Me he comprado un cabecero y dos mesillas, éste para ser más concretos. Ha sido todo un capricho, porque es el primer mueble que no tiene nombre sueco en mi casa. Se llama Bahia. Lo vi en la web y me dije “Mira que mono, Bahia”.
Luego me lo pensé muy mucho, me lo volví a pensar, medí 20 veces la habitación, remedí, busqué comentarios en foros para ver si la web daba seguridad... Todo esto si eres ese tipo de persona a las que comprar algo para mucho tiempo les paraliza, pero pensé otra vez: “Mira que mono”. Y al final lo compré. Ilusionada.
Y vas tú con toda esa ilusión y un catálogo a tu madre y le dices: “Mira que mono mamá, se llama Bahia. Y además es de maderas de casas indias recicladas”.
Y ella lo mira y, chica, que no lo ve tan mono:
-¿Eso? ¿Qué te has comprado eso? Nena, por dios, que yo lo veo en una basura y no lo cojo. Pero qué cosa más horrenda. Si es que te engañan, que no es tenga el encanto de los muebles restaurados nena, que eso está viejo. No me digas más, te lo compras sucio para no tener que limpiar. De dónde habrás sacado tú ese gusto torcido, que ni es gusto ni nada. Te has creído que eres una hippie, eso es lo que pasa. Porque vamos, y déjame ver el precio…- ¿sabéis los ojos en los dibujos animados cuando se salen de las órbitas? Pues lo de mi madre, igual, pero con doble tirabuzón de córnea – por dios, por dios, que está viejo, que parece que huele y todo. ¿Lo puedes devolver?
- Pero que mí me gusta…- aquí yo ya estoy menos ilusionada, no sé por qué.
- A ti qué te va a gustar, que no tienes criterio nena, tú oyes casas indias recicladas y te parece mágico, yo oigo eso y pienso: viejo. Y con suerte que no esté podrido. Yo y el 90% de la población mundial. ¡Y comprando por internet! Que te van a acabar robando que lo he visto en la tele.
Aquí ya discutimos, porque entramos en un bucle en el que yo estoy cabreada, le digo que a mí sus muebles no me gustan y que no se lo repito hasta la saciedad, y entonces ella sale en defensa de su sinfonier de caoba como una leona, entonces yo lanzo mi espejo marroquí contra su aparador castellano, y ella arremete contra mis lámparas de papel con su orejero británico. Y siempre gana ella, porque una vez vimos que en la Casa Blanca tienen el mismo sofá que mis padres y eso es la victoria total:
-Pues tan mal gusto no tendré yo nena, cuando el jefe del mundo, que tendrá el hombre dinero para decorar todo el que quiera, tiene mi mismo sofá. El mismo, el mismo. Y mira qué resultado ha dado. Tiene más años que tu hermana y ahí está, como si nada. Ya me contarás tú dentro de un año que le pasa a tu cabecero indio, qué digo dentro de un año. ¡Que ya te viene viejo! Si es que no aprendes, no aprendes.
Consecuencias del consejo:
Yo sufro para comprar cualquier cosa y jamás estoy convencida. Y si es de decoración peor. Así que he desarrollado una técnica absurda que consiste en comprar lo más barato, para que si luego no me gusta, poder tirarlo sin mucho remordimiento.
Segunda consecuencia, vivo rodeada de muebles de mierda: lámparas que se rompen con mirarlas, estanterías de madera sin tratar, sillas que cojean desde el primer día. Bueno, y ahora de un cabecero que se llama Bahia.
Tercera consecuencia, toda esa indecisión me hace vulnerable a las tenderas listillas. El otro día me compré un biquini porque la tendera me había sacado 30 para probarme y me parecía imposible que no me gustara ninguno, así que elegí uno al azar y me lo quedé. Me sienta fatal.
Cuarta consecuencia: desamparo total cuando llegó el cabecero. Solo os diré que mi novio dijo:
- Yo creo que lo veo en la basura y pienso: que pena que esté tan estropeado con lo bonito que es.
Mientras, yo solo pensaba cómo taparlo cuando mi madre venga de visita, porque lo que me faltaba, encima de tener un cabecero de 300 euros que no está si quiera barnizado, es tener que oír a mi madre diciendo: "Te lo dije nena, yo siempre tengo razón es que no aprendes. No aprendes".
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, espero haber aprendido a comprar cuando lleguéis, aunque si notáis que vuestra cuna cojea, le pedís cuentas a vuestra abuela, por hacerme una compradora enclenque. Y del cabecero de mi cuarto no quiero oír una palabra. ¿Queda claro?
PD. Me voy a coger unas pequeñas vacaciones. Nos vemos en septiembre. ¡Disfrutad!
lunes, 8 de agosto de 2011
jueves, 21 de julio de 2011
87. Hay que guardar 2 horas de digestión para meterse al agua.
Bueno, siento cierta presión con este consejo porque éste, sí que sí, lo han recibido todos los niños de España e imagino que lo siguen sufriendo generaciones posteriores. Vamos por partes.
Cuándo lo utilizaba
Pues el corte de digestión en mi casa era bastante peor que el coco, lo del coco o el hombre del saco a su lado era cosa de niños. Vamos, que en mi cabeza un corte de digestión consistía en que la barriga se partía en dos y luego te morías. Así de nihilista andaba de niña.
Ahí estabas tú, en la arena, si con suerte pillabas un trozo de sombrilla, mirando el mar, lleno de gente, a 40 grados y embadurnada de crema. Vamos, el jodido paraíso infantil.
- Mamá y por qué hay tantos niños en el agua.
- Porque ya han esperado sus dos horas de digestión.
- ¿Y qué me puede pasar si me meto ahora?
- Pues que te dará un corte de digestión y empezarás a vomitar y te puedes ahogar en el agua y morirte.- de ahí, mi nihilismo.
- Pero ya ha pasado una hora y media. Ya igual sí se puede…
- De eso nada, nena, son dos horas, anda hazte un castillo o algo.
- Es que ya he hecho cuatro, dos fosos y he enterrado a mi hermana.
- Pero ¿qué dices? Sácala de ahí ahora mismo que le va a dar un insolación. Que menudas ideas tienes.
- Ya voy..., si a ella le gusta.
- ¿Qué le va a gustar? Que la saques ya.
- Igual nos tenemos que bañar entonces porque vamos a estar llenas de arena…
- Pues os aguantáis, que todavía queda un rato.
- Mami y qué pasaría si no comiéramos nada, solo cenamos, y así me podría pasar el día agua.
- ¿Que qué pasaría? ¿Que qué pasaría? (Cuando una drama mamá repite dos veces una pregunta retórica en tu cabeza debería sonar algo parecido a una alerta por tsunami) Que te morirías de inanición y vendría la policía para llevarnos a la cárcel a tu padre y a mí por ser malos padres y a tu hermana la mandarían a un orfanato- que luego mi madre anda extrañada de que yo sea una exagerada- ¿Tú quieres eso? ¿Quieres que nos manden a la cárcel?
- No…, yo solo quería bañarme.
- Pues calla ya que como te pongas pesada nos subimos al apartamento a hacer vacaciones Santillana y se van a acabar las discusiones. Y por dios, saca a tu hermana de ahí, que no te lo tenga que repetir.
Así que te callabas, porque las vacaciones Santillana son al verano lo mismo que la piña a la pizza. ¿Quién quiere fruta en la pizza? En serio. No lo entiendo. Pues lo mismo.
Consecuencias del consejo:
Pues no te creas, que desarrollas una capacidad a la frustración que no te digo nada. Gracias a eso ahora soy capaz de ver “Españoles por el mundo” o “¿Quién vive ahí?” sin tirarme por la ventana. Aunque tengo que reconocer que los dos programas me producen ardor de estómago.
Segunda consecuencia, yo pienso que vivir mirando al mar es la mejor vida. Es mi propio utopos. Yo creo que de mirarlo con tantas ganas.
Tercera consecuencia, a mis 32 años, oye, seré imbécil, pero me cuesta un dolor meterme al agua sin guardar dos horas de digestión. Me mojo las muñecas, la nuca, meto los pies con miedo y ando dando saltitos si el agua me llega a la barriga, mientras pienso: “Venga bonita, que no pasa nada, no te vayas a partir en dos”. Con 32 años tampoco es grave, es ridículo pero la vergüenza me queda lejos, eso sí, con 17 era terrible. “Venga corre que nos tiramos de bomba”. “No que se me saltan las lentillas”. Será de las pocas veces que he agradecido ser miope. Pensaréis: será imbécil ¡Con 32 años! Pues lo de imbécil podemos discutirlo pero es que yo sí he sufrido un corte de digestión en el agua. Un variante un poco más salvaje en realidad. Va de la siguiente manera: yo tenía 11 años, dos primas de 15 años con bastante mala leche, y un trampolín olímpico, pero olímpico de verdad, de cinco alturas. Y lo que también tenía yo era bastante inconsciencia. El caso es que nos subimos a la tercera altura y mis dos primas saladísimas prometieron tirarse de cabeza si primero me tiraba yo. Yo y mi inconsciencia ni nos lo pensamos, que era mucho nuestro estilo. Saltito y de cabeza. Ahora, que el aire tiene sus cosas y prefirió girarme ligeramente de manera que me metí una de las tripadas que pasaran a la historia de las leches familiares durante generaciones. Y el agua también tiene sus cosas, si tú te tiras de un tercero en plancha no solo te quedas roja como una cigala por el lado que caes, sino que empiezas a vomitar como si dentro de ti viviera la niña del exorcista. Y mi bueno, mi madre también tiene sus cosas, y después de que el socorrista la tranquilizara tuve que oír para los restos eso de “Te esperas las dos horas de digestión que acuérdate cómo te pusiste cuando te dio un corte de digestión. Tres días vomitando”. Y por cierto, las saladísimas de mis primas bajaron por la escalera. Cobardes.
Cuarta consecuencia. No me tiro de cabeza. Lo intento, pero el saltito ya no me sale, me da un vértigo…, desde el borde de la piscina, sin trampolín ni nada. Con lo que yo he sido…
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, de verdad voy a intentar saltarme este consejo. He buscado en internet y una pediatra (que esa gente tiene carrera y sabe) dice que no es necesario. Que el corte de digestión no mata, y que no se produce solo por comer, si no por el contraste de temperaturas. Aquí lo explica súper clarito. Vamos, que ya sabéis: muñecas, nuca, saltitos y al agua patos. Eso sí, no quiero oír hablar de trampolines olímpicos y lo de enseñaros a saltar de cabeza lo veo difícil. Confiaremos en vuestro futuro padre.
Cuándo lo utilizaba
Pues el corte de digestión en mi casa era bastante peor que el coco, lo del coco o el hombre del saco a su lado era cosa de niños. Vamos, que en mi cabeza un corte de digestión consistía en que la barriga se partía en dos y luego te morías. Así de nihilista andaba de niña.
Ahí estabas tú, en la arena, si con suerte pillabas un trozo de sombrilla, mirando el mar, lleno de gente, a 40 grados y embadurnada de crema. Vamos, el jodido paraíso infantil.
- Mamá y por qué hay tantos niños en el agua.
- Porque ya han esperado sus dos horas de digestión.
- ¿Y qué me puede pasar si me meto ahora?
- Pues que te dará un corte de digestión y empezarás a vomitar y te puedes ahogar en el agua y morirte.- de ahí, mi nihilismo.
- Pero ya ha pasado una hora y media. Ya igual sí se puede…
- De eso nada, nena, son dos horas, anda hazte un castillo o algo.
- Es que ya he hecho cuatro, dos fosos y he enterrado a mi hermana.
- Pero ¿qué dices? Sácala de ahí ahora mismo que le va a dar un insolación. Que menudas ideas tienes.
- Ya voy..., si a ella le gusta.
- ¿Qué le va a gustar? Que la saques ya.
- Igual nos tenemos que bañar entonces porque vamos a estar llenas de arena…
- Pues os aguantáis, que todavía queda un rato.
- Mami y qué pasaría si no comiéramos nada, solo cenamos, y así me podría pasar el día agua.
- ¿Que qué pasaría? ¿Que qué pasaría? (Cuando una drama mamá repite dos veces una pregunta retórica en tu cabeza debería sonar algo parecido a una alerta por tsunami) Que te morirías de inanición y vendría la policía para llevarnos a la cárcel a tu padre y a mí por ser malos padres y a tu hermana la mandarían a un orfanato- que luego mi madre anda extrañada de que yo sea una exagerada- ¿Tú quieres eso? ¿Quieres que nos manden a la cárcel?
- No…, yo solo quería bañarme.
- Pues calla ya que como te pongas pesada nos subimos al apartamento a hacer vacaciones Santillana y se van a acabar las discusiones. Y por dios, saca a tu hermana de ahí, que no te lo tenga que repetir.
Así que te callabas, porque las vacaciones Santillana son al verano lo mismo que la piña a la pizza. ¿Quién quiere fruta en la pizza? En serio. No lo entiendo. Pues lo mismo.
Consecuencias del consejo:
Pues no te creas, que desarrollas una capacidad a la frustración que no te digo nada. Gracias a eso ahora soy capaz de ver “Españoles por el mundo” o “¿Quién vive ahí?” sin tirarme por la ventana. Aunque tengo que reconocer que los dos programas me producen ardor de estómago.
Segunda consecuencia, yo pienso que vivir mirando al mar es la mejor vida. Es mi propio utopos. Yo creo que de mirarlo con tantas ganas.
Tercera consecuencia, a mis 32 años, oye, seré imbécil, pero me cuesta un dolor meterme al agua sin guardar dos horas de digestión. Me mojo las muñecas, la nuca, meto los pies con miedo y ando dando saltitos si el agua me llega a la barriga, mientras pienso: “Venga bonita, que no pasa nada, no te vayas a partir en dos”. Con 32 años tampoco es grave, es ridículo pero la vergüenza me queda lejos, eso sí, con 17 era terrible. “Venga corre que nos tiramos de bomba”. “No que se me saltan las lentillas”. Será de las pocas veces que he agradecido ser miope. Pensaréis: será imbécil ¡Con 32 años! Pues lo de imbécil podemos discutirlo pero es que yo sí he sufrido un corte de digestión en el agua. Un variante un poco más salvaje en realidad. Va de la siguiente manera: yo tenía 11 años, dos primas de 15 años con bastante mala leche, y un trampolín olímpico, pero olímpico de verdad, de cinco alturas. Y lo que también tenía yo era bastante inconsciencia. El caso es que nos subimos a la tercera altura y mis dos primas saladísimas prometieron tirarse de cabeza si primero me tiraba yo. Yo y mi inconsciencia ni nos lo pensamos, que era mucho nuestro estilo. Saltito y de cabeza. Ahora, que el aire tiene sus cosas y prefirió girarme ligeramente de manera que me metí una de las tripadas que pasaran a la historia de las leches familiares durante generaciones. Y el agua también tiene sus cosas, si tú te tiras de un tercero en plancha no solo te quedas roja como una cigala por el lado que caes, sino que empiezas a vomitar como si dentro de ti viviera la niña del exorcista. Y mi bueno, mi madre también tiene sus cosas, y después de que el socorrista la tranquilizara tuve que oír para los restos eso de “Te esperas las dos horas de digestión que acuérdate cómo te pusiste cuando te dio un corte de digestión. Tres días vomitando”. Y por cierto, las saladísimas de mis primas bajaron por la escalera. Cobardes.
Cuarta consecuencia. No me tiro de cabeza. Lo intento, pero el saltito ya no me sale, me da un vértigo…, desde el borde de la piscina, sin trampolín ni nada. Con lo que yo he sido…
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, de verdad voy a intentar saltarme este consejo. He buscado en internet y una pediatra (que esa gente tiene carrera y sabe) dice que no es necesario. Que el corte de digestión no mata, y que no se produce solo por comer, si no por el contraste de temperaturas. Aquí lo explica súper clarito. Vamos, que ya sabéis: muñecas, nuca, saltitos y al agua patos. Eso sí, no quiero oír hablar de trampolines olímpicos y lo de enseñaros a saltar de cabeza lo veo difícil. Confiaremos en vuestro futuro padre.
martes, 12 de julio de 2011
86. Nena, tira bien de la cadena.
Yo sé que muchos de vosotros pensáis que soy una exagerada. Bueno, vale, soy una exagerada. Algunos incluso, que soy fantasiosa, bueno, vale, soy bastante fantasiosa. Me estoy perdiendo un poco. A lo que iba, pero hoy traigo un documento gráfico reciente y calentito que ni tan exagerada, ni tan fantasiosa. Ala.
Cuándo lo utiliza
La foto que ilustra el post la saqué este sábado a las 2 de la madrugada. Este sábado a las 2 de la madrugada yo tenía 32 años. Y este mismo sábado mi madre me había repetido durante todo el día unas 100 veces que la cadena soltaba agua y cómo debía tirar de ella. No digo 100 veces de manera figurada no, igual fueron 120. Mi madre me lo ha repetido hasta la saciedad. Antes de ir de viaje a su casa, por teléfono. Con un extensa explicación acerca de las pérdidas de agua, y no sé qué tía mía a la que le llegó una factura de 600 euros por una cadena que perdía agua, y también sobre una depurada técnica pulsando dos veces el botón y rezando un ave maría para que deje de salir agua, y algo acerca de un fontanero con depresión que no quiere ir a arreglarla, y sobre un molesto ruido que puede volver locos a los vecinos si nos despistamos y “Cuando uno se vuelve loco puede hacer cualquier cosa. Imagínate que prende fuego al piso o algo. Menudo disgusto, y todo por no tirar bien de una cadena” .
Este mismo discurso nos lo repitió nada más llegar, a mí y a mi pobre novio, que ponía cara de pensar: “¿La cadena suelta agua o es que si no tiras bien produce una fusión nuclear y todo el norte de España se desintegra?”. Mientras yo ponía cara de: “¿Y por qué estará deprimido el fontanero? ¿Le deprimirá arreglar cadenas?”. Y mi madre que me conoce mejor que yo dijo: “Nena, que bajes a la tierra, y por favor te acuerdas de tirar bien la cadena. Y el fontanero está deprimido porque el hijo no le quiere heredar el negocio. Que va a ser músico, dice. Menudo disgusto tiene el pobre, y con razón. Con la de dinero que da la fontanería. Trompetas va a acabar comiendo ese, ya vas a ver”.
Por si acaso nuestro cerebro no era capaz de recordar una orden simple como “Tira bien de la cadena” nos lo repitió cada vez que íbamos al baño ese sábado, que en verano es con frecuencia. Y luego la pillé espiando alguna vez si habíamos tirado bien. Así las cosas, a las 2 de la madrugada de este sábado en el que yo tenía 32 años y había oído unas 100 veces, o igual fueron 140, que debía tirar bien de la cadena, me encontré esta sucesión de tres post-it pegados en el espejo del baño.
"¡Buenas noches! (ella es muy risueña). Nena procura (el verbo procurar en mi madre es un eufemismo de "ni se te ocurra no hacerme caso") ser la última en tirar de la cadena (esto es que a mi novio no le tiene confiaza vía post-it) porque sigue funcionando mal y ya sabes (qué más dará si lo sé, ella me lo repite) que hay apretar el botón y esperar un poco y volver a presionar . Pues si no, puede que esté toda la noche yéndose el agua (y menos mal que los pos-it son pequeñicos que, si no, me hubiera recordado lo de mi tía, y lo del fontanero deprimido, y lo del vecino loco pirómano). Que descanses". ¡Pero cómo voy a descansar! Me pasé la noche entera soñando que me ahogaba en un inodoro gigante.
Consecuencias del consejo:
El domingo bajamos a mear al bar de abajo. Yo no podía soportar tanta tensión. Imagínate tú que por lo que sea se nos olvida tirar bien. Imagínate por un momento lo que tendría que soportar. Un pis no merece la pena. Ahora, que en el bar nos miran raro.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, si nuestra cadena no interfiere en ningún proceso de fusión nuclear y no tiene ninguna relación con un apocalipsis, no pienso utilizarlo. Al menos, no 150 veces en 48 horas.
| Pincha en la imagen para ampliar |
La foto que ilustra el post la saqué este sábado a las 2 de la madrugada. Este sábado a las 2 de la madrugada yo tenía 32 años. Y este mismo sábado mi madre me había repetido durante todo el día unas 100 veces que la cadena soltaba agua y cómo debía tirar de ella. No digo 100 veces de manera figurada no, igual fueron 120. Mi madre me lo ha repetido hasta la saciedad. Antes de ir de viaje a su casa, por teléfono. Con un extensa explicación acerca de las pérdidas de agua, y no sé qué tía mía a la que le llegó una factura de 600 euros por una cadena que perdía agua, y también sobre una depurada técnica pulsando dos veces el botón y rezando un ave maría para que deje de salir agua, y algo acerca de un fontanero con depresión que no quiere ir a arreglarla, y sobre un molesto ruido que puede volver locos a los vecinos si nos despistamos y “Cuando uno se vuelve loco puede hacer cualquier cosa. Imagínate que prende fuego al piso o algo. Menudo disgusto, y todo por no tirar bien de una cadena” .
Este mismo discurso nos lo repitió nada más llegar, a mí y a mi pobre novio, que ponía cara de pensar: “¿La cadena suelta agua o es que si no tiras bien produce una fusión nuclear y todo el norte de España se desintegra?”. Mientras yo ponía cara de: “¿Y por qué estará deprimido el fontanero? ¿Le deprimirá arreglar cadenas?”. Y mi madre que me conoce mejor que yo dijo: “Nena, que bajes a la tierra, y por favor te acuerdas de tirar bien la cadena. Y el fontanero está deprimido porque el hijo no le quiere heredar el negocio. Que va a ser músico, dice. Menudo disgusto tiene el pobre, y con razón. Con la de dinero que da la fontanería. Trompetas va a acabar comiendo ese, ya vas a ver”.
Por si acaso nuestro cerebro no era capaz de recordar una orden simple como “Tira bien de la cadena” nos lo repitió cada vez que íbamos al baño ese sábado, que en verano es con frecuencia. Y luego la pillé espiando alguna vez si habíamos tirado bien. Así las cosas, a las 2 de la madrugada de este sábado en el que yo tenía 32 años y había oído unas 100 veces, o igual fueron 140, que debía tirar bien de la cadena, me encontré esta sucesión de tres post-it pegados en el espejo del baño.
"¡Buenas noches! (ella es muy risueña). Nena procura (el verbo procurar en mi madre es un eufemismo de "ni se te ocurra no hacerme caso") ser la última en tirar de la cadena (esto es que a mi novio no le tiene confiaza vía post-it) porque sigue funcionando mal y ya sabes (qué más dará si lo sé, ella me lo repite) que hay apretar el botón y esperar un poco y volver a presionar . Pues si no, puede que esté toda la noche yéndose el agua (y menos mal que los pos-it son pequeñicos que, si no, me hubiera recordado lo de mi tía, y lo del fontanero deprimido, y lo del vecino loco pirómano). Que descanses". ¡Pero cómo voy a descansar! Me pasé la noche entera soñando que me ahogaba en un inodoro gigante.
Consecuencias del consejo:
El domingo bajamos a mear al bar de abajo. Yo no podía soportar tanta tensión. Imagínate tú que por lo que sea se nos olvida tirar bien. Imagínate por un momento lo que tendría que soportar. Un pis no merece la pena. Ahora, que en el bar nos miran raro.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, si nuestra cadena no interfiere en ningún proceso de fusión nuclear y no tiene ninguna relación con un apocalipsis, no pienso utilizarlo. Al menos, no 150 veces en 48 horas.
martes, 5 de julio de 2011
85. Con la comida no se juega.
| Decorablog |
Cuándo lo utilizaba:
Esto va de la siguiente manera:
La edad no importa: tú tienes 8 años, bueno quien dice 8 dice 18, y quien dice 18 dice 32. “Te haces la mayor para lo que tú quieres. Además para ser mayor no solo bastan los años, no, nena, no, si no el sentido común, y tú de eso no gastas. Y si yo te tengo que decir con 65 años que te sientes recta en la mesa, pues te lo digo, que para eso soy tu madre”.
El lugar no importa: ¿Qué estás en mitad de una comida familiar en un restaurante? “Siéntate recta, nena”. ¿Que la comida no es tan familiar y llevas a tu nuevo novio? “No apoyes los codos nena”. ¿Que tu madre se cruza contigo mientras tú estás en una comida de empresa, pues allá que va ella: “Nena, come con la boca cerrada”. Y tú lo único que piensas: “Por dios, que se vaya, que no diga nada más, prometo peregrinar a Roma, andando, comiendo vainas todo el rato, descalza, pero que se vaya”. Pero tú muy lista no eres, ni lista ni empírica, porque las otras 11.503 veces deberían haberte servido como experiencia para saber que una drama mamá siempre va a apostillar: “Y termínate todo el plato, nena”. Ahí está ella, y tu jefe atragantado, y pasas a ser la nena también en la oficina, lo que te colma de ilusión. La madre que me parió…
Pero, sobre todo, tú no importas: ya has comido. Vienes de viaje, tienes 32 años, y llegas a casa. Pensabas que al café, pero algo se ha torcido y llegas en mitad de esa comida familiar con los futuros suegros de tu hermana. Pues más te vale ser de digestión rápida porque, en mi casa, se vuelve a comer y punto. Y como mi madre te vea entretenerte con los cubiertos… Ni futuros suegros, ni el Rey por el medio, la colleja está asegurada y como mínimo te llevas un “Con la comida no se juega, nena, y de ahí no te levantas hasta que te lo termines todo. ¿Qué van a pensar estos señores”. Pues que estamos tarados mamá, eso van a pensar.
Consecuencias del consejo:
Sudoración y sensación pre-examen constante a la hora de la comida.
Si estoy sola, como de pie, para no jugármela. En plan tentempié, que así no cuenta. Creo.
Discurso mental algo psicótico cada vez que tengo una comida con mucha gente. Algo parecido a cuando te vas a sacar el carnet de conducir: cinturón, asiento, espejos. Pero más del tipo: codos, cubiertos, espalda, boca.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, nos vemos en nuestra primera comida familiar con la drama abuela: sentaos rectos que no estamos en un bar, no apoyéis los codos, comed con la boca cerrada, no chupéis el cuchillo, la comida se acerca a la boca no vosotros a la comida, se bebe con la derecha, no metáis la mano en el plato, no os limpiéis con las mangas, la salsa no se unta, con la comida no se juega… Y por dios, si os acordáis de alguna otra, chivadme, prometo barra libre de nocilla a cambio.
PD. Vamos con el primer post dedicado: para Monika, que puede comer en la cama y jugar con la comida todo lo que quiera. Y nos vamos concentrando todos los hijos de drama mamás, que somos multitud, para que su trasplante vaya bien, y dentro de nada esté en casita, con barra libre de Nesquick, que es más lo suyo. ¡A por todas, nena!
lunes, 27 de junio de 2011
84. Esto ya pasa de castaño a oscuro.
Típica reflexión de madre que ningún niño entiende pero que enciende todas las alertas.
Cuándo lo utilizaba:
Aleatoriamente.
En el mercado.
- Qué precios, ¿pero has visto el precio de los tomates? ¿Cómo quieren que una madre española dé de comer a sus hijos de manera sana a este precio?- y tú la mirabas desde ese bajo mundo de los niños intentando poner cara de poder entender la inflación porque sabías que si no se sentía comprendida, su ira podía atizarte un buen pellizco- ¡Por dios! ¿y mira las patatas? Pero si crecen solas, ni que fueran trufas. Esto ya pasa de castaño a oscuro.
En el descansillo con las vecinas:
- El perro de la del cuarto lleva ladrando 8 días. Sin parar. Que no pego ojo. Que esta ese animalico desperado. Que no sé para qué la gente tiene perro.
- Uy pues me dijo el otro día que se van a comprar un loro- la vecina pacífica, siempre buscando amansar a las fieras.
- Lo que me faltaba, que el loro repita los ladridos del perro. ¿Se creerá que esto es una comuna hippie? Esto ya pasa de castaño a oscuro.
En el baño después de descubrir que el nuevo peinado que se ha hecho la nena, a modo de tupé y de color verde, es gracias a lo que la nena llama “una nueva gomina que me he inventado, mira mamá”, pero a la gente llama Blandi Blub:
- ¡Pero qué has hecho! No te puedo dejar sola ni cinco minutos. Que nueva gomina ni que ocho cuartos, eso es el moco asqueroso ese que te regaló tu tía. Una cosa es que seas creativa pero esto, esto ya pasa de castaño oscuro. Pero a qué cabeza normal se le ocurre extenderse eso asqueroso por el pelo. No va a salir, que lo estoy viendo. Y tenemos la comunión de tu prima. Y mira la pinta que vas a llevar, con todo el pelo lleno de mocos verdes. Imagínate la foto de familia, y encima no sonrías. Que me acuerdo de esa pala rota. ¿A ti parecerá normal? Menuda pinta de mellada tienes. No sé qué voy a hacer contigo, nena, ¡regalarte a los gitanos del circo! Y dudo que te quieran. Y por qué tienes tanto, si para mí que en el bote parecía más poca cosa.
- Es que he cogido también el de mi hermana…- lo dije bajito, imaginando que no me oía. Bendita ingenuidad.
- ¡Te vas a enterar! Entra a la bañera directamente. Y ya puedes rezar para que eso salga con vinagre y agua caliente.
- Mamá con vinagre no, que luego huelo a ensalada y me dan nauseas.
- A mí sí que me das nauseas tú con ese pelo enmocado. Tira para dentro.
Consecuencias:
Bueno, pues un estupendo corte de pelo tipo “niña de campo de concentración” que me dio fama en el patio de matona. Estuvo bien.
Segunda consecuencia: secuencia de fotos familiares en las que parezco un niño, en una de ellas casi sonrío y se ve a mi madre pisándome un pie.
Tercera consecuencia: prohibición absoluta e irrevocable de acercarme a un bote de blandiblub a un kilómetro a la redonda.
Cuarta consecuencia: terror en mi madre cuando años después se pusieron de moda las manos locas, de un moco más sólido que se pegaban al lanzarlas en cualquier parte.
Quinta consecuencia: varios trasquilones en el pelo después de demostrar que sí, que las manos locas también se pegaban en el pelo.
Excepciones para utilizar la frase:
Pues creo que ésta no la voy a utilizar. Tengo 32 años y todavía no la entiendo muy bien. Ya os he dicho que muy despierta nunca he sido. Eso sí, futuros hijos míos ¡tengo blandi blub! Me lo compré en un chino hace un año y sigue teniendo esa fantástica pinta asquerosa que me volvía loca. Y ese olor como a plastilina rancia. Si os portáis bien, prometo dejároslo.
Cuándo lo utilizaba:
Aleatoriamente.
En el mercado.
- Qué precios, ¿pero has visto el precio de los tomates? ¿Cómo quieren que una madre española dé de comer a sus hijos de manera sana a este precio?- y tú la mirabas desde ese bajo mundo de los niños intentando poner cara de poder entender la inflación porque sabías que si no se sentía comprendida, su ira podía atizarte un buen pellizco- ¡Por dios! ¿y mira las patatas? Pero si crecen solas, ni que fueran trufas. Esto ya pasa de castaño a oscuro.
En el descansillo con las vecinas:
- El perro de la del cuarto lleva ladrando 8 días. Sin parar. Que no pego ojo. Que esta ese animalico desperado. Que no sé para qué la gente tiene perro.
- Uy pues me dijo el otro día que se van a comprar un loro- la vecina pacífica, siempre buscando amansar a las fieras.
- Lo que me faltaba, que el loro repita los ladridos del perro. ¿Se creerá que esto es una comuna hippie? Esto ya pasa de castaño a oscuro.
En el baño después de descubrir que el nuevo peinado que se ha hecho la nena, a modo de tupé y de color verde, es gracias a lo que la nena llama “una nueva gomina que me he inventado, mira mamá”, pero a la gente llama Blandi Blub:
- ¡Pero qué has hecho! No te puedo dejar sola ni cinco minutos. Que nueva gomina ni que ocho cuartos, eso es el moco asqueroso ese que te regaló tu tía. Una cosa es que seas creativa pero esto, esto ya pasa de castaño oscuro. Pero a qué cabeza normal se le ocurre extenderse eso asqueroso por el pelo. No va a salir, que lo estoy viendo. Y tenemos la comunión de tu prima. Y mira la pinta que vas a llevar, con todo el pelo lleno de mocos verdes. Imagínate la foto de familia, y encima no sonrías. Que me acuerdo de esa pala rota. ¿A ti parecerá normal? Menuda pinta de mellada tienes. No sé qué voy a hacer contigo, nena, ¡regalarte a los gitanos del circo! Y dudo que te quieran. Y por qué tienes tanto, si para mí que en el bote parecía más poca cosa.
- Es que he cogido también el de mi hermana…- lo dije bajito, imaginando que no me oía. Bendita ingenuidad.
- ¡Te vas a enterar! Entra a la bañera directamente. Y ya puedes rezar para que eso salga con vinagre y agua caliente.
- Mamá con vinagre no, que luego huelo a ensalada y me dan nauseas.
- A mí sí que me das nauseas tú con ese pelo enmocado. Tira para dentro.
Consecuencias:
Bueno, pues un estupendo corte de pelo tipo “niña de campo de concentración” que me dio fama en el patio de matona. Estuvo bien.
Segunda consecuencia: secuencia de fotos familiares en las que parezco un niño, en una de ellas casi sonrío y se ve a mi madre pisándome un pie.
Tercera consecuencia: prohibición absoluta e irrevocable de acercarme a un bote de blandiblub a un kilómetro a la redonda.
Cuarta consecuencia: terror en mi madre cuando años después se pusieron de moda las manos locas, de un moco más sólido que se pegaban al lanzarlas en cualquier parte.
Quinta consecuencia: varios trasquilones en el pelo después de demostrar que sí, que las manos locas también se pegaban en el pelo.
Excepciones para utilizar la frase:
Pues creo que ésta no la voy a utilizar. Tengo 32 años y todavía no la entiendo muy bien. Ya os he dicho que muy despierta nunca he sido. Eso sí, futuros hijos míos ¡tengo blandi blub! Me lo compré en un chino hace un año y sigue teniendo esa fantástica pinta asquerosa que me volvía loca. Y ese olor como a plastilina rancia. Si os portáis bien, prometo dejároslo.
martes, 14 de junio de 2011
83. Culo veo, culo quiero.
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| Blisstree |
Así que siempre que me lo decía pensaba: “Pero por qué habla de culos, yo no he visto ningún culo, no quiero el culo de nadie, yo lo que quiero es un nuevo estuche como el de Martita, con su organillo, y su goma de olor. ¿Qué tendrán que ver los culos con los estuches?”. Lo dicho, perspicaz, perspicaz, pues no era.
Cuándo lo utilizaba:
Pues siempre que pedías algo que tenía otra persona. Lo que para mí era inspiración, para ella era pura envidia. Aunque bueno, algo de razón tenía… ¿Qué me pasa? ¿Le he dado la razón a mi madre? Me acabo de morir un poco.
Lo que pasa es que yo era muy indecisa, bueno, decir “era” es ser realmente muy optimista, yo sufro hasta para elegir el champú cuando todos sabemos que me va a quedar encrespado, sobre todo mi madre.
Así que uno de los peores momentos era el de elegir el helado. Mi madre, mi hermana y la susodicha nena frente a “El heladero”, el Rey Mago del verano. Y había que elegir sabor. Que mucha gente pensará “qué tontería, pues hoy de uno, mañana de otro”. ¡Ja! Esos son hijos de madres normales, no de una drama mamá. A mí me compraban un helado en junio y me tenía que durar todo el mes. Y si me portaba mal, me quitaban el de julio y el de agosto, porque en septiembre ya no se come helado “Que empiezan los primeros fríos, y la garganta es traicionera, a ver si vamos a empezar el curso faltando y te quedas retrasada ¿Por qué tú no querrás ser una repetidora no? Pues eso, los helados hasta agosto, ea”.
El heladero era un ser mágico, simpático, con un bigote inmenso y un olor a vainilla que hacía que me quisiera quedar pegada a él durante horas, pero mi madre no tenía tanto tiempo libre, claro está:
- Venga nena, elige ya uno que tu hermana ya sabe el suyo.
- ¿De qué va a pedir?
- De fresa, pero tú coge de otra cosa y así compartís.
- Yo no quiero helado con babas, el mío es solo para mí.
- Bueno, pues pide ya, que tengo que ir a la pescadería que luego solo consigo los pescados pochos.
- Es que no sé de qué quiero ¿Se puede mezclar dos sabores?- y le miraba al señor heladero con pena porque conocía la respuesta.
- Claro que sí, bonita, te pongo dos bolas.
- De eso nada, que eso vale como dos helados y solo tiene un cucurucho, te pides uno y punto.
- Pues me pido dos cucuruchos…- ya sabéis, el típico día en el que la nena se levantaba suicida.
- ¡Dos tortas te voy a dar yo a ti! Que elijas uno ya o te quedas sin nada.
- Jo… Bueno, pues de fresa- el señor heladero iba a coger el de fresa y entonces empezaba mi eterna indecisión- no, no, mejor de chocolate. Espere, por favor, de limón, quiero uno de limón…
- Ya vale, a que lo elijo yo.
- Bueno, pues de ese, quiero de ese- decía señalando uno que tenía trocitos marrones. Y el heladero extrañado me dijo:
- ¿Seguro que quieres de ese? Que es de stracciatella …- pero aquí entraba otra de mis virtudes: la cabezonería del ignorante.
- Seguro, no, segurísimo.
Y me lo daba. Yo esperaba que mi hermana se hubiera comido un poco el suyo, para darle envidia de que el mío estaba entero todavía, luego le pedía probar el de fresa, ella (que es más buena que el pan) me daba, y entonces sí, probaba el mío. Y siempre, inevitablemente, me había equivocado de sabor y quería el suyo.
- Mamá a mí la extraperla esa no me gusta mucho. Quiero el de mi hermana.
- Ya estamos, culo veo, culo quiero. (Aquí mi cerebro se perdía en debates mentales: pero de qué culo habla, estamos hablando de helados, yo no quiero otro culo, vivo feliz con el mío, blablabla). Pues de eso nada, te comes ese y punto. Con la lata que has dado y se dice stracciatella. Habla bien.
- Pero es que sabe raro, yo creí que era de chocolate.
- Yo creí, yo creí… Ya te ha advertido el heladero. Ahora te lo comes.
- Joo, yo quería de fresa.
Y en realidad, ésta es una de las historias que acaba bien, en la que yo me comía el helado, porque las más de las veces, con tanto quejarme, remolonear, intentar darle el cambiazo a mi hermana (que es muy buena persona pero no veas cómo se agarraba la jodía al cucurucho, que parecía que se iba a caer al abismo si lo soltaba) pues la mayoría de las veces mi bola iba al suelo, que era toda una tragedia, o encima de mi camiseta, que entonces sí que era la súper tragedia porque encima mi madre me llevaba gritando todo el camino a casa por ensuciarme, a veces incluso me amenizaba el camino con un par de pellizcos.
Consecuencias del consejo:
Oye, aborrezco los helados con toda mi alma. Con la ilusión que yo miraba al señor heladero y ahora es que ver uno y se me revuelve el estómago.
Segunda consecuencia: me pasé mucho tiempo pensando que te podías cambiar de culo. En realidad, fui una avanzada a mi tiempo. Y mirando el mío pensando si otras personas lo querrían.
Tercera consecuencia: llegó un momento que decidí pedir siempre el sabor de mi hermana, para sufrir menos, ahora, que su sabor preferido acabó siendo el turrón, que ya es mala suerte coño.
Cuarta consecuencia: aborrezco también el turrón.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, este consejo no me gusta, intentaré no enredarme con metáforas sobre culos que os despisten de la idea principal eso sí, un consejo, la stracciatella es un asco.
miércoles, 8 de junio de 2011
82. Nena, lo poco agrada, lo mucho cansa.
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| Janod |
Cuándo lo utilizaba:
Pues chica, yo llevo oyéndolo toda la vida. Soy intensita. Las cosas como son. Yo me emocionaba con una amiga nueva, y no hablaba de otra cosa.
- Nena ven a desayunar ya.
- Pues mi amiga Cristina dice que es mejor desayunar más tarde.
- Pues tú desayunas ahora porque lo digo yo.
- Pues Cristina dice que las madres no lo sabéis todo.
- Eso será la madre de Cristina. Yo sí lo sé todo. A desayunar.
- Cristina siempre desayuna cereales. Yo también quiero cereales.
- Nena, en casa desayunamos tostadas, como toda la vida, porque es lo más sano.
- Pues los cereales de Cristina tienen fibras y más cosas que las tostadas.
- Mira nena, como digas una vez más la palabra Cristina te pongo las tostadas de sombrero. ¡Qué cansada eres!
Cuando me daba por algo, pongamos los bailes regionales, era capaz de tirarme bailando la purrusalda un mes: al levantarme de la cama, en la ducha, desayunaba bailando, iba por la calle bailando.
- Nena, lo poco agrada lo mucho cansa, para ya. Que ni siquiera te sale bien.
- Por eso tengo que practicar mamá- mirad que niña más maja, más llena de ilusión.
- Pues, sí, practica, pero en clase. ¿Te parece normal estar en el autobús agarrada al palo con esa pinta de mono convulso?
- Es que con una hora no es suficiente… -una niña completamente entregada, lo dicho.
- Ni con 30 horas, nena, que tú bailarina no vas a ser, que tu más que seguir el ritmo, lo persigues- ale, a tomar por saco la ilusión-. Y para ya, que le has pisado dos veces a esa señora. Y que no te vuelva a ver bailando en la bañera, que como te abras la crisma, encima te enteras.
Siempre he sido intensa, pero a corto plazo. Luego se me pasaba rápido, y de la purrusalda me lanzaba a tocar la batería, a hacer macramé, o carpintería. Lo que fuera, pero como si no hubiera mañana. Vamos, que yo solita podría hacer el temario de cursos del CCC. He estudiado un poco de francés, poco, pero lo suficiente para andar todo el día: Je suis studiant. Mon amour. Lulu ce moi. También me dio por el italiano, lo que me tuvo un mes gesticulando con las manos y gritando por el pasillo: Mama mía, cuando arrivo a casa. Guitarra: aprendí una canción, era mi época grunge, y elegí Come as you are de Nirvana, hasta que erosioné las cuerdas y a mi madre:
- Nenaaaaa, por dios, elige otra canción, Enrique Granados, o algo de Paco de Lucía y no esa pesadez. Que son tres notas lo que tocas, que se te ve. Y todo el santo día igual.
- Pero es que no me sale la cejilla.
- Si es que te lo dije, que más que manos tienes muñones. Pero no. Tú con tus cosas. Ahora, que terminas el curso, eso te lo digo, que para algo hemos comprado la guitarra.
Hice ballet: clásico, me aburrí, funky me hice daño, flamenco algo que una niña intensa nunca debería probar, jazz lo que mejor se me daba: no hay melodía, no hay ritmo. A mi aire, vamos. Aprendí: ganchillo, punto de cruz, macramé y estuve muy pesada con el encaje de bolillos. También natación, baloncesto y sky. Y realmente, nunca pase de los tres meses en ninguna de las actividades.
Pero nada fue tan terrible como cuando me dio la pasión por el bricolaje, lo que ahora llaman el Do it your self, que en mi caso era my self y el self de mi padre. Y juntos descubrimos algo importante: compartimos el gen de la inutilidad total para las manualidades. Oye, hay gente que se tira toda la vida sin saberlo, al menos, yo lo descubrí pronto. Debo ser la única niña de España que suspendía con los trabajos que le hacía su padre. Como os lo cuento. Que yo llegaba al cole pensando: “Me van a pillar, se van a dar cuenta que esta caja para guardar cartas la ha hecho mi padre”. Pues no, suspendía, bueno, suspendíamos. Y yo llegaba a casa con mi cero y los dos nos sentábamos en el sofá a reflexionar en qué habíamos fallado:
- Habrá sido que no se puede utilizar pegamento- decía él- o igual esa esquina que no quedaba muy bien…
- Pues a mí me parece súper chula, papa, igual nos ha quedado un poco irregular, que yo he visto las de los otros niños y las cartas no se caían de dentro… Igual podemos intentarlo otra vez. ¿Voy a comprar más chapacumen?.
- De eso nada, se acabó la sierra en esta casa- esta es mi madre, por si no lo habéis notado en su entrada abrupta- llevamos un gasto en tiritas y mercromina que me han regalado un cupón en la farmacia, por no hablar de que la mesa del cuarto de la nena está serrada hasta casi la mitad. Que de verdad no lo puedo entender, si esos pelos se parten con nada y vosotros habéis conseguido entrar unos 40 centímetros en una mesa de madera maciza. Con lo que nos costó. Se acabó el bricolaje y no se hable más.
Y no se habló más.
También suspendimos dibujo técnico y pretecnología. Menudo disgusto nos llevamos. Al final, tuve que pedir ayuda a una amiga porque ya vi que el self de mi padre y el mío, me llevaban directa al fracaso escolar.
Consecuencias:
Pues sé un poco de miles de cosas, así que me hice periodista. ¿Sabéis eso de un océano de sabiduría de un centímetro de profundidad? Pues lo inventaron para mí. Puedo hablar cinco minutos de cualquier cosa. Solo cinco. Bueno, menos de manualidades, que puedo hablar dos. Pero, oye, en varios idiomas.
Segunda consecuencia: soy buenísima en el Trivial.
Tercera consecuencia: cierta falta de concentración en cualquier cosa por mucho tiempo, ahora, eso sí, yo le dedico los cinco minutos más intensos a todo. ¿Descubro el cilantro? Y pienso: "cómo he podido vivir yo sin esto". Y se lo echo a todo: ensaladas, salsas, a las tostadas del desayuno... Luego se me pasa, lo que es agradecido porque imagínate todas esas intensidades juntas y prolongadas...
Excepciones para utilizarlo:
Pues sí, futuros hijos míos, lo poco agrada y lo mucho cansa. Imaginaros que me hubiera centrado solo en una cosa, yo que sé, el punto, pues haría unos jerseys que ni Dolce & Gabanna pero a mí me parece más divertido una madre que medio sabe bailar la purrusalda, y que grita por los pasillos mama mía, y que toca Come as you are como nadie, y que conoce miles de tonterías como que los esquimales no digieren el azúcar, aunque a vuestro jersey el falte una manga, que tampoco pasa nada. Se llama jersey deconstruído y va a ser la última moda, que lo digo yo, que soy vuestra madre.
martes, 31 de mayo de 2011
81. Porque lo digo yo, y punto.
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| energyadvantage.com |
Cuándo lo utilizaba
A mi madre, la voluntad de darte explicaciones no le faltaba. Las cosas como son. "Mamá, ¿por qué me tengo que comer los garbanzos?". "Porque si no, no vas a crecer. Y si no creces, te dejaremos de querer".
Otra cosa es que la respuesta te compensara. "Mamá, ¿por qué no me puedo comer las uñas? Porque se te clavaran en la barriga, y te hacen agujeros, y los garbanzos se te escaparán por ahí, y no crecerás y te dejaremos de querer". Ahí, relajada, educativa...
Pero había una serie de preguntas que terminaban en el frustrante “porque lo digo yo y punto”. Y uno de los que más me frustraban tenía que ver con mi cumpleaños.
Yo no sé vosotros, pero cuando yo era pequeña, el cumpleaños perfecto era de la siguiente manera:
- Con una semana de antelación, entregabas unas invitaciones monísimas a tus amigas especiales unas 14 afortunadas de poseer tu amistad.
- Las invitaciones eran a poder ser de Hello Kitty o de Tarta de Fresa, y si eran con olor, es que eras de clase alta y la estrella total durante varias semanas.
- El día en sí, ibas al colegio con 42 bolsas de chuches para tus compañeros (porque antes en clase éramos 42) que contenían varias gominolas, una bolsa de gusanitos y una piruleta de las que teñían la lengua y los labios de rojo.
- Luego, al salir, las elegidas ibais a una hamburguesería o algo parecido a pasar la tarde. Y ellas te llevaban regalos monísimos de Hello Kitty o de Tarta de Fresa.
Bueno, pues mis cumpleaños comenzaban con mi madre, llamando a las 42 madres de mis compañeras y diciéndoles que nada de regalos. Solo libros, material de papelería o como mucho algo de ropa. Por que “¿Qué es eso de elegir solo a 14 niños? No, no. Tú no vas a ser de las que hacen grupitos. Tú invitas a todas y punto. Y olvídate de la tontería esa de comprar invitaciones. Que son carísimas. Si quieres te saco unos folios y que te los dibuje tu hermana, que así se entretiene. Y no quiero que nadie se sienta obligado a comprarte algo caro. Que habrá mamás que no tengan dinero para eso. Así que 42 libros y ya tienes algo que hacer en verano”.
El día en sí, mi me madre me mandaba con 42 chupachups minimalistas. Es decir, que no solo no teñían la lengua sino que eran de esos pequeñitos que dentro tienen una burbuja de aire y que el palo se cae nada más abrirlos. Después, los 42 niños venían a mi casa. “¿Pero tú te crees que tenemos dinero para pagar la merienda en Don Bocadilllo para todos? No, no. En casa y hacemos unos sandwichs de nocilla, chorizo y mortadela y listo. Y barra libre de gusanitos, fanta y cocacola. Te quejarás nena, que voy a comprar hasta refrescos”.
Como éramos tantos, para que no destrozásemos la casa, mi madre sacaba todos los muebles del salón nos sentaba en el suelo y comenzaba lo que ella llamaba "El un, dos, tres del cole". Se calzaba unas gafas enormes, sentaba a mi padre con una calculadora al lado y ponía un enorme bol de gominolas de las de pela. Y allí que íbamos, a cumplir años con un increíble juego educativo. "Por dos gominolas por respuesta acertada, di tres ríos que pasen por Sevilla". Ajá. Nos tirábamos la tarde con aquello. "Por dos gominolas por respuesta acertada, di tres invertebrados". Para morirse. Yo muerta de vergüenza y mi madre gritando “Campana y se acabó” y mi hermana haciendo tocar una campana como si el mundo se acabara si ella no reventaba aquel badajo y mi no drama papá poniendo cara de: “¿Cómo he llegado yo aquí?”.
- Mamá, y porque yo no puedo tener cumpleaños normales como el resto la gente.
- Pero si los tuyos son los mejores. Que me lo dicen todas las madres, que ellas no tendrían paciencia para hacer eso. Y anda que no se van contentos tus amigos y encima seguro que han aprendido algo nuevo.
- Mamá, los cumpleaños son para divertirse y recibir regalos, para aprender ya vamos al cole. ¿Por qué no les dejas al menos que me traigan lo que quieran?
- Porque lo digo yo, y punto.
Lo dicho. Frustrante.
Consecuencias:
Tengo una biblioteca infantil que ya quisieran muchos colegios.
Segunda consecuencia. Hacia los 12 años, mi madre se hartó y me dio pasta para invitar a 14 amigos al Don Bocadillo. Pues increíblemente, a pesar de mi euforia, en mi clase me hicieron un vacío total por acabar con los mejores cumpleaños de la historia del colegio y privarles de ganar al "Un, dos, tres del cole". Cualquiera entiende a los niños.
Tercera consecuencia: oigo una campanilla y busco a mi hermana. “Por aquí debe de andar la loca esa agitándola”.
Cuarta consecuencia en mi no drama papá y en mí: pesadillas recurrentes en la que nos persiguen Maira Gomez Kent y la Ruperta.
Excepciones para utilizarlo:
Pues intentaré daros buenas razones y evitar el frustrante “porque lo digo yo, y punto”. Y sobre todo, paso del "Un, dos, tres del cole", que no es plan de tirar años de terapia a la basura borrando esa melodía de la cabeza: Un, dos, tres...., aquí estamos con usted otra vez... ¡Mierda! ¡Ha vuelto!
P.D. Psttt, hoy el blog cumple 1 año. Vamos a celebrarlo en bajito no vaya a ser que mi madre me obligue a invitaros a todos a mi casa a merendar, que no tengo tantas gominolas y sobre todo ¿qué narices voy a hacer con tanto libro en un piso de 50 metros cuadrados?
domingo, 29 de mayo de 2011
80. Nena no hables de más, solo cuando te pregunten.
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| Cuddle Fish |
Cuándo utilizaba el consejo:
Lo recuerdo desde niña. Yo soy habladora, por si ochenta post no os han servido de pista hasta ahora. La típica niña que lo cuenta todo, que habla cuando no tiene que hablar y a la que se le fija en el cerebro todo tipo de frases. Así que cada vez que iba a entrar en contacto con cualquier entorno social mi madre insistía:
- Nena, no hables de más. Solo cuando te pregunten. Que tú vas y sueltas cualquier cosa. Mejor quedar de muda que de pesada. Y sobre todo, no repitas nada de lo que yo digo. Y no seas indiscreta, por dios, no seas indiscreta. Como el jueves en el autobús, que mira que preguntarle directamente a aquella mujer que qué le pasaba. Por favor, qué vergüenza. Pues qué le va a pasar. Que tenía una chepa terrible. Ay, que cada vez que lo recuerdo me pongo mala (y yo peor, porque con cada recuerdo me llevaba una colleja). Y menos mal que era comprensiva y encima te explicó que porque se había caído. Ya lo sabes. Por saltar en la cama. Te sale chepa por saltar en la cama (esto verdad no es, pero ella aprovechaba para asustarme con cualquier cosa). Así que hoy calladica, que vas a una casa importante. Tú como si no tuvieras lengua. Sonríes y solo hablas para dar las gracias. Y si alguien tiene los ojos bizcos, le falta un brazo o tiene dos cabezas, te callas nena. Te guardas la curiosidad y luego si quieres me preguntas a mí. ¿Has entendido? Y compórtate comiendo. Te sientas bien recta y no pongas los codos sobre la mesa, que es una casa importante. Y aléjate de cualquier cosa que tenga ruedas, eso también. Y no toques nada que se pueda romper. O sea, no toques nada. Ay, yo no sé para qué vas a ir. Tu tía que se ha empeñado pero no sabe lo tremenda que eres. Seguro que tenemos un disgusto.
Este “mini” consejo me lo dio justo antes de que una tía mía me llevara a comer a casa de unos amigos suyos, unos señores que en vez de casa tenían un palacete, y en vez de un balcón, que era a lo que yo estaba acostumbrada, tenía tropecientas mil hectáreas, una piscina y una pista de tenis. Así que según se abrió la verja yo había olvidado todo lo que me había dicho mi madre y tenía un solo objetivo: bañarme en aquella piscina, como fuera. Así que cuando la dueña del espacio más grande que yo había visto nunca me dijo: “Mira que niña más guapa, y que vestido más bonito trae”. Yo no me contuve:
- Pues a mí no me gusta nada, porque es de mi prima, que mi tía le hizo este trozo que se llama nido de abeja, aunque no entiendo por qué, porque a mí las abejas me encantan y esto solo pica un montón por dentro. Además, también lo ha llevado mi prima Raquel y luego otra prima mía, pero como es muy alta pues le tuvieron que poner este volante de abajo, que mi madre dice que tiene una vainica monísima, pero se me engancha en todos los lados, y ya me ha dicho mi madre que como lo rompa, me entero, porque luego lo tiene que llevar mi hermana, aunque van a necesitar un montón de vainica de más por todos los lados, porque mi hermana pesa mucho más que yo, porque es una tragalari, que ya se lo dice mi padre, y eso que la tienen a dieta porque la pediatra dice que se va a quedar enana, que yo no lo entiendo porque también dicen que yo me voy a quedar enana y eso que como fatal, y mi madre dice que más que flaca estoy espiritual y me obliga a comer cualquier cosa en bocadillo. ¿Me puedo bañar en la piscina?
La señora y mi tía casi se mean encima y mi tía sin casi cuando se lo contó a mi madre, que casi me mata, pero como me resfrié porque no salí de la piscina hasta las 9 de la noche, y solo porque ya tenía los labios morados, pues mi madre andaba más preocupada en abrigarme que en matarme, por eso fue un casi.
- Mami, no te enfades. Es que me preguntaron…
- ¿Qué te preguntaron? Que si el traje era heredado de cuarta mano, o que si tu hermana tiene problemas con la comida. Explícame. Porque me parece muy difícil que esa señora te preguntara algo así.
- No sé, me lié un poco, es que había piscina…
- No me lo recuerdes, no me lo recuerdes, que ya me ha dicho tu tía que te has pasado 6 horas en el agua en bragas, que ni has comido, ni nada, y que la sobrina de la casa se ha hecho un chichón porque le enseñaste a jugar a la bomba. Y encima catarro. Es que no se te puede sacar de casa.
Consecuencias del consejo:
Pocas. Siempre pienso que hablo de más. Da igual que me comunique con monosílabos, inevitablemente pienso que ese “sí o no”, era demasiada información. Aunque luego también me abro un blog y cuento todos los detalles de mi infancia. Mi madre me mata.
Segunda consecuencia: si me preguntan no tengo freno. Es como si tuviera la excusa perfecta para la incontinencia verbal.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos, este no lo voy a utilizar, porque para cuando vosotros digáis que os queréis bañar en la piscina yo ya habré contado la procedencia de vuestra vestimenta, si coméis mal, si se os dan bien las matemáticas o si vuestra novia es una lagarta. Lo siento, os lo digo desde ya, pero no me contengo, y menos, si hay una piscina por el medio.
viernes, 20 de mayo de 2011
79. Nena, yo no corrí delante de los grises para que tú te quedes en casa.
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| http://mundoturistico.es/ |
Cuándo lo ha utilizado:
Pues hace escasos momentos, por teléfono.
- ¿Dónde estás?- ésta es ella.
- En casa mamá.- ésta soy yo, por si no me conocéis todavía.
- ¿Y qué haces ahí?
- Pues… aquí con el ordenador.
- Muy bonito nena, muy bonito. O sea, miles de personas en Sol, y tú en casa con el ordenador, que yo no sé qué haces tanta horas con el ordenador. ¿Pero yo a ti qué te he enseñado? Te vistes y te vas ahora mismo. Yo pienso ir mañana a la manifestación, bueno, que no es una manifestación, que no nos oigan (como si la Junta electoral le tuviera pinchado el teléfono a mi madre). Voy a ir a reflexionar con los jóvenes. Eso, a reflexionar. Ya ves tú, que corrimos delante de los grises para que vengan ahora a decir que la democracia no permite la manifestación porque hay elecciones. Con lo que nos costó la democracia. Nena, yo no entiendo nada. Te digo que no entiendo nada. Ahora, que este domingo se van a enterar. Voy a votar a mala leche (que yo me pregunto cómo se hará eso) ¿Te estás vistiendo ya?
- Pues no mamá, estoy hablando contigo. Además voy a ir mañana.
- No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy (cuña educativa). Bueno, tú vete pero no te metas en el cogollo ¿eh? Que no quiero un disgusto. Tú, por los bordes. No te metas en un lío, que te conozco. Porque en cualquier momento la gente se enfada y monta un follón. Con razón se enfadan ¡corcho! (Esto es que está súper disgustada, porque corcho es su versión de ¡coño!). Pues eso iremos a reflexionar todos, a reflexionar la panda de chorizos que nos gobiernan. Ay… Si tu abuelo estuviera vivo. Con lo que luchamos por esto, para que se quede en nada. Hoy salían en la tele creo que los de la Clesa, una mujer que había tenido que devolver el cargo de la hipoteca, y solo le quedan cinco años para pagar la casa. ¡Cinco nena! Y la va a perder. Como no le paguen la pierde. Que no me creo que los dueños de Clesa vayan a perder su casa, eso seguro que no. ¿Estás ahí?
- Sí mamá estoy aquí.
- Pues en Sol deberías estar. Nena, que yo ya lo tengo todo hecho pero a ti te queda mucho y a tus hijos, que ya estás en edad de ser madre (otra cuña), les queda más. Y con esta panda… Mira, si yo fuera presidenta (mi madre esto lo dice mucho y a mí me da terror) los bancos las iban a pasar canutas. Es que somos tontos. Les damos nuestro dinero y nos cobran por todo. Eso se iba a acabar. Bueno, bueno, y qué es eso de echar a la gente sin ton ni son. Te digo que yo iba a llenar las cárceles de políticos y empresarios. Y sin que me temblara el pulso. ¿Me oyes?
- Sí mamá.
- Pues escúchame bien. ¿Que un político roba? Pues no se puede dedicar nunca más a un trabajo público, pero nunca nunca, ni a barrendero. ¿Qué un banquero roba? Pues no puede ser responsable de un negocio nunca. A trabajar para otros. Pero trabajar de verdad. No eso que hacen ellos. A levantarse a las 7 y meterse a dormir a las 12 reventados, como todo hijo de vecino. Ya vas a ver como se lo pensaban antes de robar y ya vas a ver como querían jubilarse a los 65. Menos lemas y menos campañas, y menos fotos con niños y más acción. Que esto nos ha costado mucho a todos. Así que mañana vas, y grita fuerte, o bueno, reflexiona fuerte. Lo que sea, que yo no corrí delante de los grises para que tú te quedes en casa. Y llévate un gorro (cuña), que he oído en el parte que va a hacer sol, no vayas a coger una insolación, que vomitar se te da mal. Y te llevas una chaqueta (súper cuña), que luego por la noche refresca, no te vayas a enfriar y tengamos un disgusto. Y por los bordes, nena, por los bordes, que en los bordes también se reflexiona.
Ella es pro revolución, pero sin catarros ni riesgos.
Consecuencias del consejo:
Pues chico, yo andaba como desganada, que ya no me creo nada y me ha puesto cuerpo de revolución.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, que yo no estuve reflexionando en el movimiento 15 M para que vosotros os quedéis en casa. Ale, a la calle, y llevaros una chaqueta, que nunca se sabe.
jueves, 19 de mayo de 2011
78. No te toques el pelo, que pareces un mono.
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| rincon-psicologia.blogspot.com |
Cuándo utilizaba el consejo:
Pues siempre. Y siempre incluye este fin de semana. Tengo 32 años, una carrera, un trabajo, soy independiente, responsable, educada… ¡Coño! Soy un lujo de hija, no hay más que ver Hijos de papa, los ninis, o callejeros. Yo quedo bastante bien a su lado. Digo yo. Pues a pesar de eso, mi madre quiere educarme todavía. La mujer no se cansa y si yo unto la salsa del pollo encebollado, pues me llevo un tenedorazo como dios manda. Si arrastro la silla, ahí que está ella para darme una colleja, si apoyo los codos, pues me mete un empujón para desequilibrarme, si pongo los pies en la mesa entra en estado de trance, con los ojos en blanco y da unos gritos que los del edificio de enfrente salieron a la ventana, que yo tengo la sensación de haber cometido la mayor herejía del mundo, y bueno, si se me ocurre tocarme el pelo…
- ¿Tienes piojos o qué? Porque eso es lo que pareces: una piojosa. Todo el día tocándote el pelo. Qué manía más fea. Te pienso atar las manos, a ver si se te pasa. Y tu hermana, igual. Ale, que no tengo dos hijas, tengo dos monos. Cualquiera que os vea. Que queda muy feo. Que yo no sé de dónde habéis cogido esa manía de tiraros del pelo.
Pues yo sí lo sé, de mi amiga Maite, que tenía una hermana que se tocaba el pelo. Y, ya sabes, la típica tontería de:
- Te has fijado alguna vez que tienes algunos pelos como picados, más rugosos que el resto- esta es mi amiga Maite, la culpable.
- Yo no tengo de eso- Esta soy yo, la súper inocente.
- Anda, mira, todo el mundo tiene. Te estoy viendo uno ahora mismo- súper, súper culpable- ¿Te lo quito?
- A ver…- Y hasta hoy.
Maite, Maite, Maite…
Y tú dirás, pues no es para tanto eso de tocarse el pelo. Pues mi madre diría que tú no tienes ni idea. Así que ha intentado todo tipo de técnicas:
- Nos ponía manoplas de cocina para ver la tele.
- Nos ataba los dedos índice y corazón para dormir.
- Nos cortaba el pelo al cero como tratamiento de choque. Sobre todo de choque contra el álbum familiar, porque hay que ver la pinta de refugiada que luzco en algunas fotos. Entre el corte de pelo y la ropa heredada de táctel con coderas me doy una pinta… Yo creo que si me vierais me dabais limosna. Mucha. Lo voy a pensar…
- Nos gritaba sin descanso (Bueno, esto no era mucha novedad, la verdad).
- Nos castigaba a pensar. (Tampoco era novedad, la novedad residía en que pensábamos con guantes, que nos daba una pinta como de mimos desubicados).
- Nos hacía trenzas tan tirantes que ríete tú de Nicole Kidman.
Consecuencias del consejo:
Tengo un poco de cara de sorpresa constante, porque las cejas se me han quedado ligeramente elevadas de semejantes trenzas. Parezco asustada siempre.
Segunda consecuencia: me voy a ahorrar un pastón en Botox.
A Maite en mi casa la miran mal. Con razón.
Tercera consecuencia: no me gustan las manoplas. Cada vez que veo a un niño con ellas pienso: pobrecico, qué habrá hecho.
Un día descubrí que esa manía tiene un nombre según los psicólogos: tricotilomanía. Y con mi cara de sorpresa habitual, más la sorpresa añadida, se lo dije a mi madre pensando que la palabra de un psicólogo serviría para calmarla. Ese mismo día descubrí que mi madre cree más en los kiwis que en los psicólogos: "Anda, anda nena, que te crees cualquier cosa. Que le ponen un nombre raro a un yogur y tú ya andas pensando que es el elixir de la vida eterna. Pues no nena, un yogur es un yogur, y tu manía, es la manía de un mono. Ya me gustaría ver a esos psicólogos con una hija como tú. Ya vas a ver como se cansaban de nombres raros". Así que, quinta consecuencia: no creo en las palabras largas. Todas me suenan a mentira. ¿Quién va a creer que colonoscopia es una palabra seria? Por no hablar de otorrinolaringólogo, vamos hombre, que no es serio.
Excepciones para utilizarlo:
Si los hijos aprenden lo que ven de sus padres, estamos jodidos futuros hijos míos. Pero, por favor, que no os vea la abuela, que tenéis la colleja asegurada.
jueves, 5 de mayo de 2011
77. Los fuegos no se apagan con alfombras persas, nena.
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A lo que íbamos. Este post va de como yo no quemé la casa de mis padres, que quede claro, que creo que no he empezado muy bien.
Sigamos. Los timbres hacen Ding-Dong. (Ya sé que estáis pensando: la hemos perdido, se ha vuelto loca, dadme tiempo, hombre, un poco de fe, que ya llevamos 77 post juntos). Pues los timbres hacen “ding” y a veces no hacen “dong”. Sí, sí, como lo oís. Lo sé, estáis en estado de shock. Pues ahí está la clave. Pero vete tú a explicarle a mi madre que el “dong” nunca llegó, y que el “ding” fue el culpable. Vamos, que la culpa fue mía, ella lo tiene claro.
El caso es que una mañana de junio, mi madre me dejó cuidando a mi hermana y dos vecinas más pequeñas, yo tendría unos 13 años o así. Llamaron a la puerta y, como estaba bien aprendida, miré por la mirilla, y no abrí a un desconocido que podía traer el mal a nuestra casa, que lo mismo se comía niños o era un enviado del diablo, cualquiera sabe.
Me fui tan tranquila a leer la Super Pop de contrabando de mi amiga Martita. Pero no había habido “dong”. ¿Quién iba a saber que el “dong” es vital? Uno no valora el “dong” del timbre hasta que lo pierde. Al rato, enfrascada como estaba en oscultar a la última novia de Mickael J Fox (joder que adolescencia) empecé a darme cuenta de que olía a quemado. Tampoco es que yo nunca me haya dado cuenta de las cosas muy rápido así que hasta que mi cerebro procesó todo era tarde. Ya sabéis: “huele a quemado, pero qué mona es esta chica, qué tendrá ella que no tenga yo, huele más fuerte, tengo que hacerme con el siguiente número de la Super Pop que trae un poster de los New kids on the bloks a doble página (una absoluta mierda de adolescencia), ¿de dónde puedo sacar dinero?, oye como huele a quemado, igual se lo pido a mi abuela, para mí que huele demasiado, y le pido a Martita que me la compre claro, este olor no es normal y eso… ¿es humo? Voy a ver, por si acaso. Lo mismo está ardiendo algo”.
Ya os he dicho que no era muy rápida. Abrí la puerta del hall y ¡sorpresa! (que sí, que a esas alturas aún me sorprendí) la puerta ardía, parte del parqué y de la caja del timbre saltaban unas increíbles chispas que amenazaban con llegar al armario. Bueno, pues lo bueno de ser un poco empanada es que actúas sin importancia, porque no valoras el riesgo de lo que sucede. Así que, con tranquilidad fui al cuarto, cogí una manta, cubrí a las 3 niñas y las saqué del piso. Me quemé las manos intentando abrir la puerta que se había inflado por el fuego, pero las saqué. Luego si queréis hablamos de mi acto heroico, que va a pasar desapercibido. Lo estoy viendo venir. Entramos en casa de las vecinas y llamé a los bomberos. Todavía estuve lo suficientemente empanada para darle un último buen mensaje a mi hermana:
- Llama a papá y dile que se está quemando la casa, que yo no he hecho nada y que estamos fuera y que vienen los bomberos. Díselo tranquila para que no se asuste, y repite que yo no he sido.
Justo después me entró la histeria y empecé a gritar: fuego, fuego por todas las escaleras. Solo salieron niños. Ni un adulto en todo el edificio. Los típicos últimos días de junio en que los hermanos mayores se quedan con los pequeños y se quema la casa de la del séptimo, cuál si no. Ya me imagino a las vecinas…
El niño mayor del edificio vino a mi rescate. Nos miramos, miramos el fuego y los dos lo tuvimos claro: Vamos a ser unos jodidos héroes. Cogimos una alfombra de mi madre y comenzamos a intentar apagarlo. Che, y lo conseguimos. Los bomberos llegaron y me costó explicarle la escena: unos 11 niños, 5 de ellos manchados por el humo, una alfombra quemada… En eso estábamos cuando se abrió la puerta del ascensor y mi no drama papá traía la cara más dramática que le he visto en mi vida. Mi hermana se había saltado algunos trozos del tranquilizador mensaje y solo le dijo:
- Papa, se está quemando la casa.- y colgó, de lo de que “yo no había sido” ni mu. Los bomberos miraron a ver si ese hombre estaba sufriendo un infarto y luego dijeron que había sido culpa del timbre (Escucha bien papá, le dije, del timbreee).
Aquí es cuando vuestra fe se ve recompensada: dijeron que hizo ding, se quedó enganchado y no hizo dong, y produjo una chispa, la caja del timbre es de plástico que arde muy rápido, y la madera también, más si es barnizada. Mi padre firmó un papel y se fueron. Mientras despedíamos a los niños llegó mi madre con la compra. Y ahí sí que nos costó explicarle la escena, el ding, y el dong, y la cajas de plástico, y la madera barnizada, y porqué mí no drama papá había perdido el habla y entonces, cuando llegué a la parte en la que Mikel, el del quinto, una alfombra y yo habíamos sido unos héroes, ahí se jodió todo.
- ¿La alfombra? ¿Qué alfombra? Porque no será la alfombra persa que me costó años comprar, que vale más que el coche, esa no será nena ¿verdad que no? Esa no puede ser- me vio la cara de terror debajo de todo ese hollín- Justo esa, me voy una hora, una hora y me quemas la casa, y encima me quemas la alfombra persa. Yo guardando 10 mantas viejas por si acaso, y tú coges la alfombra.
- Ha sido idea de Mikel- dije y miré para atrás. Ni resto de los 11 niños. Cabrones cobardes.
- La próxima vez coges una manta. Y qué es eso del ding y el dong. Vamos, que a los bomberos les podrás engañar pero yo soy tu madre, y seguro que algo has hecho. Los fuegos no se apagan con una alfombra persa, nena.
- Mami, pero si me he quemado las manos y todo por salvarlas…
- Menos teatro, que eres una peliculera.
Lo dicho. El único acto heroico de mi vida y ha quedado manchado por un quítame de ahí esas alfombras. En fin. La vida es dura.
Consecuencias del consejo:
Entro en estado de histeria a la espera del dong cada vez que llaman a la puerta.
Segunda consecuencia: la caja del timbre de casa de mis padres ahora es de hierro y en el armario de la entrada hay dos mantas viejas, por si acaso vuelvo a no quemar la casa.
Tercera consecuencia, de pequeña, creía que una alfombra persa era algo así como un tesoro, tipo:
- Mis padres tienen un Picasso.
- Pues nosotros una vez tuvimos una alfombra persa.
Cuarta consecuencia, creo en el “dong” sobre todas las cosas.
Excepciones para utilizarlo:
¡Con lo que valen esas alfombras! Futuros hijos míos, tranquilos, nunca voy a tener suficiente dinero para comprar una. Este consejo nos lo saltamos. Y la caja del timbre, de hierro, por si acaso.
PD. En serio, si alguien pincha en la casilla de "Yo también recibí este consejo", necesito que nos conozcamos. Tenemos demasiado en común como para dejarlo pasar. Quizás juntos podemos gobernar el mundo.
martes, 3 de mayo de 2011
76. Haz lo que quieras, nena
Este es un consejo trampa. A todos los niños del mundo deberían enseñarles que para sobrevivir a la infancia hacen falta dos cosas:
Una: aprender pronto a no mearse encima, que ayuda a tener una vida social activa.
Y dos: jamás hay que hacer caso a una madre cuando te dice “Haz lo que quieras”. Y mucho menos, si tu madre es una drama mamá.
Cuándo lo utilizaba:
Por puro agotamiento cuando te habías tirado horas, días o meses (sí meses, qué pasa, ser insistente puede ser una virtud como cualquier otra) pidiendo algo.
Ejemplo práctico:
A las nueve de la mañana:
- Mami, me dejas ver los dibujos.
- En casa no se desayuna viendo la tele, que no somos una casa de padres separados.
A las 10:
- Mami, ya he desayunado, ¿puedo ver los dibujos?
- Tienes que hacer la cama, un cuarto con la cama desecha es un cuarto desordenado.
A las 11:
- Mami, ya he hecho la cama ¿puedo ver los dibujos?
- ¿Has hecho las tareas? Porque es tu obligación.
- Las hago luego…
- ¿Y qué te parecería que yo limpiara la casa luego? O mejor, nunca. Ya sé. Nos sentamos las dos. Y le explicas tú a papá porqué está todo manga por hombro y la comida sin hacer cuando él llegue.
A las 12:
- Mami, ya he hecho las tareas ¿puedo ver los dibujos? (Yo a estas alturas ya lo preguntaba sin fe, como desganada)
- A ver, trae aquí el cuaderno. ¿Seguro que has hecho todos?
- Bueno, mami, casi casi… Es que los de matemáticas son muy fáciles y me los he dejado para tener que hacer algo por la tarde.
- Como los hagas ahora mismo por la tarde vas a tener que hacer el doble, te lo estoy diciendo.
A la 1:
- Mami, ahora sí que sí, he terminado los de matemáticas, ¿puedo ver los dibujos?
- Bájate a por el pan y a por el periódico que van a cerrar.
- Jo mami…
- Ni jo, ni ja. Ya estás bajando, y me traes las vueltas que te conozco.
A las 2:
- Mami y, ¿ahora ya puedo? (lo preguntaba sin nada de ilusión, tan pequeña y una niña sin esperanzas, ay que pena me doy)
- Ahora es hora de comer, y en esta casa no se come mirando la tele. En esta casa hablamos. Ya me lo agradecerás cuando seas mayor.
A las 3:
- Ya he comido, ahora, sí que sí, puedo ¿no?
- Claro nena, tú vete tranquila que los platos se meten solos en el fregaplatos, anda, dale, haz lo que quieras…
Mira, en serio, por el bien de las generaciones futuras esa frase debería llevar una alarma pegada: ¡Peligro! Alerta. Solo si estás loco, si te gusta vivir al límite, si estás dispuesto a morir joven, puedes hacer lo que quieras cuando una drama mamá te lo dice.
Según me iba hacia el salón pensando en que por fin iba a ver mis queridos dibujos comenzaba la letanía:
- Ya ves tú, todo el rato haciendo cosas por ellas, que ni un rato me he sentado en todo el día. Y la nena, que solo piensa en ver los dibujos. Todo el día peleando con ella. Así son, cría cuervos y te sacarán los ojos… (Y yo en el pasillo pensando: “para mí que lo de cuervos va por mí”) Pero nada, yo me pongo a recoger. Como una criada me tenéis. Qué se cree, ¿que yo no tengo ganas de ver la novela? Pues claro que tengo, y de poner los pies en alto.
Entonces yo ya no me atrevía a dar un paso más porque notaba el click en su cabeza. Es más, casi se podía oír. Y, click, se enfadaba:
- Habrase visto, y tan tranquila se va. Ven aquí ahora mismo. ¿Me estás oyendo? Ipso Facto (que yo pensaba: por qué me llama Ipso Facto, ¿me está insultando?) Mira, nena, para mí sería mucho más fácil dejarte hacer lo que quieras, y no discutir (que yo pensaba: pero si no estamos discutiendo, solo me estás gritando) Pues no. Yo estoy en el mundo para educarte. Así que me ayudas a recoger. Las buenas madres hacen esto. Y así aprenderás que uno no puede hacer lo que le dé la gana en la vida siempre, que existen obligaciones. Y con garbo, que no quiero una mala cara, que te castigo en tu cuarto hasta que seas mayor de edad. ¿Me oyes? Pues ala.
Consecuencias del consejo:
Yo veo la televisión con remordimientos. Siempre que estoy viendo la tele, siento que tengo que hacer al menos otra cosa a la vez: estar con el ordenador, leer, ganchillo… Y eso que no sé hacer ganchillo, pero yo disimulo. Aún cuando estoy sola en el salón, hago como que leo un libro y miro la tele de reojo. Esto me da cierto aire de tarada.
Segunda consecuencia, a base de disimular: es decir, leo un párrafo y luego veo un trozo de serie, en mi memoria Emilio Aragón sale en Cien Años de Soledad… Lo dicho, tarada.
Tercera consecuencia: yo no puedo hacer lo que quiero a pierna suelta porque siempre pienso que mi madre está a punto de castigarme sin salir del cuarto durante meses. Que estoy bailando, malo, que estoy vagueando, peor, que me tumbo sin hacer nada. ¡Pecado! Corre, nena haz lo que sea, dobla calcetines, lo que sea.
Cuarta consecuencia: una vez le llamé a un niño del patio con mucho odio Ipso Facto. Qué te voy a contar… Creo que todavía oigo las risas.
Excepciones para utilizarlo:
Paso de esta frase. Es mentira, futuros hijos míos, si se me escapa, no me hagáis caso, por supuesto que no quiero que hagáis lo que os dé la gana, quiero que hagáis lo que me dé la gana a mí, que para eso soy vuestra madre.
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Una: aprender pronto a no mearse encima, que ayuda a tener una vida social activa.
Y dos: jamás hay que hacer caso a una madre cuando te dice “Haz lo que quieras”. Y mucho menos, si tu madre es una drama mamá.
Cuándo lo utilizaba:
Por puro agotamiento cuando te habías tirado horas, días o meses (sí meses, qué pasa, ser insistente puede ser una virtud como cualquier otra) pidiendo algo.
Ejemplo práctico:
A las nueve de la mañana:
- Mami, me dejas ver los dibujos.
- En casa no se desayuna viendo la tele, que no somos una casa de padres separados.
A las 10:
- Mami, ya he desayunado, ¿puedo ver los dibujos?
- Tienes que hacer la cama, un cuarto con la cama desecha es un cuarto desordenado.
A las 11:
- Mami, ya he hecho la cama ¿puedo ver los dibujos?
- ¿Has hecho las tareas? Porque es tu obligación.
- Las hago luego…
- ¿Y qué te parecería que yo limpiara la casa luego? O mejor, nunca. Ya sé. Nos sentamos las dos. Y le explicas tú a papá porqué está todo manga por hombro y la comida sin hacer cuando él llegue.
A las 12:
- Mami, ya he hecho las tareas ¿puedo ver los dibujos? (Yo a estas alturas ya lo preguntaba sin fe, como desganada)
- A ver, trae aquí el cuaderno. ¿Seguro que has hecho todos?
- Bueno, mami, casi casi… Es que los de matemáticas son muy fáciles y me los he dejado para tener que hacer algo por la tarde.
- Como los hagas ahora mismo por la tarde vas a tener que hacer el doble, te lo estoy diciendo.
A la 1:
- Mami, ahora sí que sí, he terminado los de matemáticas, ¿puedo ver los dibujos?
- Bájate a por el pan y a por el periódico que van a cerrar.
- Jo mami…
- Ni jo, ni ja. Ya estás bajando, y me traes las vueltas que te conozco.
A las 2:
- Mami y, ¿ahora ya puedo? (lo preguntaba sin nada de ilusión, tan pequeña y una niña sin esperanzas, ay que pena me doy)
- Ahora es hora de comer, y en esta casa no se come mirando la tele. En esta casa hablamos. Ya me lo agradecerás cuando seas mayor.
A las 3:
- Ya he comido, ahora, sí que sí, puedo ¿no?
- Claro nena, tú vete tranquila que los platos se meten solos en el fregaplatos, anda, dale, haz lo que quieras…
Mira, en serio, por el bien de las generaciones futuras esa frase debería llevar una alarma pegada: ¡Peligro! Alerta. Solo si estás loco, si te gusta vivir al límite, si estás dispuesto a morir joven, puedes hacer lo que quieras cuando una drama mamá te lo dice.
Según me iba hacia el salón pensando en que por fin iba a ver mis queridos dibujos comenzaba la letanía:
- Ya ves tú, todo el rato haciendo cosas por ellas, que ni un rato me he sentado en todo el día. Y la nena, que solo piensa en ver los dibujos. Todo el día peleando con ella. Así son, cría cuervos y te sacarán los ojos… (Y yo en el pasillo pensando: “para mí que lo de cuervos va por mí”) Pero nada, yo me pongo a recoger. Como una criada me tenéis. Qué se cree, ¿que yo no tengo ganas de ver la novela? Pues claro que tengo, y de poner los pies en alto.
Entonces yo ya no me atrevía a dar un paso más porque notaba el click en su cabeza. Es más, casi se podía oír. Y, click, se enfadaba:
- Habrase visto, y tan tranquila se va. Ven aquí ahora mismo. ¿Me estás oyendo? Ipso Facto (que yo pensaba: por qué me llama Ipso Facto, ¿me está insultando?) Mira, nena, para mí sería mucho más fácil dejarte hacer lo que quieras, y no discutir (que yo pensaba: pero si no estamos discutiendo, solo me estás gritando) Pues no. Yo estoy en el mundo para educarte. Así que me ayudas a recoger. Las buenas madres hacen esto. Y así aprenderás que uno no puede hacer lo que le dé la gana en la vida siempre, que existen obligaciones. Y con garbo, que no quiero una mala cara, que te castigo en tu cuarto hasta que seas mayor de edad. ¿Me oyes? Pues ala.
Consecuencias del consejo:
Yo veo la televisión con remordimientos. Siempre que estoy viendo la tele, siento que tengo que hacer al menos otra cosa a la vez: estar con el ordenador, leer, ganchillo… Y eso que no sé hacer ganchillo, pero yo disimulo. Aún cuando estoy sola en el salón, hago como que leo un libro y miro la tele de reojo. Esto me da cierto aire de tarada.
Segunda consecuencia, a base de disimular: es decir, leo un párrafo y luego veo un trozo de serie, en mi memoria Emilio Aragón sale en Cien Años de Soledad… Lo dicho, tarada.
Tercera consecuencia: yo no puedo hacer lo que quiero a pierna suelta porque siempre pienso que mi madre está a punto de castigarme sin salir del cuarto durante meses. Que estoy bailando, malo, que estoy vagueando, peor, que me tumbo sin hacer nada. ¡Pecado! Corre, nena haz lo que sea, dobla calcetines, lo que sea.
Cuarta consecuencia: una vez le llamé a un niño del patio con mucho odio Ipso Facto. Qué te voy a contar… Creo que todavía oigo las risas.
Excepciones para utilizarlo:
Paso de esta frase. Es mentira, futuros hijos míos, si se me escapa, no me hagáis caso, por supuesto que no quiero que hagáis lo que os dé la gana, quiero que hagáis lo que me dé la gana a mí, que para eso soy vuestra madre.
martes, 26 de abril de 2011
75. No me, no me, que te, que te…
Esa rimilla que podía ser una canción infantil y sin embargo era el terror de mi infancia. Esta frase era puro misterio. ¿Cómo sería el final? Siempre quedaba inconclusa porque había que ser un niño muy tonto para preguntarle a tu madre cómo terminaba. Pero que muy tonto. Uno se lo podía imaginar perfectamente gracias a sus sutiles pistas: sus ojos teñidos de ira, sus cejas apuntándote como si fueran a lanzar un proyectil, la vena que le surcaba la frente… Las típicas pistas de: nena cállate y, si el pánico te deja, corre.
Cuándo lo utilizaba:
Cuando le había sacado de quicio. Es decir, con bastante frecuencia. Un ejemplo práctico. El día de mi comunión. Yo con mi vestido de princesa, feliz. Por primera vez me había librado de los disfraces de doña Rogelia, judío ortodoxo, de basura… Por fin era una niña princesa, pero… En mi vida siempre ha habido un pero y éste era que mi hermana tenía que usar 4 años después el mismo vestido para su comunión:
- Nena, ¿tú sabes lo que vale ese vestido? Ni el mío de novia valía tanto. Así que lo cuidas bien, te lo pones para la ceremonia, y después de las fotos, te cambiamos por uno que me ha dejado tu tía que es muy mono, con un babero, y que está casi nuevo.
- Mami, pero es que ese es un vestido normal normal, y yo quiero ir de princesa para siempre. Ya no me voy a quitar éste nunca más en mi vida.
- De eso nada, que tiene que durar para tu hermana y para tu prima también. Y luego a guardar, que vale un dineral. Y no quiero oír una palabra más.
El caso es que el día D, mi madre estaba tan nerviosa atendiendo a todo el mundo que se dejó el plan B en casa y se llevó un gran disgusto. Aunque yo conseguí aumentarle el disgusto un poco más. Así era yo, una niña entregada. Ahora que fue un disgusto boomerang, vamos, que me vino de vuelta.
- Nena, te quedas en tu sitio sentada toda la comida, y ponte bien de servilletas, que siempre te manchas, que no sé si tienes un labio roto o qué, y no cruces los brazos que se arruga el vestido.
- Jo mami pero es un rollo, yo quiero estrenar los patines.
- ¿Rollo? ¿Qué crees que va a pensar el niño dios si el día de tu comunión me desobedeces? Ay… que paciencia. Te quedas ahí quieta y que yo te vea. Y siéntate recta que no eres un mono.
Se ve que por la adrenalina del día, es decir, porque me habían regalado una bici, un organillo, una tele (sí, la primera tele que entró en mi casa), un reloj, una muñeca y unos patines, yo pensé: “¿Qué puede pasar? Si solo voy a probarme los patines un poquito, luego me los quito y nadie se va a enterar”. Esa soy yo, una niña llena de optimismo. El caso es que en uno de los viajes al baño, me escapé, me puse los patines y pensé: “¿Qué va a pasar porque baje esa cuestita tan pequeña? Si solo la bajo, me los quito y los devuelvo y aquí nadie se entera de nada”. Esa soy yo otra vez, una niña imbécil. Lo que pasó es que me empotré contra una columna y al intentar frenar enganché el bajo del vestido con el freno del patín. Lo que pasó después es que empecé a sangrar y mi primo Miguelito (el chivato de mi primo Miguelito) fue corriendo a decirle a mi madre lo que había pasado. Lo que pasó justo después de que mi primo Miguelito y yo rompiéramos relaciones para siempre, fue que mi madre me agarró de un brazo mientras yo comenzaba a llorar y me llevó al baño a limpiarme la sangre. Y cuando traté de explicarle lo que había pasado:
- No me, no me, que te, que te.
Y oye, la niña imbécil que habitaba en mí lo entendió perfectamente.
Consecuencias del consejo:
Pues las rimas tontas me ponen alerta. También me pasa con las adivinanzas. Oigo: “Oro parece, plata no es” y yo me tenso: “¿Dónde está el truco? Ahora es cuando me llevo un sopapo. Seguro que llega. Tiene que llegar”.
Segunda consecuencia: mi hermana hizo la comunión con un vestido por encima de los tobillos. Mi madre le cortó todo el trozo roto y le hizo un dobladillo. Incluso le insistía por las noches en que no creciera mucho, que ya habría tiempo decía. Estaba más graciosa... El vestido le hacía un efecto campana para verlo. Me encantaría enseñaros la foto, pero me ha dicho que rompemos relaciones como la publique.
Mi prima, sin embargo, creció demasiado y no pudo reutilizarlo. Así que mi madre me descontó de la paga durante años parte de su vestido. Que tampoco es que yo lo notara porque como de mi paga también salía el dinero para el espejo del baño que había roto, para la colcha de ganchillo que quemé sin querer, para la muñeca de mi hermana a la que arranqué la cabeza, para el jarrón que rompí en una tienda… Vamos, que hasta los 17 años que saldé mis deudas, no recibí paga.
Cuarta consecuencia: a mí tener una hipoteca no me agobia, como que estoy acostumbrada.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, lo siento. Cuando eres madre se ve que te da por decir esa rima: "no me, no me, que te, que te…" Viene con el cargo de madre junto con otras frases mágicas que nadie entiende como: “¿Qué hay de comer? “Comida”, “¿Te crees que la policía es tonta?”, o “Mamá me aburro” “Pues cómprate un burro”. Creo que lo llaman el enigma de la maternidad… ¡Ah y también! "Manga a la sisa", que debe forma parte del esperanto de las madres, porque jamás se lo he oído decir a nadie que no tuviera hijos.
Cuándo lo utilizaba:
Cuando le había sacado de quicio. Es decir, con bastante frecuencia. Un ejemplo práctico. El día de mi comunión. Yo con mi vestido de princesa, feliz. Por primera vez me había librado de los disfraces de doña Rogelia, judío ortodoxo, de basura… Por fin era una niña princesa, pero… En mi vida siempre ha habido un pero y éste era que mi hermana tenía que usar 4 años después el mismo vestido para su comunión:
- Nena, ¿tú sabes lo que vale ese vestido? Ni el mío de novia valía tanto. Así que lo cuidas bien, te lo pones para la ceremonia, y después de las fotos, te cambiamos por uno que me ha dejado tu tía que es muy mono, con un babero, y que está casi nuevo.
- Mami, pero es que ese es un vestido normal normal, y yo quiero ir de princesa para siempre. Ya no me voy a quitar éste nunca más en mi vida.
- De eso nada, que tiene que durar para tu hermana y para tu prima también. Y luego a guardar, que vale un dineral. Y no quiero oír una palabra más.
El caso es que el día D, mi madre estaba tan nerviosa atendiendo a todo el mundo que se dejó el plan B en casa y se llevó un gran disgusto. Aunque yo conseguí aumentarle el disgusto un poco más. Así era yo, una niña entregada. Ahora que fue un disgusto boomerang, vamos, que me vino de vuelta.
- Nena, te quedas en tu sitio sentada toda la comida, y ponte bien de servilletas, que siempre te manchas, que no sé si tienes un labio roto o qué, y no cruces los brazos que se arruga el vestido.
- Jo mami pero es un rollo, yo quiero estrenar los patines.
- ¿Rollo? ¿Qué crees que va a pensar el niño dios si el día de tu comunión me desobedeces? Ay… que paciencia. Te quedas ahí quieta y que yo te vea. Y siéntate recta que no eres un mono.
Se ve que por la adrenalina del día, es decir, porque me habían regalado una bici, un organillo, una tele (sí, la primera tele que entró en mi casa), un reloj, una muñeca y unos patines, yo pensé: “¿Qué puede pasar? Si solo voy a probarme los patines un poquito, luego me los quito y nadie se va a enterar”. Esa soy yo, una niña llena de optimismo. El caso es que en uno de los viajes al baño, me escapé, me puse los patines y pensé: “¿Qué va a pasar porque baje esa cuestita tan pequeña? Si solo la bajo, me los quito y los devuelvo y aquí nadie se entera de nada”. Esa soy yo otra vez, una niña imbécil. Lo que pasó es que me empotré contra una columna y al intentar frenar enganché el bajo del vestido con el freno del patín. Lo que pasó después es que empecé a sangrar y mi primo Miguelito (el chivato de mi primo Miguelito) fue corriendo a decirle a mi madre lo que había pasado. Lo que pasó justo después de que mi primo Miguelito y yo rompiéramos relaciones para siempre, fue que mi madre me agarró de un brazo mientras yo comenzaba a llorar y me llevó al baño a limpiarme la sangre. Y cuando traté de explicarle lo que había pasado:
- No me, no me, que te, que te.
Y oye, la niña imbécil que habitaba en mí lo entendió perfectamente.
Consecuencias del consejo:
Pues las rimas tontas me ponen alerta. También me pasa con las adivinanzas. Oigo: “Oro parece, plata no es” y yo me tenso: “¿Dónde está el truco? Ahora es cuando me llevo un sopapo. Seguro que llega. Tiene que llegar”.
Segunda consecuencia: mi hermana hizo la comunión con un vestido por encima de los tobillos. Mi madre le cortó todo el trozo roto y le hizo un dobladillo. Incluso le insistía por las noches en que no creciera mucho, que ya habría tiempo decía. Estaba más graciosa... El vestido le hacía un efecto campana para verlo. Me encantaría enseñaros la foto, pero me ha dicho que rompemos relaciones como la publique.
Mi prima, sin embargo, creció demasiado y no pudo reutilizarlo. Así que mi madre me descontó de la paga durante años parte de su vestido. Que tampoco es que yo lo notara porque como de mi paga también salía el dinero para el espejo del baño que había roto, para la colcha de ganchillo que quemé sin querer, para la muñeca de mi hermana a la que arranqué la cabeza, para el jarrón que rompí en una tienda… Vamos, que hasta los 17 años que saldé mis deudas, no recibí paga.
Cuarta consecuencia: a mí tener una hipoteca no me agobia, como que estoy acostumbrada.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, lo siento. Cuando eres madre se ve que te da por decir esa rima: "no me, no me, que te, que te…" Viene con el cargo de madre junto con otras frases mágicas que nadie entiende como: “¿Qué hay de comer? “Comida”, “¿Te crees que la policía es tonta?”, o “Mamá me aburro” “Pues cómprate un burro”. Creo que lo llaman el enigma de la maternidad… ¡Ah y también! "Manga a la sisa", que debe forma parte del esperanto de las madres, porque jamás se lo he oído decir a nadie que no tuviera hijos.
lunes, 18 de abril de 2011
74. Daos un beso y pedíos perdón.
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Cuándo utilizaba el consejo:
Cada vez que nos peleábamos. Y, casi siempre, por mi culpa. Mi hermana es una de esas personas que raramente se enfada. Tiene una capacidad de entrega y una tranquilidad que, a pesar de ser cuatro años más pequeña que yo, siempre ha parecido que era la mayor. Yo he sido la niña de las broncas, los chichones y los gritos. Probablemente, dios pensó en compensar a mi madre. Y ella era la niña plácida que sabía reírse como nadie. En serio, tiene una risa contagiosa que deberían dar por la tele cuando el país anduviera deprimido. Bueno, pues a pesar de su personalidad, he conseguido sacarla de quicio. Es otra de mis virtudes, esa y la de vomitar si me concentro. Lo sé, dios ha sido generoso con sus dones.
Normalmente empezábamos suave: que si un empujón porque ese tangram es mío (hay que ser friki para pelear por un trangram pero la necesidad hace milagros), que “de eso nada que me lo regaló la mamá a mí”, un empujón de vuelta, que te piso un pie disimuladamente porque “yo lo estaba usando primera como techo para mi casa de muñecas”, pues yo te piso el pie sin disimulo porque “en la caja del tangram viene mi nombre”, que si “me da igual porque soy la mayor y todo lo que me dé la gana es mío para eso llegaste después” y te meto un pellizco pequeñito (que esto entre hermanos es algo parecido a la invasión de Polonia), y yo te tiro del pelo y “el tangram es súper mío aunque sea la pequeña”, y yo te meto un mordisco que “tú lo que eres es adoptada porque no te pareces en nada a los papás”, y ahí, sí, Hirosima y Nagasaki juntos: tirones, pelliquiztos mortales, patadas, mordiscos y ella gritando: “Eso no es verdad, que todo el mundo dice que soy igual que el abuelo. Retíralo ahora mismo, retíralo o te tragas el tangram pieza a pieza, la grande también”. Bueno mientras tenía lugar esa amable y distendida charla entre hermanas, llegaba mi madre, nos pegaba cuatro gritos y decía:
- Que nos os vuelva a oír discutir. Las hermanas se quieren, no se pegan. Y ahora, daos un beso y pedíos perdón.
Y nos dábamos un beso, que si el aliento pudiera matar, yo a mi hermana la hubiera petrificado varias veces y ella decía:
- Perdóname- pero yo oía perfectamente dentro de su cabeza: “Perdóname zorra pero ya estás corriendo en cuanto salga la mamá porque te pienso pisar la cabeza bonita”.
Porque dios, imagino que también para compensar, hizo que mi hermana menor pudiera, a los pocos años, hacerme placajes y sentarse encima de mí para dejarme inmovilizada. Dios, sus dones y sus actos de justicia a veces no me han hecho ni jodida gracia.
Consecuencias del consejo:
Primera: soy realmente buena escapando a una inmovilización. Mi nombre de guerra era: la lagartija.
Segunda: si alguien me dice “perdóname”, me dan ganas de salir corriendo, por si después me quiere pisar la cabeza.
Abusé durante años del recurrente: “eres adoptada” al ver que funcionaba tan bien. Ella abusó durante años del placaje. Así que, cuarta consecuencia: algunos dedos del pie rotos contra los quicios de las puertas derrapando para huir de mi hermana. Quinta consecuencia: trato cercano con el pediatra de urgencias con el que mi madre conserva, 25 años después, una agradable amistad.
Sexta consecuencia: no entiendo eso que dice la gente de que pedir perdón es difícil. A mí me sale solo. Ahora, de ahí a que le perdone de verdad… zorra de mierda.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, tener una hermana es la leche. Ojalá tengáis la suerte de tener una como la mía: que os acompañe en todos los juegos y te crea cuando le dices que puede volar, una hermana que aguante broncas por ti, que te traiga chocolate cuando te castigan, que te apoye en los actos de rebeldía aunque no vayan con ella, que se coma tu acelgas cuando tu madre se da la vuelta y, que de adulta, siga conservando esa risa que lo llena todo. Pero incluso con una hermana como la mía, cuando invadáis Polonia, no pienso decir: “daos un beso y pedíos perdón” porque sé que es inútil. Es como cuando te mandaban al rincón de pensar. ¿A pensar en qué? ¿Realmente hay algún adulto que crea que el niño está pensando en que ha hecho mal en romper un jarrón por jugar al balón dentro de casa? El niño está pensando: “Esto me pasa por imbécil, la próxima vez le echo la culpa a mi hermana”. Aunque luego, jamás lo haga porque todos sabemos que una cosa es un pellizco mortal y otra muy distinta chivarse de una hermana. Eso no hay dios que lo compense.
miércoles, 13 de abril de 2011
73. No te sientes en un baño público que te puedes coger cualquier cosa.
Yo no meo como la gente normal y menos en un servicio público, bueno, en general, trato de no pisar un servicio público ahí me reviente la vejiga.
Cuándo utilizaba el consejo:
Pues cada vez que salía de viaje, o iba a la biblioteca, o a veces incluso cuando salía de casa sin más, por si me daban ganas de mear:
- Nena, no te sientes nunca en un baño público que te puede coger el sida ese o cualquier cosa. Y quita el primer trozo de papel higiénico que a saber quién ha sido el último en tocarlo, que se quedan las bacterias y todo ahí pegado. Primero tiras el papel, luego limpia la taza, pero sin tocarla para nada, y luego no te sientes, que te digo que te pillas cualquier cosa. Un truco es ponerse de cuclillas encima de la taza, pero levanta la tapa, que no sea mi hija la que va dejando sus huellas en cualquier lado, que sean las de otros. ¡Ah! Y es de muy mal gusto que te oigan orinar (sí, mi madre dice “orinar” y “hacer de vientre”), que hay mujeres que parecen vacas. Eso no es de señoritas. Así que tira de la cadena antes, para disimular. O echa papel. Yo tenía una tía que decía que siempre había que orinar en blandito. Era una señora muy elegante, la tenías que haber conocido, con un moño bajo y un pañuelo blanco al cuello… Es que me impresionaba desde niña. Pues desde que me lo dijo, yo orino en blandito. Bueno, y hacer de vientre… (ella ya solo con mencionarlo se pone incómoda) pues en casa, que es una cosa que no se hace por ahí. ¿Me estás oyendo?
- ¿Y si me dan ganas?
- Nena, las ganas se educan, como todo en la vida.
Consecuencias del consejo
Tengo para elegir:
Primera: poseo una vejiga portentosa, capaz de aguantar horas y horas. En esto también ha colaborado mi no drama papá que, en 712 kilómetros a Benidorm, paraba una vez en el Milagro de Teruel, y teníamos 20 minutos para comer, mear, y estirar las piernas. Yo lo hacía todo a la vez. Meada multitarea.
Segunda consecuencia: no soporto que la gente me oiga mear. Tú dirás: qué tontería. Pues sí, es una tontería pero yo me he subido cinco pisos en la facultad para mear en los baños de arriba porque siempre estaban vacíos, he sufrido en todos los pisos que he compartido la humillación de tener que explicar porqué siempre tiro dos veces de la cadena (y contando por encima he tenido más de 14 compañeros de piso, lo que supone muchas humillaciones), se me han cortado las ganas si alguien entraba en el baño por sorpresa (no en el baño en el que estaba yo, que sería normal, sino por ejemplo en los baños de la biblioteca donde había 20 urinarios más) aunque estas sorpresas también han mejorado la capacidad de retención de mi vejiga. Una tontería sí, pero tengo una aplicación en el móvil que hace el ruido del grifo exactamente con el propósito de que la gente no te oiga mear. Y digo yo que si han hecho una aplicación, será que existen otro montón de taradas que no soportan que las oigan mear. Y tú dirás: mal de muchos, consuelo de tontos. Pues sí, pero es que a mí ser tonta siempre me ha dado un poco igual. Convivo con ello con naturalidad.
Más consecuencias: vivo con culpabilidad constante porque yo soy ecologista. No en plan brava, pero cada vez que abro el grifo o tiro dos veces de la cadena sufro. Ahora, que la tonta que habita en mí puede más que la ecologista. Eso también os lo digo. Así que tengo que reciclar el doble para compensar mis excesos de pudor. Esto a su vez me ha causado numerosas discusiones con mis novios y compañeros de piso: seis papeleras le parece excesivo a todo el mundo. Así es la gente de insolidaria.
El papel higiénico que no falte. El pan está sobrevalorado en la lista de la compra.
Una vez fui feliz. Fui al baño con una amiga y entré con ella porque la puerta no cerraba. Realmente fue así. No soporto que me oigan mear pero tampoco ver como otros mean. El caso es que mi amiga cogió el primer trozo de papel con mucho cuidado, como si pudiera explotar, lo tiró al wáter, arrancó más trozos, limpió la taza, levantó la tapa, se puso de cuclillas y entonces se giró y le dio a la cadena antes de mear. En serio, fui muy feliz. No hay nada como mirar a los ojos de otra tarada mientras mea para comprender que encontrarás a más gente que te quiera con todas tus miserias, y tu papel higiénico en cantidades industriales.
Excepciones para utilizarlo:
No voy a poder. De verdad que no. Yo intentaré educaros para que meéis libremente, en blandito o en plan vaca. Pero no sé si podré. Y sobre todo, si no conseguimos que este drama consejo se me despegue, no os mandaré a un campamento medio hippy con letrinas en las que tenías que recoger luego la tierra para utilizarla como abono para que entendiéramos el ciclo de la vida. Mira, eso es una cerdada, y hace que casi acabase el campamento con un enema. Futuros hijos míos, creo que se puede tener una vida normal sin conocer el ciclo de la vida. Eso sí, nos vamos a saltar lo de “orinar” y “hacer de vientre”, que bastante dura es la vida social de un niño.
Cuándo utilizaba el consejo:
Pues cada vez que salía de viaje, o iba a la biblioteca, o a veces incluso cuando salía de casa sin más, por si me daban ganas de mear:
- Nena, no te sientes nunca en un baño público que te puede coger el sida ese o cualquier cosa. Y quita el primer trozo de papel higiénico que a saber quién ha sido el último en tocarlo, que se quedan las bacterias y todo ahí pegado. Primero tiras el papel, luego limpia la taza, pero sin tocarla para nada, y luego no te sientes, que te digo que te pillas cualquier cosa. Un truco es ponerse de cuclillas encima de la taza, pero levanta la tapa, que no sea mi hija la que va dejando sus huellas en cualquier lado, que sean las de otros. ¡Ah! Y es de muy mal gusto que te oigan orinar (sí, mi madre dice “orinar” y “hacer de vientre”), que hay mujeres que parecen vacas. Eso no es de señoritas. Así que tira de la cadena antes, para disimular. O echa papel. Yo tenía una tía que decía que siempre había que orinar en blandito. Era una señora muy elegante, la tenías que haber conocido, con un moño bajo y un pañuelo blanco al cuello… Es que me impresionaba desde niña. Pues desde que me lo dijo, yo orino en blandito. Bueno, y hacer de vientre… (ella ya solo con mencionarlo se pone incómoda) pues en casa, que es una cosa que no se hace por ahí. ¿Me estás oyendo?
- ¿Y si me dan ganas?
- Nena, las ganas se educan, como todo en la vida.
Consecuencias del consejo
Tengo para elegir:
Primera: poseo una vejiga portentosa, capaz de aguantar horas y horas. En esto también ha colaborado mi no drama papá que, en 712 kilómetros a Benidorm, paraba una vez en el Milagro de Teruel, y teníamos 20 minutos para comer, mear, y estirar las piernas. Yo lo hacía todo a la vez. Meada multitarea.
Segunda consecuencia: no soporto que la gente me oiga mear. Tú dirás: qué tontería. Pues sí, es una tontería pero yo me he subido cinco pisos en la facultad para mear en los baños de arriba porque siempre estaban vacíos, he sufrido en todos los pisos que he compartido la humillación de tener que explicar porqué siempre tiro dos veces de la cadena (y contando por encima he tenido más de 14 compañeros de piso, lo que supone muchas humillaciones), se me han cortado las ganas si alguien entraba en el baño por sorpresa (no en el baño en el que estaba yo, que sería normal, sino por ejemplo en los baños de la biblioteca donde había 20 urinarios más) aunque estas sorpresas también han mejorado la capacidad de retención de mi vejiga. Una tontería sí, pero tengo una aplicación en el móvil que hace el ruido del grifo exactamente con el propósito de que la gente no te oiga mear. Y digo yo que si han hecho una aplicación, será que existen otro montón de taradas que no soportan que las oigan mear. Y tú dirás: mal de muchos, consuelo de tontos. Pues sí, pero es que a mí ser tonta siempre me ha dado un poco igual. Convivo con ello con naturalidad.
Más consecuencias: vivo con culpabilidad constante porque yo soy ecologista. No en plan brava, pero cada vez que abro el grifo o tiro dos veces de la cadena sufro. Ahora, que la tonta que habita en mí puede más que la ecologista. Eso también os lo digo. Así que tengo que reciclar el doble para compensar mis excesos de pudor. Esto a su vez me ha causado numerosas discusiones con mis novios y compañeros de piso: seis papeleras le parece excesivo a todo el mundo. Así es la gente de insolidaria.
El papel higiénico que no falte. El pan está sobrevalorado en la lista de la compra.
Una vez fui feliz. Fui al baño con una amiga y entré con ella porque la puerta no cerraba. Realmente fue así. No soporto que me oigan mear pero tampoco ver como otros mean. El caso es que mi amiga cogió el primer trozo de papel con mucho cuidado, como si pudiera explotar, lo tiró al wáter, arrancó más trozos, limpió la taza, levantó la tapa, se puso de cuclillas y entonces se giró y le dio a la cadena antes de mear. En serio, fui muy feliz. No hay nada como mirar a los ojos de otra tarada mientras mea para comprender que encontrarás a más gente que te quiera con todas tus miserias, y tu papel higiénico en cantidades industriales.
Excepciones para utilizarlo:
No voy a poder. De verdad que no. Yo intentaré educaros para que meéis libremente, en blandito o en plan vaca. Pero no sé si podré. Y sobre todo, si no conseguimos que este drama consejo se me despegue, no os mandaré a un campamento medio hippy con letrinas en las que tenías que recoger luego la tierra para utilizarla como abono para que entendiéramos el ciclo de la vida. Mira, eso es una cerdada, y hace que casi acabase el campamento con un enema. Futuros hijos míos, creo que se puede tener una vida normal sin conocer el ciclo de la vida. Eso sí, nos vamos a saltar lo de “orinar” y “hacer de vientre”, que bastante dura es la vida social de un niño.
lunes, 4 de abril de 2011
72. Nena, come zanahorias que es bueno para la vista.
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- Anda, no te quejes y sigue mordiendo que la zanahoria va muy bien para la vista, que lo han dicho en la tele y, además, te pones morenita, que estás más guapa.
Ese atracón de zanahorias duró hasta que me pusieron gafas, con 14 años. Ahí, ya me negué.
Cuándo utilizaba el consejo:
Pues eso, siempre que me hacía comer una.
- Mami, yo no quiero más zanahorias, que están muy malas.
- Tú sí que estás muy mala. Que te la comas o no te doy bocadillo después, que es bueno para la vista nena. Si yo lo hago por ti.
- Mami pero si yo veo bien. Mira, ahí pone “Enciclopedia Larousse”. Lo leo perfectamente.
- Porque comes todos los días una, si no estarías cegata del todo y no podrías ver ni tus juguetes y te aburrirías mucho (Ahí, aterrorizando un poco). Mira los conejos que ven de maravilla porque comen muchas.
- ¿Y cómo sabe la gente que los conejos ven bien? Los conejos no hablan...
- Porque lo digo yo ven bien los conejos, pesada, que eres una pesada. Come eso ya y deja de entretenerme.
- Pero mami, Martita no come zanahorias para merendar y no lleva gafas.
- Pero las llevará, nena, tiempo al tiempo. Y acábate esa que me estás hartando.
- Es que se me hace bolo.
- Mira, nena, a nadie en el mundo se le hace bolo una zanahoria, a nadie. Que tienes mucho cuento o eres la niña más rara del mundo, no puede ser. Porque ¿tú haces saliva no? Es que no me cabe en la cabeza. Me agotas, me agotas del todo. Todo el día igual con esta niña, todo es una pelea (Cuando mi madre hablaba de mí, como si yo no estuviera delante ¡PELIGRO!). Todo el día preocupándome porque coma bien, duerma bien, estudie, y la niña siempre dando guerra. Ahora, que un día me voy a hartar, y te voy a dejar hacer todo lo que quieras, y entonces ya verás. Cuando tu vida sea un desastre y te cojas todas las enfermedades, entonces te acordarás de mí. ¡Y traga ese bolo ya! Que al final la vamos a tener.
Consecuencias del consejo:
Nunca llegó ese día en el que me dejaba hacer lo yo quisiera, ni siquiera ahora a los 32. Estuve años pensando: "Hoy es el día, hoy me deja hacer lo que quiera". Pero no, no se animaba. Así que no he podido corroborar si mi vida se iría al garete. Tengo mis dudas.
Segunda consecuencia: un tono bronceado todo el año durante mi infancia.
Tercera: odio las zanahorias con toda mi alma, y crudas, es que me dan náuseas.
Cuarta: incredulidad absoluta ante el poder curativo de los alimentos. Así que Saber vivir me parece un cuento chino. No veo de lejos. Tengo miopía, cinco dioptrías en cada ojo. Vamos, que si me quito las lentillas, no me veo las manos, eso ya es lejos para mí. Tanta jodida zanahoria para nada.
- Mira mamá, ya voy por cinco dioptrías, pues si que me han servido todas esas zanahorias que me has hecho comer-se lo dije con rintintín la última vez que fui al oculista. ¡Ay! A estas alturas y no aprendo. El rintintín con una drama mamá es como un boomerang, te vuelve y te da en toda la cara.
- Pues nena, da las gracias a esas zanahorias que, en vez de cinco, tendrías quince dioptrias si no te hubiera dado tantas. Así que hoy para comer voy a echarte unas pocas en la ensalada, por si acaso.
Ahí tienes tu rintintín. Por lista.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, pasamos de las zanahorias. He buscado en Google y unos señores (que debieron tener una madre como la mía) han hecho un experimento: han comido 30 kilos de zanahorias en 3 semanas (que ya hay que tener ganas de quitarle la razón a tu madre para comer tantas). Y han demostrado que no sirve para nada. ¿Lo oyes mamá? Para nada. Que dicen que el mito se originó durante la Segunda Guerra Mundial, "cuando el ministro británico de aviación declaró a la prensa que sus pilotos disfrutaban de una gran agudeza visual que les permitía abatir a los aviones alemanes desde muy lejos, incluso por la noche, gracias a una dieta muy rica en zanahorias. En realidad, esta falsa propaganda solo pretendía esconder una nueva tecnología de radar que habían desarrollado sus científicos, la cual permitía localizar y apuntar a los aviones alemanes antes de que cruzaran el canal de la Mancha".
O sea, que yo he comido ingentes cantidades de zanahoria por culpa de un radar. ¡Qué daño ha hecho la propaganda de guerra a generaciones de niños! No me jodas, hombre, y encima cualquiera se lo cuenta a mi madre, ya estoy viendo al rintintín explotarme en la cara.
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