martes, 14 de febrero de 2012

99. No andes descalza nena.

Running and Rambling
En torno a esta frase giraban un sinfín de amenazas: enfriarte, enfriarte mucho, coger anginas, ensuciarte, romperte un dedo contra cualquier cosa, enfriarte más, pillar una pulmonía y, en mi caso, una más: «No andes descalza que te vas a quedar inútil». Y vosotros pensareis: qué tendrán que ver los pies descalzos con la inutilidad. Pero mi ¿madre os ha defraudado alguna vez? Pues eso, no penséis tanto.
Cuándo lo utilizaba:

Mi hermana y yo teníamos los pies planos y varos, que viene siendo sin arco y ligeramente inclinados hacia el interior. Esta ligera deformación, en mi casa se vivió como una terrible cruz, en plan: las niñas tienen tres brazos. Como si de mayores no fuéramos a tener una vida normal por unos pies pochos.

La culpa de todo la tuvo un podólogo al que se le ocurrió decir en la primera revisión: «Esto, si no se corrige, en la vejez produce deformaciones de la columna vertebral». Y agregó: «Qué pena que no sean chicos porque, por lo menos, les habrían dado por inútiles en la mili».

Y la palabra «inútiles» cayó sobre mi madre como una losa. Bueno, la losa también cayó sobre mi hermana y sobre mí. Siempre hemos sido de compartir losas en mi familia. Así que lo primero fue cambiar de podólogo por uno algo más innovador y que no adjetivara tanto. Eso también lo vimos importante. Y pasamos a la época de nuestros ejercicios de recoger bolis con los pies. Sí, ése fue un ejercicio habitual tres veces por semana. Lo sé, suuúper normal.

El podólogo innovador que no adjetivaba propuso una terapia que combinaba llevar los jodidos zapatos de Frankenstein (con refuerzo de hierro en los laterales), sumado a unas plantillas con unos bolos que te hacían cagarte en el cuento de la princesa y el guisante y, por último, la prohibición de no andar descalzas nunca, excepto en la arena de la playa. Y como complemento terapéutico, teníamos que ejercitar la flexibilidad de los dedos de los pies. Una cosa muy práctica para el futuro. Eso, junto con la trigonometría, lo que más he tenido que utilizar yo en mi vida.

El caso es que nos sentaban en el sofá del salón, mientras mi madre nos tiraba bolis y lápices a la alfombra y nos pegábamos así una hora, recogiéndolos. Todo sin tele. ¿Qué se os ocurre que pueden hacer dos niñas en esa amena situación? Pues fácil: poner de los nervios a cualquiera; eso sí, cada una cazábamos un boli al vuelo con los pies. Insisto, súper, súper normal.

Consecuencias del consejo:

Odio atroz al podólogo, al que adjetiva y al otro, y un ligero complejo de Forrest Gump en el cole.

Segunda consecuencia: locura total ante unos zapatos merceditas, sin hierros, finitos, con su tacón y su pinta de no ser los zuecos de Hulk, que mirábamos en la zapatería de debajo de mi casa como la más ansiada de las pertenencias.

Cierta amistad con la zapatera. Nos miraba, miraba nuestros pies, nos sonreía con lástima.

Cuarta consecuencia: lo dicho, una portentosa habilidad para recoger cosas con los pies que se mostró en todo su esplendor un día en la piscina, cuando cogí una pelota de ping–pong con el pie. Total y absoluta admiración de la cuadrilla de la pisci. Y preferencia para tirarme del trampolín desde aquel momento. Yo con los pies recojo lo que me pidas. Un alfiler, un alfiler. El sueño de todo ser humano.

Consecuencias en mi hermana: vacío existencial. Todavía tiene los pies planos.

Y por último: me encanta andar descalza. Pero no un encantarme de «qué placentero es no llevar zapatos», sino más bien de «abajo la dictadura de las zapatillas de andar por casa. ¡Revolución!».

Consecuencias en mi madre: estrambóticas broncas que ningún vecino entendía. Si me pillaba descalza, me lanzaba el doble de bolis y me amenazaba:

—Nena, como te vuelva a pillar descalza, te tiro un fosforito. De los gordos, ¿eh? ¿Me has oído?


Excepciones para utilizarlo:

Futuros hijos míos, me da lo mismo lo que digan. Quitaros los calcetines y apoyad los pies en la hierba, en la tierra, en la arena, en la madera, en las baldosas… ¿Lo notáis? Eso se llama libertad y a veces, pocas, a uno le vale andar descalzo para sentirla. No os lo vayáis a perder por una tontería de calcetines.

jueves, 9 de febrero de 2012

98. No abras eso con los dientes

Última foto de la nena con dientes.
Vaya por delante que yo tengo las dos palas falsas, producto de la torpeza infantil. Quién dice torpeza dice cierto ánimo suicida y predilección por aterrizajes forzosos en esquinas, radiadores y suelos en general. Así que tengo ciertas limitaciones para comer: prohibido bocatas, manzanas y pipas.

También vaya por delante que si tú a mi prohíbes algo, consigues que las pipas, las manzanas y los bocatas se conviertan en mi alimento preferido al instante.

Y luego también está la niña empírica que vivía dentro de mí y que tenía que confirmar aquella recomendación del dentista en sus propias carnes, bueno, dientes:

—A partir de ahora, la niña tiene que tener cuidado con lo que muerde. Siempre mejor con las muelas. Y que se olvide de cosas duras si quiere que esos dientes le lleguen a los 20 años.

Así que mi drama mamá incluyó aquel discurso dentro de su retahíla de discursos varios:

—Ya has oído al dentista. Nada de morder duro. Que con lo que nos han costado esas palas, como para romperlas. ¡Más que mi Seiscientos! Además, si no quieres que te tengan que poner implantes con 15 años, más te vale conservarlas. Bueno, no sé si te importará lo de los implantes, pero como yo tenga que volver a pagar por otras falsas, te pongo a trabajar. Así te lo digo.

Pero como decía, en mi interior vivía una niña empírica que comenzó con las pipas a escondidas, manzanas de contrabando con mi hermana y mordiscos robados en bocatas del cole, y siguió con todo lo demás. Vamos, que yo todo lo abro con los dientes: botes, bolsas, cervezas… Ahora, que la cantidad ingente de collejas que me he llevado por mi espíritu empírico…

—Que no abras eso con los dientes —colleja—; «la nena abrelatas», te voy a llamar. Pero si das dentera y todo. Y como te rompas una pala… ¡Ay, como te rompas una pala!



Consecuencias del consejo:

A mi comer pipas me da vidilla, es como si jugara a la ruleta rusa.

Fama merecida de MacGyver en diversos campamentos. Tú me das un palo y una cuerda, y te limo un arco y una flecha.

Desolación total cuando al final, hace un par de años, una maldita pipa me partió la pala izquierda. Después de haber utilizado los dientes incluso para jugar a la soga tira, una pipa Facundo acabó dándole la razón a aquel dentista.

Cuarta consecuencia: bronca apoteósica con mi madre, que pasará a los anales de nuestras broncas apoteósicas (y eso es mucho decir), porque ya me lo dijo. Hombre, le podía haber recordado que el dentista les dio a la palas una vida máxima de diez años, y que me habían acompañado casi diez más. Podría habérselo recordado, o mejor tú, se lo podías haber recordado tú, porque yo me protegía la nuca mientras ella soltaba espumarajos por la boca.

Quinta consecuencia: una pena terrible por mí misma y cierto flagelo cuando el dentista me dio la factura que tenía que pagar. Mi nueva pala me costó más que el coche que tenía, no el Seiscientos de mi madre, no, el que tenía yo en 2009. Di que tenía un Saxo con 310.000 kilómetros. Que se lo cambié a mi prima Arantxa por un iPod al poco tiempo, en lo que yo creí el mejor acto de trueque de la historia, porque dentro de aquel coche no funcionaba más que el motor. Hasta el freno de mano había que pillarlo con un destornillador para que se sujetara. El iPod ya no funciona y ahí sigue el Saxo, dándolo todo.
Sexta consecuencia: simbiosis extra-temporal cuando en filosofía llegamos a Hume y Locke, esos empíricos que hubieran sabido entenderme. Soy una mujer fuera de mi tiempo, eso es lo que pasa.


Excepciones para utilizarlo:

No abráis las cosas con los dientes, futuros hijos míos. Dádmelas a mí, yo me encargo

viernes, 3 de febrero de 2012

97. No es más ordenada la que más ordena, sino la que menos desordena.


Saving mommy money
Esto es complicado. Yo soy desordenada. No vocacionalmente desordenada. No es que yo vea un cuarto y piense: voy a reventarlo. No, me sale solo. Como vomitar. Es algo que no puedo evitar. Voy a apoyando las cosas por ahí para recogerlas luego, pero luego, nunca las recojo. Soy como una pequeña agricultora del caos. Me encantaría no ser así. Mi vida sería mucho más sencilla y barata. Tengo que tener tres pares de gafas que nunca encuentro. Copias de las llaves en todos los bolsos y soy capaz de perder unas botas durante años en mi propia casa. Yo las meto en una bolsa y digo: “Aquí guardadicas, para el año que viene, que seguro que me acuerdo”. Pero nunca me acuerdo. Mierda, es que por lo menos me podía haber tocado una memoria portentosa.

Pero bueno, tiene sus ventajas, vivo constantemente sorprendida de los tesoros que encuentro entre mis pertenencias y me siento de estreno, con ropa que tiene años. Hace poco me encontré 300 euros en un libro. En un libro sobre microeconomía, que luego lo piensas y era bastante lógico, pero en su momento me tiré desesperada buscando en carteras, bolsos y bolsillos los 300 pavos, hasta que llamé a mis padres para pedirles dinero. Ahora, cuando no llego a final de mes, me tiro una semana revolviendo toda la biblioteca a ver si otra vez tuve la genial idea de guardar pasta dentro. Por el momento nada. Solo un caos de biblioteca. Ya os contaré.

Pero tiene inconvenientes:
- Una pérdida enorme de tiempo buscando cosas.
- Un gasto extra para comprar dos veces el mismo objeto, incluso tres.
- Cajones llenos de servilletas atadas en honor del pobre San Cucufato al que tengo explotado: San Cucufato, San Cucufato los cojones te ato y hasta que no encuentre las llaves (las gafas, los pendientes, el gato) no te los desato. Luego no me acuerdo por qué había atado la servilleta, y ahí lo tengo al pobre hombre, encogido hace años.
- Último inconveniente: mi madre. Uno puede ser el caos en persona pero combinarlo con una madre como la mía, no se puede.

Cuándo utiliza el consejo:
Sobre todo cuando me pilla atándole los cojones a San Cucufato porque dice que le parece una falta de respeto. Bueno y dice algunas cosas más que si no pierdo la cabeza porque la llevo pegada, que si un día me voy a perder para no encontrarme, que eso solo puede ser una manifestación del desorden mental que tengo, que si me parece normal que mi vida sea un caos, que si no es más ordenada la que más ordena, sino la que menos desordena, que si voy a arrastrar a todo mi entorno a una vorágine de autodestrucción. ¡Bah! Lo típico.

El día crítico fue el que perdí a mi hermana y me perdí yo también. Bueno, que lo dices así y parece una barbaridad, pero que yo no lo hice a propósito, que fue sin querer. Estábamos en el Aqualand. Por primera vez. Yo soy de una ciudad de pequeña, en la que no había Corte Inglés, vamos, que no por no haber, no había ni unas escaleras mecánicas. Por no hablar de que las barracas venían una semana al año. Y en aquel parque acuático había: ríos con corriente, cascadas, precipicios, trampolines, toboganes, tirolinas, piscinas con olas y todo legal. ¿He dicho piscinas con olas? Allí estaba todo y también estaba la Cruz Roja cerca que, con mi corta experiencia, sabía que era una ventaja. Pues eso, que yo no entiendo como mis padres se les ocurrió decirme:

- Quédate aquí un poquito, que vamos a por unos botellines de agua. Agarra a tu hermana y no te muevas.

¡No te muevas! Es que, vamos, pedían un milagro. Si a mí me cuesta estar quieta, atada. Yo no recuerdo muy bien donde nos separamos. Solo que vi que ponía: “Kamikaze, el tobogán de la muerte”. Y se me nubló la vista. Aunque todo no fue fácil. El socorrista me dijo que era muy bajita para tirarme. Pobre. Me agazapé debajo de un seto, sigilosa como un ratón. Esperé a que se despistara y me colé. El caso es que el hombre tenía razón. Al tirarme, como pesaba tan poco, en el primer salto me quedé en el aire, y ya no toqué el tobogán hasta el último momento, de manera que, salí rebotada a la piscina de al lado, donde justo caía el señor más gordo que he visto en mi vida. Y lo vi clarísimamente, como un inmenso alud de chichas que se desparramaba sobre mí. Yo de mi hermana ni me acordaba. Ya me vi el papelón. A toda pastilla a la Cruz Roja y venga decirme que cómo me llamaba, y yo como si fuera autista pensando: “Para rato te lo digo, que les llamas a mis padres por megafonía y ya vas a ver. Hasta que no pare de sangrar, no suelto prenda”. Pero entonces, apareció mi hermana. Llorando con un amable policía, por decir algo, que la habían encontrado en una esquina de la piscina de bolas preguntando por sus padres. Se me abrazó y entonces sí que tuve que cantar. Cuándo oí mi nombre por megafonía lo tuve claro. Se acabó el verano. Y no veas sí se acabó, cuando llegó mi madre hasta se fue el sol.

Consecuencias:
Frustración constante. Yo le veo todas las ventajas del mundo a ser ordenada, incluida la de no tener que oír a mi madre, que eso es la súper ventaja. Pero no me sale.
En mi hermana, cierto grado de autonomía. La perdí un par de veces más.

Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, confiaremos en los poderes de San Cucufato el día que os pierda. Porque va a pasar. Lo tengo claro, y mi madre, también.

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