martes, 31 de mayo de 2011

81. Porque lo digo yo, y punto.

energyadvantage.com
Este es el porqué más absurdo seguido de cerca del “porque sí” y el “porque no”. Allí iban los tres juntos, a joderte la infancia.

Cuándo lo utilizaba
A mi madre, la voluntad de darte explicaciones no le faltaba. Las cosas como son. "Mamá, ¿por qué me tengo que comer los garbanzos?". "Porque si no, no vas a crecer. Y si no creces, te dejaremos de querer".
Otra cosa es que la respuesta te compensara. "Mamá, ¿por qué no me puedo comer las uñas? Porque se te clavaran en la barriga, y te hacen agujeros, y los garbanzos se te escaparán por ahí, y no crecerás y te dejaremos de querer". Ahí, relajada, educativa...

Pero había una serie de preguntas que terminaban en el frustrante “porque lo digo yo y punto”. Y uno de los que más me frustraban tenía que ver con mi cumpleaños.

Yo no sé vosotros, pero cuando yo era pequeña, el cumpleaños perfecto era de la siguiente manera:
- Con una semana de antelación, entregabas unas invitaciones monísimas a tus amigas especiales unas 14 afortunadas de poseer tu amistad.
- Las invitaciones eran a poder ser de Hello Kitty o de Tarta de Fresa, y si eran con olor, es que eras de clase alta y la estrella total durante varias semanas.
- El día en sí, ibas al colegio con 42 bolsas de chuches para tus compañeros (porque antes en clase éramos 42) que contenían varias gominolas, una bolsa de gusanitos y una piruleta de las que teñían la lengua y los labios de rojo.
- Luego, al salir, las elegidas ibais a una hamburguesería o algo parecido a pasar la tarde. Y ellas te llevaban regalos monísimos de Hello Kitty o de Tarta de Fresa.

Bueno, pues mis cumpleaños comenzaban con mi madre, llamando a las 42 madres de mis compañeras y diciéndoles que nada de regalos. Solo libros, material de papelería o como mucho algo de ropa. Por que “¿Qué es eso de elegir solo a 14 niños? No, no. Tú no vas a ser de las que hacen grupitos. Tú invitas a todas y punto. Y olvídate de la tontería esa de comprar invitaciones. Que son carísimas. Si quieres te saco unos folios y que te los dibuje tu hermana, que así se entretiene. Y no quiero que nadie se sienta obligado a comprarte algo caro. Que habrá mamás que no tengan dinero para eso. Así que 42 libros y ya tienes algo que hacer en verano”.

El día en sí, mi me madre me mandaba con 42 chupachups minimalistas. Es decir, que no solo no teñían la lengua sino que eran de esos pequeñitos que dentro tienen una burbuja de aire y que el palo se cae nada más abrirlos. Después, los 42 niños venían a mi casa. “¿Pero tú te crees que tenemos dinero para pagar la merienda en Don Bocadilllo para todos? No, no. En casa y hacemos unos sandwichs de nocilla, chorizo y mortadela y listo. Y barra libre de gusanitos, fanta y cocacola. Te quejarás nena, que voy a comprar hasta refrescos”.

Como éramos tantos, para que no destrozásemos la casa, mi madre sacaba todos los muebles del salón nos sentaba en el suelo y comenzaba lo que ella llamaba "El un, dos, tres del cole". Se calzaba unas gafas enormes, sentaba a mi padre con una calculadora al lado y ponía un enorme bol de gominolas de las de pela. Y allí que íbamos, a cumplir años con un increíble juego educativo. "Por dos gominolas por respuesta acertada, di tres ríos que pasen por Sevilla". Ajá. Nos tirábamos la tarde con aquello. "Por dos gominolas por respuesta acertada, di tres invertebrados". Para morirse. Yo muerta de vergüenza y mi madre gritando “Campana y se acabó” y mi hermana haciendo tocar una campana como si el mundo se acabara si ella no reventaba aquel badajo y mi no drama papá poniendo cara de: “¿Cómo he llegado yo aquí?”.
- Mamá, y porque yo no puedo tener cumpleaños normales como el resto la gente.
- Pero si los tuyos son los mejores. Que me lo dicen todas las madres, que ellas no tendrían paciencia para hacer eso. Y anda que no se van contentos tus amigos y encima seguro que han aprendido algo nuevo.
- Mamá, los cumpleaños son para divertirse y recibir regalos, para aprender ya vamos al cole. ¿Por qué no les dejas al menos que me traigan lo que quieran?
- Porque lo digo yo, y punto.
Lo dicho. Frustrante.

Consecuencias:
Tengo una biblioteca infantil que ya quisieran muchos colegios.
Segunda consecuencia. Hacia los 12 años, mi madre se hartó y me dio pasta para invitar a 14 amigos al Don Bocadillo. Pues increíblemente, a pesar de mi euforia, en mi clase me hicieron un vacío total por acabar con los mejores cumpleaños de la historia del colegio y privarles de ganar al "Un, dos, tres del cole". Cualquiera entiende a los niños.
Tercera consecuencia: oigo una campanilla y busco a mi hermana. “Por aquí debe de andar la loca esa agitándola”.
Cuarta consecuencia en mi no drama papá y en mí: pesadillas recurrentes en la que nos persiguen Maira Gomez Kent y la Ruperta.

Excepciones para utilizarlo:
Pues intentaré daros buenas razones y evitar el frustrante “porque lo digo yo, y punto”. Y sobre todo, paso del "Un, dos, tres del cole", que no es plan de tirar años de terapia a la basura borrando esa melodía de la cabeza: Un, dos, tres...., aquí estamos con usted otra vez... ¡Mierda! ¡Ha vuelto!

P.D. Psttt, hoy el blog cumple 1 año. Vamos a celebrarlo en bajito no vaya a ser que mi madre me obligue a invitaros a todos a mi casa a merendar, que no tengo tantas gominolas y sobre todo ¿qué narices voy a hacer con tanto libro en un piso de 50 metros cuadrados?

domingo, 29 de mayo de 2011

80. Nena no hables de más, solo cuando te pregunten.

Cuddle Fish
Que, claro, el día que mi madre descubra el blog quiero cientos de voluntarios entonando: Yo le pregunté, yo le pregunté. Ya os daré una dirección para escribirle. Lo voy a necesitar.

Cuándo utilizaba el consejo:
Lo recuerdo desde niña. Yo soy habladora, por si ochenta post no os han servido de pista hasta ahora. La típica niña que lo cuenta todo, que habla cuando no tiene que hablar y a la que se le fija en el cerebro todo tipo de frases. Así que cada vez que iba a entrar en contacto con cualquier entorno social mi madre insistía:
- Nena, no hables de más. Solo cuando te pregunten. Que tú vas y sueltas cualquier cosa. Mejor quedar de muda que de pesada. Y sobre todo, no repitas nada de lo que yo digo. Y no seas indiscreta, por dios, no seas indiscreta. Como el jueves en el autobús, que mira que preguntarle directamente a aquella mujer que qué le pasaba. Por favor, qué vergüenza. Pues qué le va a pasar. Que tenía una chepa terrible. Ay, que cada vez que lo recuerdo me pongo mala (y yo peor, porque con cada recuerdo me llevaba una colleja). Y menos mal que era comprensiva y encima te explicó que porque se había caído. Ya lo sabes. Por saltar en la cama. Te sale chepa por saltar en la cama (esto verdad no es, pero ella aprovechaba para asustarme con cualquier cosa). Así que hoy calladica, que vas a una casa importante. Tú como si no tuvieras lengua. Sonríes y solo hablas para dar las gracias. Y si alguien tiene los ojos bizcos, le falta un brazo o tiene dos cabezas, te callas nena. Te guardas la curiosidad y luego si quieres me preguntas a mí. ¿Has entendido? Y compórtate comiendo. Te sientas bien recta y no pongas los codos sobre la mesa, que es una casa importante. Y aléjate de cualquier cosa que tenga ruedas, eso también. Y no toques nada que se pueda romper. O sea, no toques nada. Ay, yo no sé para qué vas a ir. Tu tía que se ha empeñado pero no sabe lo tremenda que eres. Seguro que tenemos un disgusto.
Este “mini” consejo me lo dio justo antes de que una tía mía me llevara a comer a casa de unos amigos suyos, unos señores que en vez de casa tenían un palacete, y en vez de un balcón, que era a lo que yo estaba acostumbrada, tenía tropecientas mil hectáreas, una piscina y una pista de tenis. Así que según se abrió la verja yo había olvidado todo lo que me había dicho mi madre y tenía un solo objetivo: bañarme en aquella piscina, como fuera. Así que cuando la dueña del espacio más grande que yo había visto nunca me dijo: “Mira que niña más guapa, y que vestido más bonito trae”. Yo no me contuve:
- Pues a mí no me gusta nada, porque es de mi prima, que mi tía le hizo este trozo que se llama nido de abeja, aunque no entiendo por qué, porque a mí las abejas me encantan y esto solo pica un montón por dentro. Además, también lo ha llevado mi prima Raquel y luego otra prima mía, pero como es muy alta pues le tuvieron que poner este volante de abajo, que mi madre dice que tiene una vainica monísima, pero se me engancha en todos los lados, y ya me ha dicho mi madre que como lo rompa, me entero, porque luego lo tiene que llevar mi hermana, aunque van a necesitar un montón de vainica de más por todos los lados, porque mi hermana pesa mucho más que yo, porque es una tragalari, que ya se lo dice mi padre, y eso que la tienen a dieta porque la pediatra dice que se va a quedar enana, que yo no lo entiendo porque también dicen que yo me voy a quedar enana y eso que como fatal, y mi madre dice que más que flaca estoy espiritual y me obliga a comer cualquier cosa en bocadillo. ¿Me puedo bañar en la piscina?
La señora y mi tía casi se mean encima y mi tía sin casi cuando se lo contó a mi madre, que casi me mata, pero como me resfrié porque no salí de la piscina hasta las 9 de la noche, y solo porque ya tenía los labios morados, pues mi madre andaba más preocupada en abrigarme que en matarme, por eso fue un casi.
- Mami, no te enfades. Es que me preguntaron…
- ¿Qué te preguntaron? Que si el traje era heredado de cuarta mano, o que si tu hermana tiene problemas con la comida. Explícame. Porque me parece muy difícil que esa señora te preguntara algo así.
- No sé, me lié un poco, es que había piscina…
- No me lo recuerdes, no me lo recuerdes, que ya me ha dicho tu tía que te has pasado 6 horas en el agua en bragas, que ni has comido, ni nada, y que la sobrina de la casa se ha hecho un chichón porque le enseñaste a jugar a la bomba. Y encima catarro. Es que no se te puede sacar de casa.

Consecuencias del consejo:
Pocas. Siempre pienso que hablo de más. Da igual que me comunique con monosílabos, inevitablemente pienso que ese “sí o no”, era demasiada información. Aunque luego también me abro un blog y cuento todos los detalles de mi infancia. Mi madre me mata.
Segunda consecuencia: si me preguntan no tengo freno. Es como si tuviera la excusa perfecta para la incontinencia verbal.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos, este no lo voy a utilizar, porque para cuando vosotros digáis que os queréis bañar en la piscina yo ya habré contado la procedencia de vuestra vestimenta, si coméis mal, si se os dan bien las matemáticas o si vuestra novia es una lagarta. Lo siento, os lo digo desde ya, pero no me contengo, y menos, si hay una piscina por el medio.

viernes, 20 de mayo de 2011

79. Nena, yo no corrí delante de los grises para que tú te quedes en casa.

http://mundoturistico.es/
Que dice mi madre que va a ir a la mani. Y también dice que tengo que ir yo. Y a mi hermana la ha echado de casa y le ha dicho que no vuelva hasta haberse sacado una foto en la plaza para que ella vea que ha estado ahí. Mi madre, la democracia la entiende a su manera.

Cuándo lo ha utilizado:

Pues hace escasos momentos, por teléfono.
- ¿Dónde estás?- ésta es ella.
- En casa mamá.- ésta soy yo, por si no me conocéis todavía.
- ¿Y qué haces ahí?
- Pues… aquí con el ordenador.
- Muy bonito nena, muy bonito. O sea, miles de personas en Sol, y tú en casa con el ordenador, que yo no sé qué haces tanta horas con el ordenador. ¿Pero yo a ti qué te he enseñado? Te vistes y te vas ahora mismo. Yo pienso ir mañana a la manifestación, bueno, que no es una manifestación, que no nos oigan (como si la Junta electoral le tuviera pinchado el teléfono a mi madre). Voy a ir a reflexionar con los jóvenes. Eso, a reflexionar. Ya ves tú, que corrimos delante de los grises para que vengan ahora a decir que la democracia no permite la manifestación porque hay elecciones. Con lo que nos costó la democracia. Nena, yo no entiendo nada. Te digo que no entiendo nada. Ahora, que este domingo se van a enterar. Voy a votar a mala leche (que yo me pregunto cómo se hará eso) ¿Te estás vistiendo ya?
- Pues no mamá, estoy hablando contigo. Además voy a ir mañana.
- No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy (cuña educativa). Bueno, tú vete pero no te metas en el cogollo ¿eh? Que no quiero un disgusto. Tú, por los bordes. No te metas en un lío, que te conozco. Porque en cualquier momento la gente se enfada y monta un follón. Con razón se enfadan ¡corcho! (Esto es que está súper disgustada, porque corcho es su versión de ¡coño!). Pues eso iremos a reflexionar todos, a reflexionar la panda de chorizos que nos gobiernan. Ay… Si tu abuelo estuviera vivo. Con lo que luchamos por esto, para que se quede en nada. Hoy salían en la tele creo que los de la Clesa, una mujer que había tenido que devolver el cargo de la hipoteca, y solo le quedan cinco años para pagar la casa. ¡Cinco nena! Y la va a perder. Como no le paguen la pierde. Que no me creo que los dueños de Clesa vayan a perder su casa, eso seguro que no. ¿Estás ahí?
- Sí mamá estoy aquí.
- Pues en Sol deberías estar. Nena, que yo ya lo tengo todo hecho pero a ti te queda mucho y a tus hijos, que ya estás en edad de ser madre (otra cuña), les queda más. Y con esta panda… Mira, si yo fuera presidenta (mi madre esto lo dice mucho y a mí me da terror) los bancos las iban a pasar canutas. Es que somos tontos. Les damos nuestro dinero y nos cobran por todo. Eso se iba a acabar. Bueno, bueno, y qué es eso de echar a la gente sin ton ni son. Te digo que yo iba a llenar las cárceles de políticos y empresarios. Y sin que me temblara el pulso. ¿Me oyes?
- Sí mamá.
- Pues escúchame bien. ¿Que un político roba? Pues no se puede dedicar nunca más a un trabajo público, pero nunca nunca, ni a barrendero. ¿Qué un banquero roba? Pues no puede ser responsable de un negocio nunca. A trabajar para otros. Pero trabajar de verdad. No eso que hacen ellos. A levantarse a las 7 y meterse a dormir a las 12 reventados, como todo hijo de vecino. Ya vas a ver como se lo pensaban antes de robar y ya vas a ver como querían jubilarse a los 65. Menos lemas y menos campañas, y menos fotos con niños y más acción. Que esto nos ha costado mucho a todos. Así que mañana vas, y grita fuerte, o bueno, reflexiona fuerte. Lo que sea, que yo no corrí delante de los grises para que tú te quedes en casa. Y llévate un gorro (cuña), que he oído en el parte que va a hacer sol, no vayas a coger una insolación, que vomitar se te da mal. Y te llevas una chaqueta (súper cuña), que luego por la noche refresca, no te vayas a enfriar y tengamos un disgusto. Y por los bordes, nena, por los bordes, que en los bordes también se reflexiona.

Ella es pro revolución, pero sin catarros ni riesgos.

Consecuencias del consejo:
Pues chico, yo andaba como desganada, que ya no me creo nada y me ha puesto cuerpo de revolución.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, que yo no estuve reflexionando en el movimiento 15 M para que vosotros os quedéis en casa. Ale, a la calle, y llevaros una chaqueta, que nunca se sabe.

jueves, 19 de mayo de 2011

78. No te toques el pelo, que pareces un mono.

rincon-psicologia.blogspot.com
Ya sé que estáis pensando ¿cómo te tocas el pelo para parecer un mono? Pues, chico, yo pienso lo mismo. Que miro un mono, me miro a mí, y no encuentro ningún parecido. Así os lo digo. Pero ella no, ella lo ve clarísimo. Es más, incluso cuando no me toco el pelo, ella ve un mono en la tele y dice: “Mira nena, como tú”. Y yo me callo, porque me desconcierta. Bueno, realmente vivo desconcertada con mi madre, es otro de sus poderes.

Cuándo utilizaba el consejo:
Pues siempre. Y siempre incluye este fin de semana. Tengo 32 años, una carrera, un trabajo, soy independiente, responsable, educada… ¡Coño! Soy un lujo de hija, no hay más que ver Hijos de papa, los ninis, o callejeros. Yo quedo bastante bien a su lado. Digo yo. Pues a pesar de eso, mi madre quiere educarme todavía. La mujer no se cansa y si yo unto la salsa del pollo encebollado, pues me llevo un tenedorazo como dios manda. Si arrastro la silla, ahí que está ella para darme una colleja, si apoyo los codos, pues me mete un empujón para desequilibrarme, si pongo los pies en la mesa entra en estado de trance, con los ojos en blanco y da unos gritos que los del edificio de enfrente salieron a la ventana, que yo tengo la sensación de haber cometido la mayor herejía del mundo, y bueno, si se me ocurre tocarme el pelo…
- ¿Tienes piojos o qué? Porque eso es lo que pareces: una piojosa. Todo el día tocándote el pelo. Qué manía más fea. Te pienso atar las manos, a ver si se te pasa. Y tu hermana, igual. Ale, que no tengo dos hijas, tengo dos monos. Cualquiera que os vea. Que queda muy feo. Que yo no sé de dónde habéis cogido esa manía de tiraros del pelo.
Pues yo sí lo sé, de mi amiga Maite, que tenía una hermana que se tocaba el pelo. Y, ya sabes, la típica tontería de:
- Te has fijado alguna vez que tienes algunos pelos como picados, más rugosos que el resto- esta es mi amiga Maite, la culpable.
- Yo no tengo de eso- Esta soy yo, la súper inocente.
- Anda, mira, todo el mundo tiene. Te estoy viendo uno ahora mismo- súper, súper culpable- ¿Te lo quito?
- A ver…- Y hasta hoy.
Maite, Maite, Maite…
Y tú dirás, pues no es para tanto eso de tocarse el pelo. Pues mi madre diría que tú no tienes ni idea. Así que ha intentado todo tipo de técnicas:
- Nos ponía manoplas de cocina para ver la tele.
- Nos ataba los dedos índice y corazón para dormir.
- Nos cortaba el pelo al cero como tratamiento de choque. Sobre todo de choque contra el álbum familiar, porque hay que ver la pinta de refugiada que luzco en algunas fotos. Entre el corte de pelo y la ropa heredada de táctel con coderas me doy una pinta… Yo creo que si me vierais me dabais limosna. Mucha. Lo voy a pensar…
- Nos gritaba sin descanso (Bueno, esto no era mucha novedad, la verdad).
- Nos castigaba a pensar. (Tampoco era novedad, la novedad residía en que pensábamos con guantes, que nos daba una pinta como de mimos desubicados).
- Nos hacía trenzas tan tirantes que ríete tú de Nicole Kidman.

Consecuencias del consejo:
Tengo un poco de cara de sorpresa constante, porque las cejas se me han quedado ligeramente elevadas de semejantes trenzas. Parezco asustada siempre.
Segunda consecuencia: me voy a ahorrar un pastón en Botox.
A Maite en mi casa la miran mal. Con razón.
Tercera consecuencia: no me gustan las manoplas. Cada vez que veo a un niño con ellas pienso: pobrecico, qué habrá hecho.
Un día descubrí que esa manía tiene un nombre según los psicólogos: tricotilomanía. Y con mi cara de sorpresa habitual, más la sorpresa añadida, se lo dije a mi madre pensando que la palabra de un psicólogo serviría para calmarla. Ese mismo día descubrí que mi madre cree más en los kiwis que en los psicólogos: "Anda, anda nena, que te crees cualquier cosa. Que le ponen un nombre raro a un yogur y tú ya andas pensando que es el elixir de la vida eterna. Pues no nena, un yogur es un yogur, y tu manía, es la manía de un mono. Ya me gustaría ver a esos psicólogos con una hija como tú. Ya vas a ver como se cansaban de nombres raros". Así que, quinta consecuencia: no creo en las palabras largas. Todas me suenan a mentira. ¿Quién va a creer que colonoscopia es una palabra seria? Por no hablar de otorrinolaringólogo, vamos hombre, que no es serio.
Excepciones para utilizarlo:
Si los hijos aprenden lo que ven de sus padres, estamos jodidos futuros hijos míos. Pero, por favor, que no os vea la abuela, que tenéis la colleja asegurada.

jueves, 5 de mayo de 2011

77. Los fuegos no se apagan con alfombras persas, nena.

archiexpo
Una vez dije que yo nunca había quemado mi casa. Es verdad, más o menos. Yo mi casa no la he quemado, pero la de mis padres casi sí. Bueno, tampoco es que yo fuera responsable del fuego, aunque mi madre tiene dudas. Mi madre siempre que pasa algo malo a un kilómetro a la redonda anda pensando si he sido yo. Vivo con ello. Así que sus dudas tampoco sirven para demostrar que fui yo y tampoco ardió la casa entera, que os veo, solo el hall. Por cierto, por qué solo las casas de padres tienen hall.
A lo que íbamos. Este post va de como yo no quemé la casa de mis padres, que quede claro, que creo que no he empezado muy bien.
Sigamos. Los timbres hacen Ding-Dong. (Ya sé que estáis pensando: la hemos perdido, se ha vuelto loca, dadme tiempo, hombre, un poco de fe, que ya llevamos 77 post juntos). Pues los timbres hacen “ding” y a veces no hacen “dong”. Sí, sí, como lo oís. Lo sé, estáis en estado de shock. Pues ahí está la clave. Pero vete tú a explicarle a mi madre que el “dong” nunca llegó, y que el “ding” fue el culpable. Vamos, que la culpa fue mía, ella lo tiene claro.
El caso es que una mañana de junio, mi madre me dejó cuidando a mi hermana y dos vecinas más pequeñas, yo tendría unos 13 años o así. Llamaron a la puerta y, como estaba bien aprendida, miré por la mirilla, y no abrí a un desconocido que podía traer el mal a nuestra casa, que lo mismo se comía niños o era un enviado del diablo, cualquiera sabe.
Me fui tan tranquila a leer la Super Pop de contrabando de mi amiga Martita. Pero no había habido “dong”. ¿Quién iba a saber que el “dong” es vital? Uno no valora el “dong” del timbre hasta que lo pierde. Al rato, enfrascada como estaba en oscultar a la última novia de Mickael J Fox (joder que adolescencia) empecé a darme cuenta de que olía a quemado. Tampoco es que yo nunca me haya dado cuenta de las cosas muy rápido así que hasta que mi cerebro procesó todo era tarde. Ya sabéis: “huele a quemado, pero qué mona es esta chica, qué tendrá ella que no tenga yo, huele más fuerte, tengo que hacerme con el siguiente número de la Super Pop que trae un poster de los New kids on the bloks a doble página (una absoluta mierda de adolescencia), ¿de dónde puedo sacar dinero?, oye como huele a quemado, igual se lo pido a mi abuela, para mí que huele demasiado, y le pido a Martita que me la compre claro, este olor no es normal y eso… ¿es humo? Voy a ver, por si acaso. Lo mismo está ardiendo algo”.
Ya os he dicho que no era muy rápida. Abrí la puerta del hall y ¡sorpresa! (que sí, que a esas alturas aún me sorprendí) la puerta ardía, parte del parqué y de la caja del timbre saltaban unas increíbles chispas que amenazaban con llegar al armario. Bueno, pues lo bueno de ser un poco empanada es que actúas sin importancia, porque no valoras el riesgo de lo que sucede. Así que, con tranquilidad fui al cuarto, cogí una manta, cubrí a las 3 niñas y las saqué del piso. Me quemé las manos intentando abrir la puerta que se había inflado por el fuego, pero las saqué. Luego si queréis hablamos de mi acto heroico, que va a pasar desapercibido. Lo estoy viendo venir. Entramos en casa de las vecinas y llamé a los bomberos. Todavía estuve lo suficientemente empanada para darle un último buen mensaje a mi hermana:
- Llama a papá y dile que se está quemando la casa, que yo no he hecho nada y que estamos fuera y que vienen los bomberos. Díselo tranquila para que no se asuste, y repite que yo no he sido.
Justo después me entró la histeria y empecé a gritar: fuego, fuego por todas las escaleras. Solo salieron niños. Ni un adulto en todo el edificio. Los típicos últimos días de junio en que los hermanos mayores se quedan con los pequeños y se quema la casa de la del séptimo, cuál si no. Ya me imagino a las vecinas…
El niño mayor del edificio vino a mi rescate. Nos miramos, miramos el fuego y los dos lo tuvimos claro: Vamos a ser unos jodidos héroes. Cogimos una alfombra de mi madre y comenzamos a intentar apagarlo. Che, y lo conseguimos. Los bomberos llegaron y me costó explicarle la escena: unos 11 niños, 5 de ellos manchados por el humo, una alfombra quemada… En eso estábamos cuando se abrió la puerta del ascensor y mi no drama papá traía la cara más dramática que le he visto en mi vida. Mi hermana se había saltado algunos trozos del tranquilizador mensaje y solo le dijo:
- Papa, se está quemando la casa.- y colgó, de lo de que “yo no había sido” ni mu. Los bomberos miraron a ver si ese hombre estaba sufriendo un infarto y luego dijeron que había sido culpa del timbre (Escucha bien papá, le dije, del timbreee).
Aquí es cuando vuestra fe se ve recompensada: dijeron que hizo ding, se quedó enganchado y no hizo dong, y produjo una chispa, la caja del timbre es de plástico que arde muy rápido, y la madera también, más si es barnizada. Mi padre firmó un papel y se fueron. Mientras despedíamos a los niños llegó mi madre con la compra. Y ahí sí que nos costó explicarle la escena, el ding, y el dong, y la cajas de plástico, y la madera barnizada, y porqué mí no drama papá había perdido el habla y entonces, cuando llegué a la parte en la que Mikel, el del quinto, una alfombra y yo habíamos sido unos héroes, ahí se jodió todo.
- ¿La alfombra? ¿Qué alfombra? Porque no será la alfombra persa que me costó años comprar, que vale más que el coche, esa no será nena ¿verdad que no? Esa no puede ser- me vio la cara de terror debajo de todo ese hollín- Justo esa, me voy una hora, una hora y me quemas la casa, y encima me quemas la alfombra persa. Yo guardando 10 mantas viejas por si acaso, y tú coges la alfombra.
- Ha sido idea de Mikel- dije y miré para atrás. Ni resto de los 11 niños. Cabrones cobardes.
- La próxima vez coges una manta. Y qué es eso del ding y el dong. Vamos, que a los bomberos les podrás engañar pero yo soy tu madre, y seguro que algo has hecho. Los fuegos no se apagan con una alfombra persa, nena.
- Mami, pero si me he quemado las manos y todo por salvarlas…
- Menos teatro, que eres una peliculera.
Lo dicho. El único acto heroico de mi vida y ha quedado manchado por un quítame de ahí esas alfombras. En fin. La vida es dura.

Consecuencias del consejo:
Entro en estado de histeria a la espera del dong cada vez que llaman a la puerta.
Segunda consecuencia: la caja del timbre de casa de mis padres ahora es de hierro y en el armario de la entrada hay dos mantas viejas, por si acaso vuelvo a no quemar la casa.
Tercera consecuencia, de pequeña, creía que una alfombra persa era algo así como un tesoro, tipo:
- Mis padres tienen un Picasso.
- Pues nosotros una vez tuvimos una alfombra persa.
Cuarta consecuencia, creo en el “dong” sobre todas las cosas.

Excepciones para utilizarlo:
¡Con lo que valen esas alfombras! Futuros hijos míos, tranquilos, nunca voy a tener suficiente dinero para comprar una. Este consejo nos lo saltamos. Y la caja del timbre, de hierro, por si acaso.

PD. En serio, si alguien pincha en la casilla de "Yo también recibí este consejo", necesito que nos conozcamos. Tenemos demasiado en común como para dejarlo pasar. Quizás juntos podemos gobernar el mundo.

martes, 3 de mayo de 2011

76. Haz lo que quieras, nena


easyvectors
Este es un consejo trampa. A todos los niños del mundo deberían enseñarles que para sobrevivir a la infancia hacen falta dos cosas:
Una: aprender pronto a no mearse encima, que ayuda a tener una vida social activa.
Y dos: jamás hay que hacer caso a una madre cuando te dice “Haz lo que quieras”. Y mucho menos, si tu madre es una drama mamá.

Cuándo lo utilizaba:
Por puro agotamiento cuando te habías tirado horas, días o meses (sí meses, qué pasa, ser insistente puede ser una virtud como cualquier otra) pidiendo algo.
Ejemplo práctico:
A las nueve de la mañana:
- Mami, me dejas ver los dibujos.
- En casa no se desayuna viendo la tele, que no somos una casa de padres separados.
A las 10:
- Mami, ya he desayunado, ¿puedo ver los dibujos?
- Tienes que hacer la cama, un cuarto con la cama desecha es un cuarto desordenado.
A las 11:
- Mami, ya he hecho la cama ¿puedo ver los dibujos?
- ¿Has hecho las tareas? Porque es tu obligación.
- Las hago luego…
- ¿Y qué te parecería que yo limpiara la casa luego? O mejor, nunca. Ya sé. Nos sentamos las dos. Y le explicas tú a papá porqué está todo manga por hombro y la comida sin hacer cuando él llegue.
A las 12:
- Mami, ya he hecho las tareas ¿puedo ver los dibujos? (Yo a estas alturas ya lo preguntaba sin fe, como desganada)
- A ver, trae aquí el cuaderno. ¿Seguro que has hecho todos?
- Bueno, mami, casi casi… Es que los de matemáticas son muy fáciles y me los he dejado para tener que hacer algo por la tarde.
- Como los hagas ahora mismo por la tarde vas a tener que hacer el doble, te lo estoy diciendo.
A la 1:
- Mami, ahora sí que sí, he terminado los de matemáticas, ¿puedo ver los dibujos?
- Bájate a por el pan y a por el periódico que van a cerrar.
- Jo mami…
- Ni jo, ni ja. Ya estás bajando, y me traes las vueltas que te conozco.
A las 2:
- Mami y, ¿ahora ya puedo? (lo preguntaba sin nada de ilusión, tan pequeña y una niña sin esperanzas, ay que pena me doy)
- Ahora es hora de comer, y en esta casa no se come mirando la tele. En esta casa hablamos. Ya me lo agradecerás cuando seas mayor.
A las 3:
- Ya he comido, ahora, sí que sí, puedo ¿no?
- Claro nena, tú vete tranquila que los platos se meten solos en el fregaplatos, anda, dale, haz lo que quieras…
Mira, en serio, por el bien de las generaciones futuras esa frase debería llevar una alarma pegada: ¡Peligro! Alerta. Solo si estás loco, si te gusta vivir al límite, si estás dispuesto a morir joven, puedes hacer lo que quieras cuando una drama mamá te lo dice.
Según me iba hacia el salón pensando en que por fin iba a ver mis queridos dibujos comenzaba la letanía:
- Ya ves tú, todo el rato haciendo cosas por ellas, que ni un rato me he sentado en todo el día. Y la nena, que solo piensa en ver los dibujos. Todo el día peleando con ella. Así son, cría cuervos y te sacarán los ojos… (Y yo en el pasillo pensando: “para mí que lo de cuervos va por mí”) Pero nada, yo me pongo a recoger. Como una criada me tenéis. Qué se cree, ¿que yo no tengo ganas de ver la novela? Pues claro que tengo, y de poner los pies en alto.
Entonces yo ya no me atrevía a dar un paso más porque notaba el click en su cabeza. Es más, casi se podía oír. Y, click, se enfadaba:
- Habrase visto, y tan tranquila se va. Ven aquí ahora mismo. ¿Me estás oyendo? Ipso Facto (que yo pensaba: por qué me llama Ipso Facto, ¿me está insultando?) Mira, nena, para mí sería mucho más fácil dejarte hacer lo que quieras, y no discutir (que yo pensaba: pero si no estamos discutiendo, solo me estás gritando) Pues no. Yo estoy en el mundo para educarte. Así que me ayudas a recoger. Las buenas madres hacen esto. Y así aprenderás que uno no puede hacer lo que le dé la gana en la vida siempre, que existen obligaciones. Y con garbo, que no quiero una mala cara, que te castigo en tu cuarto hasta que seas mayor de edad. ¿Me oyes? Pues ala.

Consecuencias del consejo:
Yo veo la televisión con remordimientos. Siempre que estoy viendo la tele, siento que tengo que hacer al menos otra cosa a la vez: estar con el ordenador, leer, ganchillo… Y eso que no sé hacer ganchillo, pero yo disimulo. Aún cuando estoy sola en el salón, hago como que leo un libro y miro la tele de reojo. Esto me da cierto aire de tarada.
Segunda consecuencia, a base de disimular: es decir, leo un párrafo y luego veo un trozo de serie, en mi memoria Emilio Aragón sale en Cien Años de Soledad… Lo dicho, tarada.
Tercera consecuencia: yo no puedo hacer lo que quiero a pierna suelta porque siempre pienso que mi madre está a punto de castigarme sin salir del cuarto durante meses. Que estoy bailando, malo, que estoy vagueando, peor, que me tumbo sin hacer nada. ¡Pecado! Corre, nena haz lo que sea, dobla calcetines, lo que sea.
Cuarta consecuencia: una vez le llamé a un niño del patio con mucho odio Ipso Facto. Qué te voy a contar… Creo que todavía oigo las risas.

Excepciones para utilizarlo:
Paso de esta frase. Es mentira, futuros hijos míos, si se me escapa, no me hagáis caso, por supuesto que no quiero que hagáis lo que os dé la gana, quiero que hagáis lo que me dé la gana a mí, que para eso soy vuestra madre.

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