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miércoles, 13 de abril de 2011

73. No te sientes en un baño público que te puedes coger cualquier cosa.

Yo no meo como la gente normal y menos en un servicio público, bueno, en general, trato de no pisar un servicio público ahí me reviente la vejiga.

Cuándo utilizaba el consejo:
Pues cada vez que salía de viaje, o iba a la biblioteca, o a veces incluso cuando salía de casa sin más, por si me daban ganas de mear:
- Nena, no te sientes nunca en un baño público que te puede coger el sida ese o cualquier cosa. Y quita el primer trozo de papel higiénico que a saber quién ha sido el último en tocarlo, que se quedan las bacterias y todo ahí pegado. Primero tiras el papel, luego limpia la taza, pero sin tocarla para nada, y luego no te sientes, que te digo que te pillas cualquier cosa. Un truco es ponerse de cuclillas encima de la taza, pero levanta la tapa, que no sea mi hija la que va dejando sus huellas en cualquier lado, que sean las de otros. ¡Ah! Y es de muy mal gusto que te oigan orinar (sí, mi madre dice “orinar” y “hacer de vientre”), que hay mujeres que parecen vacas. Eso no es de señoritas. Así que tira de la cadena antes, para disimular. O echa papel. Yo tenía una tía que decía que siempre había que orinar en blandito. Era una señora muy elegante, la tenías que haber conocido, con un moño bajo y un pañuelo blanco al cuello… Es que me impresionaba desde niña. Pues desde que me lo dijo, yo orino en blandito. Bueno, y hacer de vientre… (ella ya solo con mencionarlo se pone incómoda) pues en casa, que es una cosa que no se hace por ahí. ¿Me estás oyendo?
- ¿Y si me dan ganas?
- Nena, las ganas se educan, como todo en la vida.

Consecuencias del consejo
Tengo para elegir:
Primera: poseo una vejiga portentosa, capaz de aguantar horas y horas. En esto también ha colaborado mi no drama papá que, en 712 kilómetros a Benidorm, paraba una vez en el Milagro de Teruel, y teníamos 20 minutos para comer, mear, y estirar las piernas. Yo lo hacía todo a la vez. Meada multitarea.
Segunda consecuencia: no soporto que la gente me oiga mear. Tú dirás: qué tontería. Pues sí, es una tontería pero yo me he subido cinco pisos en la facultad para mear en los baños de arriba porque siempre estaban vacíos, he sufrido en todos los pisos que he compartido la humillación de tener que explicar porqué siempre tiro dos veces de la cadena (y contando por encima he tenido más de 14 compañeros de piso, lo que supone muchas humillaciones), se me han cortado las ganas si alguien entraba en el baño por sorpresa (no en el baño en el que estaba yo, que sería normal, sino por ejemplo en los baños de la biblioteca donde había 20 urinarios más) aunque estas sorpresas también han mejorado la capacidad de retención de mi vejiga. Una tontería sí, pero tengo una aplicación en el móvil que hace el ruido del grifo exactamente con el propósito de que la gente no te oiga mear. Y digo yo que si han hecho una aplicación, será que existen otro montón de taradas que no soportan que las oigan mear. Y tú dirás: mal de muchos, consuelo de tontos. Pues sí, pero es que a mí ser tonta siempre me ha dado un poco igual. Convivo con ello con naturalidad.
Más consecuencias: vivo con culpabilidad constante porque yo soy ecologista. No en plan brava, pero cada vez que abro el grifo o tiro dos veces de la cadena sufro. Ahora, que la tonta que habita en mí puede más que la ecologista. Eso también os lo digo. Así que tengo que reciclar el doble para compensar mis excesos de pudor. Esto a su vez me ha causado numerosas discusiones con mis novios y compañeros de piso: seis papeleras le parece excesivo a todo el mundo. Así es la gente de insolidaria.
El papel higiénico que no falte. El pan está sobrevalorado en la lista de la compra.
Una vez fui feliz. Fui al baño con una amiga y entré con ella porque la puerta no cerraba. Realmente fue así. No soporto que me oigan mear pero tampoco ver como otros mean. El caso es que mi amiga cogió el primer trozo de papel con mucho cuidado, como si pudiera explotar, lo tiró al wáter, arrancó más trozos, limpió la taza, levantó la tapa, se puso de cuclillas y entonces se giró y le dio a la cadena antes de mear. En serio, fui muy feliz. No hay nada como mirar a los ojos de otra tarada mientras mea para comprender que encontrarás a más gente que te quiera con todas tus miserias, y tu papel higiénico en cantidades industriales.

Excepciones para utilizarlo:
No voy a poder. De verdad que no. Yo intentaré educaros para que meéis libremente, en blandito o en plan vaca. Pero no sé si podré. Y sobre todo, si no conseguimos que este drama consejo se me despegue, no os mandaré a un campamento medio hippy con letrinas en las que tenías que recoger luego la tierra para utilizarla como abono para que entendiéramos el ciclo de la vida. Mira, eso es una cerdada, y hace que casi acabase el campamento con un enema. Futuros hijos míos, creo que se puede tener una vida normal sin conocer el ciclo de la vida. Eso sí, nos vamos a saltar lo de “orinar” y “hacer de vientre”, que bastante dura es la vida social de un niño.

jueves, 11 de noviembre de 2010

45. Es por tu bien, nena.

En mi casa no había tele cuando era pequeña. Bueno, miento, había una en blanco y negro pequeña, pequeña, que según mi madre sólo funcionaba de vez en cuando. El cuando era justo a las 3 y a las 9: a la hora del parte. El caso es que crecí sin tele. A mi madre la tele le parecía una absoluta y rotunda pérdida de tiempo para los niños:
-Ni te abriga, ni te alimenta, ni hace que estudies. ¿Para qué perder el tiempo con ella? No sirve para nada, nena. Abre un libro, corre. Que en los libros siempre dan aventuras buenas y además te las imaginas como tú quieras, que es mucho mejor. En la tele todo es muy aburrido y en dos colores. Además hace tontos a los niños y yo para mí, quiero una niña listísima.
- Pero mamá, todo el mundo tiene tele. Y la tele de Martita lo da todo a colores.
- A mí lo que haga todo el mundo me da igual. Yo no pienso dejar que mis hijas vean los sinsentidos que dan por la tele, que cada vez esta peor, y tú eres muy influenciable, que digo "Jesús" y tú estornudas. Y si quieres colores, miras por la ventana, que hay muchos. Hazme caso que es por tu bien, nena.

Consecuencias del consejo:
Te conviertes en una niña fuera de tu tiempo.

Yo no echaba de menos la tele porque es imposible echar de menos algo a lo que no estás acostumbrada. Tú vives pensando que todas las familias son como la tuya, y que las mejores aventuras las dan en los libros. Pero creces, te relacionas y en el patio juegan a un juego que se llama V y todas las niñas quieren ser Elisabeth la niña de las estrellas, y todos los niños quieren ser Donovan, y como tu aislamiento te hace débil acabas siendo Diana (pronunciado Daiana). Que realmente no te importa, porque no tienes ni jodida idea de quién es la tal Daiana porque estás terriblemente concentrada en adivinar porqué ahora todos los niños juegan a comerse ratones. El caso es que te mueves por el patio con cara de "¿Nos hemos vuelto locos niños? ¿Qué ha pasado con el apasionante Escondite o el siempre sorprendente Bote-bote? ¿O ese relajado y contructivo juego llamado El burro?".
- Los niños se van a la cama con Casimiro. Tú piensas que por qué Casimiro no tiene nunca tiempo de pasar por tu casa para llevarte a dormir, que seguro que es más agradable el señor Casimiro que tu madre a grito pelado gritando que apagues ya la luz si no quieres enterarte de lo qué significa estar cerca de la muerte en un plis plas.
- Los niños gritan "el de Tulipán" cada vez que ven un helicóptero. Tu sonríes y haces como saludas al señor ese de Tulipán al que tampoco tienes el placer de conocer.
- La gente pide, para reyes, Botibotas, tú por si acaso también. Total, te van a traer un puzzle...
- Pero lo que más me sorprendió fue el fenómeno del fútbol. Estaba pasando la tarde en casa de Martita cuando su hermano Juan empezó a llorar porque su equipo de fútbol había perdido. Oye, se abrió el mundo ante mis ojos: ¿El fútbol no era sólo un juego del recreo? ¿Qué nivel tenía el futbol frente a mi amado Escondite para que Juan llorara por perder? ¿Daban también El Escondite por la tele?

Llegué a casa y formulé exactamente esas preguntas a mis padres. Conmocionados, me regalaron una tele en color. Bueno, quien dice me regalaron, dice compraron una para el salón. Bueno en realidad, utilizaron todas las pagas que yo había recogido en la primera comunión y que se supone que eran para estudiar una carrera y compraron la tele.
- Nena, es por tu bien. Dudo mucho que llegues a la universidad si seguimos por este camino.

Excepciones para utilizarlo:
La frase es una mierda y no tener tele de pequeña más. ¿Sabes la típica conversación en el curro en la que alguien dice "Os acordáis de aquella canción de Barrio Sésamo..."? Pues yo no me acuerdo, nunca. Así que futuros hijos míos, ésta nos la vamos a saltar. Y damos por hecho que todo lo que yo haga por vosotros será por vuestro bien. Para eso habéis salido de mis entrañas o de un larguísimo y carísimo proceso de adopción, que es aún peor.

domingo, 10 de octubre de 2010

39. No tires eso que se puede aprovechar.



Kill The Heel
  Según mi madre todo se puede aprovechar, especialmente la ropa. Este era básicamente el ciclo de la vestimenta en mi casa.
Primero, te vestías con ropa heredada:
- Las camisetas que mis primas no querían porque: A eran de propaganda de la carnicería del barrio, B eran de algún color espantoso por ejemplo verde lima a aguas, C tenían un estampado completamente equivocado. Por ejemplo, tuve un chandal con un print de leopardo en rosa y morado en un tejido que a mi madre le parecía lo más de lo más: el táctel. "Nena, no se plancha, no se ensucia y es casi impermeable", me decía ufana. "Ya mamá, pero brillo demasiado, reflejo la luz como el faro de la bici, y me resbalo de la silla", decía yo menos ufana. "Pues te agarras mejor, que te quejas por cualquier cosa".
- Cuando ya estaban completamente pasadas de moda y habían perdido su color, las ropas heredadas pasaban al cajón de los disfraces. "Guarda eso para el disfraz de fin de curso ¿de qué querías ir? Ah sí de Madonna, ya vas a ver qué éxito". "Mamá, Madonna no lleva chandals de táctel. Esa ropa es super cutre incluso para un disfraz". "Y tu eres demasiado super listilla, que con la pinta de fantoche que lleva, cualquier cosa te sirve".
- Cuando ya me había disfrazado de Madonna unas 4 veces y 3 de zíngara, ella lo llamaba zíngara pero las mendigas del barrio quedaban glamurosas a mi lado, la ropa se trasformaba en paños de cocina.
- Cuando los paños de cocina usados habían perdido la dignidad, les llegaba el turno de ser mopas para el suelo. "Nena, ponte esos paños en las zapatillas y arrástrate por la casa, que hay que sacarle un poco de brillo al parqué que lo tengo muy tristón. ¡Nenaaaaa! (Esta es mi madre gritando desde la cocina) Y no derrapes, que la última vez que derrapaste, ¿te acuerdas lo que pasó? Te lo voy a recordar, por si acaso: que conseguiste ponerte el dedo pequeño del pie mirando para el talón. ¿Te acuerdas ahora? Sí, nos acordamos todos ¿verdad nena? Hasta el médico aquel que te sacó fotos porque nunca había visto una fractura así, que ya le dije yo, que la niña nos ha salido especial hasta para partirse un dedo. Pues eso, nada de derrapar".
- Y ya por fin, aquella ropa inmunda conseguía su merecido descanso.

Segundo ciclo económico de la ropa.  Esta era la parte en la que mi madre me compraba ropa, sólo para mí. Pero ¡ah! no hay que emocionarse antes de tiempo. La premisa era: comprar todo dos tallas más para cuando creciera:
- Te está un poco grande nena, pero así te lo podrás poner dentro de un par de años- me decía mientras trataba de colocarme un falda que a Monserrat Caballé le hubiera quedado holgada.
- Pero mamá, si me la piso al andar que parece que tengo cola y aquí dentro cabe otra niña gorda.
- Tonterías. Que creces muy rápido nena, y no hay que tirar el dinero,que como tú no lo ganas pues no sabes lo que cuesta conseguirlo. En un par de meses te quedará estupenda, que te quejas por todo.
- Pero mamíííí, si las mangas de la chaqueta me llegan a las rodillas.
- Bah, bah, eso la remangamos un poco...- y me subía todo el exceso de tejido por los brazos.
- ¡Mamá! Ahora no puedo doblar los codos.
- Pues mejor nena, así, no te arrugas la ropa.
Pasados los dos años:
- Mamá, esta falda me está muy corta.
- Anda, anda, si no enseñas las piernas ahora ¿cuándo lo vas a hacer?
- Pero que me da frío, que justo me tapa el culo.
- Pues te pones unos leotardos, que eres muy quejica.
- Y tiene un agujero.
- Huy nena, te he comprado unas pegatinas de esas que se planchan a la ropa de Snoppy que lo tapan del todo, y encima le dan otro aire, que parece nuevo.
- Pero mamá, Snoppy es para niños y la chaqueta a juego me queda como si fuera de manga corta.
- Ay nena, que cansada eres. Ahora se llevan así, se llama manga francesa. Es lo último y Snoppy también.

Pues eso, el reciclaje lo inventó mi madre, e imaginación no le faltaba para colarte cualquier cosa. Y cuando ya no había manera de meterse en aquellas faldas, cuando le había sacado las pinzas al uniforme porque las tetas ya no entraban allí dentro, cuando las chaquetas se convertían en manga a la sisa, entonces, sí:
- Pues se lo das a tu hermana, que seguro que le queda monísimo.

Consecuencias del consejo:
Mi hermana me odia un poco. Y le encanta estrenar ropa y llamarme para decímerlo. No se lo tengo en cuenta, después de que ella tuviera que llevar aquel espantoso chándal de táctel, al que ya le habían puesto rodilleras después de mi segundo derrape, oye, le perdono lo que sea.

Segunda consecuencia: yo todavía me pongo la ropa de los 17 años. Ahora, a mi madre no le hace ninguna gracia, claro:
- Nena, tienes 31 años ¿no crees que ya puedes tirar esa chupa de cuero que te compré en segundo de BUP? Que yo recuerde era azul marino, y ahora es gris.
- ¿Pero no hay que aprovecharlo todo?
- Sí pero también hay que encontrarte un novio (golpe bajo), y con esa pinta de indigente no te van a querer ni los de Caritas.
Pequeña depresión tipo: voy a morir sola.

Excepciones para utilizar el consejo:
Futuros hijos míos, tenéis suerte. En mi época no había Primark ni H&M, eso sí, no quiero saber nada de derrapes y vosotros no tendréis que sabes nada de coderas. ¿Queda claro?

martes, 21 de septiembre de 2010

37. No te separes del grupo, nena.

Cuándo utilizaba en el consejo:
Dentro de la lista de 534 recomendaciones ordenadas por importancia cuando me iba de excursión, de viaje o a dar una vuelta a la manzana, una de las última era: "No te separes del grupo".

En la lista estaban: "Pórtate bien como si yo te estuviera viendo, y sé educada, como yo te he enseñado. No hables mucho, que tú eres de hablar mucho, y eso cansa. No te metas en lo oscuro. Lleva siempre las bragas limpias por si acaso tienes un accidente, que los médicos vean que eres una niña aseada. Nunca sabes qué te puede pasar. Da siempre las gracias, acuérdate, nena, que eres mucho de olvidarte. No andes tarde por las calles, ni muy pronto, que a esas horas sólo hay maleantes. No te asomes por las ventanas, no aceptes nada de desconocidos, y sobre todo, nena no te separes del grupo".
Yo todavía no entiendo qué tipo de escudo protector le parecían a mi madre los grupos.
- Mamá, ¿y si el grupo se pierde?
- Pues tú te pierdes con el grupo.
- ¿Y si le roban a todo el grupo?  Pues tú los salvas porque te he cosido un bolsillo interno en la falda y te metes ahí el dinero. Los billetes nena, a ver si te vas a meter las monedas, y del peso se te cae la falda y andas con las bragas al aire. Y lleva la mochila para adelante, que así no te robarán. Que hay ladrones muy listos que ni te enteras. Que tu tía Mari cuando fue a Madrid, iba en el metro, que ya le dije yo que qué hacía ella en el metro, que para dos días que va, podían cogerse un taxi. Total, tu tío Ángel que es un poco agarrado, pues ale, en metro. Y la Mari, que mira que es cuidadosa y llevaba el bolso cruzado delante, y con cremallera y todo, un bolso que le regalamos por Navidad, muy bonito, que parece casi de piel, de esos plásticos que lo aguantan todo. Bueno pues se lo abrieron y ella tan tranquila. Que no notó nada dice. Y la Mari, que es veinte veces más cuidadosa que tú, porque sabe lo que vale un peine y el esfuerzo que cuesta ganar dinero, no como tú, que te crees que los pájaros maman, se llevó un disgusto horrible. Con hipo me llamó la pobre, y sobre todo le daba pena que llevaba en la cartera una foto de cuando éramos pequeñas en la que estábamos vestidas de flamencas, ¡más saladas! Y no tenemos copia. Que ya podía el ladrón haber devuelto la cartera, echarla a un buzón, que tu tía todavía va ilusionada cuando llega el cartero y eso que hace tres años desde lo de Madrid. ¿Me estás oyendo nena?
- Que sí mamá, que no me separe del grupo.
- Pues eso.

Consecuencias del consejo:
Ligero aborregamiento. Allá donde hay un grupo, estoy yo.
Confusión cuando le decía a mi madre años después:
- Mamá, que a todo el grupo le dejan salir hasta las 12.
- A mí lo que hagan los hijos de los demás me importa un rábano. Tú, a las 10 en casa y puntual.
- Pero mamá, ¿qué me va a pasar si voy en grupo?
- Te va a pasar que te vas a tirar castigada dos meses sin salir, que no son horas para que una niña ande por la calle. ¡Las 12! Yo hasta que no estuve casada con tu padre no salí por ahí a esas horas. A las 10 y no se hable más.
- Los tiempos cambian mamá- esta soy yo tentando a mi suerte.
- A ver, que igual no me he explicado bien. ¿Qué entiedes tú por "no se hable más"?
Y me callaba, porque yo suicida no era.

Excepciones para utilizar el consejo:
Si sois el quinto Beatle. Si acabo siendo la madre del jodido quinto Beatle, no os queda país para correr.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

34. Nena, tú nunca me escuchas. Ahora, que un día me vas a escuchar.

Vale, trato de no escucharle mucho, esa es la verdad. Pero es que mi madre habla raro y largo, sobre todo largo.
Me explico:
- Nena bájate al trastero y me traes la carpeta roja de las facturas- Parece una orden simple. Ah... pero la simpleza no existe en la comunicación maternal, y ella sigue:
- La roja ¿eh nena? Ni la azul, ni la amarilla.
- Que si mamá, que te oído.
- Sí, sí, tu oyes mucho pero te enteras de poquico que ya lo llevo viendo un tiempo. La carpeta está en el armario del medio, en el del medio, no en el pequeño azul, ni en el grande marrón.  En el del medio, que es como de color caqui, pero está muy viejo. Mira que nos costó dinero ese armario y salió malo, malo. Se lo dije a tu padre, que los de Muebles El Gran Pino son unos liantes. Pero como tienen nombre en el barrio pues te cuelan cualquier cosa a un precio de rico, que podíamos haber comprado otro que había que era de color beige, pero chica, elegí ese porque el beige es tan sucio, es muy poco sufrido. Como la falda esa que te compraste el año pasado, que no te pones nunca. Ya te lo dije: que el beige no aguanta nada y tú eres muy de arrastrarte. ¿Quién te habrá enseñado a ti esa manía de sentarte en el suelo como si fueras una apache? Porque yo no habré sido. Esos son los de la catequesis, que van de místicos modernos y os sientan en corro, ¡habiendo sillas!  Que bien que piden dinero para la Iglesia y luego los niños al suelo, y yo a gastarme dinero en detergente para sacarte todos esos ronchones. Bueno, pues la carpeta está en el tercer cajón. Ni en el primero, ni el segundo. Y no vayas a abrir con fuerza el segundo porque está flojo y mal sujeto, que ya te digo yo, que último mueble que les compro a los de El Gran Pino. ¡Tres años aguantó el cajón! ¿Tú has visto las mesillas que hay en mi cuarto? Pues llevan ahí desde que me casé con tu padre. Las compramos por cuatro duros porque antes nos casábamos con nada, que ahora necisitáis tener un jacuzzi para casaros, que si no, no funciona el matrimonio.  Mucha tontería es lo que tenéis. ¿Cuántas veces habré abierto yo esas mesillas? ¿Miles? Qué digo miles, millones, porque yo por las noches me despierto mucho, que tengo insomnio. Cuando era joven no tenía pero como tú dormías tan mal de pequeña pues me cambiaste el sueño y ahora me despierto muchas veces. Y los cajones siguen como el primer día. Además son de estilo castellano que te va con cualquier cosa y son muy sufridas y ni un arañazo que tienen. ¿Me has oído? Pues no te quedes con esa cara de pasmada que me corre prisa. Le tengo que llamar a tu tía Mari para decirle cuánto me costo la olla exprés, porque ha visto una parecida pero le parece muy cara y yo no me acuerdo de memoria del precio. Chica, se me olvida todo. Han dado en la tele que las almendras son muy buenas y mira que me tomo todas las mañanas tres pero no noto nada, ando fatal de memoria...

¡Dios mamá!, ¡porque la tienes llena de palabras!, hasta arriba, ahí no te entra ni un recuerdo nuevo, todo tiene que resbalar (esto sólo lo pienso mientras pongo cara de concentrada, si lo digo en alto, puedo llegar a ver el mismo centro del infierno en un momentito).

Consecuencias:
Estoy en el tratero y mi memoria rastrea. Recuerdo las palabras carpeta, facturas, amarilla, azul, roja, armario beige. No hay armario beige. Creo que también ha dicho marrón. No, el marrón no era. Está lleno de ropa. ¡Caqui!, era el caqui que es más sufrido. Recuerdo las palabras: segundo cajón. Irremediablemente abro el segundo cajón y todo el contenido cae al suelo, lo recoloco. Nerviosa. Se va a dar cuenta. La he cagado. Abro los otros, hay montones de carpetas. Tengo que abrir las carpetas. ¿Cuál era?  ¡Facturas! ¡Ha dicho facturas! Hay dos carpetas llenas y una especie de archivador con acordeón. Joder. 

- Ya era hora, pues menos mal que te he dicho que tenía prisa.  Llevas ahí abajo más de media hora ¿Pero qué narices haces con todas esas carpetas? Si te lo he dicho, nena, pero tú nunca me escuchas. Ahora que un día me vas a escuchar. Bien clarito te lo he dicho: la carpeta roja del armario caqui en el tercer cajón. Si es que todo lo tengo que hacer yo.

Excepciones para utilizarlo:
Tranquilos futuros hijos míos, no tengo ese don de palabra. He necesitado re-escribir cuatro veces este post hasta que he conseguido que la carpeta fuera del color, estuviera en el armario y en el cajón en que inicialmente había pensado. Será porque no me gustan las almendras.

lunes, 31 de mayo de 2010

6. Los interruptores de la luz también se limpian.

Pues sí, yo no lo sabía, y hasta el momento  en que mi madre me dio ese consejo, jamás había necesitado limpiarlos. O puede que alguna vez, de manera insconsciente, les hubiera pasado un paño. Pero no me levantaba un día y pensaba: Hoy me toca limpiar los interruptores. Ni paseaba por mi casa y pensaba: por dios, tengo que limpiar ese interruptor, que está asqueroso. Vivía más feliz.

Cuando lo utilizó:
La primera vez que conoció mi casa. Yo llevaba 4 días limpiando cada rincón, y luego volviéndolo a limpiar por si acaso, para superar la prueba de Don Limpio de mi madre. Echó un ojo por encima de los muebles, el salón, pasó el dedo por las estanterías... Yo estaba pletórica. Lo había conseguido, no había ni un poquito de polvo. Entonces, de soslayo dijo: los interruptores de la luz también se limpian. Y me vine abajo.

Consecuencias del consejo:
Sufro. Sufro cuando va a venir a mi casa por si hay algún objeto en el que yo jamás he reparado. Sufro limpiando como una loca, y sobre todo, sufro cuando veo un interruptor sucio. Antes no sufría y de eso se trata. No es cuestión de limpiar todo, sino de que no te molesten esas pequeñas suciedades.

Excepciones para usar este consejo:
No lo sé. Si los interruptores de casa de mis hijos están negros y se te pegan los dedos... Creo que no podré contenerme. Es culpa de mi madre, si no me hubiera dicho que hay que limpiarlos...

Variante del consejo:La segunda vez que vino a mi casa, los interruptores estaban impolutos. Así que, de soslayo, dijo: Dentro de las ranuras del radiador también se limpia. Sí mamá, también.