después, o La carretera, o El día de mañana, pero “Mega tormenta. Destrucción Inminente” pues la disfruto.  A mí “Mega súper te cagas tornado 3” me gusta. Sí, meteoritos, tornados, tsunamis, glaciaciones, virus, y por supuesto, zombis.

Me gustan los apocalipsis. Me viene de siempre. Igual lo arrastro del eterno “por si acaso” con el que he crecido y esa sensación de que el mundo puede acabarse de un momento a otro, probablemente por mi culpa. E imagino que los continuos miedos también propician este pequeño juego que me traigo con el apocalipsis.

De bien pequeña ya jugaba a salvarme. Recuerdo destaparme en la cama y a hacer como que mi muñeca era la cerillera del cuento, cuento tremendamente triste para los niños, y también para los adultos, vamos, que la cerillera muere. Lo digo porque por mucha moraleja que tenga el cuento, yo lloré por la cerillera, y me dedicaba a salvarla. Fingía que me encontraba primero un pañuelo para taparle, luego una mantita de las muñecas, luego una sábana, un manta grande y así hasta el edredón que me salvaba, nos salvaba claro, de una gélida muerte.

De ese juego pasé a uno más elaborado el “Si me echaran de casa”, vete tú a saber por qué creía yo que me iban a echar de casa (“Como hagas una más te mando interna, te vas con los gitanos, coge la puerta y te vas, te mando al circo...”). Consistía en imaginarme dónde viviría, de dónde robaría comida, cómo me abrigaría, cómo alimentaría a mi perro porque, por supuesto, si me echaban de casa yo iba a tener un perro y lo mismo un mono, un gato y una ardilla. Iba alternando esta parte de la fantasía.


Y ahora, cada vez que me mudo conozco: el sitio más alto en caso de inundación, el más protegido (meteorito o bomba), con armas (invasión zombi) y con mejor acceso a medicamentos (pandemia). Súper normal todo.  Y desde que vivo en Madrid lo llevo peor. ¿Quién coño iba a querer empezar el fin del mundo por Pamplona? Y si fuera un apocalipsis climatológico, tipo Mega tormenta, os digo que en Pamplona ni te enteras:
- Pues sí, nena, aquí estamos, otro día más lloviendo, y con éste vamos 130 seguidos.
- ¿Pues como el año pasado mamá?
- Y como el anterior también. En realidad me parece que está siendo mejor primavera porque por las mañanas hay un ratico que casi no llueve. Dicen que hace 30 años que no pasaba.
- ¿Qué salga el sol?
- ¿El sol? ¿y eso qué es? Que mira que en Madrid sois muy modernos y tenéis de todo. El sol qué va a salir, que hay un rato por la mañana que cae más flojo.
Luego no se explica por qué yo soy tan exagerada y pienso que el fin del mundo está a puntito de llegar. A puntito, así os lo digo.


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A @lauraenparis  @nirosaniazul @ruthderioja @peinetapintxomo: por el inspirar el final de post.

jueves, 20 de febrero de 2014

Feliz en tu día

Mi cumple me encantaba. En serio, era un encantar tipo convulsión. No dormir la noche anterior, levantarse con las manos sudadas y miraba a cualquiera que me encontrara por el pasillo con cara de: “Felicítame, soy un ser súper especial al que debes celebrar”. Claro, que yo por el pasillo me encontraba a mi padre, mi abuela, mi hermana o mi madre, que me querían y tenían para mí unos besos sonoros y achuchados mi abuela y un billete arrugado en la mano, o una siempre cariñosa colleja de hermana,  o un abrazo de mi padre, o un regalo mi madre, siempre detallista.  Pero tampoco es que hubiera trompetas celestiales de celebración por haberme conocido.

Es más, recuerdo un año que a mi hermana y a mi padre se les olvidó y estuvimos desayunando en silencio los tres, yo indignadísima, atragantándome con los grumos del Colacao, y ellos sin percatarse de que mi cabreo no era un brote más de adolescencia, hasta que se levantó mi madre y entonces se dieron cuenta y no van ¿y me felicitaron sin más? Ni flagelarse ni nada. Un par de besos y anda, nena, sigue con tu vida.

Blogodisea
Así que me iba para el cole pensando: “Allí sí que va a ser la leche”.  Bueno, pensaba más en cosas  como “Va a ser la monda”,  porque si yo pensaba en tacos mi madre me lo veía y la colleja de celebración pasaba a ser colleja sin más, que picará igual en el cuello pero desde luego no en el orgullo…

Llegaba al cole y mi madre, educativa ella siempre, en vez de ponerme una bolsa de gusanitos para cada niño, o unos siempre agradecidos triskis al jamón, o yo que sé, unos Sugus de la marca Sugus o una piruleta de los pitufos para repartir, no, ella elegía cosas sin azúcar, tipo esas piruletas que llevan un palo de papel pegajoso que hacía pelotillas en la lengua y el palo era sin lugar a dudas mucho más sabroso que el caramelo, que sabía a NADA de color ¡naranja o de limón! Cuando de toda la vida a los niños les gusta la fresa o la cocacola.

Pero nada de eso aplacaba mis ansias de que fuera un día especial. Ni siquiera que mi madre invitara a todas las niñas a mi casa, nos sentara en el suelo del salón y nos hiciera jugar al 1,2,3 educativo. Tampoco que hablara con el resto de madres para que me hicieran regalos prácticos y acaba recibiendo 20 libros, 2 tangram, una armónica, calcetines y bufandas. No. Los tangrams tampoco.
 
Nada de eso podía con mis teatrales ganas de que fuera un día especial. Ni siquiera tener una prima que cumple el día anterior a mí de manera que siempre hemos compartido tarta, y hemos soplado las velas a la vez,   y nos hemos peleado por el típico pollo de plumas que ponían en la tarta.

Nada. Tantas han sido mis ganas de que fuera especial que con 22 años, estaba en el Sáhara un 21 de febrero, es decir invierno, es decir que hacía un frío de pelotas, como 10 grados o así. Pero había una piscina y era mi cumple e Iban, un amigo que sabía cómo venderte casi cualquier cosa (por eso tiene ahora es socio de Franziska, una agencia de publicidad), después de insistir que nos diéramos un baño a las 4 de la madrugada porque siempre que ves una piscina es lo que tienes que hacer, meterte, me dijo:

- ¿Cómo no vas  bañarte? Si no te metes te acordarás el resto de tu vida de que cumplías 22 años, un 21 de febrero, estabas en el  Sáhara, había una piscina pero no te bañaste. No, tú no te bañaste, tú fuiste de los que se fueron a dormir.

Así que por supuesto me tiré a la piscina. Que según entré, salí despedida hacia afuera como si aquello más que agua helada fuera agua sagrada y yo la niña del exorcista.  Me costó estar con catarro el resto del viaje, incluida un poco de fiebre, pero ¿quién se acuerda del catarro? Yo me acuerdo del día que estaba en el Sáhara y cumplía 22 años y nos bañamos de noche, a la luz de la luna,  había niebla y me regalaron un martillo anti incendios y fue genial.

Pues a pesar de esa intensidad teatrera, se me gastaron las ganas de cumple. Tal cual. No tiene nada que ver con cumplir años, siempre he aparentado más edad de la que tengo, es el espíritu de resabiada que me acompaña, estoy acostumbrada a una vejez prematura. Es porque ya sé que no va a ser tan especial, y cada vez quedan menos personas que encontrarme por el pasillo.

Eso sí, hasta con pocas ganas, tengo preparado para mañana un desayuno estupendo para los del curro: con bien de azúcar y de colesterol, no se vayan a pensar que yo era de esas niñas que llevaba un caramelo sin azúcar para el recreo. De eso nada, mis cumples siempre han sido muy especiales, de doble ración de sugus azul para todo el mundo, un derroche total.

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martes, 11 de febrero de 2014

Yo decido

No lo iba  hacer pero leí a Peineta y me he sentido también cómplice por el silencio.

No lo iba a hacer porque me muero un poco de miedo. Me da miedo meterme a opinar sobre algo tan privado, algo con tantas connotaciones, con tantos dilemas y dudas.

No lo iba a hacer porque es complicado, porque es íntimo, porque es personal.  Pero parece que al gobierno no le parece tan personal ni tan íntimo.

No lo iba a hacer porque allá cada una. Pero parece que las mujeres no tenemos capacidad de elegir, de decidir, de saber.

No lo iba  a hacer porque igual al final dicen que van a cambiar el anteproyecto pero entonces ¿por qué lo proponen?

No lo iba a hacer pero igual cuando metan ese último cambio ya es tarde, y han vuelto a saltarse toda la opinión pública, una vez más.

No lo iba a hacer porque no quiero que la gente sepa qué pienso del aborto, porque me cuesta saber qué pienso realmente de algo que creo es siempre doloroso.

Sobre todo, no lo iba a hacer porque no sirve de nada pero oí la sandez de que aumentaría la tasa de natalidad y con ella habría una mejora económica y, entonces sí, me han dieron ganas de quemar la radio, el congreso, y lo que haga falta.

No lo iba a hacer porque cada vez que escribo de temas así tengo que aguantar muchos comentarios, en el blog, pero sobre todo en la vida real. Incluso los de mi carnicero que me dijo: "No tienes ni idea, la sanidad pública apesta". Después de mi post Creo en la sanidad pública y universal. Y yo no tengo ganas de hablar con mi carnicero de políticas sociales, ni con el camarero, ni la frutera, ni con mi compañera de trabajo.

No lo iba a hacer porque mi madre seguro que me dice algo por hablar demasiado, que está más que claro que es uno de mis defectos.

No lo iba hacer pero he imaginado a las mujeres dentro de unos meses, culpables ya. Las que tengan dinero abortando, aquí o en el extranjero, como ha pasado siempre, con las mujeres de izquierdas y también con las de derechas, incluso las de centro. Todas. Las que no tengan dinero, ya veremos, si haciendo barbaridades, o como ilegales en manos de cualquier bárbaro.  E imagino también a los psicólogos diciendo si están locas o no, si se volverían locas o no al ser madres.  Y ellas esperando, la decisión sobre su vida, su cuerpo, y sus hijos. 

Y entonces me ha dado tanta pena... He pensado en esas mujeres que hoy votan en el congreso  perdiendo una libertad que habíamos adquirido, una libertad que otras mujeres lucharon por mí. Y no sé, a pesar de que quejarse no sirve de nada, igual alguna me lee. Igual alguna cree que todavía nos quedan muchas guerras que luchar a las mujeres, las de izquierdas y las de derechas, y que sería una pena añadir una más a la lista.  Porque, digan lo que digan, esta guerra la volveremos a ganar.

lunes, 20 de enero de 2014

114. Como en casa en ninguna parte

Viajar con una drama mamá no es fácil. Naaaada fácil.  Pero si además, es un viaje improvisado puede ser bastante complicado, o irritante. Probablemente sea irritante.

Primero, una drama mamá viaja con mucho equipaje.  Pero no es un equipaje que tú puedas entender.  Tú coges su maleta, que pesa tres veces lo que la tuya, la abres y no ves nada raro. No hay piedras, ni un yunque, aunque pudiera parecerlo. Solo ves ropa y cosas de aseo, y no te explicas cómo todo eso puede pesar tanto. Tu madre tampoco se lo explica porque siempre acaba diciendo eso de: “No entiendo por qué pesa tanto, si he traído cuatro cosas”.
De primeras ya ves que ahí hay más de cuatro, pero lo vas descubriendo poco a poco. Cuando la primera noche de hotel, tu madre se pone rulos.
- Mamá, ¿has traído rulos?
- Hombre, cómo quieres que me arregle el pelo si no.
- Mamá, has hecho 1100 kilómetros con rulos…
- Sí, y no lo digas así, ni que hubiera traído un yunque.

La segunda noche le dices que tienes las piernas hinchadas, y ella saca una crema de frío. Bueno, puede ser casualidad, piensas, pero al día siguiente tiene algo para la jaqueca, para la acidez de estómago, para una pequeña rozadura, también tiene algo para las picaduras de mosquito, y suero para limpiar las lentillas, y ella, no usa lentillas... Es decir, su neceser de medicamentos pesa cuatro kilos.
También suele tener comida, puede ir desde un caldo casero de pollo ("nena, que esto le templa el cuerpo a cualquiera"),  unas galletas por si te da un bajón de azúcar y algún trozo de pan (“que el pan siempre quita le hambre y da como alegría”).
Luego las chaquetas, rebecas, jerséis, fulares y pañuelos por si refresca. Porque tu madre no solo lleva las suyas, también lleva las tuyas, porque está claro que tú las vas a necesitar.

Plancha de la ropa, perchas, secador, quita pelusas, cepillo para la ropa, bolsas de plástico, muchas, como si fuera la dueña de una multinacional de la bolsa de plástico, un set de costura, zapatillas de andar por casa, una mantita, una mini almohada para el tren, pañuelos de papel y toallitas húmedas como para limpiar la nariz a un colegio entenro. Y por último están los bolsos y la maleta de por si acaso. Sí, una drama mamá siempre lleva bolsos plegables por si se le rompe la maleta principal o acaba necesitando más espacio, que claro, siempre acaba necesitando un bolso supletorio a nada que se compre un mapa de la ciudad a la que va, porque ese mapa, solo ese mapa, puede hacer que su maleta reviente.

Así que con ese sobrepeso los traslados tienden a complicarse. Una drama mamá viaja con previsión. En particular la mía tiene la teoría de que tiene que subir la primera al tren. ¿Sabéis la ventaja que tiene viajar en tren frente al avión? Poder llegar 10 minutos antes. Bueno, pues con una drama mamá no porque tiene que estar la primera en la fila, subir la primera al vagón para colocar la maleta en los departamentos de abajo. Bueno, y por ese extraño miedo a que el tren se vaya sin ella. Tiene que colocarla ahí porque cualquiera levanta esa tonelada de por si acasos y la coloca en las baldas encima de los asientos. Igual Conan o La Masa pueden. Lo que es la nena, no.
El año pasado, tuvimos que hacer un viaje rápido. Y el año pasado yo fumaba (cómo suena de bien decirlo en pasado). Total que llegamos a la estación, un poco justos, es decir con una hora. Mi maleta, la maleta de la drama mamá, la supletoria de siempre, y un par de botes de aceitunas “machacás” y  otro par de de lomo en manteca “colorá” que mi tía Pepi nos había traído a la estación porque nos debió ver ligeras y hambrienta y con ganas de manteca. Es decir, nivel de peso: te cagas.

Y yo, dentro de un arranque de valentía o vete tú a saber si de estupidez, me fui a la puerta a fumar un cigarro. Y lo dije, que me podía haber inventado yo unas ganas irremediables de mear, o incluso una buena diarrea, que  debe de ser la mejor excusa del mundo, porque nadie repregunta. Tú dices en el curro: no vine porque tenía diarrea. Y punto final. Nadie dice ni mú. Eso, y sí tu jefe es un hombre, ginecólogo son las palabras mágicas. 

Bueno, pues no, dije fumar. Así que cuando volví, quedaban 45 minutos para que saliera el tren y la drama mamá estaba a puntico de hiperventilar.  Nos despedimos a toda pastilla y nos lanzamos al andén. Total que miro los billetes, vagón 2, miro el vagón por el que empezábamos: vagón 38. ¿En serio? Más de un kilómetro de tren teníamos que recorrer. A mi madre casi le da algo: “No vamos a tener sitio para la maleta. En las piernas la vamos a tener que llevar. Y todo por fumarte un cigarro. Pues la vas a llevar tú. ¿Y cómo puede haber un tren tan largo? ¡Vamos a llegar andando casi a Madrid!”. Luego se pregunta porque yo soy tan exagerada...
Y allí que llegamos las dos, que por supuesto fuimos las segundas en sentarnos en el vagón. Hubo un momento en que dudamos si soltar lastre, y dejar los botes de lomo en mitad del andén, pero aguantamos. Eso sí, llegamos a nuestro asiento y fuimos durmiendo hasta Madrid. Menuda paliza. No me extraña que ella siempre diga que como en casa, en ninguna parte.

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