miércoles, 27 de agosto de 2014

117. Te distraes con una mosca que no pasa

Me estaba costando escribir. Paso temporadas en blanco pero antes no tenía un blog así que lo notaba menos aunque siempre me ha frustrado ese vacío. Solo no me importa cuando estoy leyendo mucho. Hasta el mes pasado era el caso, pero ahora ando estancada también con la lectura. Así que muchas tardes me siento con el ordenador a escribir forzada pero siempre consigo hacer algo que me distraiga.

- Actualizar el ordenador.  Sí apasionante, y me quedo mirando cómo avanza la barrita de estatus.  Luego le paso el antivirus. Otra barrita. Me ordeno el escritorio. Hago figuras geométricas con los iconos. Repaso fotos antiguas...Tiempo invertido:  3 horas. Ya siento como si hubiera hecho algo. Mañana será otro día.

- Sacar a pasear al gato al descansillo. Sí, más apasionante aún. Para el gato y para mí que me mira como alucinado. ¿Por qué te sientas ahí? ¿A qué huele este suelo? Esta esquina es mía (se frota) ¿Me puedo comer estas plantas? Tu pierna es mía (se frota) ¿Qué es este invento que sube o baja y que me lleva a otra habitación que es igual que nuestra casa pero de donde sale un señor con barba? Este señor es mío (se frota) ¿Por qué la casa del señor con barba no es como la nuestra? ¿Me puedo comer todas sus plantas? Este señor es mío (se frota otra vez) Perturbador para el vecino.  Tiempo invertido 2 horas, dos arañazos y 35 disculpas.

- Mirar los árboles de mi ventana. Sacarles fotos. Intentar postearlas en Instagram. La cámara no capta la exacta y antigua belleza de mis plátanos de paseo, ni el olor perfecto de los tilos.  Extasiarme. Emocionarme. Poner música. Una copa de vino. Más vino. Más música. Más tilos. Más plátanos y más fotos que no me gustan. Tiempo invertido:  5 horas por la tarde noche y 4 de resaca por la mañana.  Balance general: deficitario.

- Comer. Ahora unas olivas. Ummm creo que tengo parmesano. ¿Qué tristón es un queso sin vino? ¿Y sin pan? Bajar a por pan. Comprar pan, empanada, dos cuñas de queso, patatas fritas, galletas. Chocolate no porque si compro me lo como. Comer más olivas, y queso con cualquier forma: untado, blando, fresco, gratinado, curado. Un poco de vino. Buscar en Google el mejor queso del mundo, el más comido, el más vendido, el más caro... ¿Chocolate? Seguro que tengo algo de chocolate en algún maldito lugar de esta casa. Tiempo invertido: 5 horas. Balance: empacho.

- Pintarme las uñas. De las manos primero. Despintarlas porque me he salido por todos los lados porque en realidad me muerdo las uñas. Pintarme las de los pies mientras se secan la de las manos. Sin querer, manchar algo del sofá y estropearme la manicura. Despintarlas y volver a empezar en un bucle del que nunca consigo salir hasta que caigo medio adormilada por exceso de acetona.  Tiempo invertido: mucho. Incluido un medio desmayo. Balance: una manicura de llorar. Como si hubiera metido las manos en cubos de esmalte de color rojo sangre. La pedicura decente. Aunque no sé si es porque los pies me los veo de más lejos y disfruto de unas brumosas 5 dioptrías.

- Hacer ejercicio. Sentadillas, dos.. Apretar la tripa mucho metiéndola para dentro. Hacer abdominales tumbada en el sofá. Correr en el sitio. Me quedo sin aliento. Intentar hacer el spagat. Llorar. Unas flexiones. Vale, llego a las rodillas. Llorar más. Levantar las piernas como intentando hacer un pino inverso. Lumbago.  ¿Dónde tengo el voltaren? Buscar en los cajones de las medicinas y encontrar chocolate. Felicidad y cierta perturbación.   Tiempo invertido: 1 hora. Balance: cero palabras, he quemado 15 calorías y me he comido una tableta de chocolate relleno de dulce de leche (Miniconsejo: ¡no lo probéis! Os lo coméis seguro). En mi línea.





- Navegar en internet. Tiempo invertido: ¿en serio creéis que voy a confesar algo así?  Digamos que las horas suman días, los días suman meses...

- Cocinar: jajajaja. Es que me da risa según lo digo. Vamos, un gazpacho pocho, o un tabulé amargo. Nada que una persona normal llame cocinar. Tiempo invertido: siempre demasiado para el resultado conseguido.

Balance general. Alto índice de procrastinación (¡coño! casi no lo escribo), alimentación desequilibrada, ciertos vicios recurrentes, unos abdominales de mierda y un eco maternal que dice al fondo: "Nena, te distraes con una mosca que no pasa". Y anda que no me revienta que mi madre tenga razón.

Al menos, he sacado un post.



Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

lunes, 18 de agosto de 2014

Las ofertas, las madres y los dones

Las ofertas no son lo mío. Es más si, por ejemplo, hacen un 50 por ciento de descuento en, pongamos, mesas de jardín, según llego yo a la tienda y pregunto, lo quitan. Es más,  es que a veces he visto al tendero retirar el cartel al entrar yo. Menos mal que no tengo jardín donde poner la dichosa mesa.

Bueno, pues este don para que los precios suban es justo el contrario que tienen las drama mamás, y en especial la mía. Una drama mamá detecta una oferta a kilómetros a la redonda. Parece que las huele.

Para empezar, una drama mamá tiene un control del buzoneo que ríete tú de cualquier sistemas de archivado de fichas de la Biblioteca Nacional. A lo que se suma una memoria visual cercana a ser un súper poder. Que vas tú por el súper y al ir a coger una caja de galletas de 2.20, se tensa y parece como si una alarma saltara en su interior, se le entornan las cejas y empieza a rumiar: “Yo he visto esa caja antes”.  Y por su mente empiezan a sucederse imágenes de folletos: “2.25, 2.50, 2.43… ¡1.99!!!! En el Eroski están a 1.99 euros”:
- Déjalo, nena, que he visto que en el Eroski están 21 céntimos más baratas.
- Pero no vamos a ir hasta allí por 20 céntimos mamá…
- Claro que vamos a ir. Uy que si vamos a ir… Y he dicho 21 céntimos. Además tranquila que habrá más cosas que comprar.

Ella tiene el don de recordar ofertas y  yo la habilidad de dormir mucho. Curioso reparto. Sobre todo si nos pones como madre e hija, que igual justo al contrario hubiera funcionado. Es decir, si ella durmiera mucho y yo recordara todo,  igual así sí tenía algún sentido. Como ahora, no. Eso os lo digo.

Ella también tiene el don de que los precios bajen y yo de que suban.  Por lo que siempre hacemos una pareja curiosa de compras.  Somos el jodido yin y yang de la vida consumista. Yo tengo que concentrarme para distinguir un calabacín de un pepino y ella a un kilómetro de distancia sabe si un tomate está a punto de madurar. Y los melones no tiene ni que tocarlos para saber si te van a repetir.  Que si lo valoras así, a grandes rasgos, está claro que mi madre está mucho más preparada para la vida que yo. Las cosas como son. A no ser que haya que hibernar durante un año, entonces será otra cosa y yo seré le puñetera reina del mambo.

De momento no. Yo odio comprar. Ella lo adora y no entiende por qué yo lo odio. Y me arrastra por supermercados y tiendas quejándome en una eterna letanía: “qué más darán 20 céntimos, no necesito eso, no me gusta, no quiero, vámonos ya, que más darán 21 céntimos”. Y así en un bucle infinito en el que yo doy mucha pena.

Pero se ve que para compensar algunas de mis, digamos,  carencias como hija o ser humano, la vida le dio a mi madre otra hija: paciente, observadora, que distingue los pepinos de los calabacines sin pensarlo, y que le gusta ir de tiendas.  Equilibrio divino.

Eso no evita que de vez en cuando vengan las dos a verme a Madrid y  me arrastren por cualquier comercio como un alma en pena que solo busca un sitio donde sentarse en los probadores.  Aunque no siempre hay probadores porque ellas  sienten interés por cualquier tienda. Cualquiera. Son capaces de pararse en un escaparate de embragues y de preguntar  por sus cualidades si ven uno de oferta.  Que pensaréis que soy una exagerada, puede. Duermo mucho, compro mal y exagero. Sí, menos mal que soy simpatiquísima…

Bueno, pues imaginaros si mi madre controla el tema del buzoneo y de las ofertas, que después de estar mirando coches durante más de un año, el suyo lo compró por un folleto del MediaMarkt. Sí. Mi madre se compró un coche en una tienda de electrodomésticos.  ¡Que exagerada eres Amaya! ¡Una locura de exagerada! ¡JA! El coche de mi madre es negro, con el interior rojo, por una puñetera oferta que lanzó el MediaMarkt y ella lo vio ahí, en su buzón. “OFERTA:  tantas mil más barato, tenemos 50, me los quitan de las manos, única oportunidad, yo no soy tonto”. Y, mira, los mil paseos a los concesionarios, las valoraciones, comparaciones, búsquedas en internet, foros, y experiencias de profesionales del coche, nada de eso,  pudo más que la oferta. 



Y está encantada, no te creas. No lo oculta ni nada. Que hay gente que igual le daba palo, pero no, al contrario. El otro día fue a comprarse un smartphone con un folleto recortado. Entraron mi hermana y ella en la tienda, se lo enseñaron al tipo,  y comprobaron que todo era según la oferta:

- Queremos este modelo,  a este precio, con esta tarifa- dijo mi hermana. Porque mi madre es buena comprando melones pero para la tecnología todavía necesita personal shopper, a pesar de que la oferta y el folleto eran suyos.
- ¡Qué maravilla!- le dijo el tipo- Si vienen con todo preparado, así da gusto.
- Es que yo el buzoneo lo tengo más que controlado- le dijo mi madre orgullosa.- Hasta un coche me he comprado así.- Más orgullosa aún.


Y todo esto a qué viene. Se os ha pasado un pequeño detalle. Entre pepinos, compras, embragues y dones. Una menudencia de nada: mi madre tiene un smartphone. Es decir mi madre tiene whatsapp…  Esto viene a que a mí se me ha quitado el sueño de golpe porque mi hermana es su personal shopper preferida pero yo soy su asistencia técnica (y vivo a 400 kilómetros): 
- A ver mamá, no has podido borrar todos los contactos.
- Que te digo que sí, nena, antes estaban y ahora no están. No están. Si ya sabía que era un error esto.  Y menos mal que me has llamado, que si no ¿qué hago? ¡Incomunicada!
- No exageres, hombre, que tienes el fijo. A ver dime qué ves en la pantalla.
- Veo una maleta.
- ¿Una maleta? No puede ser. No hay nada que tenga forma de maleta.
- Es una maleta con un círculo y un señor pequeño. Hombre qué sí es. Te diré yo.  Lo que no veo son los contactos.
- Mamá, estate tranquila que seguro que no estás en la pantalla adecuada, o igual has borrado el acceso directo que es como un atajo, pero los contactos están.
- Que me dejes de atajos, ¿qué hago con esta maleta? ¿La llevo a algún lado?
- Ay mamá, que no sé qué ves. En mi móvil no hay nada que se parezca a una maleta con un señor. ¿Qué más ves?
- Permitir actualización de y puntos suspensivos. Nena yo no quiero permitir nada ¿eh? Que luego se saben mi vida. Yo quiero llamar y colgar. Y un mensaje de esos con fotos y ya está. Que además me llega un whastapp y no suena. Yo creo que el mío no funciona.
- Si funciona mamá, te sale un símbolo que es como un bocadillo con un teléfono dentro. Y eso es que tienes un mensaje sin leer.
- El mío está roto. A mí me sale una maleta. Así como te lo digo. Bueno, te dejo que las tecnologías me dejan agotada. Mañana seguimos.

Total, toda la noche con pesadillas en las que yo trabajaba  en el servicio técnico de una frutería y me daban maletas para llevar melones que no cabían. No he pegado ni ojo. Para un don que tenía…

Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

jueves, 26 de junio de 2014

116. Para presumir hay que sufrir

Ilovedoodle.com
Yo tengo tres lunares importantes en mi vida.  Uno en el ojo derecho, justo en el párpado inferior que solo se nota si me miras de cerca. Otro en la pierna, en mitad del muslo, en la parte trasera de mi pierna derecha, del tamaño de un limón pequeño. Y otro, muy raro, con forma de semicírculo en la planta del pie izquierdo.  Son tres lunares raros. Luego tengo pecas secundarias, pecas comunes, o lunares en los que nadie se fijaría, lunares de reparto.

Pero mis tres protagonistas lo han sido mucho en mi vida. El pequeño del ojo es el lunar que todo el mundo me quiere limpiar, es el lunar sucio. Desde pequeña, cuando hablaba con alguien que me acaba de conocer siempre me dice: “Tienes algo negro debajo del ojo” o “Se te ha corrido el maquillaje ahí”.
Cuando no era alguien más atrevido que iba directamente a frotarme el ojo y con sorpresa descubría mi primer lunar.

El de la pierna es grande. Algo más grande que un albaricoque, algo más pequeño que un limón. Es liso, con una textura similar a la piel de la pierna y del color de la Coca Cola. Sin lugar a dudas, ha sido de mis tres lunares el más protagonista. Me paraban en la playa las madres para verlo, los niños para tocarlo y siendo más adulta, he visto como en el metro me miran fijamente el lunar, por no mencionar, que uno de los piropos que más veces me han dicho en mi vida (siempre llevando una falda corta) ha sido: “Antojo”.

Mi tercer lunar es discreto porque no le enseñas la planta del pie a mucha gente, pero es tan raro, que los pocos que lo ven no pueden evitar preguntar: “¿Qué tienes ahí?” Y luego tocarlo.  Es negro como el regaliz y  redondo y abultado como una lenteja aunque el triple de grande.
Yo he odiado mis lunares.  Me ha costado años, tiempo y madurez darme cuenta que mis tres lunares me pertenecen y me definen, que vengo con tatuajes de serie y que son parte de lo que me hace ser yo misma. Pero yo siempre he querido ser normal. Desde pequeña quería ser muy normal y pensaba que si me quitaba esa piel, debajo, habría piel normal. Así que me los rascaba a ver si desaparecían.

Cuando tuve más edad para entender que eso era una sandez, y una locura, me dediqué a ocultarlos. Nunca llevaba una falda más corta que el lunar de mi pierna, y me pintaba los ojos por debajo, de manera que al difuminar el eyeliner no se distinguía mi primer lunar,  y en la playa o simplemente probándome unos zapatos, giraba la planta del pie para que no se viera.  Y todo ese tiempo, pensé que cuando fuera mayor, me los quitaría.





No recuerdo bien en qué momento, fuimos a un médico para que me contara las posibilidades y él, con el apoyo de mi madre imagino, me dijo que tenían que quitarme un trozo de carne del culo para cubrirme el hueco que me dejaría el lunar de la pierna. Y que, por supuesto, si no había ningún problema de salud con ellos,  él me recomendaba no quitármelos, vigilarlos cada cierto tiempo, y ponerme faldas cortas para lucir un tatuaje que, por suerte para mí, yo traía de serie. Mi propia marca personal.  Al salir de aquella consulta mi madre me dijo esa frase que tantas mujeres hemos oído: “Ya sabes nena, para presumir, hay que sufrir”.
No sé cómo cambió mi cabeza pero cambió. Empecé a ponerme faldas, y a no pintarme los ojos y una gitana a la que le debo mucho me dijo en una playa que el lunar de mi planta izquierda es un símbolo de buena suerte.
Mis tres lunares me gustan.  Si ahora me dijeran que por salud tengo que quitarme alguno, me darían un disgusto porque yo soy mis tres lunares: mi ojo sucio, mi limón de cocacola y media luna en el pie.  Todo depende de cómo te cuentes tu historia.


Para presumir no hay que sufrir. Para presumir hay que saber que eres grande, único, divertido, que nada importa tanto, que la celulitis es normal, es común, que tu vida no va a ir mejor por tener 10 arrugas menos, ni 5 kilos  menos. Que ni siquiera estás más guapa por tener los brazos tersos o unas piernas delgadas y largas. Que los cuerpos tienen pelo y tenemos granos, y canas, y el culo caído. Que las manos y los pies bonitos no existen,  que tener algo de grasa en la barriga es más común que no tenerla. Pero sobre todo, lo que no es normal es que haya que sufrir por nada de esto, si no tiene que ver con la salud.

Ilovedoole.com


Estoy cansada de oír a las mujeres, a las delgadas y a las gordas, lo a gusto que se comerían tal o cual tarta, a mujeres que no se ponen una sandalia sin hacerse la pedicura y aún y todo no paran de repetir que tienen los pies horribles, a mujeres completamente en forma que se preocupan porque no están tan prietas como hace dos meses, a las mujeres que buscan tener un hueco entre los muslos o un clavícula bonita. Mujeres jóvenes que solo cenan pavo y mujeres de 60 años que arrepienten de cada bombón, las que se quejan de que les cuelga un centímetro de grasa por encima de las rodillas, y las delgadísimas intentando pelear con una celulitis casi invisible, o muy visible, ¿qué más da?

Estoy cansada de mí, controlando todo lo que como después de haber engordado 5 kilos al dejar de fumar. No es tan importante porque es solo estética. Todos queremos vernos bien pero ¿sufrir para ello?

Esto no debería ser así, coño, esto debería ser divertido porque si yo he amado mis tres lunares, cualquiera lo puede hacer. Para presumir, hay que quererse y divertirse.

Todo lo que salga de ahí es un castigo, mujeres, que no merecemos.

Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
Ninguna. ¡A la hoguera!


Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

PD. Sí, imagino que los hombres tienen sus ruinas. Seguro que algún hombre puede escribir en su blog un post súper interesante al respecto.

lunes, 26 de mayo de 2014

115. Vas a llegar tarde

Normalmente esta frase venía acompañada de una cifra al azar.
- Nena, son las 8 y media, vas a llegar tarde.
Digo al azar, porque nunca coincidía con el tiempo de los relojes, al menos no con todos los que tenía a mi alrededor. Ni con el de la cocina, ni con el mío, la radio se equivocaba y el reloj del coche también. Solo el reloj de muñeca de mi madre daba bien la hora a la que yo iba a llegar tarde.
 
Cuándo utilizaba la frase:
Pues casi todos los días y diseminada en diferentes franjas horarias. Modo spam maternal.

Todo comenzaba a primera hora:
- Nena levanta que son las 7 y media. ¡Vas a llegar tarde!
- Nena, levanta que son las 8 menos cuarto. ¡Vas a llegar tarde!
- ¡¡¡¡Nena, levanta que son las 8!!!! ¡Vas a llegar tarde! Levanta o te levanto, que va a ser peor.

Frase mágica: “va a ser peor” y niña lista y receptiva a las frases mágicas. ¿Resultado? Me levantaba.
 
En la ducha:
- Sal ya que son las 8 y cuarto ¡Vas a llegar tarde!
- Que salgas de una vez que son las 8 y media y tienes que desayunar. ¡Vas a llegar tarde!
- Nena, que son las 8 y viente, y te aseguro que sin desayunar no te vas a ir. Antes te hago llegar de una patada en el culo.
- ¿No erán las y media hace un rato?
- ¿Encima con ganas de discuctir? Como no salgas ya, te enteras, que vas a llegar tarde.

Desayunando:
- Date garbo con esa leche, que te quedan 5 minutos. 
- Nena, me estás cansando ya y mira que son solo las 8 y diez.
- Pero mamá ¿no habías dicho que eran las 8 y media? 
- Que y media ni que ocho cuartos. Que te des vida, nena, que ¡vas a llegar tarde!

Total que salía de casa en un estado de estrés, corriendo, arrastraba la mochila y llegaba sin aliento a clase donde el reloj ponía: 8.25

El proceso se repetía al mediodía en una imposible consecución de horarios en los que:
A las 3:10 eran y veinte,  a las 3:15 eran y media, a las 3:20 eran y media, a las 3:25 eran y media.y a las 3:30 eran menos veinticinco. Y cuando llegaba a clase eran mágicamente las 3 y cuarto.

Por la noche, el horario cambiaba y pasaba a ser el “son  o no son" horas. Estás no son horas de jugar, ya es hora de cenar, no son horas de llamar por teléfono, es hora de lavarse los dientes, no son horas de ver la tele, ya es hora de estar dormida que son las 12.00 de la noche, es decir, las 10 y media.
Puñetero reloj atómico maternal.
 


Consecuencias del consejo:

No llevo reloj. Me confunde, nunca termino de creerme el tiempo y juego a que cambia. Cinco minutos más y cierro el ordenador. Diez minutos más y me voy a la cama… Y en los atascos miro con intensidad el reloj a ver si se atrasa. Así ando, desubicada.
 
No creo en el tiempo. Es variable, caprichoso. Cuando era pequeña en cinco minutos me daba tiempo a despertarme, vestirme, ducharme y desayunar según el reloj atómico de mi madre. He intentado reproducirlo de mayor y mi record está en 12 minutos desde que suena el despertador hasta que salgo por la puerta, eso sí a punto del colapso y a falta de una lentilla. Bastante rápido pero muy poco práctico. Andar por la calle con un ojo guiñado es algo poco recomendable para alguien justo de psicomotricidad.

Conceptos puntualidad británica y reloj suizo infravalorados.  Lo complicado es ajustarse con el reloj de mi madre.

Falta de atención el mirar la hora. Según la miro, olvido qué hora es. Y así en un bucle infinito en el que siempre llego tarde. O al menos, siento que llego tarde. Da igual que salga con tiempo o no, siempre voy a toda pastilla, y mirando para atrás, por si me he dejado la mochila…
Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
¡Todas! ¡Vamos a llegar tarde seguro! 

Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

P.D.  Éste post va por Luken, que dice que es mi fan número 1 a los 13 años, y me ha recordado cómo funciona el reloj de las drama mamás. 

martes, 29 de abril de 2014

El fin del mundo va a llegar


Todo el mundo tiene un género de pelis que te da un poco de palo contar, o te da latxa o lacha, que era algo que decíamos en mi adolescencia: “Anda, acompáñeme al baño que me da lacha ir sola”. “No quiero llevar esa camiseta de Carnecería Manolo que me da lacha”. “Mamá no me peines con saliva que me da lacha”. “Mamá, tu espérame con el coche en la otra manzana que me da lacha” y era justo cuando mi madre hacía uso de esa paranomasia digna del propio Quevedo con un juego de palabras entre “te da lacha” “y la leche que te voy a dar”. Genio y figura.

Ahora que lo pienso no es tanto el género el que te da vergüenza sino dónde está tú límite con una de esas pelis. Puede que te gusten las de animales asesinos como Tiburón pero ¿te flipó Pirañaconda? Te molan las de detectives pero ¿también las de después de comer de Antena 3? Si es así, sí, te debería dar mucha lacha.

En mi caso son las películas de catástrofes, apocalípticas y post-apocalípticas.
Tengo mis preferidas, claro, 28 días después, o La carretera, o El día de mañana, pero “Mega tormenta. Destrucción Inminente” pues la disfruto.  A mí “Mega súper te cagas tornado 3” me gusta. Sí, meteoritos, tornados, tsunamis, glaciaciones, virus, y por supuesto, zombis.

Me gustan los apocalipsis. Me viene de siempre. Igual lo arrastro del eterno “por si acaso” con el que he crecido y esa sensación de que el mundo puede acabarse de un momento a otro, probablemente por mi culpa. E imagino que los continuos miedos también propician este pequeño juego que me traigo con el apocalipsis.

De bien pequeña ya jugaba a salvarme. Recuerdo destaparme en la cama y a hacer como que mi muñeca era la cerillera del cuento, cuento tremendamente triste para los niños, y también para los adultos, vamos, que la cerillera muere. Lo digo porque por mucha moraleja que tenga el cuento, yo lloré por la cerillera, y me dedicaba a salvarla. Fingía que me encontraba primero un pañuelo para taparle, luego una mantita de las muñecas, luego una sábana, un manta grande y así hasta el edredón que me salvaba, nos salvaba claro, de una gélida muerte.

De ese juego pasé a uno más elaborado el “Si me echaran de casa”, vete tú a saber por qué creía yo que me iban a echar de casa (“Como hagas una más te mando interna, te vas con los gitanos, coge la puerta y te vas, te mando al circo...”). Consistía en imaginarme dónde viviría, de dónde robaría comida, cómo me abrigaría, cómo alimentaría a mi perro porque, por supuesto, si me echaban de casa yo iba a tener un perro y lo mismo un mono, un gato y una ardilla. Iba alternando esta parte de la fantasía.


Y ahora, cada vez que me mudo conozco: el sitio más alto en caso de inundación, el más protegido (meteorito o bomba), con armas (invasión zombi) y con mejor acceso a medicamentos (pandemia). Súper normal todo.  Y desde que vivo en Madrid lo llevo peor. ¿Quién coño iba a querer empezar el fin del mundo por Pamplona? Y si fuera un apocalipsis climatológico, tipo Mega tormenta, os digo que en Pamplona ni te enteras:
- Pues sí, nena, aquí estamos, otro día más lloviendo, y con éste vamos 130 seguidos.
- ¿Pues como el año pasado mamá?
- Y como el anterior también. En realidad me parece que está siendo mejor primavera porque por las mañanas hay un ratico que casi no llueve. Dicen que hace 30 años que no pasaba.
- ¿Qué salga el sol?
- ¿El sol? ¿y eso qué es? Que mira que en Madrid sois muy modernos y tenéis de todo. El sol qué va a salir, que hay un rato por la mañana que cae más flojo.
Luego no se explica por qué yo soy tan exagerada y pienso que el fin del mundo está a puntito de llegar. A puntito, así os lo digo.


Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá


A @lauraenparis  @nirosaniazul @ruthderioja @peinetapintxomo: por el inspirar el final de post.

jueves, 20 de febrero de 2014

Feliz en tu día

Mi cumple me encantaba. En serio, era un encantar tipo convulsión. No dormir la noche anterior, levantarse con las manos sudadas y miraba a cualquiera que me encontrara por el pasillo con cara de: “Felicítame, soy un ser súper especial al que debes celebrar”. Claro, que yo por el pasillo me encontraba a mi padre, mi abuela, mi hermana o mi madre, que me querían y tenían para mí unos besos sonoros y achuchados mi abuela y un billete arrugado en la mano, o una siempre cariñosa colleja de hermana,  o un abrazo de mi padre, o un regalo mi madre, siempre detallista.  Pero tampoco es que hubiera trompetas celestiales de celebración por haberme conocido.

Es más, recuerdo un año que a mi hermana y a mi padre se les olvidó y estuvimos desayunando en silencio los tres, yo indignadísima, atragantándome con los grumos del Colacao, y ellos sin percatarse de que mi cabreo no era un brote más de adolescencia, hasta que se levantó mi madre y entonces se dieron cuenta y no van ¿y me felicitaron sin más? Ni flagelarse ni nada. Un par de besos y anda, nena, sigue con tu vida.

Blogodisea
Así que me iba para el cole pensando: “Allí sí que va a ser la leche”.  Bueno, pensaba más en cosas  como “Va a ser la monda”,  porque si yo pensaba en tacos mi madre me lo veía y la colleja de celebración pasaba a ser colleja sin más, que picará igual en el cuello pero desde luego no en el orgullo…

Llegaba al cole y mi madre, educativa ella siempre, en vez de ponerme una bolsa de gusanitos para cada niño, o unos siempre agradecidos triskis al jamón, o yo que sé, unos Sugus de la marca Sugus o una piruleta de los pitufos para repartir, no, ella elegía cosas sin azúcar, tipo esas piruletas que llevan un palo de papel pegajoso que hacía pelotillas en la lengua y el palo era sin lugar a dudas mucho más sabroso que el caramelo, que sabía a NADA de color ¡naranja o de limón! Cuando de toda la vida a los niños les gusta la fresa o la cocacola.

Pero nada de eso aplacaba mis ansias de que fuera un día especial. Ni siquiera que mi madre invitara a todas las niñas a mi casa, nos sentara en el suelo del salón y nos hiciera jugar al 1,2,3 educativo. Tampoco que hablara con el resto de madres para que me hicieran regalos prácticos y acaba recibiendo 20 libros, 2 tangram, una armónica, calcetines y bufandas. No. Los tangrams tampoco.
 
Nada de eso podía con mis teatrales ganas de que fuera un día especial. Ni siquiera tener una prima que cumple el día anterior a mí de manera que siempre hemos compartido tarta, y hemos soplado las velas a la vez,   y nos hemos peleado por el típico pollo de plumas que ponían en la tarta.

Nada. Tantas han sido mis ganas de que fuera especial que con 22 años, estaba en el Sáhara un 21 de febrero, es decir invierno, es decir que hacía un frío de pelotas, como 10 grados o así. Pero había una piscina y era mi cumple e Iban, un amigo que sabía cómo venderte casi cualquier cosa (por eso tiene ahora es socio de Franziska, una agencia de publicidad), después de insistir que nos diéramos un baño a las 4 de la madrugada porque siempre que ves una piscina es lo que tienes que hacer, meterte, me dijo:

- ¿Cómo no vas  bañarte? Si no te metes te acordarás el resto de tu vida de que cumplías 22 años, un 21 de febrero, estabas en el  Sáhara, había una piscina pero no te bañaste. No, tú no te bañaste, tú fuiste de los que se fueron a dormir.

Así que por supuesto me tiré a la piscina. Que según entré, salí despedida hacia afuera como si aquello más que agua helada fuera agua sagrada y yo la niña del exorcista.  Me costó estar con catarro el resto del viaje, incluida un poco de fiebre, pero ¿quién se acuerda del catarro? Yo me acuerdo del día que estaba en el Sáhara y cumplía 22 años y nos bañamos de noche, a la luz de la luna,  había niebla y me regalaron un martillo anti incendios y fue genial.

Pues a pesar de esa intensidad teatrera, se me gastaron las ganas de cumple. Tal cual. No tiene nada que ver con cumplir años, siempre he aparentado más edad de la que tengo, es el espíritu de resabiada que me acompaña, estoy acostumbrada a una vejez prematura. Es porque ya sé que no va a ser tan especial, y cada vez quedan menos personas que encontrarme por el pasillo.

Eso sí, hasta con pocas ganas, tengo preparado para mañana un desayuno estupendo para los del curro: con bien de azúcar y de colesterol, no se vayan a pensar que yo era de esas niñas que llevaba un caramelo sin azúcar para el recreo. De eso nada, mis cumples siempre han sido muy especiales, de doble ración de sugus azul para todo el mundo, un derroche total.

Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

martes, 11 de febrero de 2014

Yo decido

No lo iba  hacer pero leí a Peineta y me he sentido también cómplice por el silencio.

No lo iba a hacer porque me muero un poco de miedo. Me da miedo meterme a opinar sobre algo tan privado, algo con tantas connotaciones, con tantos dilemas y dudas.

No lo iba a hacer porque es complicado, porque es íntimo, porque es personal.  Pero parece que al gobierno no le parece tan personal ni tan íntimo.

No lo iba a hacer porque allá cada una. Pero parece que las mujeres no tenemos capacidad de elegir, de decidir, de saber.

No lo iba  a hacer porque igual al final dicen que van a cambiar el anteproyecto pero entonces ¿por qué lo proponen?

No lo iba a hacer pero igual cuando metan ese último cambio ya es tarde, y han vuelto a saltarse toda la opinión pública, una vez más.

No lo iba a hacer porque no quiero que la gente sepa qué pienso del aborto, porque me cuesta saber qué pienso realmente de algo que creo es siempre doloroso.

Sobre todo, no lo iba a hacer porque no sirve de nada pero oí la sandez de que aumentaría la tasa de natalidad y con ella habría una mejora económica y, entonces sí, me han dieron ganas de quemar la radio, el congreso, y lo que haga falta.

No lo iba a hacer porque cada vez que escribo de temas así tengo que aguantar muchos comentarios, en el blog, pero sobre todo en la vida real. Incluso los de mi carnicero que me dijo: "No tienes ni idea, la sanidad pública apesta". Después de mi post Creo en la sanidad pública y universal. Y yo no tengo ganas de hablar con mi carnicero de políticas sociales, ni con el camarero, ni la frutera, ni con mi compañera de trabajo.

No lo iba a hacer porque mi madre seguro que me dice algo por hablar demasiado, que está más que claro que es uno de mis defectos.

No lo iba hacer pero he imaginado a las mujeres dentro de unos meses, culpables ya. Las que tengan dinero abortando, aquí o en el extranjero, como ha pasado siempre, con las mujeres de izquierdas y también con las de derechas, incluso las de centro. Todas. Las que no tengan dinero, ya veremos, si haciendo barbaridades, o como ilegales en manos de cualquier bárbaro.  E imagino también a los psicólogos diciendo si están locas o no, si se volverían locas o no al ser madres.  Y ellas esperando, la decisión sobre su vida, su cuerpo, y sus hijos. 

Y entonces me ha dado tanta pena... He pensado en esas mujeres que hoy votan en el congreso  perdiendo una libertad que habíamos adquirido, una libertad que otras mujeres lucharon por mí. Y no sé, a pesar de que quejarse no sirve de nada, igual alguna me lee. Igual alguna cree que todavía nos quedan muchas guerras que luchar a las mujeres, las de izquierdas y las de derechas, y que sería una pena añadir una más a la lista.  Porque, digan lo que digan, esta guerra la volveremos a ganar.

lunes, 20 de enero de 2014

114. Como en casa en ninguna parte

Viajar con una drama mamá no es fácil. Naaaada fácil.  Pero si además, es un viaje improvisado puede ser bastante complicado, o irritante. Probablemente sea irritante.

Primero, una drama mamá viaja con mucho equipaje.  Pero no es un equipaje que tú puedas entender.  Tú coges su maleta, que pesa tres veces lo que la tuya, la abres y no ves nada raro. No hay piedras, ni un yunque, aunque pudiera parecerlo. Solo ves ropa y cosas de aseo, y no te explicas cómo todo eso puede pesar tanto. Tu madre tampoco se lo explica porque siempre acaba diciendo eso de: “No entiendo por qué pesa tanto, si he traído cuatro cosas”.
De primeras ya ves que ahí hay más de cuatro, pero lo vas descubriendo poco a poco. Cuando la primera noche de hotel, tu madre se pone rulos.
- Mamá, ¿has traído rulos?
- Hombre, cómo quieres que me arregle el pelo si no.
- Mamá, has hecho 1100 kilómetros con rulos…
- Sí, y no lo digas así, ni que hubiera traído un yunque.

La segunda noche le dices que tienes las piernas hinchadas, y ella saca una crema de frío. Bueno, puede ser casualidad, piensas, pero al día siguiente tiene algo para la jaqueca, para la acidez de estómago, para una pequeña rozadura, también tiene algo para las picaduras de mosquito, y suero para limpiar las lentillas, y ella, no usa lentillas... Es decir, su neceser de medicamentos pesa cuatro kilos.
También suele tener comida, puede ir desde un caldo casero de pollo ("nena, que esto le templa el cuerpo a cualquiera"),  unas galletas por si te da un bajón de azúcar y algún trozo de pan (“que el pan siempre quita le hambre y da como alegría”).
Luego las chaquetas, rebecas, jerséis, fulares y pañuelos por si refresca. Porque tu madre no solo lleva las suyas, también lleva las tuyas, porque está claro que tú las vas a necesitar.

Plancha de la ropa, perchas, secador, quita pelusas, cepillo para la ropa, bolsas de plástico, muchas, como si fuera la dueña de una multinacional de la bolsa de plástico, un set de costura, zapatillas de andar por casa, una mantita, una mini almohada para el tren, pañuelos de papel y toallitas húmedas como para limpiar la nariz a un colegio entenro. Y por último están los bolsos y la maleta de por si acaso. Sí, una drama mamá siempre lleva bolsos plegables por si se le rompe la maleta principal o acaba necesitando más espacio, que claro, siempre acaba necesitando un bolso supletorio a nada que se compre un mapa de la ciudad a la que va, porque ese mapa, solo ese mapa, puede hacer que su maleta reviente.

Así que con ese sobrepeso los traslados tienden a complicarse. Una drama mamá viaja con previsión. En particular la mía tiene la teoría de que tiene que subir la primera al tren. ¿Sabéis la ventaja que tiene viajar en tren frente al avión? Poder llegar 10 minutos antes. Bueno, pues con una drama mamá no porque tiene que estar la primera en la fila, subir la primera al vagón para colocar la maleta en los departamentos de abajo. Bueno, y por ese extraño miedo a que el tren se vaya sin ella. Tiene que colocarla ahí porque cualquiera levanta esa tonelada de por si acasos y la coloca en las baldas encima de los asientos. Igual Conan o La Masa pueden. Lo que es la nena, no.
El año pasado, tuvimos que hacer un viaje rápido. Y el año pasado yo fumaba (cómo suena de bien decirlo en pasado). Total que llegamos a la estación, un poco justos, es decir con una hora. Mi maleta, la maleta de la drama mamá, la supletoria de siempre, y un par de botes de aceitunas “machacás” y  otro par de de lomo en manteca “colorá” que mi tía Pepi nos había traído a la estación porque nos debió ver ligeras y hambrienta y con ganas de manteca. Es decir, nivel de peso: te cagas.

Y yo, dentro de un arranque de valentía o vete tú a saber si de estupidez, me fui a la puerta a fumar un cigarro. Y lo dije, que me podía haber inventado yo unas ganas irremediables de mear, o incluso una buena diarrea, que  debe de ser la mejor excusa del mundo, porque nadie repregunta. Tú dices en el curro: no vine porque tenía diarrea. Y punto final. Nadie dice ni mú. Eso, y sí tu jefe es un hombre, ginecólogo son las palabras mágicas. 

Bueno, pues no, dije fumar. Así que cuando volví, quedaban 45 minutos para que saliera el tren y la drama mamá estaba a puntico de hiperventilar.  Nos despedimos a toda pastilla y nos lanzamos al andén. Total que miro los billetes, vagón 2, miro el vagón por el que empezábamos: vagón 38. ¿En serio? Más de un kilómetro de tren teníamos que recorrer. A mi madre casi le da algo: “No vamos a tener sitio para la maleta. En las piernas la vamos a tener que llevar. Y todo por fumarte un cigarro. Pues la vas a llevar tú. ¿Y cómo puede haber un tren tan largo? ¡Vamos a llegar andando casi a Madrid!”. Luego se pregunta porque yo soy tan exagerada...
Y allí que llegamos las dos, que por supuesto fuimos las segundas en sentarnos en el vagón. Hubo un momento en que dudamos si soltar lastre, y dejar los botes de lomo en mitad del andén, pero aguantamos. Eso sí, llegamos a nuestro asiento y fuimos durmiendo hasta Madrid. Menuda paliza. No me extraña que ella siempre diga que como en casa, en ninguna parte.

Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

viernes, 8 de noviembre de 2013

113. ¿Con este frío vas a salir?

San Donato. Foto de CC Txapel Aundi
El frío en mi cabeza es mi hermana pequeña con una bata con capucha en el sofá de casa. Los parques húmedos de Pamplona que atravesaba para ir al colegio muy pronto con el madrugón encima y el pelo mojado y ese dolor de riñones por culpa de ir tan encogida.

El frío es también el café con leche de mi tía Carmen y mi madre y los jerséis remetidos por las bragas, porque por los riñones se coge cualquier cosa. Es los pasamontañas, las bufandas y los gorros que picaban en las orejas.

El frío es el placer de sacar un pie de la cama en sábado y volver a meterlo como quien recoge un premio. También  los patucos para andar por casa que nos hacía mi tía Pilar que resbalaban para horror de mi madre, para locura absoluta de mi hermana y de mí y, sobre todo, para darle trabajo al traumatólogo de guardia.

Es apoyar la nariz en el cristal helado de la ventana para ver cuándo abría la Vitxori para bajar a comprar pipas Facundo y ver una peli de piratas. El frío es también mis amigas fumando en la puerta de la biblioteca hace 15 años.  Era volver a casa los sábados por la noche y meterse en la cama e intentar dormir sin que se pasara ese frío con un zumbido sedante en los oídos, porque aquellas noches de la adolescencia duraban incluso cuando habían terminado.  Eran los madrugones para ir a esquiar y las migas de Juanpito.

El frío son las noches de “gaupasa” estudiando y aquellos cigarros a escondidas en el balcón, envuelta en mantas y pidiendo milagros, es decir aprobados, a estrellas fugaces que nunca veía a pesar de que el frío en mi cabeza siempre es noche rasa. Es empujar el seiscientos de mi madre, mi cumpleaños  y los cafés de siete horas en el Vienés con Cristina. El frío es el monte San Donato con niebla y el monte San Donato es mi padre.

El frío tiene una mala fama completamente inmerecida en los telediarios y entre las drama mamás. A mí me activa, me despierta, me recoge, me templa… Me calma cuando salgo estresada de trabajar,  me da hambre de alubias  y ganas de beber vino tinto mientras pico un poco de queso fuerte. Me hace quedarme en casa, leer, escuchar música. Pero también me apetece caminar abrigada y andar respirando ese aire tan limpio que trae.  Y por supuesto, me da nostalgia, porque  he crecido en el frío.  A cambio me pide abrigo y algún resfriado. Tampoco es tanto. No sean alarmistas.

El frío es la leche en otoño cuando lo andamos estrenando, y ese placer me suele durar hasta marzo porque soy una de esas afortunadas a las que les gusta el calor en verano, el frío en invierno, la lluvia cuando llueve y la nieve…, la nieve me gusta siempre. 

¿Con este frío vas a salir?
Y volveré tarde.


Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

miércoles, 23 de octubre de 2013

112. Lo peor ya ha pasado...

Llevo sin fumar desde el 3 de septiembre. Yo, Amaya, llevo sin fumar desde el 3 de septiembre. Y prácticamente todas las noches sueño que fumo. Así de triste es la vida del adicto. Antes soñaba con playas, ahora sueño que fumo y me levanto con más mono.  No os quiero ni contar el humor que me gasto por las mañanas.

La mayoría de la gente que me conoce, cuando trata de imitarme o burlarse de mí, hace el gesto de llevarse un cigarro a la boca o de gesticular con él (como en la imagen). Es decir, todo el mundo me relaciona con el tabaco. Fumo bastante (bueno, o fumaba, todavía no estoy segura del tiempo verbal) pero sobre todo, la manera física que tenía de hacerlo, intensa, nerviosa, rápida, ansiosa, provocaba que si cualquiera de mis amigos hubiera tenido que hacer una caricatura de mí, hubiera sido con un cigarro, estoy segura.

A ver, que lo cuento y parece que me hace gracia, pero no, no tiene ni puñetera gracia. Nunca me ha gustado que hicieran eso y siempre he intentado rebatirlo diciendo que fumaba lo mismo que ellos. Pero da igual, en su mente, yo era una mujer a un cigarro pegada. Y me jodía cuando, por ejemplo, me mandaban esta foto y me decían: "Eres súper tú". Mierda súper tú también.

Solo de pensar en dejarlo, me moría de miedo. Los fumadores y ex fumadores lo entenderán: cómo voy a hacer todas esas cosas que siempre hago fumando, por ejemplo, escribir. Pues mira, estoy escribiendo. Me está costando, tampoco vamos a mentir. Me falta concentración, porque si antes solo tenía que pensar en juntar las palabras, ahora pienso en juntarlas y en que no puedo fumar, que es un pensamiento que me acompaña todo el rato. Mira un café, no puedo fumar. Mira, 5 minutos para esperar al bus, no puedo fumar. Mira, un gin tonic, no puedo fumar.  Mira una colilla, no puedo fumar. Mira, un fumador, no puedo fumar… Y así llevo 1 mes y 20 días, y con los dedos cruzados para aguantar.

Me he cansado de fumar. Eso no me quita la adicción, pero al menos me da fuerzas para intentar dejarlo. Me di cuenta que me pasaba la vida gestionando el mono. Sí, también cuando fumaba. En el curro, a veces elegía entre mear o fumar. Triste. Me bajaba de los aviones ansiosa. Ya no se puede fumar en casa de nadie, ni tampoco cuando sales. Me vi con la cabeza asomada a una ventana, justo encima de un aire acondicionado, fumando. Y pensé: “Esto es un coñazo. No solo me estoy jugando mi salud y mi pasta, sino que encima, ni siquiera lo disfruto”.   Y lo dejé. Bueno, 6 meses después lo dejé. Es que soy de efecto retardado, me cuesta que se me asienten las ideas.

He notado mejoría en algunas cosas: el olfato, la respiración, menos tos, más dinero… Pero hay una motivación más fuerte que nada para no echarme un cigarro: no volver a pasar por las dos primeras semanas de dejarlo.

Dos semanas son 20.160 minutos en los que solo hablaba, pensaba y soñaba con fumar.  Todo el rato. A eso hay que sumar la incredulidad de mi entorno que tampoco me hablaba de otra cosa. Mi madre ni se atrevía a llamarme por si había caído, y aún sigue preguntándomelo cada vez que hablamos:

El primer día:
- ¿Cómo lo llevas? ¿Estás nerviosa? ¿Seguro que has caído? Si has caído no pasa nada, lo vuelves a intentar. Es cuestión de intentarlo.
- Pues lo llevo fatal, y mi novio peor, igual me echan del curro, pero no he caído.
- Muy bien, tú sigue así, que todo lo demás se puede solucionar.

El primer día dos horas después:
- Bueno, y ¿qué tal?
- Bien mamá, ¿y tú?
- Yo nerviosa. ¿Cómo estás? ¿Has fumado?
- No.
- Muy bien, que orgullosa estoy de ti. Tú piensa que dentro de nada habrás pasado lo peor.

El segundo día:
- Hola nena, que estaba aquí pasando el aspirador… Y no me aguantaba. ¿Has fumado algo? Si has fumado no pasa nada, tú dímelo. No vayas a mentirme que me daré cuenta.
- No mamá, sigo sin fumar.
- ¡Por Dios! ¡Qué alegría! Ya vas a ver que en nada has pasado lo peor. Lo peor son las 48 primeras horas.  Luego está chupado.

El octavo día:
- Nena, estás como tristona. ¿Ya has caído?
- No, mamá. Es cansancio.
- Ay qué alegría más grande me das.  Tú no caigas, que ya has pasado lo peor. Lo peor es la primera semana.

La quinta semana:
- ¿Qué tal nena cómo vas? Aquí parece que llueve…
- Que no he caído, mamá, sigo sin fumar. No hace falta que hables del tiempo.
- Ay nena, ¿quién lo iba a decir? Tú aguanta, que lo peor ya ha pasado. Dicen que lo peor son las primeras cuatro semanas.

La gente me dice que me descargue una aplicación que te va motivando todos los días, y ya veis que no me hace falta, tengo la mejor coach del mundo. Es un poco mentirosa con “lo peor ya ha pasado” pero, oye,  parece que ella también lo estuviera dejando, por falta de compañía, seguimiento y apoyo no será.

Tampoco voy a ir de flipada ex fumadora. De momento, solo me atrevo a decir que llevo 1 mes y 20 días sin fumar.  Sé que en cualquier momento puedo caer, aunque por ahora solo fume en sueños, esto es un proceso largo, pero ¿sabéis?,  nunca hubiera imaginado que era capaz de estar tanto tiempo si un cigarro. Eso que me quito. Y a diferencia de antes,  ahora no me da tanto miedo dejarlo, así que volveré a intertarlo. Además he conseguido escribir un post a pesar de la falta de concentración, y ya puedo tomar café y gin tonics sin llorar. Poco a poco.

Mi padre decía que llega un momento en la vida en el que te has fumado todos los cigarros y que ya no quieres fumar más. Ojalá sea mi caso y ojalá sí haya pasado lo peor, por mí, y por mi madre, que la tengo en un sin vivir y con unas facturas de teléfono que para qué te voy a contar…


Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 1: Mejillones al vapor

Abbey Long
Igual se os ha olvidado porque no he sido para nada pesada, bueno, un poco, lo justo... Pero tengo otro librito, un rosa. El pobre es un segundón porque de cada 10 mails que recibo, solo 1 me habla de él, pero es bonito y está hecho con mucho cariño. Y bueno, esta semana me han llegado las alertas de que está pirateado en 5 foros distintos. Yo entiendo que la vida está muy mal, y prefiero que mi segundón se lea aunque sea pirateado, pero he pensado que igual siendo un pelín más pesada, alguién podría animarse a comprarse mi libro rosa y, poco a poco, acecarme un pelín a mi casa en la playa.
Perdonad la pesadez, aquí va el primer capítulo.

Capítulo 1: Mejillones al vapor

Me levanté un sábado. Yo tengo mal despertar incluso a las once del mediodía. Mi padre decía que era un castigo tenerme que levantar de la cama porque era capaz de soltar auténticas barbaridades del tipo: «Mal padre, que eres un mal padre. ¿Cómo puedes levantar a tu hija querida a las ocho de la ma-ñana? Si me quisieras no me harías esto.» Yo se lo decía con diez años, once, doce... Hasta que se le hincharon las narices y un día me dijo: «Mañana no te levanto. Si no estás lista, te vas andando. Y si llegas tarde al cole, vas a cenar vainas tantos días como minutos llegues tarde.» Oye, mano de santo...
A mi pobre novio, un día que vino en plan amoroso a despertarme: «Cariño, son las siete, levántate», le dije: «Eres un cara culo.» Totalmente en serio. Me salió del alma. Eso fue hace tres semanas.
Así que con ese humor, que más bien es un «deshumor» mañanero, me levanto, voy a la cocina rugiendo, me doy un gol-pe con la esquina de la puerta, suelto un taco, mi madre me mete una colleja y, cuando voy a encender la cafetera, veo en la enci-mera: una tabla de cocinar, unos mejillones, una sartén, una botella de vino blanco y medio limón. Y sin dejarme ni siquiera tomarme ese café que me hace ser, casi, una persona, me dice:

—A ver, tú querías aprender a cocinar, ¿no? Pues hoy va-mos a hacer mejillones al vapor para el aperitivo.
—¿Te refieres a «hoy» o a «ahora»? Porque son dos cosas distintas — dije, y pensé en terminar la frase precisando: «Muy distintas, cara culo», pero no lo dije porque también había un cuchillo en la encimera, y yo ya iba caliente con la colleja.
—Mal empezamos, nena, mal empezamos. Si ya decía yo que enseñarte a cocinar a ti es imposible, no tienes actitud.

Entonces vi que era una prueba. Algo en su cabeza había hecho clic, y aunque yo todavía no sabía por qué, mi madre me iba a regalar uno de los mejores recuerdos que siempre tendré: un montón de horas aprendiendo a cocinar. La verdad es que no tuve en cuenta el montón de collejas, ni los gritos, ni las discusiones y ni esos golpecitos en los nudillos con una cuchara de palo cada vez que metía los dedos dentro de un plato o de un bol. Que esos golpecitos me parecen una de las mayo-res torturas del mundo. Pues no tuve en cuenta nada de eso, sólo pensé: «Nena, esta prueba tienes que pasarla, que te estás jugando la casa en la playa», pero justo después pensé: «Bueno, pero después de tomar un cafelito, ¿no?»
—NOOOOOOOOO. Que pareces tonta, nena. Mira, mejor lo dejamos ahora mismo. Así no se puede. Te tengo todo preparado, y tú, a tus cosas. Ya te dije que era una mala idea.
—¿Mis cosas? Mamá, no seas exagerada, sólo quiero desayunar. Por no comentar que a ver quién tiene cuerpo de zamparse unos mejillones recién levantada de la cama...
—Si fueras una persona con fundamento y te levantaras a una hora normal... Que duermes como una adolescente, nena.
—Bueno, no pasa nada, enséñame cómo se hacen unos mejillones. De verdad que quiero aprender.
—¿Seguro? ¿Me vas a prestar atención y no te vas a poner a mirar el móvil en dos minutos?
De verdad que me apetecía hacer ese pequeño experimento familiar, así que dije:
—Prometido, mamá, yo me quedo aquí calladita y te miro.
—¿Que me miras? Anda, nena, agarra esos mejillones y pásalos bien por agua, y les quitas bien las barbas y las algas. La que te mira soy yo. Pues sí que vas tú buena. A cocinar se aprende cocinando, como todo en la vida.
—¿Cómo que «barbas»? Mamá, que ya sabes que a mí me roza un alga en el mar y soy capaz de hacer un Usain Bolt.
—No sé qué es eso, pero así no vamos a ninguna parte. Si quieres aprender, te tienes que manchar. Agarra el mejillón, el cuchillo y a raspar.
Y todo esto en ayunas. La verdad es que me cagué mentalmente en Planeta, en mi editora, y en mi idea de complicarme la vida. Pero hicimos los mejillones. Vamos, que si los hicimos, y oye, luego nos los comimos, y ni tan mal. Nadie tuvo diarrea, ni náuseas. Fue la primera vez en mi vida que alguien dijo: «No están nada mal.» Se notaba el miedo de mi madre y de mi novio. Al principio sólo se atrevían a chupar una esquinita, con el ceño fruncido, y el móvil premarcado con el número de emergencias. Pero, oye, pues no estaban mal.

Ingredientes:
• Doce mejillones gallegos limpios. Bueno, limpios quiere decir que los limpias tú. Que no te engañen.
• Cinco granos de pimienta negra. Y no, no te sirve igual molida. No empieces haciendo trampas.
• Una hoja pequeña de laurel y un limón.
• Una cucharada de vino blanco tipo fino, seco. Una tontería: que, cuando vayas a comprarlo al súper, no pone «Tipo fino, seco» en la botella, y probablemente al señor del pasillo de las botellas le haga gracia que se lo preguntes así. Lo digo por decir, que no es que el señor del pasillo del súper de al lado de mi casa me sonría y me salude cada vez que voy. No es eso.

Preparación:
No andes pidiendo un café. Actitud, hombre, actitud.
Limpia bien los mejillones debajo del grifo.
Quítales las barbas con ayuda de un cuchillo, desde la parte más estrecha hacia el lado opuesto, y aguántate las náuseas.
Si se resiste, frótalo con un estropajo duro. Sigue aguantando las náuseas.
Comprueba que no huelen y que están vivos golpeando un poco la concha. No hagas como que el mejillón habla con el acento de Chiquito de la Calzada. No es gracioso y te distrae. Y si te distraes, te salen malos.
Pon una sartén a calentar con un chorrito de vino, la pi-mienta y el laurel. Para eso, tienes que saber qué es el laurel y comprarlo en el súper. Echa los mejillones limpios una vez caliente.
Luego los tapas y agitas la sartén. Sin que salte todo, que eres un desastre, hombre, ya.
Los pones en un plato y los rocías con limón.

Ingrediente esencial para cocinar mejillones al vapor
Actitud, coño, actitud. Saber que puedes con ellos, aguantar las náuseas al quitarles las barbas, comprobar que no hay ninguno muerto, olisquearlos y golpearlos, hacerlo otra vez por si acaso. Más actitud. Y, oye, entre vosotros y yo, la receta mejora bastante si has desayunado, y si no tienes a tu madre gritando detrás de ti. Pero bueno, no estaban mal. Aprobado raspado.

Pues eso, mi segundón:
En la cocina con la Drama mamá. El libro de recetas que no conseguí escribir en:
EBOOK y -PAPEL















Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La vez que fuimos famosas

Mercado Atarazanas
Elena no lo sabe pero ha pasado a ser una de las historias en mi familia. E incluso escribiendo este post, Elena, a la que casi no conozco, puede que no me crea, que piense que soy una exagerada, que invento mucho, puede, Elena, puede, pero entre todas las batallas que contaremos alrededor de una mesa, en la que probablemente haya vainas y comida para 70, (seamos 5 o 15) Elena será una de nuestras historias. 

Hace poco, mi madre y yo nos escapamos a Málaga. En realidad, fue por un mal motivo, había fallecido un familiar. Ella viajó directa desde Pamplona vía Zaragoza, y yo, dos días después, desde Madrid. Cogimos un hotel a toda pastilla, mi hermana y yo que casi no hemos estado en Málaga, y conociendo a mi madre solo buscamos dos cosas: que estuviera cerca de lo que nos parecía el centro en Google Maps y que tuviera pinta de muy limpio. Y, oye, acertamos. Elegimos uno pequeño, bonito y familiar, el Hotel Atarazanas, y estaba en el mismo centro en frente de un mercado, que eso a una drama mamá le pierde, porque puede comparar los precios de todos los pescados con los de su ciudad:
- Nena, mientras te esperaba, me he metido en el mercado y las almejas están a 4 euros el kilo. En Pamplona, por 4 euros, los pescaderos te saludan, pero vamos, no te dan ni la concha de la almeja.

Al día siguiente:
- Nena, me he ido a pasear por el mercado porque tú ya sabes que yo me desvelo, y a las 6 estoy en pie. Pues resulta que tienen unas gambas a las que casi puedes darles la mano y tratarles de usted, enormes. Eso en Pamplona son más bien besugos. ¡Que pescados tienen! ¡Y casi regalados!

Al tercer día:
- Pues nena, me ha dicho Mateo.
- ¿Mamá, quién es Mateo?
- El del primer puesto por la izquierda,
- ¿Ya conoces al pescadero?
- Es que es muy majo, y tiene un pescado… Les ves los ojos a esos peces y puedes ver casi que piensan. Pues me ha dicho  que las rosadas no tienen cabeza porque para quitarles las escamas, tienen que congelarlas y tirarles de  la piel como si fuera un cordero. ¡Como un cordero! ¿Te lo puedes creer? Si es que aquí hay un pescado…

Vamos, si tengo que buscarle cualquier hotel en el mundo a mi madre lo tengo claro, cerca de un mercado. Todo el tiempo que está metida dentro no me está regañando por el peinado, el vestido, lo que como, si miro el móvil, si fumo, si tomo mucho café…

El caso es que yo llegué al hotel de noche, y  la recepcionista del hotel fue súper simpática. No paraba de sonreírme a pesar de que yo llegué medio zombie y casi me subo a la habitación sin hacer checking. Lo único que atiné a decir fue:
- ¿Hay wifi?
- Sí- contestó la sonriente recepcionista. A lo que la drama mamá dijo:
- ¿Tú no habrás venido aquí a trabajar no?
- No mamá, claro que no…- le contesté.

La sonriente Elena me dio la contraseña del wifi. En el ascensor comentamos lo simpatiquísima que era la recepcionista y subimos a descansar.

Bueno, quien dice descansar dice deshacer toda la maleta a la perfección, cosa que jamás hago si viajo sola, y colgarlo en las perchas que mi madre había traído. Sí, porque las perchas de los hoteles nunca son suficientes. En fin, prometo un post sobre las maletas y las drama mamás.

A las 10 de la mañana del día siguiente, me desperté sobresaltada porque no llegaba al desayuno. Corrí al comedor y allí estaba mi madre charlando con la camarera, no supimos su nombre, pero también sonreía mucho, era muy simpática, y de Burgos, y según mi madre, tenía pinta de limpia, lo que un hotel es muy muy importante.
Total que me puse a revisar mensajes de Facebook, y entonces leí en mi muro:

“Hola nena, soy la recepcionista del hotel en el que estás alojada... Auténtica frase de drama mamá cuando has pedido el wifi y tu madre ha dicho: "pero tú no vendrás a trabajar, no?"  Me encantáis las 2! qué arte!” Elena.

¿Qué tontería pensaréis? Pues no tenéis ni idea, hombre. ¿Cómo va a ser eso una tontería? Es la primera vez que nos reconocen y probablemente sea la única.  Y eso te hace sentirte un poco en casa, un poco querida, y sobre todo, te hace tener una historia que contar.

Cuando por la tarde volvimos a echar la siesta, teníamos unas brochetas de fruta fresca en la habitación y mi madre estaba que no se lo creía:
- Nena, nos han traído fruta porque eres famosa.- y se meaba de la risa.- ¡Tú! ¡Famosa!
- ¿Seguro que es por eso?
- Oye, que yo llevo dos días aquí, y muy majos, muy limpios, pero de fruta nada. Oye nena, ¿te imaginas a la Penélope? Porque si tú que no eres nadie, te ponen algo, y son tan majos, imagínate a la Penélope. Eso tiene que ser una locura- entonces la que se meaba era yo.-  Tenemos que darles las gracias, ¿eh?, que esto es un detallazo. Seguro que esa Elena tiene una drama mamá estupenda.
Recepción Hotel Ataraznas
A mí me hizo mucha ilusión, la verdad, pero a mi madre ni os cuento. De verdad que ya ha contado la historia más de 30 veces. Le hicimos fotos al comentario, y cada vez que estábamos con alguien me hacía enseñárselo. Por no mencionar que contestó la encuesta del hotel, y se lo hemos recomendado a todas las personas, incluso a las que no viajaban a Málaga.

Antes de irnos, Elena, vino con mi segundo libro, se lo dediqué y nos sacamos fotos las tres.  No sé, igual Elena borra esas fotos, igual ella no le ha contado a nadie que nos conocimos, pero nosotras, nosotras siempre tendremos una Elena que nos puso frutas cuando yo fui casi tan famosa como la Penélope.


PD. Por si las dudas, que el mundo del bloguer está muy subvencionado, este no es un post patrocinado. Es mi sincero agradecimiento a cambio de unas frutas frescas, algo de cariño, y una buena historia que contar.

Twitter: @mama_drama
Instagram: @amayaascunce
Facebook: Cómo no ser una drama mamá

jueves, 22 de agosto de 2013

21 días

Este año la vuelta de vacaciones me está costando un huevo.  Y me he pillado un cabreo absurdo, de esos en los que sabes que no tienes razón y que cuanto antes se te pase, mejor.  Pero, oye, no hay manera, no se me pasa. Un me pico y no respiro en toda regla, pero a los 34 años. Y acabo de descubrir por qué: por haberme ido 21 días.

Se supone que esa es la cifra de días que convierte algo en hábito. Es decir, si durante 21 días te levantas y te metes el dedo en un ojo, el día 22 ya no necesitarás pensar en metértelo, habrás creado un hábito. Un hábito realmente absurdo, pero te saldrá solo. No lo digo yo, lo dicen algunos psicólogos, lo de los 21 días y probablemente también tengan algo que decir acerca de meterte el dedo en el ojo.
Por eso estoy jodida, tendría que haber vuelto un día antes, con uno hubiera sido suficiente. Pero no, he creado un nuevo hábito para mi cuerpo y ahora necesito que se acostumbre justo a lo contrario.
Durante 21 días:
- He dormido más de 9 horas que viene siendo mi media ideal, y si me pongo tonta, 10.
- No me he despertado con el despertador, que mira que mi alarma es el ruido del mar, y gaviotas y tal, pero a quién pretenden engañar esas alarmas a las 7 de la mañana… Solo consigo que cuando oigo una gaviota, incluso en vacaciones, me descomponga un poco.
- He desayunado leyendo el periódico al aire libre durante una hora. Esto que empiezas por detrás, y luego la portada, y para adelante, y acabas leyendo hasta los deportes, que descubres cosas apasionantes como el curling, gente que se dedica al curling, vive del curling, y otro montón de gente fanática del curling. Y entonces te sientes una persona súper normal, con gustos súper normales, que siempre sienta bien.
- He bajado a darme un baño en la playa justo antes de tomar el vermut, o dos vermuts, incluso tres…
- He comido en un chiringuito pescado fresco viendo el mar, fresco de verdad, no el fresco de las bolsas congeladas.
- Me he vuelto a casa a echar una siesta, para nivelar si es que solo había dormido 9 horas…
- Me he dado un baño en la piscina para despertarme de la siesta, que al principio no apetece pero luego te deja un cuerpo como recién estrenado.
- He ido a la playa a estar un par de horas al sol leyendo.
- Justo después de ver la puesta de sol, he ido a cenar, todavía con la sal en la piel.
- He visto 21 puestas de sol que he tenido a bien publicar en mi Instagram para dar el máximo posible de envidia y desmostrar que soy una de esas miles de personas que con un filtro que lo queme todo y un paisaje imponente son capaces de sacar una foto mediocre. 
- He vuelto a casa, y mientras mis gatos exploraban el jardín, he leído y bebido un gin tonic hasta que me ha dado sueño.


Así 21 días con pequeñas variaciones. Con lo que cuando me levanté el día 22, a las simpáticas 6 y media de la mañana con el jodido ruido de las gaviotas para lanzarme a la M30 (lo más parecido a mi propia imagen del infierno) iba un pelín desubicada, y con tanto sueño que a mi cuerpo serrano lo que se le antojaba era un Gin Tonic.  Tal cual, un puñetero hábito. 

Me contuve en el bar en el que desayuno siempre y me conformé con café, por no llegar al curro apestando a alcohol, porque un hábito cuesta 21 días conseguirlo, pero un mote inapropiado con un día vale, que se lo pregunten si no a “Provechito” que tuvo la mala suerte de eructar en el momento equivocado en catequesis.

El caso es que me he puesto a hacer un ejercicio mental, para ver si consigo controlar este cabreo que me hace ir tocando el claxon y dando las largas en la M30 como si más que luz llevara un rayo láser exterminador (idea que molaría, para qué negarlo).  Mi ejercicio mental tampoco es que sea un dechado de autoconocimiento, paciencia, estoicismo y resiliencia… Me gustaría mucho, incluso estaría bien saber qué significa exactamente resiliencia, que ahora todo el mundo lo dice, y está claro que yo también soy todo el mundo. A lo que voy, mi gran ejercicio mental  es encontrarle las pequeñas ventajas a mi vida normal, bueno, y echar lotería a nivel ludópata, que es mi plan B, por si lo otro no me cura el cabreo.
Así que aquí van las mini ventajas de mi vida normal:
- El wifi: es un pelín triste, pero oye, el 3G es un infierno. Engancharme al wifi es como tener barra libre de todas las sandeces de internet, y eso anima un poco.
- Estar en tu propio baño: esto es la leche.  Con su presión en la ducha, tu gel donde lo dejas siempre, la comodidad de que tus toallas estén secas sin la humedad que siempre hay en los sitios de playa, todos esos botes de cremas, colonias, etc…
- Tu cama, bueno la mía, en ningún sitio se duerme como en cama propia, aunque el mar no te espere fuera.
- La pasta de dientes: esto es culpa mía, porque la que me gusta solo tiene un tamaño XXL así que nunca la llevo de viaje. Y me paso con una de esas súper súper frescas, tanto que te despejan la nariz, ahora que sientes como si se te hubiera pegado la lengua a un trozo de hielo.
- Estrenar tu propia ropa o al menos eso me pasa a mí. Como me llevo cuatro cosas, cuando vuelvo y me pongo  el vestido que hace 21 días que no llevo, siento como si estrenara mi propia ropa. Esto igual es raro.
- El agua del grifo fresca, a morro, sin botellas, ni neveras. Esto debería ser un derecho universal.
- La presión de la ducha: ya lo he dicho pero es que la leche. ¿Sabéis lo que es sacar la arena de mi pelo con esos chorros a cuenta gotas?
- Tener mis libros a mano, poder elegir exactamente lo que quiero leer, y no entre solo los 8 que he decidido llevarme.
- Hablar con mi madre desde el fijo: si ya es complicado comunicarnos por el fijo, lo del móvil ya es la locura: que si no lo he oído, que si no tenía cobertura, que ahora no tienes tú, que qué es ese ruido, no será el mar, que son las 4 de la tarde y no habrás hecho la digestión, un follón.
- Y, por último, hoy es día 22 trabajando. Esto está hecho.

Voy a ver si me ha tocado la loto.

@mama_drama

lunes, 29 de julio de 2013

111. Que pena tirar todo esto


No sé qué ha pasado. No he visto las pistas, estaban ahí, pero nada, no las he visto. Pero este fin de semana ha sido como una revelación.

Este fin de semana he estado en casa de mi madre y no me ha dicho ni una sola vez que qué pingo llevo puesto, ni que me retire el pelo de la cara, ni que me ponga pendientes (porque una mujer sin pendientes es como un burro sin dientes). Y mira que me habrá dicho veces eso. Nada. Ella me miraba y me sonreía, incluso se le ha escapado alguna vez que parece que estoy mejorando el gusto y ya no me pongo tanto trapo. Lo ha dicho bajito y como de corrido pero, oye, lo ha dicho.

El caso es que me he pasado todo el finde pensando que ocultaba algo, que de un momento a otro me iba a pedir un súper favor, tipo un riñón, que sería lo único que lo explicaría su actitud, o peor aún, que justo antes de irme me iba a dar todos los consejos de un tirón, todos juntos, lo que produce el típico shock de sobredosis de maternidad, y te vas para casa hundida, como si tuvieras 10 años y te hubieran pillado copiando en clase. Pero no, me dio un abrazo sonriendo, un apretón muy fuerte y para el coche. Yo me fui confundida.

Así que me tiré 400 kilómetros conduciendo y analizándome: ¿Me habré hecho mayor? ¿Realmente visto mejor? ¿Se habrá hecho ella mayor? ¿Se habrá cansado de meterse con mi ropa y con mi pelo? ¿Se habrá dado cuenta de que no sirve para nada? Este pensamiento me dio mucha risa, una risa terrible que casi me hace tener que parar en el arcén. ¿Podré llevar el pelo suelto el próximo fin de semana sin que me diga nada? Este pensamiento me puso la piel de gallina y me revolvió el estómago solo de imaginarme tamaña temeridad. Empecé a barajar que estuviera leyendo algún libro de psicología inversa, incluso estuve a punto de llamar a mi hermana para ver si había notado algo raro en ella, por ejemplo, que se hubiera apuntado a una secta. Pero después de muchas vueltas, me dije: “Nena, tú disfruta”. Y me puse a disfrutar que se me da muy bien.

Pero había truco, claro que había truco, siempre lo hay.

Ayer me traje a parte de las chistorras de rigor, las vainas camufladas, guindillas, pastas, chorizo, lechugas, y tomates, el vestido que llevé a la boda de mi hermana. El segundo que me compré porque el primero le quitaba las ganas de vivir a mi madre. Sí, era exactamente ese tipo de vestido.

Total que toda contenta me lo voy a probar, y ahí, sí que sí: la revelación. ¡He engordado un huevo! Un huevo que no me cierra ni metiendo tripa, aire, sin respirar, de puntetas y con faja. Pero ha sido un engordar que no he visto venir, como de golpe. Un engorde de susto. Vamos, que sí que notaba un par de kilillos tontos, pero de ¿no cerrar un vestido? No, ni de coña.

Pues mi madre sí lo había visto, claro que lo había visto, como para no verlo, si es capaz de saber si he bebido una copa un mes y medio después de habérmela tomado. (Nota breve: policía municipal, pongan una drama mamá en los controles. No hay fallo).

El caso es que ella había visto mis kilos de más, y como buena drama mamá está encantada, vamos, que no le importan ni mis vestidos de trapillo, ni mis pelos mal peinados porque me ve estupenda, saludable, con reservas en caso de que venga el apocalipsis y grasa para protegerme de los catarros. Es decir, en el estado perfecto de salud de una hija. Y he entendido todas sus sonrisitas este finde de semana, una por cada gramo de más.

Yo, después del susto, y de un peligroso bailecito para conseguir salir de la faja (¡la leche! las fajas las carga el diablo) me he puesto a dieta pero he empezado mal: tengo chistorra, chorizo y pastas de mi madre. Así que cuando he abierto el frigo he dicho una frase de drama mamá total, exactamente de mi drama mamá:

- Que pena tirar todo esto…

He reflexionado un poco, pero yo soy más de disfrutar que de reflexionar, así que me he hecho una buena chistorra, y una chistorra sin pan, es de tristes, y los que no somos tristes lo acompañamos con una copita de vino, y de postre un cafelito con pastas de mamá. Y entonces sí que sí, la revelación de las revelaciones, la súper revelación: he entendido a mi madre que  siempre dice que ella engorda de pena...

- Que pena tirar esta chistorra, que pena tirar este chorizo, que pena tirar el trozo que ha quedado de cordero…

Y ha sido entender a mi madre y morirme de miedo.



jueves, 23 de mayo de 2013

La cuadrilla

Pensamientosenlineas
Existen dos tipos de personas en el Norte: los que tienen cuadrilla y la gente de “amigos sueltos”. A partir de esa diferencia se estructura toda la sociedad. Y digo toda.

La cuadrilla se une en el colegio. Tiempo máximo de formación: 14 años. Todos los que se agreguen a la cuadrilla después de esa fecha siempre serán “los nuevos”. Sí, da igual que tengas 72 años, y que hayas pagado las cuotas de la bajera o de la peña durante 54, y que lleves desde primero de la universidad en la cuadrilla, da igual, alguna vez tendrás que escuchar:
- Tú es que no estuviste allí porque eres de “los nuevos”.

Como cuando teníais 12 años y el “Bulto” se meó en clase de pretecnología y para disimular se echó un bote de pintura encima. No, tú, el nuevo, no estuviste ahí. No te rías tan fuerte que en realidad no llegas a entender del todo lo cómico que fue.  Porque la cuadrilla habla siempre de lo que ha vivido unida, nadie habla de su viaje Tailandia a no ser que todos, o al menos dos hayan ido de viajes juntos. En ese caso, la cuadrilla cuenta cómo se rieron cuando el “Bulto” y el “Rana” llegaron al aeropuerto y les esperaron con un cartel enorme con una foto de los dos en bolas.

En una cuadrilla hay motes. Probablemente, cuando tu madre te llame por tu propio nombre, no sabrás a quién le habla, cosa que las madres llevan muy mal y más de una contestaba al teléfono:
- Aquí no vive ningún bulto. Se ha equivocado de teléfono. Aquí vivimos Antonio, Manuela y José Luis. Ya ves, todos tenemos nombres de persona.- y colgaba.

A partir de ahí, la cuadrilla sumará a sus historias anuales la vez que la madre del “Bulto” colgó al “Rana” y cómo todos descubrieron que el “Bulto” se llamaba José Luis.  A la nueva lo le hará tanta gracia, porque claro, ella no lo vivió, porque se sumó en el instituto a la cuadrilla.

Si conoces a alguien en un bar, algo muy muy raro, que implica intercambiar palabras con un desconocido del que no sabes su colegio, su casa, su pueblo o a qué piscina va, y que pudiera ser una persona de “amigos sueltos” lo primero que tienes que hacer es preguntarle por uno de esos cuatro puntos cardinales para poder situarlo en una cuadrilla. Es raro, pero en todas las cuadrillas hay un lanzado que es el que consigue que dos cuadrillas se hagan amigas.  Esto es imprescindible para que la especie se perpetúe. Normalmente es la manera de que los hombres y las mujeres se relacionen, se enamoren y tengan hijos.

Si desde el principio se diera la rara situación de que la cuadrilla fuera mixta, lo normal es echarte un novio en ella por lo que, pasado un tiempo, tu exnovio acaba siendo el novio de tu mejor amiga. Esto no es impedimento ninguno para que la cuadrilla siga unida, peor sería que te echaras un novio de “amigos sueltos”, difícil de ubicar, demasiado inaprensible, volátil…

A veces, uno puede tener varias cuadrillas: la de siempre, la de la universidad, y la del trabajo. Solo los muy sociables consigue mantener este tipo de estructuras tan complicas. Y ese es el orden al que hay que obedecer en caso de que los planes de varias se solapen: si hay almuerzo con los de siempre, solo una boda, bautizo o funeral de los de la cuadrilla de la facultad puede ser excusa para faltar. A los del trabajo, se les ve al terminar la jornada laboral, en la cena de navidad y puede que una cena por fiestas.

A las bodas de la cuadrilla se va siempre, y el dinero del regalo se entrega dentro de algo asqueroso o complicado de desenvolver o a través de una compleja ginkana con coordenadas de GPS.
Los dos miembros del matrimonio duplican sus relaciones sociales porque pasan a tener dos cenas a la semana con cada una de las cuadrillas. Ella pasa a llamarse la “bulta” y el día que tienen un hijo, siempre e invariablemente, será el “bultito”, que irá a jugar al parque con “la ranita” y el “chinito”. Esto es así.

La cuadrilla te acompañara a lo largo de tu vida, hagas lo que hagas, digas lo que digas, estarán a tu lado, y el día que te entierren siempre habrá alguien que comente:
- ¿Os acordáis del día que el “bulto” se meó en clase de pretecnología y se echó pintura por encima para disimular?
- Es que mira que se le daban mal las manualidades...

Da igual que después de aquellos años te hicieras ebanista, diseñaras un nuevo tipo de sillas que revolucionaron el mercado por su ergonomía y su original diseño, te forraras, y una multinacional te comprara la idea. Lo mismo da, tú eres el “bulto”, tu mujer la “bulta”, y tu hijo el “bultito”, y te estás empezando a preocupar porque tiene 9 años y parece que es de “amigos sueltos”.


PD: Sigo con la autopromo: Este viernes, 24 de mayo, estaré en El Corte Inglés de Pamplona firmando libros. A las 19.00 horas, en la planta 5, en la planta librería. Estaré encantada de recibirlos. Soy la morenita nerviosa con el pelo retirado de la cara.