Pues sí, esto del libro tiene su gracia. Qué digo su gracia, que el otro día me llegó el adelanto del primer ejemplar y estuve llorando media hora de la ilusión. Tanta ilusión había en mí que me saqué una foto y la subí a mi Facebook con el primer ejemplar, y esa cara de panoli que hubiera puesto con 8 años si los reyes magos me hubieran traído la dichosa Barbie. Vamos, panoli total. Toda emocionada la subo, y se me escapó un pequeño detalle, subí una foto en pijama. Todavía aguanto las bromas de mis amigos. Y no solo eso, mis amigos la andan compartiendo por ahí… Como le llegue a mi madre, estoy jodida.
El libro tiene su gracia pero también tiene una parte que me tiene algo desubicada. La gente me puede conocer, ver mi cara, y como me entre mucha ilusión, incluso ver mi pijama. Soy así: espontánea y, sobre todo, algo cutre. Y en éstas estoy, porque este mes salgo en la revista ELLE. Desde noviembre trabajó ahí en la web. Y mis compañeras han querido sacarme una foto y hacerme una preciosa página hablando del libro. Que la foto es preciosa, vamos, que salgo bastante más guapa de lo que soy. Mirando al horizonte, como pensativa y quieta. Esto son dos cosas que nunca me pasan. Yo no tengo capacidad de concentrarme en el horizonte y pensar: qué bonita es la vida. Yo soy movidita. Yo miro el horizonte de pasada mientras me como las uñas y pienso que va a llover. Y lo de quieta… Pobre fotógrafa… Me puse nerviosa, pero nerviosa nerviosa, vamos, que perdí un kilo en la sesión. Y me dio por hablar, esa chica ya se sabe mi vida, mi infancia, porqué tengo la nariz torcida, que el pelo retirado me queda mejor, que estoy deseando que llegue la época de gazpacho, que me desmayo con frecuencia… Le conté todo. Me deja dos minutos más y le doy mi PIN. Creo que tuvo que andar mal para encontrar una foto en la saliera con la boca cerrada…
El caso es que salgo bien. Yo me veo bien, todo el mundo te dice esa cosa algo torturadora que es: “sales súper bien, no pareces ni tú”. Yo me contengo las ganas de sacarles los ojos, porque ya os he dicho que tengo un ejemplar de mi libro, y voy flipada por la vida. En plan, me pisas un pie, no me importa ¿te he dicho que publico un libro?; me das un golpe en el coche ¿qué mas da? ¿te he dicho que publico un libro? Es más, el otro día cogí un taxi y le conté que publicaba un libro. Así tal cual.
- Pues parece que va a llover- me dice el hombre
- Y qué mas da, señor, si yo publico un libro
Vamos que estoy en plan Umbral, a todos los sitios a los que voy, hablo de mi libro… A ver cuánto me duran los amigos.
Bueno, el caso es que le llevo a mi madre la página de ELLE, plastificada. ¡Su hija! En una revista como ELLE. Toda una página para ella solita ¿Y qué dice mi madre?
- Mira nena, te lo tengo que decir porque soy tu madre. Y si tu madre no te dice la verdad, quién te lo va decir. Esa fotógrafa sabrá mucho de luz y habrá conseguido sacarte sin que salgas borrosa, hablando o con los ojos cerrados. Que esto ya es mucho. No como en las fotos de la boda. Que yo no sé cómo lo has hecho. Que pareces un ente en todas las fotos. El fantasma de la boda te van a llamar. ¡Que cruz! Menos mal que hay vídeo. A ver si ahí se te ve un poco normal. Pues mira, bastante mérito tiene esa chica con la foto. Eso sí, a ti ese peinado medio suelto no te va. Tú tienes mucha quijada…- aquí ya intervengo.
- Por dios mamá, por lo menos, di mandíbula.
- Mandíbula, quijada, lo mismo da. Que se te ve una frente estrechica y esa mandíbula para partir nueces. Que te empeñas tú. Que no me creo que fuera la fotógrafa esa la que te pusiera ese recogido. Eso es una manía tuya. Que te agarras cuatro pelos y te dejas la melena de leona suelta y no te favorece nada. Te lo tengo que decir.
- Mamá, todo el mundo me ha dicho que estoy guapa, que no parezco ni yo.
- Anda ya, nena, que tu eres veinte veces más guapa que la que sale en esa foto hombre. Pero con todo el pelo retirado, como tiene que ser.
Vamos, que mi mejor crítica la tengo en casa… Eso sí, en mi pueblo, en un día, se ha agotado el ELLE y mi madre va por las librerías tapando las otras revistas, por si acaso va alguien y no compra la de su niña, que por mucha quijada que tenga, es la suya.
PD. De la boda solo os voy a decir una cosa: pelo suelto. Viva la madre que parió a la peluquera que me hizo unas ondas hacia atrás que le encantaron a mi madre. Aunque tendríais que haber visto el repaso que me metió ella con el bote de laca cuando salíamos por la puerta.
- Así nena, que se quede levantado, que se te vea bien.
Menos mal que el viento y la lluvia ayudaron a que el flequillo que me dejó, rollo 'Algo pasa con Mary', bajara un poco. ¿Os he dicho que el 3 de mayo publico un libro? Por si acaso…
viernes, 20 de abril de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
No me aguanto
Cuando me pongo nerviosa hablo, hablo mucho. Soy capaz de contarle mi vida a cualquiera. Si bueno, ya lo sé, en realidad ya os he contado mi vida... Pero es que soy nerviosa todo el rato.
A lo que iba, hoy estoy histérica porque el sábado es el gran día, tengo dos vestidos de verano, amenaza de tormenta, una previsión meteorológica de 6 grados, un discurso en mis manos, una manicura con la que no soy capaz ni de fumar, 2 maletas y una drama mamá que pesa más que todo eso. Bueno, y nos queda el tema peinado... E insisto no soy la novia. Si lo fuera, creo que estaría ingresada. Así que, en este clima tan relajado. No me aguanto:
¿A qué es bonita? Lo más increíble es que la ilustradora, Luci Gutierrez, no me conoce de nada, ni a mi madre. Es más, ha visto las mismas fotos que vosotros, y ¿sabéis? ¡Nos ha clavado! Pero si hasta yo tenía un vestido igual. Por no hablar de mi madre... La misma melena, la misma diadema y la misma carita de: "nena, que no te lo tenga que repetir..." Le falta el audio, porque una drama mamá sin audio, pues pierde encanto. Por ejemplo podría decir lo que acabo de oír hace un rato por teléfono:
- Vete pronto a la cama, que mañana tienes que conducir. Despacio ¿eh? Y por tu derechica. Y cuelga bien el vestido, el bonito, el otro, ni lo traigas. Y no llegues tarde, que nos conocemos, y tenemos que decidir qué peinado vas a llevar.
- Pues suelto, mamá, con alguna onda.
- ¡Ondas te voy a dar yo a ti! ¡Pero a sopapos! Te agarras el pelo, hombre que si te lo agarras... Bien tirante, que se te vea bien la cara. Te he comprado unas horquillas con brillitos que te van a encantar.
- Mamá, que no me gustan los brillos.
- ¿Pero qué te pasará a ti con los brillos por Dios? Que no tienes ni idea, eso te pasa. Si quieres te ponemos una cuerda para la boda de tu hermana. ¡Por encima de mi cadaver! Ya vas a ver qué bien vas a ir. Y te traes los pendientes finos. Los elegantes. No esos colgantes hippies que te pones. Que a veces me llevas una pinta de apache. Que no lo entiendo, porque tú contacto con los apaches no has tenido. Eso es culpa de la tele. Que os enseña cada cosa. El otro día ví un programa sobre unas madres que buscaban novia a sus hijos. ¿Tú has visto eso? Una locura, nena. ¿Pero esa gente donde vive? Porque yo no me los encuentro comprando el pan. Me daría cuenta. Y luego te quejas tú de mí. Con lo normal que soy como madre. Si a mí, con ir bien peinada me tienes contenta. Bueno, y bien vestida. Finica, nena, en la vida hay que ser fina. Y más a una boda. Que la gente confunde ir guapa con ir reventona. Venga y a dormir ya.
En fin, que más que nerviosa, me ha puesto histérica y no me he podido aguantar.
PD. Para los del otro lado de charco, bueno y los que quieran de aquí, el libro se va a vender en Amazon. Ya está en preventa en aquí.
¡AH! Y aunque parezca increíble, hay otra autora con el mismo nombre que yo que ha escrito un libro sobre el patrimonio histórico de Navarra, que también os lo podéis comprar, porque Navarra es rebonito. Pero vamos, que no soy yo, lo digo sobre todo para que su madre no la mate. Con una drama mamá disgustada, tenemos más que suficiente.
A lo que iba, hoy estoy histérica porque el sábado es el gran día, tengo dos vestidos de verano, amenaza de tormenta, una previsión meteorológica de 6 grados, un discurso en mis manos, una manicura con la que no soy capaz ni de fumar, 2 maletas y una drama mamá que pesa más que todo eso. Bueno, y nos queda el tema peinado... E insisto no soy la novia. Si lo fuera, creo que estaría ingresada. Así que, en este clima tan relajado. No me aguanto:
¿A qué es bonita? Lo más increíble es que la ilustradora, Luci Gutierrez, no me conoce de nada, ni a mi madre. Es más, ha visto las mismas fotos que vosotros, y ¿sabéis? ¡Nos ha clavado! Pero si hasta yo tenía un vestido igual. Por no hablar de mi madre... La misma melena, la misma diadema y la misma carita de: "nena, que no te lo tenga que repetir..." Le falta el audio, porque una drama mamá sin audio, pues pierde encanto. Por ejemplo podría decir lo que acabo de oír hace un rato por teléfono:
- Vete pronto a la cama, que mañana tienes que conducir. Despacio ¿eh? Y por tu derechica. Y cuelga bien el vestido, el bonito, el otro, ni lo traigas. Y no llegues tarde, que nos conocemos, y tenemos que decidir qué peinado vas a llevar.
- Pues suelto, mamá, con alguna onda.
- ¡Ondas te voy a dar yo a ti! ¡Pero a sopapos! Te agarras el pelo, hombre que si te lo agarras... Bien tirante, que se te vea bien la cara. Te he comprado unas horquillas con brillitos que te van a encantar.
- Mamá, que no me gustan los brillos.
- ¿Pero qué te pasará a ti con los brillos por Dios? Que no tienes ni idea, eso te pasa. Si quieres te ponemos una cuerda para la boda de tu hermana. ¡Por encima de mi cadaver! Ya vas a ver qué bien vas a ir. Y te traes los pendientes finos. Los elegantes. No esos colgantes hippies que te pones. Que a veces me llevas una pinta de apache. Que no lo entiendo, porque tú contacto con los apaches no has tenido. Eso es culpa de la tele. Que os enseña cada cosa. El otro día ví un programa sobre unas madres que buscaban novia a sus hijos. ¿Tú has visto eso? Una locura, nena. ¿Pero esa gente donde vive? Porque yo no me los encuentro comprando el pan. Me daría cuenta. Y luego te quejas tú de mí. Con lo normal que soy como madre. Si a mí, con ir bien peinada me tienes contenta. Bueno, y bien vestida. Finica, nena, en la vida hay que ser fina. Y más a una boda. Que la gente confunde ir guapa con ir reventona. Venga y a dormir ya.
En fin, que más que nerviosa, me ha puesto histérica y no me he podido aguantar.
PD. Para los del otro lado de charco, bueno y los que quieran de aquí, el libro se va a vender en Amazon. Ya está en preventa en aquí.
¡AH! Y aunque parezca increíble, hay otra autora con el mismo nombre que yo que ha escrito un libro sobre el patrimonio histórico de Navarra, que también os lo podéis comprar, porque Navarra es rebonito. Pero vamos, que no soy yo, lo digo sobre todo para que su madre no la mate. Con una drama mamá disgustada, tenemos más que suficiente.
jueves, 5 de abril de 2012
Yo no quería
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| Solo recortables |
Os cuento qué he estado haciendo los últimos fines de semana de mi vida. Yo odio de ir de compras. Y lo segundo que más odio es probarme ropa. Ya sabéis que lo primero que más odio son las vainas. Pues creo que me he probado más de 100 vestidos en las últimas semanas, igual me quedo corta y han sido 200. Tenemos una boda en breve, en realidad es LA BODA. Se nos casa la mini nena, mi pequeña voladora de cojines y teníamos pendiente la compra de mi vestido. Yo creo que fue más fácil elegir la carrera que este jodido vestido.
Como me separan 400 kilómetros de mi drama mamá, la tecnología ha venido a facilitarnos la tarea. O no, según se mire, también puede que la tecnología haya venido a joderme a mí la vida por completo. Puede ser. El caso es que para que mi drama mamá diera el visto bueno a mi vestido, iba de tiendas, me sacaba fotos en el probador, y luego por whatsapp, se las mandaba a mi hermana que se las enseñaba a ella. Así más de 100 veces.
Esto me ha granjeado pequeñas amistades con muchas dependientas de Madrid. Con alguna puede que quede a tomar un café, después de que la muchacha me sacara 12 fotos de 12 vestidos, y tuviera que volver una segunda vez porque, según mi madre, el vestido más bonito había salido borroso, y era una pena. El caso es que he descubierto que los vestidos, además de largos, cortos y de palabra de honor, pueden ser:
- De fulana. “Con lentejuelas no, nena que son de fulana, a ver qué van a pensar los invitados”.
- Demasiado cortos. “Como camiseta aún pero ¿eso un vestido? No me hagas reír, nena, no me hagas reír”.
- Demasiado largos. “Alé, ya tenemos a la princesa frustrada de tu interior. Y si quieres te compramos unos zapatos de cristal y una carroza. Por favor nena, que es una boda, no una fiesta en Disney”.
- Demasiado rojos. “A ver, ¿cuántas veces te he dicho que siendo tan morena el rojo hay que dosificarlo? Que hay que ser muy fina para aguantar tanto rojo. Tú, como mucho, en un broche”.
- Muy hippys. “¿Pero tú te crees que esta es la boda de Potxolo? Que estamos en el norte y tú Ibiza ni lo conoces”.
- Muy paletos. “¿Pero se puede saber de qué tienda es ese vestido? ¿De los saldos de “La madrina más hortera”? No quiero ni verlo”.
- Horriblemente paletos. “Es que ni voy a comentar ese. Por dios, si brillas más que una bola de discoteca. Vas a parecer una iluminada en todas las fotos. Lo bueno es que el fotógrafo no necesitará flash. Con la luz que desprendes nos vale”.
- Cutres. “Eso es de ganchillo, nena, eso no es puntilla. Y el ganchillo es para los ponchos, o para cantar en un grupo peruano, no para un vestido de boda”.
- Infantiles. “Eso no es una capa, es un babero”.
- Para súper héroes “Hombre, si quieres ir de Batman, esa capa está bien. Es el vestido perfecto para que salgas volando cuando termine el baile. Bueno, por lo menos nos ahorraremos el taxi de vuelta”.
- De un color equivocado. “Lo llaman color coral para que quede sofisticado, pero el coral es en realidad el quisquilla de toda la vida, y no combina con nada. A tu lado Agatha Ruiz de la Prada iría discreta”.
Así que, después de este cansado proceso de adjetivado, mi madre me llama un día y me sugiere lo más increíble que me ha propuesto nunca:
- Nena, que he hablado con Maricristi (una gran amiga de mi madre que vive en Madrid) y hemos decidido que te va a acompañar de compras.
- ¿Pero qué estás diciendo?
- Pues eso, que va contigo. Nena, que tú ves una gasa y ya te piensas que es una seda. Y no quiero que vayas hecha un fantoche, que es un día importante, y ahí quedan las fotos para siempre.
- ¿Pero qué dices mamá? ¿Te has vuelto loca? ¿Te parece normal que me mandes con carabina a comprarme un vestido con 33 años? ¡De eso nada!
- ¿Y a ti te parece normal que te hayas llegado siquiera a probar ese vestido color verde sucio con los hombros dorados que parece un disfraz de pilingui de los 80? ¡Y con esa tela! Que no llevaba ni dobladillo ni nada. Y encima dices que no te disgustaba. ¡Eso sí que no es normal! Que tienes el gusto atrofiado. Yo creo que es por culpa de los campamentos, la verdad. Que te educaste el gusto con esos hippys, porque desde luego a mí no me habrás visto con uno de esos pingos. Nena, un buen adamascado de piqué, y manga a la sisa. Algo bueno, de una tela dura, que te equilibre un poco esas piernas de ave zancuda que tienes. Eso necesitas tú. Bueno, y alejarte de los ponchos y las capas, que yo creo que tú confundes una boda con una fiesta de disfraces.
La verdad que igual necesitaba un adamascado de esos pero como no tengo ni idea de lo que es, pues me compré un vestido muy normalito, bastante recto, hasta la rodilla, sin adornos, ni escotes, con un volante alrededor de los hombros y ya. Eso sí, me lo compré sin mandarle foto por whastapp porque me di cuenta de que jamás iba a darle el ok a ninguno. Una vez pagado, le mandé la foto y entonces descubrí una nueva tipología de vestidos: los vestidos que le quitan las ganas de vivir a mi madre. Ajá, así mismo, nada dramático.
Resultado final:
Tengo dos vestidos. En un primer momento me hice la fuerte y me atrincheré. En plan: no me pienso comprar otro y me da igual lo que diga ella. Pero no, no tengo tanto aguante. Después de 3 días casi sin hablarme. Dos días de indirectas acerca de mis capacidades visuales y sociales. Otros dos días de acoso y derribo y un día de me quitas las ganas de vivir, me compré otro vestido. Éste no nos vuelve locas a ninguna de las dos pero tampoco le quita las ganas de vivir a ninguna. Eso sí, al día siguiente de la boda me van a ingresar por pulmonía. Debe ser la única vez que a mi madre no le importa que me coja un catarro. Porque para el día D, la previsión meteorológica es de 6 grados. Y voy de seda, sin mangas…
Ahora nos queda el peinado. A ver quién narices le explica que lo voy a llevar suelto… ¿Para qué que me engaño? Voy a llevar exactamente el recogido que quiere ella: “Subido por delante, con volumen, que tienes la cara muy redonda y bien retiradico de la cara, que te dé pinta de limpia, como debe ser. O bueno, con diadema, nena, lo que no soluciones una buena diadema…”.
¡Y yo no soy la novia! ¿Os imagináis lo que podría ser casarme un día? Yo me lo imagino perfectamente. Va a ser en Las Vegas y mi madre ni se va a enterar.
martes, 20 de marzo de 2012
100. Yo confieso...
Yo confieso… Yo confieso que me llamo Amaya y que mi madre va a leer este post. Coño, que tortura decirlo. Yo, Amaya (¡lo he vuelto a decir!) confieso que llevo una semana con la primera frase escrita. Y nada, que después no salían palabras, con lo que largo yo…
Confieso que soy la nena. Involuntariamente claro, yo hubiera preferido ser Monica Belucci, pero soy la nena. Así es la vida. Aunque ser la nena a veces tiene su gracia. Estas veces no son cuándo he ido disfrazada de basura, ni cuando me he abierto la crisma, cuándo he perdido a mi hermana, tampoco cuando mi madre me asalta con una de sus larguísimas llamadas maternales. Es más, ser la nena en esos casos es un castigo. Pero ha habido otras veces que ha estado bien. Ser la nena ha implicado reírse mucho y tener cientos de batallitas, porque quizás a mi madre la exageré, pero yo he sido una niña terrible. Menos mal que me he vuelto una adulta de provecho… De alquiler, pero de provecho, diga lo que diga ella…
Yo confieso que empecé este blog a lo loco, como casi todo lo que he comenzado en la vida. Y que se me fue de las manos, como casi todo en la vida también. Otra de las habilidades de la nena.
Confieso también que me muero de pensar que sabéis quién soy. Porque soy introvertida, bastante seria, y no sé cómo narices he acabado escribiendo 99 post sobre mi vida, la de mi madre y la de mi familia. De verdad que no lo sé. Creo que es un poco culpa vuestra. Bastante culpa diría. Porque me arengáis a revolveros los recuerdos y así no hay manera. Porque yo también confieso que a mí no hay quien me pare a hablar. Y vosotros no paráis de preguntar… O eso creo.
Confieso que esto fue inicialmente un acto de escritura. Yo soy muy vaga y pensé que un blog me obligaría a escribir. Justo después de eso pensé que mi madre tenía historias para rato, y mis tías, mis abuelas, mis vecinas… Y aquí estamos: 100 post.
Yo confieso que me he sentido increíblemente cómoda riéndome con todas vuestras madres. Confieso también que me he sentido más acompañada en el exceso de bagaje maternal que arrastro. Y también un niña bastante normal al saber que existe otra pobre a la que disfrazaron de fallera con blondas de magdalena y otra niña que llevaba bragas de papel a los campamentos. ¡Nenas, sois unas supervivientes!
También confieso que pensé que esto podía ser un libro estupendo para que se venda el día de la madre, y que un libro que se vende mucho mucho podría llevarme exactamente al lugar donde yo debería estar desde hace (según mis sueños de adolescente) 5 años. Y ese lugar es una casa en la playa. Ahí estoy yo desde hace años. Tengo hasta las fotos recortadas de la casa que me pienso comprar. Y tengo un perro marrón que se llama Don Giovanni. No sé por qué pero siempre he tenido claro que ese es mi lugar en el mundo y Don Giovanni, mi perro. Yo estoy en el porche y se ve el mar. Y tengo los pies de arena mientras tomo vermut y aceitunas. Bueno, a veces regaliz. Y nunca vainas. ¿Me veis? Si hasta sé que suena Nina Simone. El caso es que el plan se me estaba retrasando. Y pensé: “nena, tienes que forrarte y marcharte al sur”, que como dice mi madre: con calor, las penas son menos penas. Así que con toda mi inconsciencia escribí el primer consejo: “Nena, no te asomes por las ventanas”. Y tontamente, otra vez como casi todo en mi vida, presenté el proyecto a una editorial. Y dijeron que sí. Puse una cara de sorpresa enorme. Dentro de todas las caras de sorpresa probablemente alcance la segunda posición. La primera fue el día que mi madre me dijo, después de confesarle que tenía este blog: “si te tienes que hacer rica, riéndote de tu madre, que así sea”. Sorpresa total. Super piñata sorpreril… Ya paro.
El caso es que sí, la editorial Planeta dijo sí. Y llevo editando mis post, y haciendo correcciones meses. Aguantándome las ganas de largarlo por todos los sitios y yo, creo que sobra decirlo, soy muy de largar. Es más, me duele la lengua de mordérmela. Palabra. Os contaría encantada qué dijo mi madre, pero ya os he explicado que mi lugar en el mundo está en esa casa frente al mar. Así que, yo confieso que eso me lo guardo para el libro. Porque me podría fiar de todos vosotros y pensar que sí, que estáis dispuestos a compraros el libro y hacerme muy rica, si os cuento aquí el final. Podría, pero mi madre me enseño eso de “Por si acaso, nena, por si acaso”. Así que por si acaso, y para salvar a mi perro Don Giovanni de otro dueño mucho más cruel, hasta aquí puedo leer.
También confieso que algunas de vuestras madres salen en el libro, porque la mitad de este blog lo han hecho todos los hijos sufridos de España y Latino América contándome sus anécdotas como la pobrecica que le hicieron una boti bota con una cuerda un brick de leche (Es que cada vez que lo pienso me meo), las historias de todas esas niñas que suspiraban por una Barbie con una barriguita negra o china en la mano, los niños con bigote porque sus madres no les dejaban afeitarse, y las de los hermanos obligados a pedirse perdón. Así que he cogido algunas de vuestras historias y las he publicado. Esa soy yo. Hubiera publicado muchas más, pero Planeta me ha asegurado que no están las cosas para publicar enciclopedias de batallitas infantiles. Una pena. Probablemente, dentro de 200 años, sería la mejor manera de entender los 80 en España: la generación de los cassettes y el Un, dos, tres; gente que decía la palabra “guay” o “súper guay”, gente que valoraba un estuche de Fido Dido y que mojaba los gusanitos en la Coca Cola.
Yo confieso que seguiré con el blog. No sé cómo porque, por muy bicho que yo haya sido, no me quedan tantas batallas… Bueno, me queda la de cuándo salté por la borda de bote un de agua en el que estaba toda mi familia después de haber metido una enorme medusa dentro, salté y me llevé los remos… También cuándo decidí que mi futuro estaba en tocar la batería, o cuándo me imaginé que un vecino era un mafioso y le insultaba en el ascensor en plan niña con el síndrome de Tourette… Quedarme me quedan, pero creo que a mi madre la voy a dejar en paz. Más o menos. Bastante tiene ya.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, mi madre vive aterrorizada de que la gente se crea todo lo que yo digo, cuando todos sabemos que yo siempre he sido muy exagerada, "que ves una paloma y ya andas diciendo que es un flamenco, nena”.
Así que nenas y nenes, el 3 de mayo de 2012, en sus librerías Cómo no ser una drama mamá. Yo no sé vosotros, pero yo pienso regalárselo a la mía para el día de la madre. Deseadme suerte. La voy a necesitar.
Confieso que soy la nena. Involuntariamente claro, yo hubiera preferido ser Monica Belucci, pero soy la nena. Así es la vida. Aunque ser la nena a veces tiene su gracia. Estas veces no son cuándo he ido disfrazada de basura, ni cuando me he abierto la crisma, cuándo he perdido a mi hermana, tampoco cuando mi madre me asalta con una de sus larguísimas llamadas maternales. Es más, ser la nena en esos casos es un castigo. Pero ha habido otras veces que ha estado bien. Ser la nena ha implicado reírse mucho y tener cientos de batallitas, porque quizás a mi madre la exageré, pero yo he sido una niña terrible. Menos mal que me he vuelto una adulta de provecho… De alquiler, pero de provecho, diga lo que diga ella…
Yo confieso que empecé este blog a lo loco, como casi todo lo que he comenzado en la vida. Y que se me fue de las manos, como casi todo en la vida también. Otra de las habilidades de la nena.
Confieso también que me muero de pensar que sabéis quién soy. Porque soy introvertida, bastante seria, y no sé cómo narices he acabado escribiendo 99 post sobre mi vida, la de mi madre y la de mi familia. De verdad que no lo sé. Creo que es un poco culpa vuestra. Bastante culpa diría. Porque me arengáis a revolveros los recuerdos y así no hay manera. Porque yo también confieso que a mí no hay quien me pare a hablar. Y vosotros no paráis de preguntar… O eso creo.
Confieso que esto fue inicialmente un acto de escritura. Yo soy muy vaga y pensé que un blog me obligaría a escribir. Justo después de eso pensé que mi madre tenía historias para rato, y mis tías, mis abuelas, mis vecinas… Y aquí estamos: 100 post.
Yo confieso que me he sentido increíblemente cómoda riéndome con todas vuestras madres. Confieso también que me he sentido más acompañada en el exceso de bagaje maternal que arrastro. Y también un niña bastante normal al saber que existe otra pobre a la que disfrazaron de fallera con blondas de magdalena y otra niña que llevaba bragas de papel a los campamentos. ¡Nenas, sois unas supervivientes!
También confieso que pensé que esto podía ser un libro estupendo para que se venda el día de la madre, y que un libro que se vende mucho mucho podría llevarme exactamente al lugar donde yo debería estar desde hace (según mis sueños de adolescente) 5 años. Y ese lugar es una casa en la playa. Ahí estoy yo desde hace años. Tengo hasta las fotos recortadas de la casa que me pienso comprar. Y tengo un perro marrón que se llama Don Giovanni. No sé por qué pero siempre he tenido claro que ese es mi lugar en el mundo y Don Giovanni, mi perro. Yo estoy en el porche y se ve el mar. Y tengo los pies de arena mientras tomo vermut y aceitunas. Bueno, a veces regaliz. Y nunca vainas. ¿Me veis? Si hasta sé que suena Nina Simone. El caso es que el plan se me estaba retrasando. Y pensé: “nena, tienes que forrarte y marcharte al sur”, que como dice mi madre: con calor, las penas son menos penas. Así que con toda mi inconsciencia escribí el primer consejo: “Nena, no te asomes por las ventanas”. Y tontamente, otra vez como casi todo en mi vida, presenté el proyecto a una editorial. Y dijeron que sí. Puse una cara de sorpresa enorme. Dentro de todas las caras de sorpresa probablemente alcance la segunda posición. La primera fue el día que mi madre me dijo, después de confesarle que tenía este blog: “si te tienes que hacer rica, riéndote de tu madre, que así sea”. Sorpresa total. Super piñata sorpreril… Ya paro.
El caso es que sí, la editorial Planeta dijo sí. Y llevo editando mis post, y haciendo correcciones meses. Aguantándome las ganas de largarlo por todos los sitios y yo, creo que sobra decirlo, soy muy de largar. Es más, me duele la lengua de mordérmela. Palabra. Os contaría encantada qué dijo mi madre, pero ya os he explicado que mi lugar en el mundo está en esa casa frente al mar. Así que, yo confieso que eso me lo guardo para el libro. Porque me podría fiar de todos vosotros y pensar que sí, que estáis dispuestos a compraros el libro y hacerme muy rica, si os cuento aquí el final. Podría, pero mi madre me enseño eso de “Por si acaso, nena, por si acaso”. Así que por si acaso, y para salvar a mi perro Don Giovanni de otro dueño mucho más cruel, hasta aquí puedo leer.
También confieso que algunas de vuestras madres salen en el libro, porque la mitad de este blog lo han hecho todos los hijos sufridos de España y Latino América contándome sus anécdotas como la pobrecica que le hicieron una boti bota con una cuerda un brick de leche (Es que cada vez que lo pienso me meo), las historias de todas esas niñas que suspiraban por una Barbie con una barriguita negra o china en la mano, los niños con bigote porque sus madres no les dejaban afeitarse, y las de los hermanos obligados a pedirse perdón. Así que he cogido algunas de vuestras historias y las he publicado. Esa soy yo. Hubiera publicado muchas más, pero Planeta me ha asegurado que no están las cosas para publicar enciclopedias de batallitas infantiles. Una pena. Probablemente, dentro de 200 años, sería la mejor manera de entender los 80 en España: la generación de los cassettes y el Un, dos, tres; gente que decía la palabra “guay” o “súper guay”, gente que valoraba un estuche de Fido Dido y que mojaba los gusanitos en la Coca Cola.
Yo confieso que seguiré con el blog. No sé cómo porque, por muy bicho que yo haya sido, no me quedan tantas batallas… Bueno, me queda la de cuándo salté por la borda de bote un de agua en el que estaba toda mi familia después de haber metido una enorme medusa dentro, salté y me llevé los remos… También cuándo decidí que mi futuro estaba en tocar la batería, o cuándo me imaginé que un vecino era un mafioso y le insultaba en el ascensor en plan niña con el síndrome de Tourette… Quedarme me quedan, pero creo que a mi madre la voy a dejar en paz. Más o menos. Bastante tiene ya.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, mi madre vive aterrorizada de que la gente se crea todo lo que yo digo, cuando todos sabemos que yo siempre he sido muy exagerada, "que ves una paloma y ya andas diciendo que es un flamenco, nena”.
Así que nenas y nenes, el 3 de mayo de 2012, en sus librerías Cómo no ser una drama mamá. Yo no sé vosotros, pero yo pienso regalárselo a la mía para el día de la madre. Deseadme suerte. La voy a necesitar.
martes, 14 de febrero de 2012
99. No andes descalza nena.
| Running and Rambling |
Cuándo lo utilizaba:
Mi hermana y yo teníamos los pies planos y varos, que viene siendo sin arco y ligeramente inclinados hacia el interior. Esta ligera deformación, en mi casa se vivió como una terrible cruz, en plan: las niñas tienen tres brazos. Como si de mayores no fuéramos a tener una vida normal por unos pies pochos.
La culpa de todo la tuvo un podólogo al que se le ocurrió decir en la primera revisión: «Esto, si no se corrige, en la vejez produce deformaciones de la columna vertebral». Y agregó: «Qué pena que no sean chicos porque, por lo menos, les habrían dado por inútiles en la mili».
Y la palabra «inútiles» cayó sobre mi madre como una losa. Bueno, la losa también cayó sobre mi hermana y sobre mí. Siempre hemos sido de compartir losas en mi familia. Así que lo primero fue cambiar de podólogo por uno algo más innovador y que no adjetivara tanto. Eso también lo vimos importante. Y pasamos a la época de nuestros ejercicios de recoger bolis con los pies. Sí, ése fue un ejercicio habitual tres veces por semana. Lo sé, suuúper normal.
El podólogo innovador que no adjetivaba propuso una terapia que combinaba llevar los jodidos zapatos de Frankenstein (con refuerzo de hierro en los laterales), sumado a unas plantillas con unos bolos que te hacían cagarte en el cuento de la princesa y el guisante y, por último, la prohibición de no andar descalzas nunca, excepto en la arena de la playa. Y como complemento terapéutico, teníamos que ejercitar la flexibilidad de los dedos de los pies. Una cosa muy práctica para el futuro. Eso, junto con la trigonometría, lo que más he tenido que utilizar yo en mi vida.
El caso es que nos sentaban en el sofá del salón, mientras mi madre nos tiraba bolis y lápices a la alfombra y nos pegábamos así una hora, recogiéndolos. Todo sin tele. ¿Qué se os ocurre que pueden hacer dos niñas en esa amena situación? Pues fácil: poner de los nervios a cualquiera; eso sí, cada una cazábamos un boli al vuelo con los pies. Insisto, súper, súper normal.
Consecuencias del consejo:
Odio atroz al podólogo, al que adjetiva y al otro, y un ligero complejo de Forrest Gump en el cole.
Segunda consecuencia: locura total ante unos zapatos merceditas, sin hierros, finitos, con su tacón y su pinta de no ser los zuecos de Hulk, que mirábamos en la zapatería de debajo de mi casa como la más ansiada de las pertenencias.
Cierta amistad con la zapatera. Nos miraba, miraba nuestros pies, nos sonreía con lástima.
Cuarta consecuencia: lo dicho, una portentosa habilidad para recoger cosas con los pies que se mostró en todo su esplendor un día en la piscina, cuando cogí una pelota de ping–pong con el pie. Total y absoluta admiración de la cuadrilla de la pisci. Y preferencia para tirarme del trampolín desde aquel momento. Yo con los pies recojo lo que me pidas. Un alfiler, un alfiler. El sueño de todo ser humano.
Consecuencias en mi hermana: vacío existencial. Todavía tiene los pies planos.
Y por último: me encanta andar descalza. Pero no un encantarme de «qué placentero es no llevar zapatos», sino más bien de «abajo la dictadura de las zapatillas de andar por casa. ¡Revolución!».
Consecuencias en mi madre: estrambóticas broncas que ningún vecino entendía. Si me pillaba descalza, me lanzaba el doble de bolis y me amenazaba:
—Nena, como te vuelva a pillar descalza, te tiro un fosforito. De los gordos, ¿eh? ¿Me has oído?
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, me da lo mismo lo que digan. Quitaros los calcetines y apoyad los pies en la hierba, en la tierra, en la arena, en la madera, en las baldosas… ¿Lo notáis? Eso se llama libertad y a veces, pocas, a uno le vale andar descalzo para sentirla. No os lo vayáis a perder por una tontería de calcetines.
jueves, 9 de febrero de 2012
98. No abras eso con los dientes
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| Última foto de la nena con dientes. |
También vaya por delante que si tú a mi prohíbes algo, consigues que las pipas, las manzanas y los bocatas se conviertan en mi alimento preferido al instante.
Y luego también está la niña empírica que vivía dentro de mí y que tenía que confirmar aquella recomendación del dentista en sus propias carnes, bueno, dientes:
—A partir de ahora, la niña tiene que tener cuidado con lo que muerde. Siempre mejor con las muelas. Y que se olvide de cosas duras si quiere que esos dientes le lleguen a los 20 años.
Así que mi drama mamá incluyó aquel discurso dentro de su retahíla de discursos varios:
—Ya has oído al dentista. Nada de morder duro. Que con lo que nos han costado esas palas, como para romperlas. ¡Más que mi Seiscientos! Además, si no quieres que te tengan que poner implantes con 15 años, más te vale conservarlas. Bueno, no sé si te importará lo de los implantes, pero como yo tenga que volver a pagar por otras falsas, te pongo a trabajar. Así te lo digo.
Pero como decía, en mi interior vivía una niña empírica que comenzó con las pipas a escondidas, manzanas de contrabando con mi hermana y mordiscos robados en bocatas del cole, y siguió con todo lo demás. Vamos, que yo todo lo abro con los dientes: botes, bolsas, cervezas… Ahora, que la cantidad ingente de collejas que me he llevado por mi espíritu empírico…
—Que no abras eso con los dientes —colleja—; «la nena abrelatas», te voy a llamar. Pero si das dentera y todo. Y como te rompas una pala… ¡Ay, como te rompas una pala!
Consecuencias del consejo:
A mi comer pipas me da vidilla, es como si jugara a la ruleta rusa.
Fama merecida de MacGyver en diversos campamentos. Tú me das un palo y una cuerda, y te limo un arco y una flecha.
Desolación total cuando al final, hace un par de años, una maldita pipa me partió la pala izquierda. Después de haber utilizado los dientes incluso para jugar a la soga tira, una pipa Facundo acabó dándole la razón a aquel dentista.
Cuarta consecuencia: bronca apoteósica con mi madre, que pasará a los anales de nuestras broncas apoteósicas (y eso es mucho decir), porque ya me lo dijo. Hombre, le podía haber recordado que el dentista les dio a la palas una vida máxima de diez años, y que me habían acompañado casi diez más. Podría habérselo recordado, o mejor tú, se lo podías haber recordado tú, porque yo me protegía la nuca mientras ella soltaba espumarajos por la boca.
Quinta consecuencia: una pena terrible por mí misma y cierto flagelo cuando el dentista me dio la factura que tenía que pagar. Mi nueva pala me costó más que el coche que tenía, no el Seiscientos de mi madre, no, el que tenía yo en 2009. Di que tenía un Saxo con 310.000 kilómetros. Que se lo cambié a mi prima Arantxa por un iPod al poco tiempo, en lo que yo creí el mejor acto de trueque de la historia, porque dentro de aquel coche no funcionaba más que el motor. Hasta el freno de mano había que pillarlo con un destornillador para que se sujetara. El iPod ya no funciona y ahí sigue el Saxo, dándolo todo.
Sexta consecuencia: simbiosis extra-temporal cuando en filosofía llegamos a Hume y Locke, esos empíricos que hubieran sabido entenderme. Soy una mujer fuera de mi tiempo, eso es lo que pasa.
Excepciones para utilizarlo:
No abráis las cosas con los dientes, futuros hijos míos. Dádmelas a mí, yo me encargo
viernes, 3 de febrero de 2012
97. No es más ordenada la que más ordena, sino la que menos desordena.
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| Saving mommy money |
Pero bueno, tiene sus ventajas, vivo constantemente sorprendida de los tesoros que encuentro entre mis pertenencias y me siento de estreno, con ropa que tiene años. Hace poco me encontré 300 euros en un libro. En un libro sobre microeconomía, que luego lo piensas y era bastante lógico, pero en su momento me tiré desesperada buscando en carteras, bolsos y bolsillos los 300 pavos, hasta que llamé a mis padres para pedirles dinero. Ahora, cuando no llego a final de mes, me tiro una semana revolviendo toda la biblioteca a ver si otra vez tuve la genial idea de guardar pasta dentro. Por el momento nada. Solo un caos de biblioteca. Ya os contaré.
Pero tiene inconvenientes:
- Una pérdida enorme de tiempo buscando cosas.
- Un gasto extra para comprar dos veces el mismo objeto, incluso tres.
- Cajones llenos de servilletas atadas en honor del pobre San Cucufato al que tengo explotado: San Cucufato, San Cucufato los cojones te ato y hasta que no encuentre las llaves (las gafas, los pendientes, el gato) no te los desato. Luego no me acuerdo por qué había atado la servilleta, y ahí lo tengo al pobre hombre, encogido hace años.
- Último inconveniente: mi madre. Uno puede ser el caos en persona pero combinarlo con una madre como la mía, no se puede.
Cuándo utiliza el consejo:
Sobre todo cuando me pilla atándole los cojones a San Cucufato porque dice que le parece una falta de respeto. Bueno y dice algunas cosas más que si no pierdo la cabeza porque la llevo pegada, que si un día me voy a perder para no encontrarme, que eso solo puede ser una manifestación del desorden mental que tengo, que si me parece normal que mi vida sea un caos, que si no es más ordenada la que más ordena, sino la que menos desordena, que si voy a arrastrar a todo mi entorno a una vorágine de autodestrucción. ¡Bah! Lo típico.
El día crítico fue el que perdí a mi hermana y me perdí yo también. Bueno, que lo dices así y parece una barbaridad, pero que yo no lo hice a propósito, que fue sin querer. Estábamos en el Aqualand. Por primera vez. Yo soy de una ciudad de pequeña, en la que no había Corte Inglés, vamos, que no por no haber, no había ni unas escaleras mecánicas. Por no hablar de que las barracas venían una semana al año. Y en aquel parque acuático había: ríos con corriente, cascadas, precipicios, trampolines, toboganes, tirolinas, piscinas con olas y todo legal. ¿He dicho piscinas con olas? Allí estaba todo y también estaba la Cruz Roja cerca que, con mi corta experiencia, sabía que era una ventaja. Pues eso, que yo no entiendo como mis padres se les ocurrió decirme:
- Quédate aquí un poquito, que vamos a por unos botellines de agua. Agarra a tu hermana y no te muevas.
¡No te muevas! Es que, vamos, pedían un milagro. Si a mí me cuesta estar quieta, atada. Yo no recuerdo muy bien donde nos separamos. Solo que vi que ponía: “Kamikaze, el tobogán de la muerte”. Y se me nubló la vista. Aunque todo no fue fácil. El socorrista me dijo que era muy bajita para tirarme. Pobre. Me agazapé debajo de un seto, sigilosa como un ratón. Esperé a que se despistara y me colé. El caso es que el hombre tenía razón. Al tirarme, como pesaba tan poco, en el primer salto me quedé en el aire, y ya no toqué el tobogán hasta el último momento, de manera que, salí rebotada a la piscina de al lado, donde justo caía el señor más gordo que he visto en mi vida. Y lo vi clarísimamente, como un inmenso alud de chichas que se desparramaba sobre mí. Yo de mi hermana ni me acordaba. Ya me vi el papelón. A toda pastilla a la Cruz Roja y venga decirme que cómo me llamaba, y yo como si fuera autista pensando: “Para rato te lo digo, que les llamas a mis padres por megafonía y ya vas a ver. Hasta que no pare de sangrar, no suelto prenda”. Pero entonces, apareció mi hermana. Llorando con un amable policía, por decir algo, que la habían encontrado en una esquina de la piscina de bolas preguntando por sus padres. Se me abrazó y entonces sí que tuve que cantar. Cuándo oí mi nombre por megafonía lo tuve claro. Se acabó el verano. Y no veas sí se acabó, cuando llegó mi madre hasta se fue el sol.
Consecuencias:
Frustración constante. Yo le veo todas las ventajas del mundo a ser ordenada, incluida la de no tener que oír a mi madre, que eso es la súper ventaja. Pero no me sale.
En mi hermana, cierto grado de autonomía. La perdí un par de veces más.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, confiaremos en los poderes de San Cucufato el día que os pierda. Porque va a pasar. Lo tengo claro, y mi madre, también.
martes, 24 de enero de 2012
96. Es que vas sin mirar, nena.
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| El rincón de los libros olvidados |
De verdad. Esta frase debería desaparecer del lenguaje. ¿En serio que si alguien lo hubiera visto se hubiera empotrado contra ese radiador? Pues claro que no lo has visto. ¡Coño! Que estás sangrando y sangrar a propósito, pues nunca entra dentro de tus planes.
Cuándo lo utiliza:
Pues eso, siempre después de un golpe. El otro día mismamente: el 31 de diciembre de 2011 a las 9 de la noche. Temperatura exterior menos 2 grados, humedad al 80%, bancos de niebla intermitentes. Hemisferio norte. Meridiano de Greenwich.
La escena va así: el coche familiar, que tiene el mismo volumen que cuatro como el mío y era la tercera vez que lo conducía yo. Primera desaparcando.
Dentro de él: mi hermana, mi novio, y yo al volante.
Fuera: mi madre, mi prima, su hijo bebé, y mi tía, todos dirigiendo la operación.
Lo sé, aquel plan fallaba desde la base. La calle cortada a la derecha por la San Silvestre, y yo teniendo que dar la vuelta en una calle de pueblo con pivotes a los lados de la acera. Vamos, que era una misión para Fernando Alonso. Y, eso, si el tío es pacientoso con las críticas.
Mi tía en zapatillas de casa negociando con un policía municipal para que nos dejara pasar porque no llegábamos a la cena de nochevieja. Mi madre gritando: “Derechaaa, izquierdaaa, tuerce, tuerce, tuerce, yaaaaa”. Que el sargento de hierro al su lado, una nenaza. Mi prima con el niño en brazos animándome con la mirada. Dentro del coche también oía: “Izquierdaaa, derechaaa, tuerce, tuerce, tuerce”. Pero nunca a la vez que las órdenes exteriores.
Y se precipitan los acontecimientos: el municipal insolidario diciendo que no me dejaba pasar (que ya nos veremos las caras, bonito, al tiempo). Mi tía corriendo y gritando por la calle. Yo pensando: aún tenemos que ir a urgencias con ella y a ver quién sale de esta calle a toda leche. Mi madre con un movimiento corporal tipo biodanza pero biodanza de la muerte. Y yo sudando en un pueblo que no pasa de 10 grados en agosto. Y entonces sí, con el coche cruzado en mitad de la calle, llega el artista invitado: el gilipollas de la bocina que no ve que la calle está cortada 20 metros más adelante. Y ahí, sí, yo ya pierdo los nervios y las distancias, y le meto con los bajos del coche a un escalón. Pequeña concreción: a la parte de debajo de los bajos, es decir, al protector. Lo raspo ligeramente. Se hace un silencio sepulcral en el interior del coche, rollo funeral, vamos. Mi prima protege al bebé y oigo un grito desde fuera, desde fuera, o desde las mismas entrañas de la tierra:
- ¿¿¿¿¿¿¡¡¡¡¡Pero es que no lo has vistooooo????!!!!!? Es que vas sin mirar, vas sin mirar. Te he dicho izquierda. Clarísimo lo he dicho.
Y apunto estaba de empotrar el coche a propósito mientras le gritaba a mi hermana que no sé qué me decía de cómo salir de allí, cuándo me acordé de una imagen de mi padre: hace muchos años, en mitad de una carretera mal iluminada arrastrando hacia la cuneta el contenedor contra el que nos habíamos chocado, mientras gritaba: “¿¿¡¡Pero tú crees que si lo hubiera visto me empotro en él??!! ¿En qué cabeza cabe? ¡Por supuesto que no lo he visto! ¡Verlo implica intentar esquivarlo!”. Y mi padre nunca gritaba, ni decía tacos, y creo que le vi perder los papeles 3 veces en su vida, contando el “momento contenedor”. Y me entró una tristeza tan grande, que se pasaron las ganas de empotrar nada.
Consecuencias de la frase:
Entre la tristeza, el cabreo, la tensión y probablemente el sudor en las manos, al aparcar en casa de mi tío le di al coche de atrás. Eso sí, nadie dijo ni mu. Le di las llaves a mi hermana y le dije:
- Todo tuyo. ¿Dónde esta el vino?
Excepciones para utilizarlo:
Ninguna. Tengo bien claro que el golpe que te das es más que suficiente, aún con más motivo, si sangras. Y también que, con toda la adrenalina que tienes en un momento así, lo peor que alguien puede decirte es: ¿es que no lo has visto? Pues claro que no, verlo implica intentar esquivarlo…
lunes, 9 de enero de 2012
95. Vete a saber qué te dan por ahí, nena.
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| Carlitos y mi mini Dian Seis |
El caso es que llegué yo y mi coche, y dentro de mi coche había: una lata de pimentón, dos chistorras (campeonas 8 veces), un queso de Idiazábal (solo una vez campeón, pobre), turrón, chocolate y membrillo de Confitería Donezar, un bote de avellanas de la huerta de mi tío, jamón serrano, foie súper campeón, pimientos del piquillo de la huerta de un amigo, espárragos, dos tuppers con pollo encebollado, gulas, croquetas caseras, una lechuga, vainas, una barca de caquis, tomates cherry de la huerta de mi vecino, caldo de pollo Anetto, ajos, un par de trozos de rosco de reyes, Actimel, y una flor de pascua. También llegaron mis regalos de reyes: una bandeja para apoyar el portátil, un abrigo, unas katiuskas, una pulsera, un bolso, un cenicero, un juego de cuencos, una mantelería, un juego de tazas para el café, un boli, una caja fuerte, unas zapatillas masajeadoras, una manta, una colonia, y un Dian Seis en miniatura. Y por último llegó mi maleta y, luego, ya iba yo con ciática.
Como aclaración: yo no vivo en el fin del mundo. En Madrid, hay supermercados donde venden comida. Y dentro de 15 días vuelvo a ver a mi madre. Pero esto ella no lo entiende.
Cuándo utilizó la frase:
Ayer, intentando meter los bolsos en mi coche en plan tetris. Yo no entendía qué era todo aquello y le iba preguntando:
- Y esta bolsa ¿qué es?
- Es chistorra…- esta es mi madre.
- Son dos chistorras mamá.
- Pues sí nena, pero no son dos chistorras cualquiera, son chistorras campeonas. ¡Ocho veces han ganado el premio a la mejor chistorra! De esas no hay en Madrid. Las he comprado en la carnicería del pueblo. Y allí están todos los trofeos colgados de la pared.
- ¿Y esto?
- Uy, eso es una lechuga riquísima. Rizadita, y no esa iceberg que dan en Madrid que no tendrá ni vitaminas ni nada, con lo tiesa que es. Y no tuerzas el morro.
- Mamá esto son vainas- le digo abriendo una bolsa camuflada debajo de la lechuga y un queso.
- Pues sí, nena, y ni se te ocurra tirarlas, que están tiernas, tiernas y se deshacen en la boca. Ni masticarlas hace falta. Y el queso también es campeón.
- ¿Y este membrillo?
- Uy, nena, este membrillo es el mejor del mundo. Que lo hacen en Confitería Donezar a mano, como Dios manda, ni conservantes ni nada, que te va estupendo con el queso Idiazabal. Y también te he metido algo de chocolate casero, para que no te den desmayos que tienen uno con avellanas de verdad, de esas que saben a avellana y no a arena. Porque yo no entiendo que les hacen a los avellanos ahora para que sean igual que chupar una piedra. Bueno y también llevas un poquito de turrón de mantequilla, que eso te va muy bien para que no me pierdas kilos. Y dos trozos de roscón de reyes, que me lo hacen por encargo y llevan nata de verdad, también, con su sabor a nata. Que ahora compras un bollo y total para que lleven aire blanco dentro.
- ¡Mamá! ¡Una barca de caquis! Pero si con eso puede comer una familia numerosa un mes.
- Anda, anda, si están jugosos que eso ni llena ni nada. Son de la huerta de Joaquín el vecino, que no tienen ni fertilizantes ni nada y aguantan un montón. Además la fruta va bien para todo.
- ¿Y este Actimel también es campeón?
- Menos chistes, nena, te tomas uno por la mañana que eso te da fuerzas y te quita de los catarros.
- Mamá, en Madrid venden Actimel, y caldo de pollo, y queso, chistorras, caquis… Probablemente vendan más cosas que aquí.
- De eso nada. Que tú te crees cualquier cosa. Me vas a comparar ese chocolate casero de Donezar con cualquiera que te vendan en el supermercado. Que a mí que mas me da que sea suizo si sabe a cartón. O ese queso de Idiazabal, que alimenta con olerlo. Vete tú a saber qué te dan por ahí. Y te he puesto pollo encebollado, que te lo calientas y ya tienes comida para tres días. Ala, y deja de dar la lata, que se te va a hacer de noche. Conduce despacio y por tu derecha. Y me llamas cuando llegues. ¿Me estás oyendo?
Yo ya no oigo nada porque me he metido en el coche y dentro huele a mercado, a campo, a bollos recién hechos, y huele a mi madre y a todas sus ganas de cuidarme como si me tuviera al lado. Y entonces tengo que respirar hondo para que no se me salten las lágrimas mientras ella me dice adiós llorando a moco tendido. Con hipo, como se debe llorar.
En 15 días montamos la misma película. Hasta que yo no giro en la curva del parking, la veo en el espejo retrovisor moviendo la mano, despidiéndose, mientras hipa, y justo en ese momento, hace el gesto de que le llame por teléfono "Todas las veces que pares, nena, que ya sabes que yo no descando hasta que me llamas. Y a ver si la próxima vez, vienes en tren. Con lo cómodo que es y la manía que te ha dado con venir en coche. Yo te lo pago". Que digo yo que necesitaría un tren de mercancías porque dudo que me dejen subir toda la carga maternal que arrastro. Y justo al girar la curva del parking, me inflo a llorar. Esto del drama se pega un poco, las cosas como son.
Consecuencias:
Ligera percepción de que Madrid es una ciudad despoblada, sin sistemas eficaces de abastecimiento.
Segunda consecuencia: la comida que no es campeona no tiene encanto para mí. La como sin ilusión.
Tercera: incredulidad por parte del carnicero del Ahorramás cuando le pregunté: ¿Pero este queso es campeón?
Cuarta: Una vez me paró la Guardia Civil y, por no registrar mi coche, me dejaron seguir.
Quinta consecuencia: cierta sensación de ser una exiliada que se va de su país para años pero cada 15 días. Esto a su vez provoca como una nostalgia perpetua bastante complicada de explicar.
Sexta consecuencia: tengo dos frigos. Y, en este momento, algo de empacho de chocolate.
Excepciones para utilizarlo con mis posibles futuros hijos:
Hijos, ojalá vuestra abuela nos siga haciendo ese pollo encebollado porque como tenga que aprender yo a flambearlo, probablemente lo que necesitemos sea una nueva cocina.
PD Anda que no mola mi Dian Seis en miniatura nuevo ¿Y mi gato? Bueno, según mi madre mi gato no mola nada. Es más, al decirle que yo tenía uno, dijo del tirón: “no hay animal que más asco me dé en el mundo que los gatos”. Para mí, que los gatos empezaron a darle asco justo en ese momento.
martes, 6 de diciembre de 2011
94. Nena, vivir de alquiler es tirar el dinero
Estamos en un momento apocalíptico. Tengo catarro y he perdido un kilo. Lo que en la cabeza de mi madre significa: muerte inminente. Así que cada vez que le llamo, ando haciendo cosas rarísimas para que no me note la congestión. Le hablo con voces. A veces hago de chiquito, de Mariano Rajoy, de lo que me surge. Yo imito fatal, las cosas como son. Y ahora mi madre se piensa que estoy como una regadera. Razón no le falta.
Cuándo utilizó el consejo:
Reproduzco a continuación una conversación acontecida hace 10 minutos:
- Hola nena ¿ya estás en casa?
- Sí, vamos comerrr ahorarrr.
- ¿Pero qué te pasa? ¿Estás tonta?
- Norrr, es que estoy imitando a Chiquitorrr.
- ¿No habrás bebido? Que como yo me entere que has bebido, y más a estas horas, cojo el tren y me planto a darte un buen sopapo.
- Que no boluda, que estoy haciendo el tonto (con un acento argentino de mierda) ¿ves ahora en argentino?
- ¿Esto en público no lo haces, no? Bueno, déjate de tonterías ¿qué vas a comer? Que la última vez que te vi, habías perdido peso.
- Lentejassssss (a lo Rajoy)
- Ya vale nena, que me estás poniendo mala. Además ¿quién narices se supone que eres?
- Soy Rajoy… - Tú lo que eres es tonta. Toda la vida igual. Qué paciencia contigo. Pues échale bien de chorizo a las lentejas, que tengan chicha, que te vendrá bien.
- Lo que usted diga ama (con voz de pito, yo que sé, mi repertorio tampoco da para tanto).
- Pero mira que eres pesada. Déjate de tontadas. Y a ver si te centras un poco. Que ya tienes 32 años, que yo a esa edad ya te estaba aguantando a ti. Y tú sigues viviendo como una adolescente. ¡Como si fueras una hippie! A ver si asientas un poco la cabeza. Te compras un piso como dios manda y no andas por ahí de alquiler, que eso es tirar el dinero, que te lo tengo dicho. Algo que sea tuyo, que la vida da muchas vueltas, nena. Y yo creo que ya tienes edad de dejar la tontería esa de escribir y sacarte una oposición, que eso es trabajo seguro, y no las tontadas que haces tú. Que en cualquier momento te vas a la calle con una mano delante y otra detrás. Debajo de un puente vas a acabar viviendo a este paso. Ay si tú hubieras querido… Porque yo no lo entiendo, pero las monjas decían que eras muy lista. Bueno, y muy vaga, eso también lo decían, aunque yo eso ya lo veía. Que inventaste un sistema de poleas para no tener que levantarte a apagar la luz de tu cuarto. Eso es de vagos. ¡Ay! Si hubieras dedicado todo ese tiempo a estudiar. Ahora tendrías tu piso, con tus muebles, tuyo para siempre. Y no como ahora, que vas dando tumbos por toda la ciudad. 8 pisos en 10 años. Si es que eres culo de mal asiento. Pero ya te asustarás, ya. Y entonces querrás sacarte una oposición y tendrás el cerebro oxidado. Tiempo al tiempo.
Yo a estas alturas ya no tengo humor para imitaciones y se me escapa mi tono de voz congestionado, si disimular ni nada, a pelo:
- Mamá por dios que me deprimes…
- Uy ¿qué es eso? ¿tienes catarro?
- Brtttt, ggggggkjjjjjkk, ssssssss, Mamá, no te oigo, ssssss, brrrrr, me quedo sin cobertura.- y le cuelgo mientras le oigo decir a lo lejos:
- Abrígateeeeeeee.
Yo sé que no ha colado. En una hora me está llamando para regañarme por ir poco abrigada, por llevar “esos leggings que ni tapan ni nada”, por respirar por la boca “que todo se coge por ahí” y por comer pocas naranjas “que yo no sé qué tontería te ha dado con que te dan dentera los gajos”. Tengo una hora para deprimirme porque mi vida es una mierda y, en nada, voy a vivir debajo de un puente. Ahora tengo catarro y depresión.
Consecuencias del consejo:
Cuando pago el alquiler tengo la sensación de que le estoy prendiendo fuego al dinero o algo así. Y he estado echando un ojo a varios puentes bastante céntricos, que tienen su encanto.
Segunda consecuencia: miro a los opositores con odio. Su voluntad, es mi castigo.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, por lo que parece sacarse una oposición ya no va a ser garantía de nada así que ese nos lo saltamos. Y lo de vivir debajo de un puente ¿cómo lo veis?
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| Katharte |
Estamos en un momento apocalíptico. Tengo catarro y he perdido un kilo. Lo que en la cabeza de mi madre significa: muerte inminente. Así que cada vez que le llamo, ando haciendo cosas rarísimas para que no me note la congestión. Le hablo con voces. A veces hago de chiquito, de Mariano Rajoy, de lo que me surge. Yo imito fatal, las cosas como son. Y ahora mi madre se piensa que estoy como una regadera. Razón no le falta.
Cuándo utilizó el consejo:
Reproduzco a continuación una conversación acontecida hace 10 minutos:
- Hola nena ¿ya estás en casa?
- Sí, vamos comerrr ahorarrr.
- ¿Pero qué te pasa? ¿Estás tonta?
- Norrr, es que estoy imitando a Chiquitorrr.
- ¿No habrás bebido? Que como yo me entere que has bebido, y más a estas horas, cojo el tren y me planto a darte un buen sopapo.
- Que no boluda, que estoy haciendo el tonto (con un acento argentino de mierda) ¿ves ahora en argentino?
- ¿Esto en público no lo haces, no? Bueno, déjate de tonterías ¿qué vas a comer? Que la última vez que te vi, habías perdido peso.
- Lentejassssss (a lo Rajoy)
- Ya vale nena, que me estás poniendo mala. Además ¿quién narices se supone que eres?
- Soy Rajoy… - Tú lo que eres es tonta. Toda la vida igual. Qué paciencia contigo. Pues échale bien de chorizo a las lentejas, que tengan chicha, que te vendrá bien.
- Lo que usted diga ama (con voz de pito, yo que sé, mi repertorio tampoco da para tanto).
- Pero mira que eres pesada. Déjate de tontadas. Y a ver si te centras un poco. Que ya tienes 32 años, que yo a esa edad ya te estaba aguantando a ti. Y tú sigues viviendo como una adolescente. ¡Como si fueras una hippie! A ver si asientas un poco la cabeza. Te compras un piso como dios manda y no andas por ahí de alquiler, que eso es tirar el dinero, que te lo tengo dicho. Algo que sea tuyo, que la vida da muchas vueltas, nena. Y yo creo que ya tienes edad de dejar la tontería esa de escribir y sacarte una oposición, que eso es trabajo seguro, y no las tontadas que haces tú. Que en cualquier momento te vas a la calle con una mano delante y otra detrás. Debajo de un puente vas a acabar viviendo a este paso. Ay si tú hubieras querido… Porque yo no lo entiendo, pero las monjas decían que eras muy lista. Bueno, y muy vaga, eso también lo decían, aunque yo eso ya lo veía. Que inventaste un sistema de poleas para no tener que levantarte a apagar la luz de tu cuarto. Eso es de vagos. ¡Ay! Si hubieras dedicado todo ese tiempo a estudiar. Ahora tendrías tu piso, con tus muebles, tuyo para siempre. Y no como ahora, que vas dando tumbos por toda la ciudad. 8 pisos en 10 años. Si es que eres culo de mal asiento. Pero ya te asustarás, ya. Y entonces querrás sacarte una oposición y tendrás el cerebro oxidado. Tiempo al tiempo.
Yo a estas alturas ya no tengo humor para imitaciones y se me escapa mi tono de voz congestionado, si disimular ni nada, a pelo:
- Mamá por dios que me deprimes…
- Uy ¿qué es eso? ¿tienes catarro?
- Brtttt, ggggggkjjjjjkk, ssssssss, Mamá, no te oigo, ssssss, brrrrr, me quedo sin cobertura.- y le cuelgo mientras le oigo decir a lo lejos:
- Abrígateeeeeeee.
Yo sé que no ha colado. En una hora me está llamando para regañarme por ir poco abrigada, por llevar “esos leggings que ni tapan ni nada”, por respirar por la boca “que todo se coge por ahí” y por comer pocas naranjas “que yo no sé qué tontería te ha dado con que te dan dentera los gajos”. Tengo una hora para deprimirme porque mi vida es una mierda y, en nada, voy a vivir debajo de un puente. Ahora tengo catarro y depresión.
Consecuencias del consejo:
Cuando pago el alquiler tengo la sensación de que le estoy prendiendo fuego al dinero o algo así. Y he estado echando un ojo a varios puentes bastante céntricos, que tienen su encanto.
Segunda consecuencia: miro a los opositores con odio. Su voluntad, es mi castigo.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, por lo que parece sacarse una oposición ya no va a ser garantía de nada así que ese nos lo saltamos. Y lo de vivir debajo de un puente ¿cómo lo veis?
jueves, 24 de noviembre de 2011
93. Nena, bien peinada y bien planchada, que nos conocemos.
Esta semana me han cambiado de trabajo. En mi anterior departamento la gente llevaba ropa puesta. Ya está. En el de ahora se visten: mucho, muy variado, y muy estiloso. Vamos, muy poco yo. Yo tengo 3 botas, un par de zapatos y unos 7 vestidos por temporada, uno para cada día de la semana y alguno con agujeros. También lo que tengo es algo de daltonismo según mi madre, que no me ayuda mucho a encajar en la definición de estilosa. Así que cuando le expliqué el cambio de puesto, ella no me aconsejó prudencia con mis jefes, generosidad con mis compañeros, y eficacia, no. Ella fue a lo importante:
- Nena, tú llegas puntual, bien peinada y bien planchada, nena, sobre todo eso, que nos conocemos.
Para que os hagáis una idea si mi madre pilla al diseñador que dijo eso de “la arruga es bella”, le plancha la cara a bolsazos.
- ¡Pero qué tontería es esa! Nos estamos convirtiendo en unos vagos. Eso es lo que pasa. Y un poco sucios también. Lo más importante en la vida es tener pinta de aseada.
- Mamá pero yo me ducho todos los días.
- ¡Hombre solo faltaba! Es que tienes unas cosas. Es que si me entero yo de que no te duchas… No me hagas pensarlo, no me hagas pensarlo. Hazme caso nena, no solo hay que ser aseada sino parecerlo. Y tú con ese pelo encrespado, pues ya lo tienes más difícil. Que te lo digo yo. Y las rubias se pueden permitir llevar flequillo pero ¿tú? ¡tú solo puedes llevar coleta! Que te lo tengo dicho. O cortico, a lo chico, como cuando eras pequeña. Bien retiradico de la cara. Anda que no estabas mona ni nada, y con una pinta de limpia que daba gusto verte.
- Pero qué culpa tengo yo de ser morena…
- Ninguna nena, ni yo tampoco. Nos viene de serie. Pero mira yo me puse una diadema y hasta hoy. Que yo no sé porque tú hermana y tú le tenéis tanta tiña a las diademas, con lo cómodas que son. Y te queda todo el pelo colocado. No como ese matojo que llevas tú en la cabeza. Que no te peinas. Tiene que ser eso. Porque hay peluqueras que se tiran horas para conseguir la mitad de volumen en un cardado que lo que llevas tú.
- Mamá…
- Ni mamá, ni ocho cuartos. Y te planchas la ropa. Toda nena. ¿Me estás oyendo? Que me estoy acordando del día que te pillé que solo te habías planchado los cuellos de la camisa…
- ¿Ya estamos otra vez con eso? Que llevaba un jersey y no se veía.
- Calla, calla, calla. ¿Y si te pasa algo, que tú eres muy de lipotimia, y te quitan el jersey en tu primer día de trabajo y vas hecha una sucia? Nena, se plancha todo, también lo que no se ve. Sí, las bragas también. Que nunca se sabe. Y nada de trasnochar. Te me vas ahora mismo a la cama para rendir mañana. Que no está el trabajo como para perder uno. Ya me has oído.
Consecuencias del consejo:
Primera consecuencia: yo tenía una imagen un pelín distorsionada de mí. Creía que era afro. Luego descubrí que eso era un pelín exagerado cuando le dije a mi peluquera brasileña negra de pelo ensortijado: “Nosotras es que sufrimos mucho para alisarnos”. Y ella con esa gracia brasileña que, bueno, que no me hizo ninguna gracia me dijo: “Niña, tú lo que tienes es mucho pelo, fosco, grueso y rebelde. El mío solo es rizado”.
Segunda consecuencia: cambio radical de peluquería y una ligera aversión por la bossa nova.
En la adolescencia soporté la toga. Aquello que te ponías todo el pelo para un lado y la toalla como turbante, y luego al contrario. Que imagino que a las niñas que tiene el pelo finito les iría bien pero, en mi caso, me tiraba horas con aquello puesto porque yo tengo el pelo de tres personas. Dios es así, tanto calvo y yo tan sobrada.
Tercera consecuencia: con el peso de aquella toalla empapada viví años con tortícolis. Ahora digo tortícolis porque soy una persona adulta y con conocimiento, pero hasta cinco minutos que he buscado en google, yo decía torticulis, con u. ¡Qué cosas! Que ignorante puede ser la gente, no como yo.
Luego llegaron las planchas, ay, las planchas. A cambio llevabas el pelo electrificado que ibas enciendo las farolas a tu paso pero, oye, liso como una tabla.
Cuarta consecuencia: me pasé mi primer día en el trabajo estirándome el vestido y el pelo compulsivamente. Creo que mis compañeras se piensan que estoy en algún programa de adaptación social en el trabajo.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, solo os digo una cosa: que tengáis el pelo liso, por dios, que tengáis el pelo liso.
- Nena, tú llegas puntual, bien peinada y bien planchada, nena, sobre todo eso, que nos conocemos.
Para que os hagáis una idea si mi madre pilla al diseñador que dijo eso de “la arruga es bella”, le plancha la cara a bolsazos.
- ¡Pero qué tontería es esa! Nos estamos convirtiendo en unos vagos. Eso es lo que pasa. Y un poco sucios también. Lo más importante en la vida es tener pinta de aseada.
- Mamá pero yo me ducho todos los días.
- ¡Hombre solo faltaba! Es que tienes unas cosas. Es que si me entero yo de que no te duchas… No me hagas pensarlo, no me hagas pensarlo. Hazme caso nena, no solo hay que ser aseada sino parecerlo. Y tú con ese pelo encrespado, pues ya lo tienes más difícil. Que te lo digo yo. Y las rubias se pueden permitir llevar flequillo pero ¿tú? ¡tú solo puedes llevar coleta! Que te lo tengo dicho. O cortico, a lo chico, como cuando eras pequeña. Bien retiradico de la cara. Anda que no estabas mona ni nada, y con una pinta de limpia que daba gusto verte.
- Pero qué culpa tengo yo de ser morena…
- Ninguna nena, ni yo tampoco. Nos viene de serie. Pero mira yo me puse una diadema y hasta hoy. Que yo no sé porque tú hermana y tú le tenéis tanta tiña a las diademas, con lo cómodas que son. Y te queda todo el pelo colocado. No como ese matojo que llevas tú en la cabeza. Que no te peinas. Tiene que ser eso. Porque hay peluqueras que se tiran horas para conseguir la mitad de volumen en un cardado que lo que llevas tú.
- Mamá…
- Ni mamá, ni ocho cuartos. Y te planchas la ropa. Toda nena. ¿Me estás oyendo? Que me estoy acordando del día que te pillé que solo te habías planchado los cuellos de la camisa…
- ¿Ya estamos otra vez con eso? Que llevaba un jersey y no se veía.
- Calla, calla, calla. ¿Y si te pasa algo, que tú eres muy de lipotimia, y te quitan el jersey en tu primer día de trabajo y vas hecha una sucia? Nena, se plancha todo, también lo que no se ve. Sí, las bragas también. Que nunca se sabe. Y nada de trasnochar. Te me vas ahora mismo a la cama para rendir mañana. Que no está el trabajo como para perder uno. Ya me has oído.
Consecuencias del consejo:
Primera consecuencia: yo tenía una imagen un pelín distorsionada de mí. Creía que era afro. Luego descubrí que eso era un pelín exagerado cuando le dije a mi peluquera brasileña negra de pelo ensortijado: “Nosotras es que sufrimos mucho para alisarnos”. Y ella con esa gracia brasileña que, bueno, que no me hizo ninguna gracia me dijo: “Niña, tú lo que tienes es mucho pelo, fosco, grueso y rebelde. El mío solo es rizado”.
Segunda consecuencia: cambio radical de peluquería y una ligera aversión por la bossa nova.
En la adolescencia soporté la toga. Aquello que te ponías todo el pelo para un lado y la toalla como turbante, y luego al contrario. Que imagino que a las niñas que tiene el pelo finito les iría bien pero, en mi caso, me tiraba horas con aquello puesto porque yo tengo el pelo de tres personas. Dios es así, tanto calvo y yo tan sobrada.
Tercera consecuencia: con el peso de aquella toalla empapada viví años con tortícolis. Ahora digo tortícolis porque soy una persona adulta y con conocimiento, pero hasta cinco minutos que he buscado en google, yo decía torticulis, con u. ¡Qué cosas! Que ignorante puede ser la gente, no como yo.
Luego llegaron las planchas, ay, las planchas. A cambio llevabas el pelo electrificado que ibas enciendo las farolas a tu paso pero, oye, liso como una tabla.
Cuarta consecuencia: me pasé mi primer día en el trabajo estirándome el vestido y el pelo compulsivamente. Creo que mis compañeras se piensan que estoy en algún programa de adaptación social en el trabajo.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, solo os digo una cosa: que tengáis el pelo liso, por dios, que tengáis el pelo liso.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
92. Se dice por favor, nena.
Seguimos con los post educados. Hoy con documento gráfico, que sé que os gusta. Ya os he dicho más de una vez que soy muy educadita. A la fuerza, ahorcan.
Cuándo utilizó el consejo:
Este consejo se conjuga en presente, pasado y futuro. Es decir, cuando utilizó, utiliza y utilizará el consejo: siempre. ¿La última vez? La semana pasada. Acabamos de volver de una pequeña escapada: la drama mamá, mi hermana, mi novio (lo sé, un valiente) y yo. Nos hemos ido al mar, a ver si la animábamos un poco. No ha funcionado. Pero a cambio he tenido una intensa inspiración para el blog y algún pequeño momento de buen humor. Como éste.
La imagen es la nota que la drama mamá le dejó a la chica que limpiaba la habitación del hotel. Ajá. Vamos por partes, la drama mamá buscó el nombre de la chica, Diana. Ay, Diana, tantos años de profesión y aún te llevas sorpresas ¿eh? Y a falta de post it, pilló la nota con la pantalla de la tele con el siguiente mensaje: "¡Buenos días Diana! (ya os dije que ella es muy risueña) Por favor (aquí está la clave) deje abiertas las cortinas para que dé el sol en la habitación (ella es muy friolera también). ¡Gracias! (y muy, muy educada)".
Mi hermana se moría de vergüenza. Yo me moría de risa. Mi novio no entendía nada: “¿Pero de qué conoce tu madre a la chica que limpia?”.
- Mamá, de verdad, lo de la nota es mucho. ¿Tú qué crees que va a pensar esa mujer?
- Uy, pues qué va a pensar, que hace frío. Y que así el sol calentará la habitación. Que ya ves tú, un 4 estrellas sin calefacción. Esto pasa en todos los sitios de calor, que se creen que aquí no refresca. Pues no he pasado yo más frío en Málaga que en cualquier pueblo del norte. Que 15 grados, son 15 grados, por mucho sol que tengan en verano. Una nota de reclamación es lo que teníamos que poner. Que Diana no tendrá ninguna culpa. Seguro que la mujer tiene que trabajar abrigada, porque en esta habitación se te queda la nariz fría y eso es muy malo para las anginas.
- ¿De verdad que no te parece un poco raro?
- Tú sí que eres rara. Que no le estoy pidiendo que haga mejor el baño, que mira que también se lo podía pedir porque el pie del lavabo también se limpia, pero bastante tendrá esa mujer con tanta habitación y encima con frío. Nena, se dice por favor y ya está. El por favor es la clave.
Consecuencias del consejo:
Más vergüenza en el pasillo por parte de mi hermana, más incredulidad por parte de mi novio y yo casi me meo encima. No va mi madre y para a una mujer de la limpieza y le dice sin dejarle ni contestar:
- ¿Eres Diana no? O bueno, tú se lo dices a Diana. Nada, chica, que he dejado una nota. Que si es posible, nos dejen abiertas las cortinas, por favor, que le dé un poco el sol al cuarto, que hace un frío que pela. Y usted debería abrigarse un poco más, que se pueden coger unos catarros muy malos en esta época. Lo mejor es llevar bien abrigada la cabeza, que por ahí se escapada todo el calor. Bueno, pues muchas gracias, y que tenga un buen día.
Y allí se quedó Diana (o no) sonriendo, mientras mi hermana tiraba de la manga de mi madre y yo me encogía a punto de mearme encima. Yo creo que sonreía por amabilidad, porque Diana tenía cara de africana y también de no entender ni papa de español. Esto lo tuvimos claro cuando volvimos por la noche, y ella no solo dejó las cortinas abiertas sino también las puertas de la terraza de par en par. O no entendió a mi madre o Diana tenía mucha mala leche…
- Pues no ha funcionado el por favor mamá…- yo es que no sé cuándo callarme.
- Ni tampoco han funcionado todos los años de educación que te hemos dado, y no ando quejándome todo el rato- pero ella siempre sabe callarme, siempre.
Segunda consecuencia: pasé una infancia dubitativa, pendiente de un hilo porque delante de gente, ella me decía:
- Nena, ¿qué se dice?
No vamos a incidir mucho en el tema porque ya hemos hablado con anterioridad de que yo muy despierta no era. El caso es que yo entraba en uno de los dilemas existenciales de todo niño: ¿Qué coño se dice? Allí estaba yo, ante el vacío del universo, la eterna pregunta, pensando: “¿Por favor o gracias? Una de dos. Cincuenta por ciento. Tan difícil no puede ser. ¿Pero cuál? Ay el abismo... Dios sácame de esta y prometo comer bien el mes que viene, todo lo que me pongan. Bueno, la semana que viene… Al menos las cenas… O casi todo…”
- Nena, que qué se dice, que te quedas atontada.
- ¿Gracias?
- ¿Cómo que gracias? ¿Cómo se va a decir gracias por pedir una piruleta? Se dice por favor. ¿Pero qué habremos hecho mal nosotros?
Excepciones para utilizarlo:
Hombre, se dice por favor. Las cosas como son aunque Diana no entendiera la clave. Futuros hijos míos, éste consejo nos lo quedamos. Aunque trataré de no haceros pasar constantemente por ese dilema desolador: ¿era por favor o gracias? Que bastante vais a tener con derecha o izquierda. No os digo más que yo todavía tengo que hacer el gesto de escribir para saber cuál es cuál. Lo dicho, poco despierta, pero educada. Eso sí.
Cuándo utilizó el consejo:
Este consejo se conjuga en presente, pasado y futuro. Es decir, cuando utilizó, utiliza y utilizará el consejo: siempre. ¿La última vez? La semana pasada. Acabamos de volver de una pequeña escapada: la drama mamá, mi hermana, mi novio (lo sé, un valiente) y yo. Nos hemos ido al mar, a ver si la animábamos un poco. No ha funcionado. Pero a cambio he tenido una intensa inspiración para el blog y algún pequeño momento de buen humor. Como éste.
La imagen es la nota que la drama mamá le dejó a la chica que limpiaba la habitación del hotel. Ajá. Vamos por partes, la drama mamá buscó el nombre de la chica, Diana. Ay, Diana, tantos años de profesión y aún te llevas sorpresas ¿eh? Y a falta de post it, pilló la nota con la pantalla de la tele con el siguiente mensaje: "¡Buenos días Diana! (ya os dije que ella es muy risueña) Por favor (aquí está la clave) deje abiertas las cortinas para que dé el sol en la habitación (ella es muy friolera también). ¡Gracias! (y muy, muy educada)".
Mi hermana se moría de vergüenza. Yo me moría de risa. Mi novio no entendía nada: “¿Pero de qué conoce tu madre a la chica que limpia?”.
- Mamá, de verdad, lo de la nota es mucho. ¿Tú qué crees que va a pensar esa mujer?
- Uy, pues qué va a pensar, que hace frío. Y que así el sol calentará la habitación. Que ya ves tú, un 4 estrellas sin calefacción. Esto pasa en todos los sitios de calor, que se creen que aquí no refresca. Pues no he pasado yo más frío en Málaga que en cualquier pueblo del norte. Que 15 grados, son 15 grados, por mucho sol que tengan en verano. Una nota de reclamación es lo que teníamos que poner. Que Diana no tendrá ninguna culpa. Seguro que la mujer tiene que trabajar abrigada, porque en esta habitación se te queda la nariz fría y eso es muy malo para las anginas.
- ¿De verdad que no te parece un poco raro?
- Tú sí que eres rara. Que no le estoy pidiendo que haga mejor el baño, que mira que también se lo podía pedir porque el pie del lavabo también se limpia, pero bastante tendrá esa mujer con tanta habitación y encima con frío. Nena, se dice por favor y ya está. El por favor es la clave.
Consecuencias del consejo:
Más vergüenza en el pasillo por parte de mi hermana, más incredulidad por parte de mi novio y yo casi me meo encima. No va mi madre y para a una mujer de la limpieza y le dice sin dejarle ni contestar:
- ¿Eres Diana no? O bueno, tú se lo dices a Diana. Nada, chica, que he dejado una nota. Que si es posible, nos dejen abiertas las cortinas, por favor, que le dé un poco el sol al cuarto, que hace un frío que pela. Y usted debería abrigarse un poco más, que se pueden coger unos catarros muy malos en esta época. Lo mejor es llevar bien abrigada la cabeza, que por ahí se escapada todo el calor. Bueno, pues muchas gracias, y que tenga un buen día.
Y allí se quedó Diana (o no) sonriendo, mientras mi hermana tiraba de la manga de mi madre y yo me encogía a punto de mearme encima. Yo creo que sonreía por amabilidad, porque Diana tenía cara de africana y también de no entender ni papa de español. Esto lo tuvimos claro cuando volvimos por la noche, y ella no solo dejó las cortinas abiertas sino también las puertas de la terraza de par en par. O no entendió a mi madre o Diana tenía mucha mala leche…
- Pues no ha funcionado el por favor mamá…- yo es que no sé cuándo callarme.
- Ni tampoco han funcionado todos los años de educación que te hemos dado, y no ando quejándome todo el rato- pero ella siempre sabe callarme, siempre.
Segunda consecuencia: pasé una infancia dubitativa, pendiente de un hilo porque delante de gente, ella me decía:
- Nena, ¿qué se dice?
No vamos a incidir mucho en el tema porque ya hemos hablado con anterioridad de que yo muy despierta no era. El caso es que yo entraba en uno de los dilemas existenciales de todo niño: ¿Qué coño se dice? Allí estaba yo, ante el vacío del universo, la eterna pregunta, pensando: “¿Por favor o gracias? Una de dos. Cincuenta por ciento. Tan difícil no puede ser. ¿Pero cuál? Ay el abismo... Dios sácame de esta y prometo comer bien el mes que viene, todo lo que me pongan. Bueno, la semana que viene… Al menos las cenas… O casi todo…”
- Nena, que qué se dice, que te quedas atontada.
- ¿Gracias?
- ¿Cómo que gracias? ¿Cómo se va a decir gracias por pedir una piruleta? Se dice por favor. ¿Pero qué habremos hecho mal nosotros?
Excepciones para utilizarlo:
Hombre, se dice por favor. Las cosas como son aunque Diana no entendiera la clave. Futuros hijos míos, éste consejo nos lo quedamos. Aunque trataré de no haceros pasar constantemente por ese dilema desolador: ¿era por favor o gracias? Que bastante vais a tener con derecha o izquierda. No os digo más que yo todavía tengo que hacer el gesto de escribir para saber cuál es cuál. Lo dicho, poco despierta, pero educada. Eso sí.
jueves, 13 de octubre de 2011
91. De bien nacido es ser agradecido
Aquí está. Otro consejo mítico. Mi madre es muy de agradecer y a mí se me ha pegado. Pero como siempre he sido una persona sin mucho criterio pues he llegado a dar las gracias por prestar yo algo, por fregar yo los platos, por recibir un golpe en el coche… Así me va. Que luego ando indignada conmigo misma, eso sí, tengo fama de agradecida.
Cuándo utiliza el consejo:
Siempre. Esto es siempre. No confundirse con “a menudo”, “con mucha frecuencia”, o “la mayoría de las veces”. No. Es siempre.
- Vas a comprar el pan. Le pagas. Te lo venden. “Nena, da las gracias”. Vale, esto es educación.
- Vas a comprar el pan durante toda tu vida a la misma panadería, en la que además haces un gasto grande en galletas, periódico, leche y huevos. Y la mujer, después de 20 años, una Navidad, te regala unas palmeras que se van a caducar al día siguiente. Pues según se entera mi madre no le basta con tú le hayas dado las gracias, no, te hace bajar con un bizcocho casero, o una botella de vino, o unas vainas de la huerta de tu tío. “Ve y le das las gracias”. Esto es exagerado.
- Vas al garaje, el tío te arregla el coche, te cobra 400 euros. A los dos meses tienes que pasar la ITV. Vas, el tío te revisa el coche y le pagas 150 euros. A los tres meses pinchas, el tipo de cambia una rueda y pagas 100 euros. Como eres una kamikaze pues vuelves a pinchar en el mismo mes. Vas y pagas otros 100 euros. A los 4 meses se te jode la sonda lambda (que ojalá no se os rompa nunca jamás, andad a rezarle a quien sea) y el tipo te dice que son 600 euros. O sea, ese tipo que se va a pagar unas vacaciones en el Caribe a tu costa, ¡qué digo unas vacaciones!, que en mi casa hay 4 coches, y para kamikaze mi madre. Pues a ese tío, que nada más verte se le alegra el día y el mes, a ese, mi madre le regala vino para agradecerle su trabajo.
- Pero mamá, que es su trabajo, y me cobra. Vamos mamá, que ni siquiera me limpia el coche. Que lo máximo que nos da es un calendario de cachorritos por Navidades.
- Eso no importa. Será su trabajo pero lo hace bien. Eso es de agradecer.
- ¡Solo faltaba! Mamá si yo no hago bien mi trabajo me despiden.
- Nena, que cojas las dos botellas y le das las gracias, que de bien nacido es ser agradecido.
Esto es la locura del gracias. Es el gracias por el gracias. Ahí lo llevas. En mi casa se agradece su trabajo al portero, al carnicero, a la frutera, al del garaje, a la chica que limpia en casa, a la de la panadería, al zapatero, y a las de la Farmacia. Por no hablar del continuo intercambio de gracias con mis vecinos: tú me traes unos puerros, yo te consigo un queso, tú me regalas vainas, yo te regalo melocotones. Que a mí alguien me regala vainas y, como mucho, lo mando a tomar saco.
Consecuencias del consejo:
Gran fama de agradecida. Lo que ha aumentado mi armario con prendas imposibles. “¿Qué no te gusta para nada ese vestido?” Tú dáselo a la nena que es muy agradecida. Y yo, por no tirar…
Por agradecer cualquier cosa, pues pierdo los papeles. Por ejemplo imaginad que salgo de mi oficina un viernes. Estoy yendo al baño aunque llevo el bolso y todo para irme a casa, y entonces me cruzo con una compañera en la puerta de la ofi que también va a la baño, y se despide de mí amablemente y me dice que me lo pase bien, y que le gusta mi vestido y me dice adiós. Y yo, para que no sienta mal al ver que también voy al baño y se tenga que volver a despedir, pues le digo “gracias” y me voy a mi casa. Eso sí, yo soy agradecida pero meo igual que cualquiera, así que me tiro 40 minutos en la M30 acordándome de mi madre ¿Veis? Esos son el tipo de gracias que te complican la vida.
Así que imaginaros cómo me siento ahora, si por una tontería como un saludo me veo comprometida a mearme encima, imaginad cómo me siento con más de 400 personas dándome ánimos en el blog, en Facebook, por Twitter, por mail… Gente que no me conoce de nada y que me regala vino para que brinde por mi padre o galletas caseras para calmarme, personas que me quieren hacer una bufanda para que no pase frío, o me envían canciones y vídeos para entretenerme. Gente que me cuenta sus dolores, para que entienda mejor los míos… Yo es que no sé hacer… Y no tengo presupuesto suficiente para vino para todos, así que solo puedo decir: GRACIAS.
Si mi madre hubiera leído un tercio de estos comentarios, de verdad que a mí no me quedaba vida para agradeceros a todos. Así que aunque me he visto tentada de enseñárselos, me he aguantado las ganas. Soy kamikaze, tengo poco criterio, pero me aguanto bien las ganas, las de mear y las otras.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, es verdad, de bien nacido es ser agradecido. Ojalá podáis sentir un día un exceso de gratitud parecido al que siento yo. Ahora, al tipo del garaje se le paga y se le da las gracias, punto. El vino para los buenos amigos, y las vainas para los enemigos.
Cuándo utiliza el consejo:
Siempre. Esto es siempre. No confundirse con “a menudo”, “con mucha frecuencia”, o “la mayoría de las veces”. No. Es siempre.
- Vas a comprar el pan. Le pagas. Te lo venden. “Nena, da las gracias”. Vale, esto es educación.
- Vas a comprar el pan durante toda tu vida a la misma panadería, en la que además haces un gasto grande en galletas, periódico, leche y huevos. Y la mujer, después de 20 años, una Navidad, te regala unas palmeras que se van a caducar al día siguiente. Pues según se entera mi madre no le basta con tú le hayas dado las gracias, no, te hace bajar con un bizcocho casero, o una botella de vino, o unas vainas de la huerta de tu tío. “Ve y le das las gracias”. Esto es exagerado.
- Vas al garaje, el tío te arregla el coche, te cobra 400 euros. A los dos meses tienes que pasar la ITV. Vas, el tío te revisa el coche y le pagas 150 euros. A los tres meses pinchas, el tipo de cambia una rueda y pagas 100 euros. Como eres una kamikaze pues vuelves a pinchar en el mismo mes. Vas y pagas otros 100 euros. A los 4 meses se te jode la sonda lambda (que ojalá no se os rompa nunca jamás, andad a rezarle a quien sea) y el tipo te dice que son 600 euros. O sea, ese tipo que se va a pagar unas vacaciones en el Caribe a tu costa, ¡qué digo unas vacaciones!, que en mi casa hay 4 coches, y para kamikaze mi madre. Pues a ese tío, que nada más verte se le alegra el día y el mes, a ese, mi madre le regala vino para agradecerle su trabajo.
- Pero mamá, que es su trabajo, y me cobra. Vamos mamá, que ni siquiera me limpia el coche. Que lo máximo que nos da es un calendario de cachorritos por Navidades.
- Eso no importa. Será su trabajo pero lo hace bien. Eso es de agradecer.
- ¡Solo faltaba! Mamá si yo no hago bien mi trabajo me despiden.
- Nena, que cojas las dos botellas y le das las gracias, que de bien nacido es ser agradecido.
Esto es la locura del gracias. Es el gracias por el gracias. Ahí lo llevas. En mi casa se agradece su trabajo al portero, al carnicero, a la frutera, al del garaje, a la chica que limpia en casa, a la de la panadería, al zapatero, y a las de la Farmacia. Por no hablar del continuo intercambio de gracias con mis vecinos: tú me traes unos puerros, yo te consigo un queso, tú me regalas vainas, yo te regalo melocotones. Que a mí alguien me regala vainas y, como mucho, lo mando a tomar saco.
Consecuencias del consejo:
Gran fama de agradecida. Lo que ha aumentado mi armario con prendas imposibles. “¿Qué no te gusta para nada ese vestido?” Tú dáselo a la nena que es muy agradecida. Y yo, por no tirar…
Por agradecer cualquier cosa, pues pierdo los papeles. Por ejemplo imaginad que salgo de mi oficina un viernes. Estoy yendo al baño aunque llevo el bolso y todo para irme a casa, y entonces me cruzo con una compañera en la puerta de la ofi que también va a la baño, y se despide de mí amablemente y me dice que me lo pase bien, y que le gusta mi vestido y me dice adiós. Y yo, para que no sienta mal al ver que también voy al baño y se tenga que volver a despedir, pues le digo “gracias” y me voy a mi casa. Eso sí, yo soy agradecida pero meo igual que cualquiera, así que me tiro 40 minutos en la M30 acordándome de mi madre ¿Veis? Esos son el tipo de gracias que te complican la vida.
Así que imaginaros cómo me siento ahora, si por una tontería como un saludo me veo comprometida a mearme encima, imaginad cómo me siento con más de 400 personas dándome ánimos en el blog, en Facebook, por Twitter, por mail… Gente que no me conoce de nada y que me regala vino para que brinde por mi padre o galletas caseras para calmarme, personas que me quieren hacer una bufanda para que no pase frío, o me envían canciones y vídeos para entretenerme. Gente que me cuenta sus dolores, para que entienda mejor los míos… Yo es que no sé hacer… Y no tengo presupuesto suficiente para vino para todos, así que solo puedo decir: GRACIAS.
Si mi madre hubiera leído un tercio de estos comentarios, de verdad que a mí no me quedaba vida para agradeceros a todos. Así que aunque me he visto tentada de enseñárselos, me he aguantado las ganas. Soy kamikaze, tengo poco criterio, pero me aguanto bien las ganas, las de mear y las otras.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, es verdad, de bien nacido es ser agradecido. Ojalá podáis sentir un día un exceso de gratitud parecido al que siento yo. Ahora, al tipo del garaje se le paga y se le da las gracias, punto. El vino para los buenos amigos, y las vainas para los enemigos.
jueves, 22 de septiembre de 2011
90. No había otro como tu padre, nena.
En este consejo no creo que consiga haceros reír. Estáis avisados. Las cosas no fueron bien, nada bien. A pesar de toda vuestra energía, que fue mucha, mi no drama papá no pudo superar la enfermedad. Llevábamos un año y medio peleando, digo llevábamos porque hay enfermedades en las que todos deben luchar porque, si no, no sirve. Y a pesar de la lucha, perdimos. Y perdimos mucho. Seguimos desorientadas, cansadas e incrédulas, sobre todo eso.
Andamos como si el mundo no fuera con nosotras, como si tuviéramos que ir al hospital en un rato… Pero no. Mi padre ha muerto y mi drama mamá no para de llorar. Aguanta el tipo a ratos y otros no puede más. 42 años juntos son muchos años.
Mi padre era un señor, que no es tan fácil serlo. Sabía que los buenos chistes no son a carcajadas y que uno puede reírse hasta de su madre y que eso no resta amor. Bebía buen vino, porque para el malo siempre habría tiempo. Sabía charlar durante horas pero sabía mejor escuchar durante días. A mi padre le gustaba comer y llevaba la alineación del Osasuna en la cartera a pesar de que el fútbol no le gustaba para tener más que de qué hablar con los amigos. Cantaba mal pero bailaba los mejores pasodobles del mundo en las bodas. Mi padre sabía callar y no andaba haciendo juicios. Sabía cuánto vale un amigo y que en los libros uno se hace más grande. Mi padre sabía querer en silencio, acompañarte en la distancia y silbar sin dedos. No apretaba, pero nunca andaba lejos. Mi padre escribía los post it más absurdos del mundo, y nunca supo para qué sirve un destornillador pero nos ordenó el mundo para que supiéramos ubicarnos. Mi padre casi nunca me dijo que “no” y casi siempre me hizo entender porque no. Mi padre archivaba tickets de compra durante años y nunca perdió unas gafas. No era un hombre de paraguas pero siempre llevaba pañuelos y sabía pelar una naranja en una sola monda. Odiaba el ruido y se iba pronto a la cama. Tenía las manos grandes y 19 dedos. Mi padre subía al monte pero se mojaba los pies en la playa. Mi padre ayudaba sin que nos diéramos cuenta de que era ayuda. Solo se puso vaqueros una vez en su vida y viajaba con corbata. Mi padre lloró pocas veces: por amigos, por su padre y por un Vega Sicilia estrellado. O, quizás, mi padre sabía llorar a escondidas. Apenas daba consejos aunque nos prohibía chupar el cartón de los helados. Le gustaba el gazpacho y coleccionaba bolígrafos. Mi padre escribía en mayúsculas y con portaminas. Mi padre subió al Tourmalet en bici solo para que nosotras pudiéramos contárselo a los demás y nos obligó a aprender a comer marisco con cubiertos, por si acaso. Mi padre nunca creyó que estaba enfermo y anduvo sin quejarse, para que nosotras no sufriéramos.
Cuándo utilizó el consejo:
Ayer por la noche mi madre no paraba de llorar:
- Es que era muy bueno, nena, y ayudaba a todo el mundo (y ella lloraba). Nunca se quejaba (y ella lloraba). Ayudaba en casa (más lloros). Y todo el mundo le quería (hipo). Anda que no cuidó a tu abuela, y lo que le gustaba jugar con los niños…- yo por intentar frenar el dolor le dije:
- Mamá, intenta acordarte de cuándo te enfadaba, de cuando regañabais, porque así no vas a poder vivir.
- Pero es que era muy bueno con todos (doble hipo), y era muy ordenado, era generoso y respetuoso. Como tu padre no había otro nena, y muy simpático y detallista, pero bueno, no reciclaba- Lo dijo llorando- y mira que yo le puse post it con dónde iba el papel y el plástico, pero nunca acertaba. Siempre a la papelera equivocada. Y yo tenía que levantarme por las mañanas a separar la basura, las latas del papel. Porque era muy bueno, muy bueno, pero no reciclaba nada de nada.
Y por fin, nos volvió la risa. Así que estos días, cuando siento que a mi madre se le doblan las piernas, o que mi hermana está a punto de llorar, nos decimos al oído: “Pero no reciclaba ni un poquito”. Y seguimos para adelante.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, no había otro como vuestro abuelo. Voy a empezar a aprender a pelar la naranja en una sola monda y a silbar sin dedos, a ver si, poco a poco, os puedo explicar lo grande que era vuestro abuelo.
Andamos como si el mundo no fuera con nosotras, como si tuviéramos que ir al hospital en un rato… Pero no. Mi padre ha muerto y mi drama mamá no para de llorar. Aguanta el tipo a ratos y otros no puede más. 42 años juntos son muchos años.
Mi padre era un señor, que no es tan fácil serlo. Sabía que los buenos chistes no son a carcajadas y que uno puede reírse hasta de su madre y que eso no resta amor. Bebía buen vino, porque para el malo siempre habría tiempo. Sabía charlar durante horas pero sabía mejor escuchar durante días. A mi padre le gustaba comer y llevaba la alineación del Osasuna en la cartera a pesar de que el fútbol no le gustaba para tener más que de qué hablar con los amigos. Cantaba mal pero bailaba los mejores pasodobles del mundo en las bodas. Mi padre sabía callar y no andaba haciendo juicios. Sabía cuánto vale un amigo y que en los libros uno se hace más grande. Mi padre sabía querer en silencio, acompañarte en la distancia y silbar sin dedos. No apretaba, pero nunca andaba lejos. Mi padre escribía los post it más absurdos del mundo, y nunca supo para qué sirve un destornillador pero nos ordenó el mundo para que supiéramos ubicarnos. Mi padre casi nunca me dijo que “no” y casi siempre me hizo entender porque no. Mi padre archivaba tickets de compra durante años y nunca perdió unas gafas. No era un hombre de paraguas pero siempre llevaba pañuelos y sabía pelar una naranja en una sola monda. Odiaba el ruido y se iba pronto a la cama. Tenía las manos grandes y 19 dedos. Mi padre subía al monte pero se mojaba los pies en la playa. Mi padre ayudaba sin que nos diéramos cuenta de que era ayuda. Solo se puso vaqueros una vez en su vida y viajaba con corbata. Mi padre lloró pocas veces: por amigos, por su padre y por un Vega Sicilia estrellado. O, quizás, mi padre sabía llorar a escondidas. Apenas daba consejos aunque nos prohibía chupar el cartón de los helados. Le gustaba el gazpacho y coleccionaba bolígrafos. Mi padre escribía en mayúsculas y con portaminas. Mi padre subió al Tourmalet en bici solo para que nosotras pudiéramos contárselo a los demás y nos obligó a aprender a comer marisco con cubiertos, por si acaso. Mi padre nunca creyó que estaba enfermo y anduvo sin quejarse, para que nosotras no sufriéramos.
Cuándo utilizó el consejo:
Ayer por la noche mi madre no paraba de llorar:
- Es que era muy bueno, nena, y ayudaba a todo el mundo (y ella lloraba). Nunca se quejaba (y ella lloraba). Ayudaba en casa (más lloros). Y todo el mundo le quería (hipo). Anda que no cuidó a tu abuela, y lo que le gustaba jugar con los niños…- yo por intentar frenar el dolor le dije:
- Mamá, intenta acordarte de cuándo te enfadaba, de cuando regañabais, porque así no vas a poder vivir.
- Pero es que era muy bueno con todos (doble hipo), y era muy ordenado, era generoso y respetuoso. Como tu padre no había otro nena, y muy simpático y detallista, pero bueno, no reciclaba- Lo dijo llorando- y mira que yo le puse post it con dónde iba el papel y el plástico, pero nunca acertaba. Siempre a la papelera equivocada. Y yo tenía que levantarme por las mañanas a separar la basura, las latas del papel. Porque era muy bueno, muy bueno, pero no reciclaba nada de nada.
Y por fin, nos volvió la risa. Así que estos días, cuando siento que a mi madre se le doblan las piernas, o que mi hermana está a punto de llorar, nos decimos al oído: “Pero no reciclaba ni un poquito”. Y seguimos para adelante.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, no había otro como vuestro abuelo. Voy a empezar a aprender a pelar la naranja en una sola monda y a silbar sin dedos, a ver si, poco a poco, os puedo explicar lo grande que era vuestro abuelo.
martes, 6 de septiembre de 2011
89. Si hay que creer en el Reiki, pues se cree y punto.
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| Terapias naturales |
Cuándo utilizó el consejo:
Ayer. Mi no drama papá está malito. Muy malito. En realidad, no he estado de vacaciones. Han sido unas vacaciones del blog porque ando escasa de sentido del humor. Pues ayer por la noche estábamos en el hospital, en un día muy intenso en que parece que todo va mal, y andábamos concentrados en esa pequeña supervivencia de los hospitales. Ese trajín de turnos, viajes, noches mal dormidas, noticias, malas noticias, análisis y un sinfín de términos que nunca pensamos que tuviéramos que aprender. Y entonces llegó el señor del Reiki.
El señor del reiki es un hombre grande, con manos de pelotari y un abrazo contundente. Llegó se presentó y dijo que quería hablar con mi padre. Mi hermana que no entendía nada entró en la habitación y le preguntó a mi padre si le debía pasta a alguien, y yo fuera trataba de comprender qué hacía aquel señor allí.
Dentro de la habitación estaba mi no drama papá y uno de sus grandes amigos. Los dos comparten nombre, una afición por el buen vino y la certeza de que el reiki es un invento. Bueno, en realidad, ninguno sabía lo que era el reiki hasta ayer pero ellos son más de la energía de un buen Rioja que de conectarse a una red mundial de energía positiva. El caso es que el señor del reiki entró y nos dio una pequeña explicación. Mi no drama papá, no sé si por educación, por curiosidad o porque ese señor era muy agradable le dejó hacer. Y de repente empezamos a reírnos, todos, el amigo de padre y su mujer, porque habían oído mal y creían que estábamos haciendo reggae, mi hermana que le veía a mi padre con una piedra mágica en la mano con cara de “cómo he acabado así”, yo porque el amigo de mi padre me decía que no les dejara solos que ese hombre tenía un poder y había que tener cuidado, el novio de mi hermana que el pobre llegó tarde y no entendía que narices podía hacer el reggae y Bob Marley por mi padre. Entre broma y broma y algo de reiki, le dije al señor que todo estaba muy bien, pero que él le explicaba a mi madre qué estábamos haciendo allí cuando llegara, porque yo ya me veía tragándome la piedra mágica. Pero, no, una drama mamá siempre te sorprende.
Consecuencias:
Ya habíamos casi terminado cuando ella llegó con su termo, unos melocotones de la huerta de no sé quién, un bocata por si acaso, unos pañuelos de papel “más suaves que los que dan en el hospital que los de aquí son de lija”, un poco de flan por si mi padre estaba caprichoso, y seguro que algo más de comida que no nos cuenta, pero que podría mantener a toda la planta alimentada en caso de apocalipsis porque la habitación de mi padre huele igual que una tienda de ultramarinos. Así llegó y el señor del Reiki no tuvo que explicarle nada:
- Mire no me cuente nada, cuando yo me ido hace unas horas, lo he dejado tumbado, medio dormido y triste. Y llegó y después de tantos días, por fin nos reímos, y mire lo tranquilo que está. Así que me hago del reiki ese ya. ¿Quiere unas trufas? Tenemos unas trufas riquísimas. Coja una, y otra para el camino. ¿Y tiene hijos? Ande lléveles algunas, que el chocolate siempre viene bien.
El señor del reiki nos dio un abrazo enorme y allí nos quedamos, riéndonos como hace tiempo que no lo hacíamos, incluso mi padre:
- Hoy ha venido un cura, un psicólogo y el señor del reiki… Este hospital parece una terapia ocupacional.- Ese es mi padre.
- Ya me estáis oyendo. Ese hombre ha venido aquí y ha cobrado tres trufas por estar una hora de su tiempo con nosotros, y encima mira que bien estás. Así que no quiero yo que nadie se ría del reiki ¿Me estáis oyendo? Y si hay que creer en el Reiki, pues se cree y punto.- Esa es mi madre.
Excepciones para utilizarlo:
Todas. Futuros hijos míos, en la vida, pasan cosas así y uno acaba creyendo en el reiki sin ni siquiera saber lo que es, en el reiki o en el señor del reiki y su sentido del humor, que creo que, en realidad, fue la clave.
lunes, 8 de agosto de 2011
88. Si es que no aprendes.
Me he comprado un cabecero y dos mesillas, éste para ser más concretos. Ha sido todo un capricho, porque es el primer mueble que no tiene nombre sueco en mi casa. Se llama Bahia. Lo vi en la web y me dije “Mira que mono, Bahia”.
Luego me lo pensé muy mucho, me lo volví a pensar, medí 20 veces la habitación, remedí, busqué comentarios en foros para ver si la web daba seguridad... Todo esto si eres ese tipo de persona a las que comprar algo para mucho tiempo les paraliza, pero pensé otra vez: “Mira que mono”. Y al final lo compré. Ilusionada.
Y vas tú con toda esa ilusión y un catálogo a tu madre y le dices: “Mira que mono mamá, se llama Bahia. Y además es de maderas de casas indias recicladas”.
Y ella lo mira y, chica, que no lo ve tan mono:
-¿Eso? ¿Qué te has comprado eso? Nena, por dios, que yo lo veo en una basura y no lo cojo. Pero qué cosa más horrenda. Si es que te engañan, que no es tenga el encanto de los muebles restaurados nena, que eso está viejo. No me digas más, te lo compras sucio para no tener que limpiar. De dónde habrás sacado tú ese gusto torcido, que ni es gusto ni nada. Te has creído que eres una hippie, eso es lo que pasa. Porque vamos, y déjame ver el precio…- ¿sabéis los ojos en los dibujos animados cuando se salen de las órbitas? Pues lo de mi madre, igual, pero con doble tirabuzón de córnea – por dios, por dios, que está viejo, que parece que huele y todo. ¿Lo puedes devolver?
- Pero que mí me gusta…- aquí yo ya estoy menos ilusionada, no sé por qué.
- A ti qué te va a gustar, que no tienes criterio nena, tú oyes casas indias recicladas y te parece mágico, yo oigo eso y pienso: viejo. Y con suerte que no esté podrido. Yo y el 90% de la población mundial. ¡Y comprando por internet! Que te van a acabar robando que lo he visto en la tele.
Aquí ya discutimos, porque entramos en un bucle en el que yo estoy cabreada, le digo que a mí sus muebles no me gustan y que no se lo repito hasta la saciedad, y entonces ella sale en defensa de su sinfonier de caoba como una leona, entonces yo lanzo mi espejo marroquí contra su aparador castellano, y ella arremete contra mis lámparas de papel con su orejero británico. Y siempre gana ella, porque una vez vimos que en la Casa Blanca tienen el mismo sofá que mis padres y eso es la victoria total:
-Pues tan mal gusto no tendré yo nena, cuando el jefe del mundo, que tendrá el hombre dinero para decorar todo el que quiera, tiene mi mismo sofá. El mismo, el mismo. Y mira qué resultado ha dado. Tiene más años que tu hermana y ahí está, como si nada. Ya me contarás tú dentro de un año que le pasa a tu cabecero indio, qué digo dentro de un año. ¡Que ya te viene viejo! Si es que no aprendes, no aprendes.
Consecuencias del consejo:
Yo sufro para comprar cualquier cosa y jamás estoy convencida. Y si es de decoración peor. Así que he desarrollado una técnica absurda que consiste en comprar lo más barato, para que si luego no me gusta, poder tirarlo sin mucho remordimiento.
Segunda consecuencia, vivo rodeada de muebles de mierda: lámparas que se rompen con mirarlas, estanterías de madera sin tratar, sillas que cojean desde el primer día. Bueno, y ahora de un cabecero que se llama Bahia.
Tercera consecuencia, toda esa indecisión me hace vulnerable a las tenderas listillas. El otro día me compré un biquini porque la tendera me había sacado 30 para probarme y me parecía imposible que no me gustara ninguno, así que elegí uno al azar y me lo quedé. Me sienta fatal.
Cuarta consecuencia: desamparo total cuando llegó el cabecero. Solo os diré que mi novio dijo:
- Yo creo que lo veo en la basura y pienso: que pena que esté tan estropeado con lo bonito que es.
Mientras, yo solo pensaba cómo taparlo cuando mi madre venga de visita, porque lo que me faltaba, encima de tener un cabecero de 300 euros que no está si quiera barnizado, es tener que oír a mi madre diciendo: "Te lo dije nena, yo siempre tengo razón es que no aprendes. No aprendes".
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, espero haber aprendido a comprar cuando lleguéis, aunque si notáis que vuestra cuna cojea, le pedís cuentas a vuestra abuela, por hacerme una compradora enclenque. Y del cabecero de mi cuarto no quiero oír una palabra. ¿Queda claro?
PD. Me voy a coger unas pequeñas vacaciones. Nos vemos en septiembre. ¡Disfrutad!
Luego me lo pensé muy mucho, me lo volví a pensar, medí 20 veces la habitación, remedí, busqué comentarios en foros para ver si la web daba seguridad... Todo esto si eres ese tipo de persona a las que comprar algo para mucho tiempo les paraliza, pero pensé otra vez: “Mira que mono”. Y al final lo compré. Ilusionada.
Y vas tú con toda esa ilusión y un catálogo a tu madre y le dices: “Mira que mono mamá, se llama Bahia. Y además es de maderas de casas indias recicladas”.
Y ella lo mira y, chica, que no lo ve tan mono:
-¿Eso? ¿Qué te has comprado eso? Nena, por dios, que yo lo veo en una basura y no lo cojo. Pero qué cosa más horrenda. Si es que te engañan, que no es tenga el encanto de los muebles restaurados nena, que eso está viejo. No me digas más, te lo compras sucio para no tener que limpiar. De dónde habrás sacado tú ese gusto torcido, que ni es gusto ni nada. Te has creído que eres una hippie, eso es lo que pasa. Porque vamos, y déjame ver el precio…- ¿sabéis los ojos en los dibujos animados cuando se salen de las órbitas? Pues lo de mi madre, igual, pero con doble tirabuzón de córnea – por dios, por dios, que está viejo, que parece que huele y todo. ¿Lo puedes devolver?
- Pero que mí me gusta…- aquí yo ya estoy menos ilusionada, no sé por qué.
- A ti qué te va a gustar, que no tienes criterio nena, tú oyes casas indias recicladas y te parece mágico, yo oigo eso y pienso: viejo. Y con suerte que no esté podrido. Yo y el 90% de la población mundial. ¡Y comprando por internet! Que te van a acabar robando que lo he visto en la tele.
Aquí ya discutimos, porque entramos en un bucle en el que yo estoy cabreada, le digo que a mí sus muebles no me gustan y que no se lo repito hasta la saciedad, y entonces ella sale en defensa de su sinfonier de caoba como una leona, entonces yo lanzo mi espejo marroquí contra su aparador castellano, y ella arremete contra mis lámparas de papel con su orejero británico. Y siempre gana ella, porque una vez vimos que en la Casa Blanca tienen el mismo sofá que mis padres y eso es la victoria total:
-Pues tan mal gusto no tendré yo nena, cuando el jefe del mundo, que tendrá el hombre dinero para decorar todo el que quiera, tiene mi mismo sofá. El mismo, el mismo. Y mira qué resultado ha dado. Tiene más años que tu hermana y ahí está, como si nada. Ya me contarás tú dentro de un año que le pasa a tu cabecero indio, qué digo dentro de un año. ¡Que ya te viene viejo! Si es que no aprendes, no aprendes.
Consecuencias del consejo:
Yo sufro para comprar cualquier cosa y jamás estoy convencida. Y si es de decoración peor. Así que he desarrollado una técnica absurda que consiste en comprar lo más barato, para que si luego no me gusta, poder tirarlo sin mucho remordimiento.
Segunda consecuencia, vivo rodeada de muebles de mierda: lámparas que se rompen con mirarlas, estanterías de madera sin tratar, sillas que cojean desde el primer día. Bueno, y ahora de un cabecero que se llama Bahia.
Tercera consecuencia, toda esa indecisión me hace vulnerable a las tenderas listillas. El otro día me compré un biquini porque la tendera me había sacado 30 para probarme y me parecía imposible que no me gustara ninguno, así que elegí uno al azar y me lo quedé. Me sienta fatal.
Cuarta consecuencia: desamparo total cuando llegó el cabecero. Solo os diré que mi novio dijo:
- Yo creo que lo veo en la basura y pienso: que pena que esté tan estropeado con lo bonito que es.
Mientras, yo solo pensaba cómo taparlo cuando mi madre venga de visita, porque lo que me faltaba, encima de tener un cabecero de 300 euros que no está si quiera barnizado, es tener que oír a mi madre diciendo: "Te lo dije nena, yo siempre tengo razón es que no aprendes. No aprendes".
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, espero haber aprendido a comprar cuando lleguéis, aunque si notáis que vuestra cuna cojea, le pedís cuentas a vuestra abuela, por hacerme una compradora enclenque. Y del cabecero de mi cuarto no quiero oír una palabra. ¿Queda claro?
PD. Me voy a coger unas pequeñas vacaciones. Nos vemos en septiembre. ¡Disfrutad!
jueves, 21 de julio de 2011
87. Hay que guardar 2 horas de digestión para meterse al agua.
Bueno, siento cierta presión con este consejo porque éste, sí que sí, lo han recibido todos los niños de España e imagino que lo siguen sufriendo generaciones posteriores. Vamos por partes.
Cuándo lo utilizaba
Pues el corte de digestión en mi casa era bastante peor que el coco, lo del coco o el hombre del saco a su lado era cosa de niños. Vamos, que en mi cabeza un corte de digestión consistía en que la barriga se partía en dos y luego te morías. Así de nihilista andaba de niña.
Ahí estabas tú, en la arena, si con suerte pillabas un trozo de sombrilla, mirando el mar, lleno de gente, a 40 grados y embadurnada de crema. Vamos, el jodido paraíso infantil.
- Mamá y por qué hay tantos niños en el agua.
- Porque ya han esperado sus dos horas de digestión.
- ¿Y qué me puede pasar si me meto ahora?
- Pues que te dará un corte de digestión y empezarás a vomitar y te puedes ahogar en el agua y morirte.- de ahí, mi nihilismo.
- Pero ya ha pasado una hora y media. Ya igual sí se puede…
- De eso nada, nena, son dos horas, anda hazte un castillo o algo.
- Es que ya he hecho cuatro, dos fosos y he enterrado a mi hermana.
- Pero ¿qué dices? Sácala de ahí ahora mismo que le va a dar un insolación. Que menudas ideas tienes.
- Ya voy..., si a ella le gusta.
- ¿Qué le va a gustar? Que la saques ya.
- Igual nos tenemos que bañar entonces porque vamos a estar llenas de arena…
- Pues os aguantáis, que todavía queda un rato.
- Mami y qué pasaría si no comiéramos nada, solo cenamos, y así me podría pasar el día agua.
- ¿Que qué pasaría? ¿Que qué pasaría? (Cuando una drama mamá repite dos veces una pregunta retórica en tu cabeza debería sonar algo parecido a una alerta por tsunami) Que te morirías de inanición y vendría la policía para llevarnos a la cárcel a tu padre y a mí por ser malos padres y a tu hermana la mandarían a un orfanato- que luego mi madre anda extrañada de que yo sea una exagerada- ¿Tú quieres eso? ¿Quieres que nos manden a la cárcel?
- No…, yo solo quería bañarme.
- Pues calla ya que como te pongas pesada nos subimos al apartamento a hacer vacaciones Santillana y se van a acabar las discusiones. Y por dios, saca a tu hermana de ahí, que no te lo tenga que repetir.
Así que te callabas, porque las vacaciones Santillana son al verano lo mismo que la piña a la pizza. ¿Quién quiere fruta en la pizza? En serio. No lo entiendo. Pues lo mismo.
Consecuencias del consejo:
Pues no te creas, que desarrollas una capacidad a la frustración que no te digo nada. Gracias a eso ahora soy capaz de ver “Españoles por el mundo” o “¿Quién vive ahí?” sin tirarme por la ventana. Aunque tengo que reconocer que los dos programas me producen ardor de estómago.
Segunda consecuencia, yo pienso que vivir mirando al mar es la mejor vida. Es mi propio utopos. Yo creo que de mirarlo con tantas ganas.
Tercera consecuencia, a mis 32 años, oye, seré imbécil, pero me cuesta un dolor meterme al agua sin guardar dos horas de digestión. Me mojo las muñecas, la nuca, meto los pies con miedo y ando dando saltitos si el agua me llega a la barriga, mientras pienso: “Venga bonita, que no pasa nada, no te vayas a partir en dos”. Con 32 años tampoco es grave, es ridículo pero la vergüenza me queda lejos, eso sí, con 17 era terrible. “Venga corre que nos tiramos de bomba”. “No que se me saltan las lentillas”. Será de las pocas veces que he agradecido ser miope. Pensaréis: será imbécil ¡Con 32 años! Pues lo de imbécil podemos discutirlo pero es que yo sí he sufrido un corte de digestión en el agua. Un variante un poco más salvaje en realidad. Va de la siguiente manera: yo tenía 11 años, dos primas de 15 años con bastante mala leche, y un trampolín olímpico, pero olímpico de verdad, de cinco alturas. Y lo que también tenía yo era bastante inconsciencia. El caso es que nos subimos a la tercera altura y mis dos primas saladísimas prometieron tirarse de cabeza si primero me tiraba yo. Yo y mi inconsciencia ni nos lo pensamos, que era mucho nuestro estilo. Saltito y de cabeza. Ahora, que el aire tiene sus cosas y prefirió girarme ligeramente de manera que me metí una de las tripadas que pasaran a la historia de las leches familiares durante generaciones. Y el agua también tiene sus cosas, si tú te tiras de un tercero en plancha no solo te quedas roja como una cigala por el lado que caes, sino que empiezas a vomitar como si dentro de ti viviera la niña del exorcista. Y mi bueno, mi madre también tiene sus cosas, y después de que el socorrista la tranquilizara tuve que oír para los restos eso de “Te esperas las dos horas de digestión que acuérdate cómo te pusiste cuando te dio un corte de digestión. Tres días vomitando”. Y por cierto, las saladísimas de mis primas bajaron por la escalera. Cobardes.
Cuarta consecuencia. No me tiro de cabeza. Lo intento, pero el saltito ya no me sale, me da un vértigo…, desde el borde de la piscina, sin trampolín ni nada. Con lo que yo he sido…
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, de verdad voy a intentar saltarme este consejo. He buscado en internet y una pediatra (que esa gente tiene carrera y sabe) dice que no es necesario. Que el corte de digestión no mata, y que no se produce solo por comer, si no por el contraste de temperaturas. Aquí lo explica súper clarito. Vamos, que ya sabéis: muñecas, nuca, saltitos y al agua patos. Eso sí, no quiero oír hablar de trampolines olímpicos y lo de enseñaros a saltar de cabeza lo veo difícil. Confiaremos en vuestro futuro padre.
Cuándo lo utilizaba
Pues el corte de digestión en mi casa era bastante peor que el coco, lo del coco o el hombre del saco a su lado era cosa de niños. Vamos, que en mi cabeza un corte de digestión consistía en que la barriga se partía en dos y luego te morías. Así de nihilista andaba de niña.
Ahí estabas tú, en la arena, si con suerte pillabas un trozo de sombrilla, mirando el mar, lleno de gente, a 40 grados y embadurnada de crema. Vamos, el jodido paraíso infantil.
- Mamá y por qué hay tantos niños en el agua.
- Porque ya han esperado sus dos horas de digestión.
- ¿Y qué me puede pasar si me meto ahora?
- Pues que te dará un corte de digestión y empezarás a vomitar y te puedes ahogar en el agua y morirte.- de ahí, mi nihilismo.
- Pero ya ha pasado una hora y media. Ya igual sí se puede…
- De eso nada, nena, son dos horas, anda hazte un castillo o algo.
- Es que ya he hecho cuatro, dos fosos y he enterrado a mi hermana.
- Pero ¿qué dices? Sácala de ahí ahora mismo que le va a dar un insolación. Que menudas ideas tienes.
- Ya voy..., si a ella le gusta.
- ¿Qué le va a gustar? Que la saques ya.
- Igual nos tenemos que bañar entonces porque vamos a estar llenas de arena…
- Pues os aguantáis, que todavía queda un rato.
- Mami y qué pasaría si no comiéramos nada, solo cenamos, y así me podría pasar el día agua.
- ¿Que qué pasaría? ¿Que qué pasaría? (Cuando una drama mamá repite dos veces una pregunta retórica en tu cabeza debería sonar algo parecido a una alerta por tsunami) Que te morirías de inanición y vendría la policía para llevarnos a la cárcel a tu padre y a mí por ser malos padres y a tu hermana la mandarían a un orfanato- que luego mi madre anda extrañada de que yo sea una exagerada- ¿Tú quieres eso? ¿Quieres que nos manden a la cárcel?
- No…, yo solo quería bañarme.
- Pues calla ya que como te pongas pesada nos subimos al apartamento a hacer vacaciones Santillana y se van a acabar las discusiones. Y por dios, saca a tu hermana de ahí, que no te lo tenga que repetir.
Así que te callabas, porque las vacaciones Santillana son al verano lo mismo que la piña a la pizza. ¿Quién quiere fruta en la pizza? En serio. No lo entiendo. Pues lo mismo.
Consecuencias del consejo:
Pues no te creas, que desarrollas una capacidad a la frustración que no te digo nada. Gracias a eso ahora soy capaz de ver “Españoles por el mundo” o “¿Quién vive ahí?” sin tirarme por la ventana. Aunque tengo que reconocer que los dos programas me producen ardor de estómago.
Segunda consecuencia, yo pienso que vivir mirando al mar es la mejor vida. Es mi propio utopos. Yo creo que de mirarlo con tantas ganas.
Tercera consecuencia, a mis 32 años, oye, seré imbécil, pero me cuesta un dolor meterme al agua sin guardar dos horas de digestión. Me mojo las muñecas, la nuca, meto los pies con miedo y ando dando saltitos si el agua me llega a la barriga, mientras pienso: “Venga bonita, que no pasa nada, no te vayas a partir en dos”. Con 32 años tampoco es grave, es ridículo pero la vergüenza me queda lejos, eso sí, con 17 era terrible. “Venga corre que nos tiramos de bomba”. “No que se me saltan las lentillas”. Será de las pocas veces que he agradecido ser miope. Pensaréis: será imbécil ¡Con 32 años! Pues lo de imbécil podemos discutirlo pero es que yo sí he sufrido un corte de digestión en el agua. Un variante un poco más salvaje en realidad. Va de la siguiente manera: yo tenía 11 años, dos primas de 15 años con bastante mala leche, y un trampolín olímpico, pero olímpico de verdad, de cinco alturas. Y lo que también tenía yo era bastante inconsciencia. El caso es que nos subimos a la tercera altura y mis dos primas saladísimas prometieron tirarse de cabeza si primero me tiraba yo. Yo y mi inconsciencia ni nos lo pensamos, que era mucho nuestro estilo. Saltito y de cabeza. Ahora, que el aire tiene sus cosas y prefirió girarme ligeramente de manera que me metí una de las tripadas que pasaran a la historia de las leches familiares durante generaciones. Y el agua también tiene sus cosas, si tú te tiras de un tercero en plancha no solo te quedas roja como una cigala por el lado que caes, sino que empiezas a vomitar como si dentro de ti viviera la niña del exorcista. Y mi bueno, mi madre también tiene sus cosas, y después de que el socorrista la tranquilizara tuve que oír para los restos eso de “Te esperas las dos horas de digestión que acuérdate cómo te pusiste cuando te dio un corte de digestión. Tres días vomitando”. Y por cierto, las saladísimas de mis primas bajaron por la escalera. Cobardes.
Cuarta consecuencia. No me tiro de cabeza. Lo intento, pero el saltito ya no me sale, me da un vértigo…, desde el borde de la piscina, sin trampolín ni nada. Con lo que yo he sido…
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, de verdad voy a intentar saltarme este consejo. He buscado en internet y una pediatra (que esa gente tiene carrera y sabe) dice que no es necesario. Que el corte de digestión no mata, y que no se produce solo por comer, si no por el contraste de temperaturas. Aquí lo explica súper clarito. Vamos, que ya sabéis: muñecas, nuca, saltitos y al agua patos. Eso sí, no quiero oír hablar de trampolines olímpicos y lo de enseñaros a saltar de cabeza lo veo difícil. Confiaremos en vuestro futuro padre.
martes, 12 de julio de 2011
86. Nena, tira bien de la cadena.
Yo sé que muchos de vosotros pensáis que soy una exagerada. Bueno, vale, soy una exagerada. Algunos incluso, que soy fantasiosa, bueno, vale, soy bastante fantasiosa. Me estoy perdiendo un poco. A lo que iba, pero hoy traigo un documento gráfico reciente y calentito que ni tan exagerada, ni tan fantasiosa. Ala.
Cuándo lo utiliza
La foto que ilustra el post la saqué este sábado a las 2 de la madrugada. Este sábado a las 2 de la madrugada yo tenía 32 años. Y este mismo sábado mi madre me había repetido durante todo el día unas 100 veces que la cadena soltaba agua y cómo debía tirar de ella. No digo 100 veces de manera figurada no, igual fueron 120. Mi madre me lo ha repetido hasta la saciedad. Antes de ir de viaje a su casa, por teléfono. Con un extensa explicación acerca de las pérdidas de agua, y no sé qué tía mía a la que le llegó una factura de 600 euros por una cadena que perdía agua, y también sobre una depurada técnica pulsando dos veces el botón y rezando un ave maría para que deje de salir agua, y algo acerca de un fontanero con depresión que no quiere ir a arreglarla, y sobre un molesto ruido que puede volver locos a los vecinos si nos despistamos y “Cuando uno se vuelve loco puede hacer cualquier cosa. Imagínate que prende fuego al piso o algo. Menudo disgusto, y todo por no tirar bien de una cadena” .
Este mismo discurso nos lo repitió nada más llegar, a mí y a mi pobre novio, que ponía cara de pensar: “¿La cadena suelta agua o es que si no tiras bien produce una fusión nuclear y todo el norte de España se desintegra?”. Mientras yo ponía cara de: “¿Y por qué estará deprimido el fontanero? ¿Le deprimirá arreglar cadenas?”. Y mi madre que me conoce mejor que yo dijo: “Nena, que bajes a la tierra, y por favor te acuerdas de tirar bien la cadena. Y el fontanero está deprimido porque el hijo no le quiere heredar el negocio. Que va a ser músico, dice. Menudo disgusto tiene el pobre, y con razón. Con la de dinero que da la fontanería. Trompetas va a acabar comiendo ese, ya vas a ver”.
Por si acaso nuestro cerebro no era capaz de recordar una orden simple como “Tira bien de la cadena” nos lo repitió cada vez que íbamos al baño ese sábado, que en verano es con frecuencia. Y luego la pillé espiando alguna vez si habíamos tirado bien. Así las cosas, a las 2 de la madrugada de este sábado en el que yo tenía 32 años y había oído unas 100 veces, o igual fueron 140, que debía tirar bien de la cadena, me encontré esta sucesión de tres post-it pegados en el espejo del baño.
"¡Buenas noches! (ella es muy risueña). Nena procura (el verbo procurar en mi madre es un eufemismo de "ni se te ocurra no hacerme caso") ser la última en tirar de la cadena (esto es que a mi novio no le tiene confiaza vía post-it) porque sigue funcionando mal y ya sabes (qué más dará si lo sé, ella me lo repite) que hay apretar el botón y esperar un poco y volver a presionar . Pues si no, puede que esté toda la noche yéndose el agua (y menos mal que los pos-it son pequeñicos que, si no, me hubiera recordado lo de mi tía, y lo del fontanero deprimido, y lo del vecino loco pirómano). Que descanses". ¡Pero cómo voy a descansar! Me pasé la noche entera soñando que me ahogaba en un inodoro gigante.
Consecuencias del consejo:
El domingo bajamos a mear al bar de abajo. Yo no podía soportar tanta tensión. Imagínate tú que por lo que sea se nos olvida tirar bien. Imagínate por un momento lo que tendría que soportar. Un pis no merece la pena. Ahora, que en el bar nos miran raro.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, si nuestra cadena no interfiere en ningún proceso de fusión nuclear y no tiene ninguna relación con un apocalipsis, no pienso utilizarlo. Al menos, no 150 veces en 48 horas.
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La foto que ilustra el post la saqué este sábado a las 2 de la madrugada. Este sábado a las 2 de la madrugada yo tenía 32 años. Y este mismo sábado mi madre me había repetido durante todo el día unas 100 veces que la cadena soltaba agua y cómo debía tirar de ella. No digo 100 veces de manera figurada no, igual fueron 120. Mi madre me lo ha repetido hasta la saciedad. Antes de ir de viaje a su casa, por teléfono. Con un extensa explicación acerca de las pérdidas de agua, y no sé qué tía mía a la que le llegó una factura de 600 euros por una cadena que perdía agua, y también sobre una depurada técnica pulsando dos veces el botón y rezando un ave maría para que deje de salir agua, y algo acerca de un fontanero con depresión que no quiere ir a arreglarla, y sobre un molesto ruido que puede volver locos a los vecinos si nos despistamos y “Cuando uno se vuelve loco puede hacer cualquier cosa. Imagínate que prende fuego al piso o algo. Menudo disgusto, y todo por no tirar bien de una cadena” .
Este mismo discurso nos lo repitió nada más llegar, a mí y a mi pobre novio, que ponía cara de pensar: “¿La cadena suelta agua o es que si no tiras bien produce una fusión nuclear y todo el norte de España se desintegra?”. Mientras yo ponía cara de: “¿Y por qué estará deprimido el fontanero? ¿Le deprimirá arreglar cadenas?”. Y mi madre que me conoce mejor que yo dijo: “Nena, que bajes a la tierra, y por favor te acuerdas de tirar bien la cadena. Y el fontanero está deprimido porque el hijo no le quiere heredar el negocio. Que va a ser músico, dice. Menudo disgusto tiene el pobre, y con razón. Con la de dinero que da la fontanería. Trompetas va a acabar comiendo ese, ya vas a ver”.
Por si acaso nuestro cerebro no era capaz de recordar una orden simple como “Tira bien de la cadena” nos lo repitió cada vez que íbamos al baño ese sábado, que en verano es con frecuencia. Y luego la pillé espiando alguna vez si habíamos tirado bien. Así las cosas, a las 2 de la madrugada de este sábado en el que yo tenía 32 años y había oído unas 100 veces, o igual fueron 140, que debía tirar bien de la cadena, me encontré esta sucesión de tres post-it pegados en el espejo del baño.
"¡Buenas noches! (ella es muy risueña). Nena procura (el verbo procurar en mi madre es un eufemismo de "ni se te ocurra no hacerme caso") ser la última en tirar de la cadena (esto es que a mi novio no le tiene confiaza vía post-it) porque sigue funcionando mal y ya sabes (qué más dará si lo sé, ella me lo repite) que hay apretar el botón y esperar un poco y volver a presionar . Pues si no, puede que esté toda la noche yéndose el agua (y menos mal que los pos-it son pequeñicos que, si no, me hubiera recordado lo de mi tía, y lo del fontanero deprimido, y lo del vecino loco pirómano). Que descanses". ¡Pero cómo voy a descansar! Me pasé la noche entera soñando que me ahogaba en un inodoro gigante.
Consecuencias del consejo:
El domingo bajamos a mear al bar de abajo. Yo no podía soportar tanta tensión. Imagínate tú que por lo que sea se nos olvida tirar bien. Imagínate por un momento lo que tendría que soportar. Un pis no merece la pena. Ahora, que en el bar nos miran raro.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, si nuestra cadena no interfiere en ningún proceso de fusión nuclear y no tiene ninguna relación con un apocalipsis, no pienso utilizarlo. Al menos, no 150 veces en 48 horas.
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